🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes 🔥 Fusión Nuclear

Alleluia — La pasión asesina e insana llevada a su extremo más carnal

Fabrice Du Welz reinterpreta el mito de los asesinos de corazones solitarios en un torbellino febril de celos, sumisión y sangre encabezado por Lola Dueñas.

✍️ Por: Héctor Veneno
🎬 Director: Fabrice Du Welz
👥 Reparto: Lola Dueñas, Laurent Lucas, Héléna Noguerra, Stéphane Bissot, Edith Le Merdy, Anne-Marie Loop, David Murgia
⏱️ Lectura: 10 min
🔥 Fusión Nuclear 8.5/10
Crítica y fotograma de la película Alleluia - La pasión asesina e insana llevada a su extremo más carnal en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Alleluia - La pasión asesina e insana llevada a su extremo más carnal

Alleluia: El amor como patología terminal (o cómo convertir el crimen pasional en un espectáculo de carne y sudor)

La crónica negra estadounidense siempre ha tenido debilidad por los monstruos con carnet de socio del club de los corazones rotos. Raymond Fernandez y Martha Beck, esa pareja de asesinos en serie de los años 40 que se hacían pasar por hermanos para seducir y masacrar a mujeres solitarias, han sido objeto de fascinación morbosa durante décadas. Desde The Honeymoon Killers (1970) de Leonard Kastle hasta Profundo carmesí (1996) de Arturo Ripstein, el mito ha sido diseccionado con bisturí de cirujano y mirada de voyeur. Pero el belga Fabrice Du Welz, ese enfant terrible del cine europeo que ya nos dejó boquiabiertos con Calvaire (2004) y Vinyan (2008), decide agarrar el cadáver de esta leyenda y sacudirlo hasta que suelten chispas. El resultado: Alleluia, una película que no es tanto un thriller como un exorcismo en forma de vals macabro, donde el amor se mide en litros de sangre y los celos son el único lenguaje universal.

Du Welz no se anda con remilgos académicos ni recreaciones de época con polvo de nostalgia. No, señor. Él agarra el mito, lo arranca de su contexto histórico y lo planta en la Bélgica rural contemporánea, un paisaje de gasolineras cutres, apartamentos de alquiler barato y bares de carretera donde el olor a cerveza rancia se mezcla con el sudor de la desesperación. Aquí no hay glamour ni romanticismo gótico: solo carne trémula, piel sudorosa y miradas que huelen a podrido. Alleluia es la versión definitiva de la leyenda de los "asesinos de corazones solitarios" porque, en lugar de mitificar, descompone. Y lo hace con una crudeza que deja al descubierto los tendones de la locura amorosa.


El pacto de sangre: cuando el amor es una enfermedad contagiosa

Gloria (Lola Dueñas, en una actuación que debería venir con advertencia de "riesgo de infarto interpretativo") es una madre soltera que trabaja en una morgue, un detalle simbólico que Du Welz no se molesta en disimular: esta mujer ya está acostumbrada a lidiar con cadáveres, pero no con los suyos propios. Su vida es un páramo de soledad, una sucesión de noches vacías y días grises donde el único consuelo es el tacto frío de los muertos que prepara para el entierro. Hasta que, en un arrebato de desesperación digital, se registra en una página de contactos y conoce a Michel (Laurent Lucas), un estafador de medio pelo con sonrisa de vendedor de enciclopedias y labia de gigoló de feria.

Michel no es un criminal sofisticado. Es un timador de pacotilla, un tipo que engaña a mujeres solitarias de mediana edad con promesas de amor eterno y luego les roba hasta el último céntimo. Pero Gloria, en lugar de denunciarlo o mandarlo a freír espárragos, se enamora del monstruo con una intensidad que roza lo patológico. No solo eso: decide unirse a él en su cruzada delictiva, haciéndose pasar por su hermana para acompañarlo en sus estafas. La condición, eso sí, es clara: Michel debe seguir seduciendo a otras mujeres, follándoselas incluso delante de ella. Porque Gloria, en su mente enferma, prefiere compartir a su amante que perderlo. El amor, en este ecosistema tóxico, no es posesión, sino sumisión absoluta.

