'The Substance' — Cuando el Body Horror se Convierte en Metáfora de una Industria Podrida (y Nadie se Da Cuenta)
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Ah, The Substance. El último engendro cinematográfico de Coralie Fargeat, ese director que parece obsesionado con demostrar que el body horror no es solo un subgénero, sino una metáfora perfecta de su propia carrera: algo que empieza con promesas y termina convertido en un amasijo de carne podrida y pretensiones intelectuales. Presentada en Cannes 2024 con la pompa de quien cree estar revelando el nuevo Videodrome, esta película es, en realidad, un ejercicio de autocomplacencia tan exagerado que hasta el propio Cronenberg habría pedido un cut menos pretencioso. Pero no, Fargeat sigue adelante, como un cirujano borracho que insiste en operar con un cuchillo de mantequilla y un manual de filosofía barata. Bienvenidos al festival de lo grotesco, donde el único cuerpo que se descompone más rápido que el de Demi Moore es el del guion mismo.
El Body Horror como Excusa para No Tener Nada que Decir (O Cómo Convertir la Misoginia en Arte… O No)
The Substance nos presenta a Elizabeth Sparkle (Demi Moore), una estrella de acción envejecida que, tras ser despedida de su serie de televisión por una ejecutiva sin escrúpulos (interpretada con la sutileza de un martillo neumático por Margaret Qualley), decide inyectarse un misterioso compuesto llamado, cómo no, The Substance. Este elixir milagroso promete devolverle la juventud, pero, como todo en la vida (y en esta película), tiene un precio: tu dignidad, tu cordura y, eventualmente, tu cuerpo entero. Lo que sigue es una sucesión de escenas donde Moore se descompone, literalmente, en una serie de secuencias que oscilan entre lo repugnante y lo hilarantemente ridículo. Es como si The Fly y Black Swan hubieran tenido un hijo bastardo con un episodio de Grey’s Anatomy escrito por un becario de Reddit en pleno bad trip de ketamina.
Pero aquí está el problema: Fargeat parece creer que el body horror es un fin en sí mismo, no un medio. El género no existe para que te maravilles con los efectos prácticos (por muy bien hechos que estén), sino para explorar algo más profundo: el miedo a la decadencia, la obsesión por la perfección, la misoginia internalizada de una industria que devora a las mujeres. Y, sin embargo, The Substance se queda en la superficie, como un adolescente que descubre a Nietzsche y cree que eso lo convierte en un filósofo. Hay momentos en los que la película parece una parodia involuntaria de sí misma, como cuando Elizabeth se mira al espejo y llora mientras su piel se desprende como papel de regalo barato. ¿Es esto una crítica al edadismo en Hollywood? ¿Una reflexión sobre la autodestrucción de las estrellas? No, es simplemente un director masturbándose con su propio reflejo en el monitor, convencido de que está haciendo algo revolucionario cuando en realidad está repitiendo fórmulas que Cronenberg ya perfeccionó (y superó) hace cuatro décadas.
Y luego está el tema de la misoginia. Porque, seamos honestos, esta película no es una crítica al machismo en la industria del cine, es un síntoma de él. Elizabeth Sparkle no es un personaje, es un punching bag con patas. Su arco narrativo consiste en ser humillada, desechada y, finalmente, reducida a un montón de carne palpitante. No hay agencia, no hay complejidad, solo una mujer siendo castigada por el pecado de envejecer. Y lo peor es que Corbin parece creer que esto es feminismo, como si mostrar a una mujer sufriendo fuera equivalente a hacer una declaración política. Es el mismo error que cometen todos esos directores que confunden el shock con la profundidad: creen que porque algo es desagradable, automáticamente es inteligente. Spoiler: no lo es. Si quisieras hacer una película sobre el edadismo en Hollywood, quizá deberías empezar por no reducir a tu protagonista a un saco de carne que grita mientras se derrite.
