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Series 🔥 Fusión Nuclear

Taboo — El Imperio de las Sombras donde Tom Hardy Juega a Ser Fantasma (y Casi lo Consigue)

✍️ Por: Lúa Ácida
🎬 Director: Steven Knight, Chips Hardy, Tom Hardy
👥 Reparto: Tom Hardy, David Hayman, Jonathan Pryce, Oona Chaplin, Richard Dixon, Leo Bill
⏱️ Lectura: 13 min
🔥 Fusión Nuclear 8/10
Público --
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Taboo: El Imperio de las Sombras donde Tom Hardy Juega a Ser Fantasma (y Casi lo Consigue)
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5.0

​La niebla londinense nunca había olido tan a podredumbre y ambición como en Taboo, esa criatura híbrida que nació del cerebro febril de Steven Knight (el mismo que nos regaló el thriller claustrofóbico Locke) y las vísceras expuestas de Tom Hardy, quien aquí no solo actúa, sino que se arrastra por el barro como un espectro con resaca. Corría el año 2017, y el mundo aún se tambaleaba entre el Brexit y la resaca de Juego de Tronos, ansioso por historias que olieran a traición, sangre y té frío. Scott Free Productions, esa factoría de prestigio capitaneada por los hermanos Scott, decidió apostar por un proyecto que prometía ser el Deadwood británico, pero con más niebla y menos dientes de oro. Lo que nadie esperaba era que Taboo terminara siendo un banquete gótico donde lo sublime y lo ridículo se daban la mano como viejos amigos borrachos en un burdel del siglo XIX.
​El origen de la serie es casi tan turbio como su protagonista: James Keziah Delaney, un hombre que regresa de África con la piel marcada por el sol y el alma por el diablo. Hardy, obsesionado con los personajes rotos (recordemos su Max Rockatansky en Mad Max: Fury Road o su Bane en The Dark Knight Rises), se asoció con su padre, Chips Hardy, para cocinar una historia que olieran a pólvora y a secretos familiares. El resultado fue un guión que Steven Knight pulió hasta dejarlo brillante como una navaja recién afilada, aunque con algunos bordes tan irregulares que amenaban con cortar al espectador en el proceso. La premisa era irresistible: un heredero que regresa de entre los muertos para reclamar un imperio de barcos, solo para descubrir que su padre era un monstruo, su país una farsa y sus enemigos más cercanos que su propia sombra. ¿Suena a Hamlet con más barro y menos monólogos? Pues sí, pero con la diferencia de que aquí el príncipe danés llevaría un abrigo manchado de sangre y un tic nervioso en el ojo izquierdo.
​El problema, como siempre, fue la ejecución. Taboo llegó en un momento en que la televisión británica estaba dominada por el realismo sucio de Peaky Blinders (también creada por Knight) y el esplendor decadente de The Crown. En medio de ese paisaje, la serie intentó ser un híbrido entre el drama histórico y el thriller sobrenatural, con un toque de noir gótico que recordaba a Penny Dreadful, pero sin sus monstruos de cartón piedra. El resultado fue una bestia extraña: a ratos hipnótica, a ratos tediosa, como si alguien hubiera mezclado El corazón de las tinieblas con un episodio especialmente lúgubre de EastEnders. Y en el centro de todo, Tom Hardy, actuando como si cada escena fuera un duelo a muerte entre su personaje y el sentido común. Porque, seamos honestos, Delaney no es un hombre; es un concepto abstracto de masculinidad tóxica envuelto en un abrigo que parece sacado de un contenedor de basura.
​Lo que salva a Taboo de ser un fracaso absoluto es su ambición desmedida. Knight y Hardy no querían hacer una serie más sobre un tipo duro en un Londres sucio; querían crear un mito moderno, una fábula sobre el capitalismo temprano, la corrupción moral y la redención imposible. El problema es que, en su afán por ser profundos, a veces terminan siendo pretenciosos, como si cada diálogo estuviera escrito con la solemnidad de un sermón y la sutileza de un martillazo en la sien. La primera temporada (y única, por ahora) es un viaje en barco por aguas turbulentas: a veces el viento sopla a favor y las velas se hinchan con elegancia, pero otras veces el timón se rompe y acabas dando vueltas en círculos, preguntándote si valió la pena embarcarte en este viaje.
​La Dirección: Un Baile Macabro entre la Genialidad y el Exceso
​Si hay algo que los directores Kristoffer Nyholm y Anders Engström supieron plasmar bajo la batuta de Knight, es crear atmósferas opresivas. En Taboo, Londres no es una ciudad; es un organismo vivo y podrido, un lugar donde la niebla no solo oculta los crímenes, sino que parece alimentarse de ellos. La dirección de fotografía de Mark Patten es una de las grandes virtudes de la serie: cada plano está bañado en una paleta de grises, marrones y negros, como si el celuloide hubiera sido sumergido en té frío durante semanas. Los interiores, iluminados con velas y lámparas de aceite, tienen esa textura granulada que recuerda al cine de Andrei Tarkovsky, pero con un toque de grindhouse que evita que la serie se ahogue en su propia solemnidad. El problema es que, a veces, la estética se come al guion. Hay escenas enteras donde lo único que importa es el mood, como si los realizadores hubieran olvidado que, al final del día, una serie necesita una trama que avance, no solo un ambiente que asfixie.
