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PUFA 2026 — Día 3: Delirios analógicos y paranoias de la mente

El tercer día del Puerta Fantástica de Valladolid (PUFA 2026) se caracterizó por un viaje de contraste con cuatro películas que han dejado sin aliento al equipo de Claqueta Ácida.

✍️ Por: Odin Lagbert
⏱️ Lectura: 12 min
Crítica y fotograma de la película PUFA 2026  en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película PUFA 2026

PUFA 2026 – Día 3: Delirios analógicos y paranoias de la mente (o cómo el cine moderno se empeña en recordarnos que el infierno son los demás, especialmente si son algoritmos)

El tercer día de la tercera edición de Pucela Fantástica (PUFA) no ha sido una jornada cinematográfica, sino un experimento social en toda regla. Un viaje en montaña rusa donde el festival, como un Frankenstein con síndrome de Diógenes, ha cosido retales de genialidad marginal, autopsias digitales y pesadillas freudianas para ofrecernos un menú degustación de cuatro platos que, en conjunto, saben a whisky barato y ansiolíticos caducados. Desde el Auditorio FUNDOS, templo del cine que huele a cerveza derramada y a sueños rotos de guionistas, hasta los Cines Broadway, donde la Sección Oficial intenta —sin éxito— convencernos de que el terror psicológico sigue siendo un género noble, el lunes 6 de julio ha sido una masterclass en cómo el cine contemporáneo puede ser simultáneamente fascinante y vomitivo. Y no, no es un cumplido.


16:15 h — Tarde de Bizarrada y Serie B: Babybacks, o el arte de cagarse en todo (incluido el espectador)

Comenzamos la tarde con Babybacks (94 min.), la última criatura de Geno Marx, un director que parece haber hecho un pacto con el diablo en un truck stop de Arizona a cambio de la habilidad de filmar escenas tan gratuitamente violentas que hasta los fans de A Serbian Film pedirían un trigger warning. Presentada en la sección Aquelarres —eufemismo festivalero para "aquí metemos lo que no se atreve a programar ni el Fantastic Fest por miedo a demandas—, la película es un road movie de terror fronterizo donde el único destino posible es el gore, la misoginia y el humor negro tan negro que hace que el carbón parezca un lienzo de Monet.


Clip de Babybacks
Clip de Babybacks

La trama, si es que puede llamarse así, sigue a un grupo de rednecks con más testosterona que neuronas que deciden secuestrar a una joven para convertirla en el trofeo de su particular hunting party. Lo que comienza como un exploit de serie B se transforma, gracias a la dirección de Marx, en un tour de force de violencia estilizada que recuerda —por lo bajo— a los excesos de Rob Zombie, pero con la sutileza de un martillo neumático. La fotografía, bañada en tonos sepia y rojos saturados, evoca el grindhouse de los 70, aunque con un presupuesto que huele más a crowdfunding que a studio backing. El montaje, frenético y caótico, parece diseñado para inducir migrañas, mientras que la banda sonora —una mezcla de country distorsionado y synthwave ochentero— suena como si alguien hubiera metido un boombox en un triturador de basura.

Pero lo más interesante de Babybacks no es su estética trash, sino su actitud. Marx no busca conmover, ni siquiera entretener: busca provocar, y lo logra con la elegancia de un elefante en una cacharrería. La película es un fuck you en mayúsculas a la corrección política, al wokeism y a cualquier intento de domesticar el cine de género. En una era donde hasta el slasher más sangriento viene con un disclaimer sobre "la importancia de la empatía", Babybacks es un puñetazo en la boca del estómago que deja claro que el terror, cuando es honesto, no necesita disculpas. Eso sí, que nadie espere encontrar aquí profundidad temática o personajes con los que empatizar: los protagonistas son tan profundos como un charco de barro, y su arco dramático consiste básicamente en pasar de borrachos a asesinos en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ¿sabes qué? En un festival donde el 90% de las películas parecen diseñadas por un comité de focus groups, Babybacks es un soplo de aire fresco… aunque ese aire huela a whisky barato y vísceras podridas.


18:00 h — Asfixia Digital en Estreno: Killing Time, o cómo el algoritmo se comió a tus hijos

Tras el shock visceral de Babybacks, el festival nos ofreció un cambio de tercio con Killing Time (83 min.), el thriller surcoreano de Jang Jun-yeop que prometía ser una crítica feroz a la cultura del like y la deshumanización digital. Y vaya si lo es… aunque también es una película tan claustrofóbica y repetitiva que uno termina deseando que los personajes se suiciden solo para que acabe de una vez.


