🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Festivales ⚡ Ácido Cítrico

Anatomy of a Fall — la telenovela jurídica del Cannes que quiso ser poesía y terminó en claustrofobia de salón de actos

✍️ Por: Héctor Veneno
🎬 Director: Justine Triet
👥 Reparto: Sandra Hüller, Swann Arlaud, Marta Nieto
⏱️ Lectura: 6 min
⚡ Ácido Cítrico 7.5/10
Público --
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Anatomy of a Fall: la telenovela jurídica del Cannes que quiso ser poesía y terminó en claustrofobia de salón de actos
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La noticia de que Justine Triet se alzara con la Palma de Oro en Cannes 2023 provocó una oleada de aplausos dignos de un plató de alfombra roja, seguidos rápidamente por el mismo murmullo de la industria que se pregunta si el festival ha decidido financiar sus próximas citas románticas en la Biblioteca Nacional. Anatomy of a Fall (Anatomie d’une chute) se presentó como la gran apuesta de la alta cultura francesa: un drama judicial sobre el asesinato de un hombre de negocios, una esposa que se vuelve sospechosa y un marido que, en su ausencia, se convierte en la figura fantasma de la culpa. Lo que el programa de Cannes prometía como una «poesía del procedimiento legal» resultó, al menos para la escuadra de Claqueta Ácida, una sesión de terapia grupal en la que todos los participantes ya estaban cansados de escuchar sus propias voces.

Nuestro equipo editorial, armado con café negro y una lengua afilada como bisturí, se adentró en la película como quien se mete en una conversación de familia donde todos pretenden ser intelectuales. Cada escena parece estar calibrada para que el público sienta la pesadez de un expediente judicial de tres metros de ancho, y el guión, que se presume sofisticado, avanza a paso de tortuga juramentada. La pretensión de ser una obra de arte se vuelve tan obvia como un cartel luminoso que dice "¡Vengan a ver la película!" en la entrada del palacio de justicia.

Un viaje alucinante al aburrimiento absoluto

Desde el primer plano, la cámara nos arrastra a una sala de audiencias fría y sin ventanas, donde el silencio es un personaje más y la luz del fluorescente parece una lámina de acero fundido. La trama se enreda en una maraña de testimonios que parecen más bien una lista de compras: "¿Dónde estabas?", "¿Qué ves?", "¿Qué escuchas?", y la respuesta siempre es un susurro metálico. Cada argumento se expone con la delicadeza de una hoja de papel mojada y la energía de una conversación de ascensor en la que los pasajeros pretenden no escuchar.

Los diálogos, escritos con la precisión de un manual de derecho, carecen de la chispa que haría temblar al espectador. En lugar de eso, nos topamos con frases como «la evidencia sugiere que…» y «el comportamiento del acusado…», que se repiten con la monotonía de una letanía sacramental. La falta de carisma del reparto se vuelve evidente cuando la actriz principal, Sandra Hüller, interpreta a la esposa acusada con una solemnidad que roza la resignación; Swann Arlaud, como el abogado defensor, parece más un jurado que un intérprete. Las actuaciones están tan comprimidas que el público termina sintiendo que está viendo una partida de ajedrez donde cada pieza se mueve a cámara lenta.

El guion intenta ser una reflexión profunda sobre la verdad y la percepción, pero termina siendo un discurso de filosofía de salón de clases, en el que la película se vuelve el profesor que nunca supo cómo cautivar a sus alumnos. Los flashbacks, supuestamente destinados a aportar dinamismo, aparecen como una serie de fotos familiares en blanco y negro, cada una más descolorida que la anterior, sin la energía necesaria para romper la rigidez del proceso judicial.

Estética de serie B y Pepsi‑Cola

Visualmente, la película se ancla a una paleta de grises y azulados que recuerdan a los set de producción de telefilmes de los años 70, tal vez como un guiño a la estética del cine de autor francés. La fotografía de Marcel Zyskind, aunque técnicamente impecable, se vuelve plana como una hoja de papel cuando el director opta por encuadres estáticos que no hacen más que subrayar la falta de movimiento emocional. Los ángulos, todos a nivel de los ojos, convierten cada conversación en una visión de Instagram donde los protagonistas parecen posando para una foto de empresa, no para una escena de alta tensión.

Los intentos de crear atmósfera a través de la iluminación se quedan en la línea de lo seco y corporativo, como si la directora de fotografía hubiera decidido usar la luz de oficina de una oficina gubernamental en lugar de la calidez de una lámpara de estudio. Los efectos de sonido son también dignos de un documental de bajo presupuesto: el crujido de la silla, el zumbido del proyector, la respiración contenida, se convierten en una banda sonora que parece un registro de la vida diaria en una biblioteca universitaria.

En cuanto al montaje, la película recurre a cortes bruscos que pretenden generar ritmo, pero el resultado es una sensación de corte de cinta de vídeo que recuerda más a un proyecto estudiantil que a una obra premiada en el palacio de Cannes. La música, compuesta por un tema minimalista, se repite como un anuncio de radio que se niega a terminar, creando una sensación de claustrofobia auditiva que no contribuye en nada a la tensión del argumento.

Lo mejor

  • Sandra Hüller logra transmitir una dignidad melancólica que, aunque se ahoga entre los diálogos jurídicos, al menos deja entrever la culpa y el dolor de una mujer atrapada en una red de mentiras.
  • La ambientación de la sala de audiencias es una maestría de minimalismo, con mobiliario de época que logra que el espectador sienta la opresión del entorno.
  • La película ofrece una reflexión sobre la fragilidad de la verdad, con ciertos momentos de brillantez filosófica que, por un instante, logran elevar la obra por encima de su propia mediocridad.

Lo peor

  • El guion es una cascada interminable de testimonios que se repiten sin aportar nada nuevo, convirtiendo la trama en un examen de derecho aburrido.
  • La estética visual se siente desgastada y sin aspiraciones, como si la directora hubiera decidido imitar la apariencia de un documental de los años 60.
  • La falta de química entre los personajes hace que cualquier intento de drama resulte tan frío como el acero de la sala de juicio.

El Veredicto de Claqueta Ácida

En la gran balanza del cine, Anatomy of a Fall se posa como el peso de una sentencia que, aunque adornada con la pompa del Festival de Cannes, resulta ligera en cuanto a ejecución. La película intenta vestir su historia de alta dignidad mediante una formalidad judicial, pero el resultado es una práctica de teatro de salón donde la audiencia se queda con la sensación de haber asistido a una reunión de trabajo interminable. Aplaudimos la ambición de Justine Triet por abordar temas tan complejos como la verdad y la culpa, pero la falta de dinamismo, la atmósfera opresiva y los diálogos que parecen sacados de un manual de derecho la convierten en una experiencia que arrastra la paciencia del espectador como una cadena de relojes marcando cada segundo del proceso judicial. En definitiva, la película gana la Palma de Oro pero pierde la atención del público, que se retira al final sintiéndose más cansado que esclarecido. Así, la conclusión es una mezcla de respeto a la intención y rechazo al resultado, una combinación que deja a la audiencia con la sensación de haber visto una obra que se tomó demasiado en serio sin merecer la pompa del festival. 💀

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