🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Series ⚡ Ácido Cítrico

Euphoria — El drama adolescente que HBO nos vendió como arte (y casi nos lo tragamos)

✍️ Por: Dr. Cinismo
🎬 Director: Sam Levinson
👥 Reparto: Zendaya, Hunter Schafer, Sydney Sweeney, Jacob Elordi, Alexa Demie, Maude Apatow
⏱️ Lectura: 13 min
⚡ Ácido Cítrico 7/10
Público --
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Euphoria: El drama adolescente que HBO nos vendió como arte (y casi nos lo tragamos)
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El celuloide se derrite como la cera de una vela barata en una fiesta de fraternidad cuando Euphoria irrumpe en la pantalla, escupiendo glitter y lágrimas de diseño como si el sufrimiento adolescente fuera un accesorio de moda más. Sam Levinson, el hijo pródigo de Barry Levinson —sí, ese que dirigió Rain Man y ahora parece obsesionado con demostrar que la genética no siempre es justa—, se sube al carro del teen drama con la sutileza de un elefante en una cacharrería de porcelana rota. No es casualidad que esta serie nazca en la era de Instagram, donde la autodestrucción ya no se vive en silencio, sino que se filtra, se edita y se sube a Stories con un filtro de «vintage» para que parezca más auténtico. Euphoria no es una serie; es un mood board de la desesperación millennial, un catálogo de traumas envueltos en neón y servidos con una cuchara de plata bañada en cocaína barata. Bienvenidos a la adolescencia del siglo XXI, donde el dolor ya no duele si lo iluminas con suficiente ring light y un close-up dramático de lágrimas mezcladas con glitter rosa chicle.

El proyecto huele a oportunismo desde el primer fotograma. HBO, esa fábrica de sueños podridos que nos ha dado joyas como The Sopranos y basura premium como The Idol, vio en el vacío existencial de la generación Z un nicho de mercado tan jugoso como un filete de Kobe. Euphoria no surge de una necesidad artística, sino de un algoritmo: «Adolescentes + drogas + sexo explícito + estética Tumblr 2014 = éxito garantizado». Levinson, que ya había coqueteado con el drama adolescente en Assassination Nation —una película tan sutil como un martillazo en la sien—, encontró en este formato la excusa perfecta para regodearse en su obsesión por los cuerpos jóvenes, la autodestrucción y esa estética grunge reciclada que huele a naftalina y a after de festival de música. La serie es un collage de referencias visuales robadas a diestra y siniestra: desde el cinéma vérité de Larry Clark en Kids hasta el barroquismo visual de Spring Breakers, pasando por el glam enfermizo de The Neon Demon. Pero aquí no hay homenaje, sino apropiación descarada, como si Levinson hubiera saqueado el armario de sus ídolos y luego lo hubiera rociado con spray de purpurina para disimular el olor a falta de originalidad.

El contexto cultural en el que Euphoria emerge es tan tóxico como los vapores de pegamento que inhalan sus personajes. Vivimos en una época donde la salud mental ya no se esconde bajo la alfombra, sino que se exhibe en redes sociales como un trofeo de guerra. La serie llega en el momento exacto en que la ansiedad, la depresión y los trastornos alimenticios se han convertido en trending topics, y HBO, astuta como un buitre sobrevolando un cadáver, decide capitalizar ese dolor. Pero hay algo profundamente cínico en convertir el sufrimiento real de una generación en un producto de consumo, especialmente cuando ese producto está tan estilizado que termina pareciendo un lookbook de Gucci dirigido por David Lynch en su fase más kitsch. Euphoria no cuestiona el sistema; lo embellece. No critica la hipersexualización de los adolescentes; la exacerba. No denuncia la presión social; la convierte en un spectacle de luces, cámaras y lágrimas falsas. Es el equivalente audiovisual a esos influencers que se graban llorando en baños de mármol para luego venderte un curso de mindfulness.