​El ritmo de Taboo es otro de sus puntos débiles. La serie tiene la paciencia de un monje budista y la urgencia de un caracol con artritis. Los primeros episodios son especialmente lentos, como si la puesta en escena estuviera más interesada en que el espectador huele el barro de Londres que en contarle una historia. Hay momentos en los que la serie parece un slideshow de cuadros oscuros: hermosos, sí, pero estáticos. ¿El resultado? Una experiencia que a ratos es fascinante y a ratos es como ver pintura secarse, pero con más gruñidos de Tom Hardy. Eso sí, cuando la trama decide moverse, lo hace con la fuerza de un tren descarrilado: traiciones, asesinatos, conspiraciones y un misterio familiar que huele a podrido desde el primer episodio. El problema es que, para cuando llegas al final de la temporada, te das cuenta de que has invertido ocho horas de tu vida en una historia que podría haberse contado en cuatro, y con menos monólogos sobre el destino.
​El guion, escrito a seis manos entre Knight, Hardy y Dean Baker, es un animal salvaje: a veces brillante, a veces torpe, pero siempre impredecible. Hay diálogos que suenan como si Shakespeare hubiera escrito para The Wire, y otros que parecen sacados de un fanfic de Assassin’s Creed. La gran virtud del libreto es su ambición temática: Taboo no es solo una historia sobre un hombre que hereda un imperio; es una reflexión sobre el colonialismo, la corrupción y el precio de la venganza. El problema es que, en su afán por ser profunda, la serie a veces se pierde en su propia niebla. Hay subtramas que no llevan a ninguna parte (¿alguien recuerda a ese personaje que desaparece después del episodio tres?) y giros argumentales que parecen sacados de un cajón de sastre. Pero cuando acierta, acierta de lleno. La relación entre Delaney y su hermana Zilpha (una Oona Chaplin que brilla con luz propia) es uno de los puntos fuertes de la serie, un duelo de miradas y silencios que dice más que cualquier monólogo. Y luego está el villano, la East India Company, representada por un Jonathan Pryce que parece sacado de una pesadilla de Drácula. Su interpretación es tan exagerada que roza lo camp, pero funciona porque el mundo de Taboo es tan grotesco que hasta los villanos parecen caricaturas.
​Los Actores: Un Reparto que Sobrevive a la Niebla (Casi Todos)
​Si hay un dios del cine, debe estar muy orgulloso de Tom Hardy. Porque, seamos honestos, nadie más podría haber interpretado a James Delaney sin que el personaje colapsara bajo el peso de su propia pretensión. Hardy no actúa; habita a Delaney como si fuera un espíritu poseyendo un cadáver. Cada gruñido, cada mirada de reojo, cada vez que mastica carne cruda como si fuera un ritual satánico, es pura teatralidad física, un recordatorio de que el cine (y la televisión) puede ser un espectáculo visceral. El problema es que, a veces, Hardy parece estar actuando en una película completamente diferente al resto del reparto. Mientras los demás intentan mantener un tono realista, él se lanza de cabeza al melodrama, como si estuviera interpretando a un fantasma en una obra de teatro del siglo XIX. ¿Es exagerado? Sí. ¿Es efectivo? También. Porque, al final del día, Taboo no es una serie sobre sutilezas; es un circo de sombras donde los personajes gritan sus traumas en lugar de susurrarlos.
​El resto del reparto hace lo que puede para no ahogarse en el tsunami Hardy. Oona Chaplin (Zilpha) es la gran revelación: su química con Hardy es electrizante, llena de tensión sexual y resentimiento fraternal. David Hayman (Brace) aporta una humanidad desgarradora a su personaje, un hombre atrapado entre la lealtad y la supervivencia. Y luego está Jonathan Pryce, que interpreta al líder de la Compañía con la sonrisa de un hombre que acaba de descubrir que le gusta el sabor de la sangre. Su actuación es tan exagerada que parece un cruce entre el Sir Laurence Olivier de Ricardo III y un villano de Batman: The Animated Series. Pero, de nuevo, funciona porque el mundo de Taboo es tan grotesco que hasta los villanos parecen sacados de un cómic.
​El único punto débil del reparto es, irónicamente, el enfoque escrito para Benjamin Wilton (interpretado por Leo Bill), cuyo rol en las oficinas de la Compañía resulta a veces tan plano y funcional para la exposición de datos que parece un recorte de cartón. Su subtrama es por momentos tan sosa que hace que el resto del elenco parezca el Royal Shakespeare Company en comparación. Pero, en una serie donde hasta los secundarios tienen más capas que una cebolla podrida, su presencia burocrática pasa casi desapercibida.