Demi Moore y el Arte de la Autodestrucción (O Cómo Convertirse en tu Propio Efecto Especial)
Demi Moore ha tenido una carrera tan irregular que uno podría argumentar que su mayor talento es sobrevivir a sus propios desastres. Pero incluso para ella, The Substance es un nuevo nivel de autohumillación. Moore, que en su día fue la reina de Hollywood (y de las portadas de Vanity Fair con un bebé en brazos y un abdomen esculpido por los dioses), aquí se lanza de cabeza a un papel que parece diseñado para recordarle al mundo que, sí, los años no pasan en vano. Y vaya si lo consigue: su interpretación es tan exagerada que a veces parece que está compitiendo con Nicolas Cage por el título de «Actor que Más Grita en una Escena de Body Horror». Hay momentos en los que su actuación es tan sobreactuada que uno no sabe si reír o llamar a un exorcista. Es como si alguien le hubiera dicho: «Demi, queremos que te deshagas en la pantalla», y ella lo hubiera tomado como un reto personal, como si estuviera decidida a demostrar que puede ser más grotesca que un episodio de American Horror Story dirigido por un alumno de primer año de la escuela de cine.
Pero, ¿sabes qué es lo más triste? Que Moore merecía algo mejor. No un guion mejor (porque, seamos honestos, este guion no tiene salvación), sino un papel que no la redujera a un freak show andante. En lugar de explorar la psicología de una mujer atrapada en una industria que la desecha, la película se limita a convertirla en un espectáculo de horror, como si su único valor residiera en lo mucho que puede sufrir en pantalla. Y eso, queridos lectores, no es actuación; es explotación disfrazada de arte. Demi Moore no es una actriz aquí, es un efecto especial con piernas, un maniquí al que le han inyectado tanto látex y maquillaje que ya ni siquiera parece humana. Y lo peor es que, en el fondo, uno sospecha que ella lo sabe. Porque, seamos honestos, nadie se somete a ese nivel de degradación física y emocional sin ser consciente de que está cavando su propia tumba cinematográfica.
Y luego está Margaret Qualley, que hace de la joven ejecutiva que reemplaza a Elizabeth. Qualley, bendita sea, intenta darle algo de profundidad a su personaje, pero el guion la condena a ser poco más que un arquetipo: la villana sin matices, la femme fatale sin alma. Su actuación es lo único que salva a la película de ser un completo desastre, aunque incluso ella parece consciente de que está nadando en un océano de mediocridad. Hay una escena en la que Qualley y Moore se enfrentan en un baño, y es tan ridícula que uno no sabe si aplaudir su entrega o pedirle a alguien que les lance un salvavidas. Porque, al final del día, esta película no es un duelo de actrices, es un concurso de a ver quién aguanta más sin vomitar en el set.
Lo mejor
- Los efectos prácticos: Porque, seamos justos, el equipo de maquillaje y efectos especiales hizo un trabajo tan meticuloso que uno casi siente lástima por Demi Moore. Ver cómo su cuerpo se descompone poco a poco es tan desagradable como fascinante, como un accidente de tráfico del que no puedes apartar la vista. Si esta película hubiera sido un cortometraje de 10 minutos sobre los efectos de The Substance, habría sido una obra maestra del terror corporal. Lástima que CFargeat decidió estirar la agonía durante dos horas y media.
- La fotografía de Robbie Ryan: Porque, a pesar de que el material es un desastre, Ryan logra darle un aire de elegancia decadente a la película. Los tonos fríos, los encuadres claustrofóbicos y esa paleta de colores que oscila entre el rosa neón y el gris cadavérico le dan a The Substance un aspecto visual que, al menos, hace que parezca una película de arte y no un episodio de Toddlers & Tiaras dirigido por David Lynch. Es como si alguien hubiera tomado The Neon Demon y la hubiera inyectado con esteroides baratos. Lástima que la belleza visual no pueda salvar un guion que huele a podrido.