Y luego está el tema de la representación. Levinson, un hombre blanco de clase media-alta, se arroga el derecho de hablar en nombre de una generación diversa, como si el hecho de haber visto Skins y Degrassi lo convirtiera en una especie de antropólogo del dolor adolescente. La serie está repleta de personajes LGBTQ+, de minorías raciales y de jóvenes con problemas de adicción, pero todos ellos parecen salidos del mismo molde: son hermosos, están rotos y, sobre todo, son fotogénicos. Euphoria no retrata la diversidad; la explota. No humaniza a sus personajes; los convierte en maniquíes de una tienda de lujo, cada uno con su propio outfit de trauma y su etiqueta de precio. La Rue de Zendaya es una adicta con el carisma de una estrella de pop, el Nate de Jacob Elordi es un psicópata con abdominales de infarto, y la Jules de Hunter Schafer es una chica trans cuya identidad parece reducirse a su wardrobe y a sus problemas con los hombres. ¿Dónde está la complejidad? ¿Dónde está la suciedad real del dolor? En Euphoria, hasta el sufrimiento más crudo parece diseñado por un stylist de Vogue.

La dirección: Un carnaval de luces y sombras (o cómo disfrazar la falta de profundidad con slow motion)

Sam Levinson dirige Euphoria como si estuviera compitiendo en un concurso de quién hace el plano más pretencioso del año. Cada episodio es una orgía visual donde el slow motion se usa con la misma moderación que un alcohólico en una bodega: sin mesura, sin propósito, solo por el placer de ver cómo las imágenes se deshacen en un éxtasis de píxeles y glitches digitales. La fotografía, a cargo de Marcell Rév y Drew Daniels, es impecable en lo técnico —los close-ups de las lágrimas mezcladas con glitter, los travellings por pasillos de instituto iluminados como discotecas abandonadas—, pero hueca en lo narrativo. Es como si Levinson hubiera confundido el estilo con la sustancia, como si creyera que un plano secuencia de Rue vomitando en un baño puede sustituir a un guion que, en realidad, no tiene nada interesante que decir.

El problema no es que Euphoria sea visualmente deslumbrante —que lo es—, sino que esa obsesión por lo estético termina ahogando cualquier atisbo de profundidad. Los personajes se mueven como marionetas en un escenario de club underground, iluminados por luces estroboscópicas que parpadean al ritmo de sus crisis existenciales. Levinson parece más interesado en filmar el cuerpo de Sydney Sweeney en topless que en explorar por qué su personaje, Cassie, se obsesiona con un hombre que la trata como basura. La serie está repleta de escenas que podrían ser gifs virales —la pelea en el estacionamiento con glitter volando, el striptease de Jules en la estación de tren—, pero pocas que realmente conmuevan o sorprendan. Es cine de TikTok: efímero, superficial y diseñado para ser consumido en loops de 15 segundos.

Y luego está el uso de la música. Labrinth, el compositor de la banda sonora, parece haber recibido la orden directa de Levinson: «Haz que todo suene como si estuviéramos dentro de la cabeza de un adolescente drogado en un rave de los 90». Los temas son pegadizos, sí, pero también tan invasivos que terminan por ahogar cualquier matiz emocional. La música no acompaña a la escena; la domina, como si Levinson temiera que el espectador se aburriera si no le meten un beat electrónico en los oídos cada dos segundos. El resultado es una experiencia sensorial agotadora, donde el exceso de estímulos termina por anestesiar al espectador. Euphoria no es una serie; es un mashup de MTV y Tarkovski, un Frankenstein audiovisual que confunde el ruido con la emoción.

