🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Among the Living — La niñez perdida, el slasher de la América profunda transportado a la campiña francesa

Bustillo y Maury fusionan el espíritu de 'Stand by Me' con el slasher rural ultraviolento tipo 'La matanza de Texas' en una obra tosca y física.

✍️ Por: Héctor Veneno
👥 Reparto: Théo Fernandez, Zacharie Chasseriaud, Damien Ferdel, Francis Renaud, Anne Marivin
⏱️ Lectura: 10 min
⚡ Ácido Cítrico 7.5/10
Crítica y fotograma de la película Among the Living en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Among the Living

Among the Living (Aux yeux des vivants) es ese tipo de película que llega sin aviso, como un golpe bajo en un callejón oscuro, y te deja con la sensación de que el cine de terror francés ha vuelto a mear fuera del tiesto con la elegancia de un borracho en una boda. Alexandre Bustillo y Julien Maury, el dúo dinámico que ya nos regaló À l'intérieur (2007) —ese festival de puñaladas domésticas que convirtió el parto en un deporte extremo—, ahora deciden que es buen momento para destripar la nostalgia infantil con la misma delicadeza con la que un carnicero despieza un cerdo. Y, contra todo pronóstico, funciona. O al menos, funciona lo suficiente como para que no podamos apartar la mirada de la carnicería.


La infancia como campo de batalla: cuando el verano huele a sangre seca

La premisa de Among the Living es tan sencilla como efectiva: tres chavales —Victor (Théo Fernandez), Tom (Zacharie Chasseriaud) y Dan (Damien Ferdel)— deciden saltarse el último día de clase antes de las vacaciones de verano para vivir una aventura que, en teoría, debería ser inofensiva. Pero claro, cuando la aventura implica colarse en los restos de un estudio de cine abandonado en medio del bosque bretón, uno ya sabe que esto no va a acabar con un helado y un abrazo. Los Blackwood Studios, ese laberinto de madera podrida y decorados cubiertos de maleza, son el escenario perfecto para que Bustillo y Maury desplieguen su particular visión del terror: un lugar donde la infancia se pudre literalmente, como los decorados de cartón piedra que alguna vez simularon mundos fantásticos.

El contraste entre la primera mitad de la película —luminosa, juguetona, casi standbymeana— y la segunda —oscura, claustrofóbica, home invasion en estado puro— es tan brutal que parece obra de dos directores distintos. Y en cierto modo, lo es: Bustillo y Maury juegan a ser Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero sin la elegancia victoriana. La fotografía de Antoine Sanier es clave en esta dicotomía. Durante el día, los planos abiertos de los campos bretones, bañados en una luz amarilla y cálida, evocan esa sensación de libertad absoluta que solo conocen los niños en verano. Pero cuando cae la noche, Sanier se convierte en un pintor expresionista: sombras alargadas, luces rojas que tiñen todo de un tono sanguinolento, y esos grises sucios que parecen sacados de un cuadro de Zdzisław Beksiński. Es como si el sol y la luna fueran dos directores de fotografía distintos, y ninguno de los dos tuviera piedad.


Isaac: el monstruo que Hollywood nunca se atrevería a crear

Si hay algo que define a Among the Living es su villano: Isaac (Francis Renaud), el hijo deforme de un sádico payaso (interpretado por un irreconocible Francis Renaud en doble papel). Isaac no es un asesino en serie al uso, ni un fantasma, ni un demonio. Es, sencillamente, un error de la naturaleza: un muchacho calvo con el físico de un niño de ocho años atrapado en el cuerpo de un adulto, la voz de un infante y la fuerza de un toro. Su diseño es tan perturbador que parece sacado de un freak show de los años 30, pero con la crudeza de los efectos prácticos de los 70. No hay CGI aquí, ni retoques digitales que suavicen su presencia. Isaac es real, tangible, y cada vez que aparece en pantalla, sientes que podrías tocar su piel sudorosa y llena de costras.

Lo más interesante de Isaac es que no es un monstruo por elección, sino por herencia. Su padre, el payaso, es quien lo ha moldeado a base de palizas, humillaciones y, presumiblemente, algo peor. La relación entre ambos es una de las cosas más retorcidas que ha dado el cine de terror reciente: una mezcla de amor enfermizo y odio visceral, donde el padre ve a su hijo como una extensión de sí mismo, un juguete roto que aún puede ser útil. Cuando Isaac y su progenitor deciden salir de caza para silenciar a los testigos, lo hacen con una coordinación casi militar, como si llevaran años practicando esta danza macabra. Y lo peor de todo es que, en algún momento, sientes lástima por Isaac. No porque sea un pobre diablo —que lo es—, sino porque su existencia es tan miserable que incluso su sadismo parece un grito de auxilio.