Lo que Michel no sabe —o quizá sí, pero prefiere ignorar— es que está jugando con fuego. Gloria no es una cómplice más: es un volcán en erupción, una mujer cuyos celos patológicos transforman el más mínimo indicio de afecto entre Michel y sus víctimas en una excusa para la violencia. Du Welz filma esta espiral de locura con una puesta en escena claustrofóbica y carnal, donde los planos se cierran sobre los rostros sudorosos, las respiraciones entrecortadas y los cuerpos que se retuercen en un abrazo que es mitad pasión, mitad estrangulamiento. No hay romanticismo aquí, solo una danza macabra donde el amor y el asesinato se funden en un mismo movimiento.


La dirección: un circo de carne y sudor

Fabrice Du Welz no es un director que se ande con medias tintas. Su cine es visceral, incómodo, una patada en el estómago que te deja sin aliento y con ganas de vomitar. En Alleluia, sustituye a su colaborador habitual, Benoît Debie (el genio detrás de la fotografía de Climax o Enter the Void), por Manuel Dacosse, y el cambio es revelador. Dacosse no filma la belleza, sino la textura de la piel humana en su estado más crudo: sudor, poros dilatados, venas que laten bajo la superficie, labios agrietados por el deseo y la ansiedad. Los primeros planos son tan cercanos que casi puedes oler el aliento de los personajes, un aliento que huele a mentira, a sexo barato y a sangre seca.

La película está dividida en capítulos, cada uno bautizado con el nombre de una de las víctimas de Michel y Gloria. Esta estructura no solo sirve para marcar el ritmo frenético de la trama, sino para subrayar la mecánica enfermiza de su relación: cada nueva estafa, cada nuevo asesinato, es un paso más en su descenso a los infiernos. Du Welz no juzga a sus personajes, pero tampoco los redime. Los muestra en toda su miseria, en toda su humanidad podrida, y deja que el espectador decida si siente lástima, repulsión o ambas cosas a la vez.

El montaje, a cargo de Anne-Laure Guégan, es otro de los puntos fuertes de la película. Los cortes son bruscos, casi violentos, reflejando la inestabilidad emocional de Gloria. Hay secuencias que parecen sacadas de un thriller convencional, pero de repente un fogonazo de violencia irrumpe en pantalla con una crudeza que te deja clavado en el asiento. No hay música que amortigüe el golpe, no hay planos elegantes que suavicen la barbarie. Todo es sucio, inmediato, real. La banda sonora, compuesta por Vincent Cahay, es mínima pero efectiva: unos acordes de guitarra distorsionada que suenan como el latido de un corazón a punto de reventar.


Las actuaciones: Lola Dueñas como un huracán de locura y carne

Si hay algo que eleva Alleluia por encima del mero ejercicio de estilo es, sin duda, el recital interpretativo de Lola Dueñas. La actriz española, conocida por su trabajo con Almodóvar o Álex de la Iglesia, se lanza a este papel con una entrega física y emocional que roza lo autodestructivo. Gloria no es un personaje fácil: es una mujer rota, celosa hasta la obsesión, capaz de pasar de la ternura más infantil a la violencia más brutal en cuestión de segundos. Dueñas no solo interpreta a Gloria, la encarna. Su mirada es un pozo sin fondo, su sonrisa una máscara que se resquebraja con cada nuevo arrebato de locura. Hay una escena en particular, en la que Gloria se corta el pelo con unas tijeras mientras observa a Michel con otra mujer, que es de una intensidad insoportable. No es solo un gesto de celos, es un ritual de posesión, un intento desesperado de marcar territorio en un juego donde ya no hay reglas.