Las actuaciones: Cuando el método Stanislavski se encuentra con el influencer de Instagram

Zendaya es, sin duda, la estrella del reparto, pero incluso ella parece atrapada en la trampa de Euphoria: su Rue es una adicta con más charisma que credibilidad. La actriz hace lo que puede con un personaje escrito como un collage de clichés —la chica rota pero brillante, la rebelde con causa, la víctima con corazón de oro—, pero Levinson parece más interesado en filmar sus lágrimas que en explorar las razones detrás de su adicción. Zendaya brilla cuando la cámara se acerca a su rostro, capturando cada microexpresión con la precisión de un cirujano, pero fuera de esos close-ups, Rue es poco más que un arquetipo de manic pixie dream girl con síndrome de abstinencia. Su química con Hunter Schafer (Jules) es lo único que salva a la serie de caer en el más absoluto ridículo, pero incluso esa relación está tan sobrecargada de simbolismo y slow motion que termina pareciendo un fanfic de Tumblr hecho realidad.

El resto del reparto no corre mejor suerte. Sydney Sweeney borda el papel de Cassie, la chica que se obsesiona con un hombre que la trata como un juguete, pero su personaje es tan predecible que parece sacado de un afterschool special de los 90. Jacob Elordi, por su parte, interpreta a Nate Jacobs como si estuviera en un concurso de quién puede poner la mirada más intensa del mundo, pero su personaje es tan unidimensional —el típico bad boy con problemas de ira y un trauma paterno— que termina siendo poco más que un meme andante. Alexa Demie (Maddy) y Maude Apatow (Lexi) tienen momentos brillantes, pero sus personajes están tan mal escritos que parecen sketches de Saturday Night Live alargados hasta el infinito. Euphoria no explora la psicología de sus personajes; los reduce a tags de Instagram: #AdictaConCorazón, #ChicaTransConProblemasDePadre, #PsicópataConAbdominales.

Y luego está el tema de la sobreactuación. En un intento por transmitir la intensidad emocional de la adolescencia, el reparto parece haber recibido la consigna de exagerar cada gesto, cada lágrima, cada grito. Las escenas de conflicto son tan histriónicas que parecen parodias de sí mismas, como si los actores estuvieran compitiendo por ver quién puede llorar más fuerte o gritar con más desesperación. El resultado es una serie que oscila entre lo brillante y lo ridículo, donde los momentos más emotivos terminan siendo los más cringe. Euphoria no captura la esencia de la adolescencia; la caricaturiza, la exagera y la convierte en un spectacle de emociones tan falsas como las uñas de acrílico de Maddy.

El guion: Cuando el drama se convierte en melodrama (y el melodrama en parodia)

El guion de Euphoria es como un buffet de comida rápida: parece abundante, pero todo sabe igual. Sam Levinson y Sara E. White escriben diálogos que oscilan entre lo poético y lo pretencioso, como si estuvieran compitiendo por ver quién puede meter más metáforas sobre la soledad y el vacío existencial en un solo monólogo. Los personajes hablan como si estuvieran en una obra de teatro de off-Broadway, pero actúan como si estuvieran en un reality show de MTV. La serie está repleta de frases grandilocuentes —«El amor es una droga, y yo soy una adicta»—, pero pocas que suenen auténticas. Es como si Levinson hubiera confundido la profundidad con la verbosidad, como si creyera que un monólogo de cinco minutos sobre el dolor puede sustituir a un desarrollo de personaje coherente.

El mayor problema del guion es su falta de matices. Los personajes de Euphoria son tan extremos en sus emociones que terminan siendo caricaturas. Rue es una adicta que nunca parece estar realmente jodida, sino más bien artísticamente jodida. Nate es un psicópata que nunca parece realmente peligroso, sino más bien un bad boy de manual con un daddy issue mal resuelto. Jules es una chica trans cuya identidad parece reducirse a su relación con los hombres y a su estilo de e-girl. La serie no explora la complejidad de sus personajes; los reduce a sus traumas, como si el sufrimiento fuera lo único que los define. El resultado es una narrativa que oscila entre lo conmovedor y lo ridículo, donde los momentos más dramáticos terminan siendo los más over-the-top.