Clip de Killing Time
Clip de Killing Time

La premisa es tan actual que duele: un grupo de influencers y creadores de contenido se encierran en un búnker para participar en un reality show en tiempo real donde el objetivo es generar engagement a cualquier precio. El problema —o la gracia, según se mire— es que el juego se vuelve real cuando descubren que, si no consiguen suficientes likes, el sistema activará un mecanismo que los matará. Lo que comienza como una sátira mordaz de la economía de la atención se transforma rápidamente en una carnicería donde los personajes, reducidos a avatares de sí mismos, se traicionan, humillan y asesinan en directo para sobrevivir. La crítica es obvia: en la era de las redes sociales, todos somos gladiadores digitales, y el Coliseo es el feed de Instagram.

El problema es que Killing Time cae en la misma trampa que critica: se obsesiona tanto con su mensaje que olvida que, para que una película funcione, primero tiene que entretener. El ritmo es agobiante, pero no en el buen sentido —como en Uncut Gems— sino en el sentido de "Dios mío, ¿cuándo va a terminar esto?". El director opta por un plano secuencia interminable que, en teoría, debería aumentar la tensión, pero que en la práctica se siente como estar atrapado en una reunión de Zoom con tu jefe y tus compañeros de trabajo más insoportables. La fotografía, fría y desaturada, refleja bien la despersonalización de los personajes, pero también hace que la película parezca un tutorial de cómo no iluminar un set. Y la banda sonora, compuesta por beeps electrónicos y glitches digitales, suena como si alguien hubiera dejado caer un iPhone en un microondas.

Dicho esto, hay que reconocerle a Killing Time su valentía a la hora de retratar la alienación digital. Las actuaciones son sorprendentemente buenas, especialmente la de la protagonista, que logra transmitir el vacío existencial de alguien cuya vida depende de un contador de likes. Pero la película peca de pretenciosa: en su afán por ser relevante, olvida que el cine, antes que nada, debe ser cinematográfico. Y Killing Time es más un ensayo sociológico con imágenes que una película en el sentido clásico del término. Eso sí, al menos tiene la decencia de no edulcorar su final: en la era de las redes sociales, todos somos prescindibles. Incluso los que hacen películas sobre lo prescindibles que somos.


20:15 h — Paranoia Colectiva en Sección Oficial: Capture, o el horror de lo que no se ve (pero debería)

Llegamos a los Cines Broadway con el estómago revuelto por el banquete digital de Killing Time y nos encontramos con Capture (85 min.), un thriller psicológico que, al menos en teoría, debería haber sido el antídoto a tanto exceso. Dirigida por un equipo anónimo —porque, al parecer, el misterio es parte de su marketing— la película promete explorar los límites de la percepción y el terror que acecha en los márgenes de la realidad. Y, durante los primeros 40 minutos, cumple.


Clip de Capture
Clip de Capture

Capture sigue a una fotógrafa que, tras sufrir un accidente, comienza a experimentar alucinaciones que la llevan a cuestionar su propia cordura. La premisa es clásica —recuerda vagamente a Repulsión de Polanski o a The Babadook— pero el enfoque es fresco: en lugar de recurrir al jump scare fácil, la película opta por una tensión lenta y opresiva, donde el verdadero horror no está en lo que se ve, sino en lo que se intuye. El diseño de sonido es brillante: susurros ininteligibles, pasos que no deberían estar ahí, respiraciones que no son las tuyas. La fotografía, fría y desaturada, refuerza la sensación de desconexión de la protagonista, y el montaje, con sus cortes abruptos y elipsis desconcertantes, logra que el espectador sienta que también está perdiendo la cabeza.

Pero aquí viene el problema: Capture es una película que promete más de lo que entrega. Durante su primera mitad, es un ejercicio de estilo impecable, una clase magistral de cómo construir tensión sin recurrir a los trucos baratos del terror comercial. Pero en su segunda mitad, la película se desinfla como un globo pinchado. Los giros argumentales son predecibles, los personajes —que hasta entonces habían sido meros arquetipos— se vuelven inconsistentes, y el final, que debería ser devastador, resulta anticlimático. Es como si los directores, tras haber construido una casa encantada de primera categoría, hubieran decidido quemarla antes de que el público pudiera explorarla del todo.

Aun así, Capture tiene méritos suficientes para destacar en la Sección Oficial. Su atmósfera es envolvente, su dirección es precisa, y su banda sonora —compuesta por sonidos ambientales y cuerdas disonantes— es una de las más efectivas del festival. Pero le falta algo: quizá coraje, quizá originalidad, quizá simplemente un guión que no se rinda a mitad de camino. En un festival donde el terror psicológico suele quedarse en lo superficial, Capture al menos intenta ir más allá. Lástima que se quede a medio camino.


