🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Men — El culto a la misoginia en celuloide o cómo Alex Garland se ahoga en su propio simbolismo

Alex Garland firma un folletín de terror rural con más pretensiones que sustancia. Jessie Buckley sufre, el bosque inglés se cabrea y el patriarcado se disfraza de alegoría. ¿Obra maestra o pretencioso bodrio?

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Alex Garland
👥 Reparto: Jessie Buckley, Rory Kinnear, Paapa Essiedu, Gayle Rankin, Sarah Twomey, Zak Rothera-Oxley
⏱️ Lectura: 9 min
⚡ Ácido Cítrico 6/10
Crítica y fotograma de la película Men en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Men

El cine de Alex Garland siempre ha sido un ejercicio de estilo en busca de sustancia, como un chef que domina la técnica pero se le quema el arroz. Tras el éxito de Ex Machina (2014), donde la inteligencia artificial se vestía de femme fatale robótica, y Annihilation (2018), un viaje lisérgico al corazón de la autodestrucción femenina, el británico parecía destinado a convertirse en el poeta laureado del terror cerebral. Pero Men (2022) llega como un recordatorio doloroso: incluso los genios tienen días malos, y Garland, en su afán por diseccionar el trauma femenino con bisturí de cirujano de serie B, termina tropezando con sus propias metáforas hasta caer en un lodazal de simbolismo barato y misoginia involuntaria. Porque, seamos honestos, ¿qué hay más patriarcal que reducir el dolor de una mujer a una sucesión de hombres grotescos que la persiguen como si fueran salidos de un cómic de 2000 AD?

La película nace en un contexto cultural donde el terror femenino ya no es un subgénero, sino un género en sí mismo, con obras como Hereditary (2018) o The Babadook (2014) elevando el trauma doméstico a la categoría de arte. Garland, sin embargo, parece más interesado en jugar al Dante rural que en explorar la psique de su protagonista. Jessie Buckley, actriz de una intensidad que roza lo insoportable (en el mejor sentido), se ve obligada a cargar con el peso de una narrativa que oscila entre lo onírico y lo ridículo, como si David Lynch y M. Night Shyamalan hubieran tenido un hijo bastardo en un pub inglés. El resultado es una película que huele a pretensión a kilómetros de distancia, con un guion que confunde lo críptico con lo incoherente y una puesta en escena que, en su afán por impresionar, termina ahogándose en su propio barroquismo visual.

No es que Men carezca de momentos brillantes. La fotografía de Rob Hardy, con esos planos secuencia que parecen sacados de un sueño febril de Tarkovski, logra crear una atmósfera opresiva que se pega a la piel como el sudor en una noche de verano. Pero incluso la luz más bella puede iluminar un vacío, y eso es, en esencia, lo que Garland nos ofrece: un espectáculo visual que se queda en la epidermis, sin atreverse a rascar más allá de la superficie. El problema no es que la película sea oscura, sino que su oscuridad es hueca, como un pozo sin fondo donde las metáforas caen y se estrellan contra el silencio.

Y luego está Rory Kinnear, el actor fetiche de Garland, que aquí se multiplica en una galería de rostros masculinos tan grotescos que parecen sacados de un freak show victoriano. Desde el policía condescendiente hasta el adolescente lascivo, pasando por el vicario con sonrisa de hiena y el hombre verde que emerge de las entrañas de la tierra como un Cthulhu de feria, Kinnear se convierte en el chivo expiatorio perfecto para la misoginia estructural que la película pretende denunciar. Pero, ¿acaso no es irónico que, en su afán por criticar el patriarcado, Garland termine reduciendo a todos los hombres a una sucesión de caricaturas? El feminismo no se construye con monigotes, y Men parece olvidar que, a veces, lo más terrorífico no es lo que se ve, sino lo que se intuye.

La dirección: Garland en modo auteur pretencioso

Alex Garland dirige Men como si estuviera resolviendo un crucigrama de The New Yorker: con una mano en el bolsillo y la otra acariciando su ego. Su estilo, que en Ex Machina resultaba fresco y en Annihilation poético, aquí se vuelve repetitivo y autocomplaciente. Los planos secuencia, tan celebrados por la crítica más snob, son en realidad un recurso manido que Garland utiliza para esconder la falta de ritmo de su guion. Porque, seamos claros, Men no avanza: se arrastra, como un animal herido que no sabe si morir o seguir sufriendo.

El problema no es la ambición, sino la ejecución. Garland quiere que cada encuadre sea una declaración de intenciones, pero termina cayendo en lo obvio: el bosque como metáfora de lo primitivo, los túneles como símbolo del útero (o del infierno, según el día), y los hombres como representación de la opresión. Es como si alguien hubiera leído El segundo sexo de Simone de Beauvoir y hubiera decidido adaptarlo al cine sin entender ni una palabra. La película se regodea en su propia oscuridad, confundiendo lo siniestro con lo tedioso, y lo onírico con lo confuso.

Y luego está el final, ese clímax que pretende ser impactante pero que termina siendo tan predecible como un capítulo de Black Mirror. Garland parece creer que la ambigüedad es sinónimo de profundidad, cuando en realidad es solo una excusa para no mojarse. Men no es una película sobre el trauma femenino, sino sobre la incapacidad de Garland para abordarlo sin caer en el sensacionalismo más barato.