Y luego están los flashbacks. Euphoria usa los flashbacks como un deus ex machina emocional, como si Levinson no confiara en que el espectador pudiera entender a sus personajes sin una escena de su infancia que lo explique todo. Cada vez que un personaje tiene un momento de crisis, la serie corta a un flashback de su niñez, como si el trauma infantil fuera la única razón por la que alguien podría sentirse triste o perdido. Es un recurso tan manido que termina por restarle peso a la narrativa, como si Levinson estuviera diciendo: «No os preocupéis, espectadores, todo tiene una explicación freudiana». El problema no es que los flashbacks existan; es que se usan como muletas para un guion que, en realidad, no sabe cómo desarrollar a sus personajes sin recurrir a clichés.

Lo mejor

La química entre Zendaya y Hunter Schafer: Un oasis de autenticidad en medio del desierto de glitter y slow motion*. Cuando Rue y Jules están juntas, la serie parece recordar por qué el amor adolescente puede ser tan intenso como doloroso. La fotografía de Marcell Rév: Cada plano es una postal de la desesperación millennial, con una paleta de colores que oscila entre el neón y el grunge* más sucio. El uso de la luz es tan expresivo que casi logra disimular la falta de sustancia. Sydney Sweeney como Cassie: La actriz logra que un personaje escrito como un cliché de afterschool special* parezca real, especialmente en sus momentos más oscuros. Su actuación es tan cruda que duele. La banda sonora de Labrinth: Aunque a veces es demasiado invasiva, la música logra capturar esa sensación de euforia y desesperación que define a la serie. Temas como All for Us* son pequeños momentos de genialidad en medio del caos. El diseño de producción: Los escenarios —desde los baños de instituto hasta las habitaciones de los personajes— están tan cuidados que parecen sacados de un sueño febril. Euphoria es una serie que se ve, se siente y, sobre todo, se consume*.

Lo peor

La falta de matices en los personajes: Todos son arquetipos andantes, reducidos a sus traumas y a sus outfits de e-girl. No hay complejidad, solo estereotipos bañados en glitter*. El exceso de slow motion y glitches*: Levinson abusa de los recursos visuales como si creyera que el estilo puede sustituir a la sustancia. El resultado es una serie agotadora, donde el exceso de estímulos termina por anestesiar al espectador. El guion pretencioso: Diálogos grandilocuentes, monólogos interminables y flashbacks* que explican lo obvio. Euphoria confunde la profundidad con la verbosidad, y el resultado es una narrativa que oscila entre lo poético y lo ridículo. La hipersexualización de los adolescentes: La serie no critica la sexualización de los jóvenes; la exacerba. Las escenas de sexo son tan gratuitas que parecen sacadas de un fanfic de Wattpad escrito por un boomer con complejo de Lolita*. La representación superficial de la diversidad: Euphoria no retrata la diversidad; la explota. Personajes LGBTQ+ y de minorías raciales son reducidos a sus traumas y a su estética, como si fueran maniquíes* en una tienda de lujo. La falta de originalidad: La serie es un collage de referencias robadas a Kids, Spring Breakers y The Neon Demon*. No hay homenaje, solo apropiación descarada.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Euphoria es el equivalente audiovisual a un influencer llorando en un baño de mármol: hermoso, superficial y profundamente vacío. Sam Levinson convierte el sufrimiento adolescente en un spectacle de neón y lágrimas de diseño, pero detrás de tanto glitter y slow motion no hay nada más que un guion pretencioso, personajes unidimensionales y una obsesión enfermiza por lo estético. La serie es visualmente deslumbrante, sí, pero también es un recordatorio de que el cine (y la televisión) pueden ser tan huecos como un like en Instagram. Euphoria no es arte; es un mood board de la desesperación millennial, un catálogo de traumas envueltos en purpurina y servidos con una cuchara de plata bañada en clichés. HBO nos vendió un drama adolescente como si fuera una obra maestra, pero lo único que nos queda es el sabor amargo de la decepción y el brillo pegajoso del glitter en los ojos. 💀

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