- El momento en que Margaret Qualley come un sándwich: Porque, en medio de tanto horror y pretensión, hay una escena en la que Qualley se come un sándwich con una naturalidad que casi hace que uno se olvide de que está en una película sobre una mujer derritiéndose. Es un respiro tan inesperado que casi parece un error de continuidad. Si Fargeat hubiera tenido el valor de hacer una película sobre una ejecutiva de Hollywood que solo quiere comer un sándwich en paz, quizá habríamos tenido una obra maestra. Pero no, tenía que arruinarlo todo con The Substance.
Lo peor
- El guion: Un amasijo de clichés y pretensiones: Si el body horror es una metáfora de la decadencia, el guion de The Substance es la prueba viviente de que el cine de autor puede ser tan predecible como una comedia romántica de Hallmark. Coralie Fargeat parece creer que repetir los mismos temas una y otra vez (edadismo, misoginia, la industria del cine como monstruo devorador) la convierten en profunda. Spoiler: no es así. Es como si alguien hubiera tomado un ensayo universitario sobre el feminismo en Hollywood, lo hubiera mezclado con un episodio de Black Mirror y luego lo hubiera regurgitado en forma de guion. El resultado es una película que se siente tan original como un remake de los 90.
- Demi Moore siendo reducida a un chiste andante: Hay algo profundamente triste en ver a una actriz que en su día fue sinónimo de poder y glamour convertida en un freak show de látex y gritos. Moore se lanza al papel con una entrega que roza lo autodestructivo, pero el guion no le da nada con lo que trabajar, más allá de «sufre, sufre mucho». Es como si Corbin hubiera visto Monster y hubiera decidido que lo único que necesitaba para hacer una gran película era una actriz dispuesta a humillarse en pantalla. Pero el body horror no es solo sufrimiento físico; es una exploración de la psique humana, y aquí no hay psique, solo carne. Demi Moore merecía algo mejor que ser el equivalente cinematográfico de un experimento fallido de laboratorio.
- La falta de matices en los personajes: Todos los personajes de The Substance son arquetipos sin profundidad, como si Corbin hubiera decidido que la complejidad era un lujo que no podía permitirse. Elizabeth es la víctima, la ejecutiva es la villana, y Dennis Quaid (en un papel tan pequeño que parece un cameo de cortesía) es el hombre blanco que, cómo no, sigue teniendo más agencia que las dos protagonistas juntas. Es como si alguien hubiera tomado un manual de escritura de guiones de los 80 y lo hubiera seguido al pie de la letra, sin darse cuenta de que el mundo ha cambiado. En 2024, una película que reduce a sus personajes femeninos a víctimas y villanas sin matices no es transgresora; es perezosa.
El Veredicto de Claqueta Ácida
The Substance es el tipo de película que te deja con una sensación de vacío existencial, como si acabaras de presenciar un accidente de tren en cámara lenta y, en lugar de sentir compasión por las víctimas, solo pudieras pensar: «¿Por qué demonios alguien decidió filmar esto?». Coralie Fargeat tenía una oportunidad de oro para hacer una crítica feroz y necesaria sobre el edadismo y la misoginia en Hollywood, pero en lugar de eso, nos entregó un torture porn intelectualoide que confunde el shock con la profundidad y la autodestrucción con el arte. Es una película que se toma a sí misma tan en serio que uno no puede evitar reírse, no porque sea graciosa, sino porque es tan ridícula que roza lo sublime. Demi Moore se deshace en pantalla con una entrega que roza lo patético, Margaret Qualley intenta salvar los muebles con una actuación que, al menos, tiene algo de dignidad, y Dennis Quaid pasa tan desapercibido que uno casi siente lástima por él. Al final, The Substance no es una película sobre la decadencia de Hollywood, sino sobre la decadencia del cine mismo: un espectáculo grotesco que se cree revolucionario cuando en realidad no es más que un síntoma de una industria que ha perdido el rumbo. Si esto es lo mejor que Cannes 2024 tiene para ofrecer, quizá sea hora de apagar las luces y dejar que el body horror se lo trague todo. 💀