​El Apartado Técnico: Cuando el Barro se Convierte en Arte
​Si hay algo que Taboo hace bien (y lo hace muy bien) es su diseño de producción. La serie recrea el Londres de 1814 con una autenticidad que huele a sudor, a carbón y a miseria. Los decorados son tan detallados que parecen sacados de un museo, pero con esa capa de suciedad que evita que la serie caiga en el heritage drama tradicional. El vestuario, especialmente el de Hardy, es una obra maestra de la caracterización: su abrigo no es solo un abrigo; es una armadura psicológica, un símbolo de su aislamiento y su furia. Y luego está el maquillaje, que convierte a los personajes en criaturas de la noche. Delaney parece un cadáver recién desenterrado, y no es casualidad: el diseño de su rostro está pensado para que el espectador sienta que está viendo a un hombre que ya no pertenece a este mundo.
​La fotografía de Mark Patten es otro de los puntos fuertes. Cada plano está compuesto como si fuera un cuadro de Francisco de Goya, lleno de sombras alargadas y luces tenues que parecen a punto de extinguirse. El uso del color es especialmente brillante: los tonos tierra dominan la paleta, pero hay destellos de rojo (sangre, vino, labios) que actúan como advertencias visuales. El problema es que, a veces, la estética se come a la narrativa. Hay escenas enteras donde lo único que importa es el mood, como si Patten y los directores hubieran olvidado que una serie necesita avanzar, no solo asfixiar al espectador con su atmósfera.
​La banda sonora, compuesta por Max Richter (sí, el mismo que hizo la música de The Leftovers), es una obra maestra de minimalismo opresivo. Los temas son escasos, pero cuando aparecen, lo hacen con la fuerza de un martillazo en el pecho. El uso del silencio es igual de efectivo: hay escenas donde lo único que se oye es el crujido de las tablas del suelo o el sonido de la lluvia, y es en esos momentos cuando Taboo alcanza su máxima expresión. El montaje, sin embargo, es irregular. Hay secuencias que fluyen con la elegancia de un vals, pero otras parecen editadas por alguien que se quedó dormido en el teclado. El ritmo es el gran talón de Aquiles de la serie: a veces avanza como un río caudaloso, pero otras veces se estanca como un charco de agua sucia.
​Lo mejor
​La fotografía de Mark Patten: Un festín visual de sombras alargadas, luces tenues y tonos tierra que convierten cada plano en un cuadro de Goya. El Londres de Taboo no se ve; se huele.
​Tom Hardy: Un actor que convierte cada gruñido en poesía y cada mirada en un puñal. Delaney no es un personaje; es una fuerza de la naturaleza con un abrigo sucio.
​El diseño de producción: Un Londres de 1814 tan auténtico que huele a carbón, sudor y traición. Los decorados no son decorados; son personajes.
​La banda sonora de Max Richter: Minimalista, opresiva y perfecta. Cada nota es un recordatorio de que estás viendo algo que duele.
​Oona Chaplin: Una actriz que brilla con luz propia en un reparto de sombras. Su química con Hardy es electrizante, llena de tensión y resentimiento.
​Lo peor
​El ritmo: Una serie que avanza como un caracol con artritis. Ocho episodios que podrían haberse contado en cuatro.
​El guion: Ofrece un retrato bizarro y brillante en algunos momentos, pero resulta torpe en otros. Como un diamante en bruto con demasiadas aristas.
​La escritura de Benjamin Wilton: Un personaje tan plano en su función expositiva que hace que el resto del reparto parezca el Royal Shakespeare Company. Su rol es tan plano que parece un recorte de cartón.
​La pretensión: A veces, Taboo parece más interesada en ser profunda que en contar una historia. Como si Shakespeare hubiera escrito para un manual de autoayuda.
​Los monólogos: Demasiados, demasiado largos y demasiado solemnes. Hay escenas donde Hardy parece estar compitiendo con un cura borracho por ver quién da el sermón más largo.
​El Veredicto de Claqueta Ácida
​Taboo es esa extraña criatura que nace cuando mezclas el barro de Peaky Blinders con la niebla de Penny Dreadful y le añades un toque de Hamlet interpretado por un hombre que come carne cruda en escena. No es una obra maestra, pero tampoco es un fracaso; es una bestia herida que cojea con estilo, como un fantasma que se niega a morir. Tiene momentos de genialidad absoluta (la fotografía, Hardy, la banda sonora) y otros de tedio insoportable (el ritmo, los monólogos, la rigidez de ciertos secundarios). Es una serie que exige paciencia, como un vino caro que sabe a vinagre al principio pero mejora con el tiempo. Si logras sobrevivir a los primeros episodios, te encontrarás con una historia oscura, ambiciosa y profundamente imperfecta, como un diamante tallado por un borracho. Pero, seamos honestos, en un mundo donde la televisión parece escrita por algoritmos, Taboo es un soplo de aire podrido y necesario. 💀

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