Frente a ella, Laurent Lucas compone a Michel como un gigoló patético pero magnético, un tipo que cree tener el control de la situación hasta que se da cuenta de que ha despertado a un monstruo. Lucas no cae en la caricatura: su Michel es un hombre débil, egoísta, pero no del todo malvado. Es, en el fondo, otra víctima de su propia incapacidad para amar, un tipo que prefiere vivir en la mentira antes que enfrentarse a la verdad de sus sentimientos. La química entre Dueñas y Lucas es eléctrica, una mezcla de atracción y repulsión que hace que cada escena entre ellos sea un campo de minas emocional.

El resto del reparto cumple, aunque con menos matices. Héléna Noguerra, Stéphane Bissot y las demás actrices que interpretan a las víctimas de Michel y Gloria están bien, pero sus personajes quedan reducidos a arquetipos: la mujer ingenua, la solterona desesperada, la madre abandonada. Du Welz no les da mucho espacio para desarrollarse, y quizá sea ese el punto: en el mundo de Gloria y Michel, las víctimas son solo eso, víctimas. Carne de cañón en su juego enfermizo.


Comparaciones cinéfilas: de Bonnie & Clyde a Possession

Alleluia no existe en el vacío. Su ADN está compuesto por retazos de otras películas que han explorado la locura amorosa y la violencia pasional. La más obvia es, por supuesto, The Honeymoon Killers, pero mientras la película de Kastle es un retrato frío y casi documental de la psicopatía, Du Welz opta por un enfoque más lírico y visceral, casi poético en su crudeza. También hay ecos de Bonnie & Clyde (1967) de Arthur Penn, especialmente en la forma en que la pareja se alimenta de su propia leyenda criminal, pero sin el glamour outlaw de los personajes de Warren Beatty y Faye Dunaway. Aquí no hay baladas de folk ni coches clásicos: solo dos perdedores arrastrándose por la cuneta de la vida.

Pero si hay una película con la que Alleluia comparte más afinidades es con Possession (1981) de Andrzej Żuławski. Ambas son estudios sobre la posesión emocional llevada al extremo, donde el amor se convierte en una fuerza destructiva que arrasa con todo a su paso. La diferencia es que, mientras Isabelle Adjani y Sam Neill se desgarran en un apartamento de Berlín Occidental, Gloria y Michel lo hacen en moteles de carretera y apartamentos de alquiler barato. Du Welz no tiene el presupuesto ni el delirio visual de Żuławski, pero compensa con una crudeza que duele más, porque duele más real.


Lo mejor

  • Lola Dueñas en estado de gracia (o de desgracia, según se mire): Una actuación que quema la pantalla y deja cicatrices en la retina. Terror y patetismo en dosis iguales.
  • La fotografía de Manuel Dacosse: Sucia, granulosa y carnal como un abrazo de borracho. Cada plano es una bofetada visual que huele a sudor y sangre seca.

Lo peor

La crudeza no es para todos: Si buscas un thriller convencional con giros ingeniosos y un final redentor, Alleluia* te va a dejar con el culo torcido y ganas de ducharte.
  • Las víctimas, carne de cañón: Algunos personajes secundarios son poco más que clichés con patas. Du Welz no les da profundidad, y quizá sea lo justo: en este infierno, nadie merece un final feliz.

El Veredicto de Claqueta Ácida (8.5/10)

Alleluia es un vómito de sangre, sudor y lágrimas, un retrato tan descarnado de la dependencia emocional que duele hasta en los huesos. Fabrice Du Welz no hace cine, hace autopsias de almas podridas, y lo hace con una ferocidad que deja en pañales a la mayoría de los thrillers psicológicos de hoy. Lola Dueñas y Laurent Lucas se desnudan (literal y metafóricamente) en una danza macabra que confirma que el amor, cuando se vuelve patológico, es el crimen más perfecto. Una obra maestra incómoda, brutal y necesaria, para quienes se atrevan a mirar al abismo sin parpadear. 🩸💀🔥

🎬 Tráiler Oficial

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