Megalopolis — Ópera de Pretensión Metálica y el Arte de la Mediocridad Monumental
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La llegada de Megalopolis a la gran pantalla fue tan sutil como una explosión nuclear en una biblioteca: un anuncio de marketing que prometía una catedral cinematográfica para la era post‑digital, y una publicidad que describía el film como "una visión épica de la arquitectura del futuro". Cuando la claqueta cayó, el sonido reverberó en la penumbra del vestíbulo, donde el público, medio fascinado, medio escéptico, se cuestionaba si había acudido a una exposición de arte contemporáneo o a la última apuesta de un direct‑to‑streaming con exceso de presupuesto. Nuestra redacción, perpetuamente inmune al magnetismo de los “eventos” de Hollywood, tomó su taza de café y decidió sobrevivir a la pretensión, armado con sarcasmo y una pluma afilada.
En lugar de encontrar la profunda resonancia de un proyecto que pretendía redefinir el cine, nos topamos con una carga de egos grandilocuentes que parecía haber sido diseñada por un comité de ejecutivos que, tras ver demasiadas series de ciencia‑ficción en streaming, decidieron que la única forma de impresionar era superponiendo capas de CGI hasta que la historia original quedara enterrada bajo una maraña de efectos visuales. El resultado es una película que, en teoría, debería ser una meditación sobre la urbanidad y la culpa colectiva, pero que en la práctica suena como una confesión de la propia culpa del estudio por gastar miles de millones en pantallas luminosas.
Un viaje alucinante al aburrimiento absoluto
La trama, si se le puede llamar así, se despliega como un laberinto de ideas inconexas: un ingeniero visionario (Washington) sueña con reconstruir la ciudad después de una catástrofe, mientras una conspiración política (Ronan) intenta frenar su proyecto mediante maniobras burocráticas que podrían haber sido sacadas de un manual de procedimiento de la ONU. Cada escena está tan cargada de exposición que resulta una sinfónica de diálogos que recuerdan a un discurso de la ONU sin subtítulos. Los personajes, en lugar de evolucionar, se convierten en tótems de moralidad vacía; la única cosa que cambia es la calidad del CGI que los rodea.
Los momentos de supuesta tensión dramática son tan predecibles que el espectador puede anticipar el próximo giro antes de que la cámara cambie de ángulo. Cuando el villano revela su plan maestro, la audiencia ya está a dos minutos de tiempo de crédito, y el único misterio restante es quién logrará que el sonido en la sala se apague antes de que el proyecto de la ciudad se convierta en un bloque de datos inútil. En el clímax, la ciudad se ilumina con luces de neón que intentan disimular la falta de sustancia, y la música épica, compuesta por una orquesta que suena más a un banco de sonido de producción que a una partitura original, intenta, sin éxito, salvar la narrativa.
Estética de serie B y Pepsi‑Cola
Visualmente, Megalopolis se apoya en una paleta de tonos azul cian y gris metálico que, si no fuera por la sobresaturación del CGI, podría haber sido una obra de arte minimalista. En su lugar, la película nos sirve una montaña rusa de efectos digitales que recuerdan a los videojuegos de los años 2000, donde los edificios se desmoronan con la gracia de un cubo de Rubik girando sin sentido. La fotografía de Philippe Le Sourd, aunque impecable en sus planos más íntimos, se pierde entre la niebla artificial y los reflejos de pantallas LED, creando una atmósfera que parece más una maqueta de modelismo que una ciudad real.
Los diseñadores de producción, claramente influenciados por la estética de los comerciales de refrescos, han llenado cada rincón de la pantalla con logotipos ficticios y anuncios holográficos que resultan tan intrusivos como un anuncio de "Compra ahora" en medio de una película de autor. El sonido, manejado por el equipo de mezcla, se equivoca entre el rugir de los motores de la ciudad y el clic de los teclados, una dualidad que sugiere que el presupuesto se gastó más en crear un sonido de fondo de data center que en una banda sonora que acompañara la verdadera emoción humana (que, dicho sea de paso, nunca llega).
Lo mejor
- John David Washington ofrece una actuación que, aunque limitada por el guion, muestra destellos de carisma que recuerdan al héroe interior de Training Day, pero sin el peso de la culpa.
- Los efectos de iluminación nocturna logran crear un ambiente cyber‑punk que, a pesar de su exceso, funciona como un homenaje visual a los clásicos del género.
- La dirección de arte consigue que la ciudad se vea como una mezcla entre una metrópolis real y un set de The Sims, proporcionando una extraña belleza estética que, si se mira sin pretensiones, resulta curiosamente atractiva.
Lo peor
- El guion se siente como una hoja de cálculo corporativa: lleno de datos, sin corazón, y con una lógica que se desvanece en cada párrafo.
- La sobreabundancia de CGI hace que los actores parezcan meros avatares en una simulación, robando cualquier posibilidad de empatía o identificación.
- La excesiva autopromoción en forma de product placement digital (marcas ficticias que gritan "consúmeme") resulta un recordatorio constante de que el cine también es negocio, y que aquí el arte quedó a la puerta de la oficina de marketing.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Megalopolis es la prueba viviente de que la ambición sin dirección puede convertir la gran pantalla en una gloriosa galería de arte contemporáneo donde la única pieza de valor es la que muestra cuán lejos pueden llegar los presupuestos cuando el talento se sacrifica en el altar del espectáculo. La película se presenta como una epopeya del futuro, pero termina siendo una epopeya de la vanidad del Hollywood contemporáneo, donde la arquitectura digital sustituye a la trama y la pantalla brillante ahoga cualquier intento de profundidad. En definitiva, si buscas una película que te haga reflexionar sobre la condición humana, sigue buscando; si lo que deseas es un desfile de luces y efectos, tal vez esta sea la experiencia que buscas, aunque te deje con una resaca de neón y la sensación de haber pagado por un tour virtual de la peor convención de ciencia‑ficción. En el último fotograma, el futuro se desvanece con un destello de píxeles, y solo queda la incómoda certeza de que la verdadera catástrofe fue el intento de pretender ser algo que nunca fue. 💀
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