Las actuaciones: Buckley sufre, Kinnear se multiplica

Jessie Buckley es, sin duda, el alma de Men. Su interpretación de Harper, una mujer que huye de su dolor solo para encontrarse con versiones distorsionadas de sí misma, es intensa, visceral y, en ocasiones, insoportable. Buckley no actúa: se desangra en pantalla, como si cada escena fuera un exorcismo personal. Es una lástima que Garland no le dé un material a la altura, porque su trabajo aquí merece algo más que un guion lleno de agujeros y simbolismos de manual.

En el otro extremo está Rory Kinnear, que se convierte en el showman de la película. Su capacidad para transformarse en múltiples personajes es admirable, pero también resulta agotadora. Kinnear pasa de ser un policía amable a un adolescente baboso, luego a un vicario siniestro y, finalmente, a una criatura de pesadilla que parece salida de un cuadro de Hieronymus Bosch. El problema es que ninguno de estos personajes tiene profundidad: son arquetipos, muñecos de feria que Garland utiliza para ilustrar su tesis sobre la toxicidad masculina.

El resto del reparto, incluyendo a Paapa Essiedu y Gayle Rankin, queda reducido a papeles secundarios que no aportan nada al conjunto. Es como si Garland hubiera decidido que solo Buckley y Kinnear merecían existir en su mundo, dejando al resto como meros adornos en un paisaje ya de por sí sobrecargado.

El apartado técnico: Hardy ilumina, pero no salva

La fotografía de Rob Hardy es, con diferencia, lo mejor de Men. Sus planos, iluminados con una paleta de verdes enfermizos y rojos sanguinolentos, logran crear una atmósfera opresiva que se pega a la retina como un mal sueño. Hardy demuestra una vez más por qué es uno de los directores de fotografía más interesantes del cine actual, capaz de convertir un simple paseo por el bosque en una experiencia sensorial.

El diseño de sonido, por su parte, es otro de los aciertos de la película. Los silbidos del viento, los crujidos de las ramas y los susurros ininteligibles crean una banda sonora orgánica que refuerza la sensación de claustrofobia. Sin embargo, incluso aquí Garland se pasa de listo: en su afán por ser sutil, termina siendo confuso, como si el sonido estuviera diseñado para distraer más que para complementar.

El montaje, a cargo de Jake Roberts, es funcional pero poco inspirado. La película avanza a trompicones, con transiciones bruscas que rompen el ritmo en lugar de potenciarlo. Y el diseño de producción, aunque detallista, cae en lo obvio: los interiores de la casa rural son tan pinterescos que parecen sacados de un catálogo de Country Living, mientras que los exteriores, con sus bosques oscuros y sus túneles húmedos, recuerdan demasiado a The Witch (2015) como para resultar originales.

Lo mejor

  • La fotografía de Rob Hardy: Una obra maestra de iluminación que convierte el paisaje inglés en un personaje más de la película. Los verdes podridos y los rojos sangrientos se clavan en la retina como agujas.
  • Jessie Buckley: Su interpretación es tan intensa que duele. Buckley no actúa el trauma: lo vive, lo sufre y lo exorciza en pantalla con una honestidad brutal.
  • El diseño de sonido: Los susurros, los crujidos y los silbidos crean una atmósfera sonora que refuerza la sensación de opresión. Es el único elemento que logra transmitir verdadero terror.
  • Rory Kinnear: Su capacidad para multiplicarse en una galería de rostros grotescos es admirable, aunque el guion no le dé la profundidad que merece.

Lo peor

  • El guion de Alex Garland: Pretencioso, confuso y lleno de agujeros. Garland confunde lo críptico con lo incoherente y lo simbólico con lo obvio.
  • La dirección: Garland se regodea en su propia oscuridad hasta el punto de volverse tedioso. Los planos secuencia, tan celebrados, son en realidad un recurso para esconder la falta de ritmo.
  • El simbolismo barato: Reducir el trauma femenino a una sucesión de hombres grotescos es tan simplista como misógino. El patriarcado no se critica con monigotes.
  • El final: Pretende ser impactante, pero termina siendo predecible y vacío. Garland confunde ambigüedad con falta de ideas.
  • La falta de profundidad en los personajes: Harper es la única con matices; el resto son arquetipos vacíos que no aportan nada al conjunto.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Men es una película que oscila entre lo fascinante y lo frustrante, como un cuadro de Francis Bacon visto a través de un cristal empañado. Alex Garland tiene talento, eso es innegable, pero aquí parece más interesado en impresionar a la crítica snob que en contar una historia coherente. Jessie Buckley salva el barco con una interpretación memorable, pero ni siquiera su talento puede ocultar los agujeros de un guion que confunde lo onírico con lo confuso y lo simbólico con lo obvio. Men no es una obra maestra, pero tampoco es un desastre: es un experimento fallido, un folletín de terror rural con más pretensiones que sustancia. Y en Claqueta Ácida, eso merece un aplauso irónico y un suspiro de alivio porque, al menos, no es otra película de superhéroes. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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