22:00 h — Broche de Oro Malsano: Bad Haircut, o el terror de mirarse al espejo y no reconocerse

Y así llegamos al plato fuerte de la noche: Bad Haircut (110 min.), el thriller psicológico de la Sección Oficial que ha dejado al público de los Cines Broadway hipnotizado y perturbado a partes iguales. Dirigida por un equipo que, al igual que en Capture, prefiere mantenerse en el anonimato —porque, al parecer, el misterio vende—, la película es una pesadilla freudiana disfrazada de drama doméstico. Y, a diferencia de su predecesora en la sesión, esta sí cumple con lo que promete.


Clip de Bad Haircut
Clip de Bad Haircut

La trama sigue a Lena, una mujer que, tras sufrir un accidente de tráfico, despierta con una amnesia selectiva que le impide recordar los últimos cinco años de su vida. Lo que comienza como un drama íntimo sobre la pérdida de identidad se transforma rápidamente en un laberinto de obsesiones, mentiras y dobles personalidades que recuerda —para bien y para mal— a los mejores trabajos de David Lynch y David Cronenberg. La película juega con la percepción del espectador, presentando escenas que podrían ser flashbacks, alucinaciones o realidad, y dejando que sea el público quien decida qué creer. O, mejor dicho, quien intente decidir, porque Bad Haircut no tiene ninguna intención de dar respuestas fáciles.

El acierto de la película está en su atmósfera: densa, opresiva y cargada de simbolismo. La fotografía, con su paleta de grises enfermizos y verdes biliosos, evoca el surrealismo de Eraserhead, mientras que la banda sonora —una mezcla de cuerdas distorsionadas y sonidos industriales— refuerza la sensación de que algo no va bien. Pero lo más destacable es la dirección de actores: la protagonista, interpretada por una actriz cuyo nombre no trascenderá —porque, al parecer, el anonimato es parte de la experiencia—, ofrece una actuación desgarradora, llena de matices y ambigüedades. Es el tipo de interpretación que te hace olvidar que estás viendo una película y te sumerge por completo en su pesadilla.

Eso sí, Bad Haircut no es una película para todos los públicos. Su ritmo es deliberadamente lento, su narrativa es fragmentada y su final —que no revelaremos— es tan abierto que algunos espectadores saldrán de la sala furiosos. Pero es precisamente esa ambigüedad, esa negativa a dar respuestas, lo que hace que la película funcione. En un género —el terror psicológico— que suele caer en los clichés y las fórmulas, Bad Haircut se atreve a ser incómoda, desafiante y, sobre todo, honesta. No es una película perfecta —tiene sus lagunas y sus momentos de autocomplacencia— pero es una de esas raras obras que deja huella. Y en un festival donde la mayoría de las películas se olvidan a los cinco minutos de terminar, eso ya es mucho.


Lo mejor

Babybacks: Un fuck you en forma de película que demuestra que el terror trash* sigue vivo… y con muy mala leche. Bad Haircut: Una pesadilla freudiana que se atreve a no dar respuestas, algo tan raro en el cine actual como un influencer* con autocrítica.

Lo peor

Killing Time: Una crítica a las redes sociales que cae en los mismos vicios que denuncia: es pretenciosa, repetitiva y, en última instancia, aburrida*. Capture: Una película que promete el cielo pero se queda en el purgatorio*, con un final que parece escrito por un algoritmo de Netflix.

El Veredicto de Claqueta Ácida (0/10)

El tercer día del PUFA 2026 ha sido un viaje en montaña rusa donde el vértigo no venía de las curvas, sino de la inconsistencia de sus propuestas. Desde el gore sin complejos de Babybacks hasta la pesadilla freudiana de Bad Haircut, pasando por el ensayo sociológico fallido de Killing Time y el thriller psicológico a medias de Capture, la jornada ha sido un recordatorio de que el cine, cuando es bueno, puede ser transcendente, pero cuando es malo —o simplemente mediocre— puede ser insoportable. Y lo peor de todo es que, en este festival, incluso las películas malas tienen algo interesante que decir. Algo que, en el fondo, es peor que si no dijeran nada. Porque al menos así nos ahorraríamos el dolor de cabeza. 0/10, pero con la esperanza de que mañana alguien, por favor, nos dé algo que no nos haga querer arrancarnos los ojos.

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