El home invasion como terapia de choque

La segunda mitad de Among the Living es un festival de terror doméstico que haría palidecer a Michael Haneke. Bustillo y Maury no tienen piedad: convierten los hogares de los protagonistas en campos de batalla donde no hay escapatoria. Las secuencias de acoso telefónico, con esa voz infantil y distorsionada de Isaac susurrando amenazas al otro lado de la línea, son de lo más inquietante que se ha visto en el género en años. Pero lo realmente brillante es cómo los directores juegan con la vulnerabilidad de los personajes: no son héroes de acción, ni siquiera adultos capaces de defenderse. Son niños, y su única arma es la astucia… que, por supuesto, no siempre funciona.

El problema es que, en su afán por mantener la tensión, la película cae en algunos clichés del género. Hay decisiones de los personajes que rayan en lo estúpido —como esconderse en el lugar más obvio posible o no llamar a la policía cuando claramente deberían hacerlo—, pero es un mal menor comparado con la intensidad de las escenas de violencia. Porque aquí no hay jump scares gratuitos ni muertes limpias: cada asesinato es lento, doloroso y físicamente desagradable. Los efectos de maquillaje práctico, a cargo de un equipo que claramente se inspiró en Tom Savini, son tan reales que casi puedes oler la sangre y el sudor. Es gore de la vieja escuela, del que te hace apartar la mirada pero al que vuelves porque, maldita sea, es hipnótico.


El sonido como arma: cuando el silencio es tan aterrador como un grito

Uno de los aspectos más infravalorados de Among the Living es su banda sonora, o más bien, su ausencia de banda sonora. Los momentos de tensión no se subrayan con violines chirriantes ni coros demoníacos, sino con un silencio opresivo que solo se rompe con sonidos diegéticos: el crujido de una rama, el zumbido de una mosca, el susurro de Isaac al teléfono. Cuando la música aparece —compuesta por Raphaël Gesqua—, lo hace de forma esporádica y siempre con un tono minimalista, casi como si fuera un eco lejano de algo que ya no existe.

Pero donde el sonido realmente brilla es en los diálogos. Los tres protagonistas adolescentes tienen una química natural, con conversaciones que oscilan entre lo ingenuo y lo soez, como corresponde a chavales de su edad. Sin embargo, cuando Isaac abre la boca, el contraste es abrumador: su voz infantil, casi angelical, contrasta con las cosas horribles que dice, creando un efecto perturbador. Es como si un niño pequeño te susurrara al oído que va a arrancarte los ojos. Y lo peor es que te lo crees.


Blackwood Studios: el decorado que se come la película

Si hay un personaje en Among the Living que merece un premio, ese es el Blackwood Studios. Este plató de cine abandonado, devorado por la maleza y lleno de decorados en ruinas, es mucho más que un escenario: es una metáfora perfecta de la infancia perdida, de los sueños rotos y de la ilusión de que el cine puede ser un refugio. Bustillo y Maury lo utilizan como un laberinto físico y emocional, un lugar donde los chicos se pierden tanto literal como metafóricamente.

Lo fascinante de Blackwood es cómo los directores juegan con su dualidad. Durante el día, es un lugar de aventuras, un parque de atracciones abandonado donde los niños pueden dejar volar su imaginación. Pero de noche, se convierte en una pesadilla claustrofóbica, un lugar donde las sombras cobran vida y cada rincón esconde una amenaza. La secuencia en la que los chicos exploran el estudio por primera vez es un ejercicio de tensión magistral: la cámara se mueve entre los decorados como si fuera un personaje más, revelando poco a poco que ese lugar no es tan inofensivo como parece.

Y luego está el detalle más macabro: el hecho de que Blackwood fuera un estudio real, un lugar donde alguna vez se rodaron películas de terror. Es como si Bustillo y Maury hubieran querido rendir homenaje a los orígenes del género, pero también recordarnos que el cine de terror, en el fondo, siempre ha sido un reflejo de nuestros miedos más profundos. Y qué mejor lugar para esconder esos miedos que en un estudio abandonado, donde las cámaras ya no graban y los monstruos pueden campar a sus anchas.


El final: cuando la épica se queda en el tintero

Llegados al clímax, Among the Living comete su único gran error: apurar demasiado el desenlace. Tras una hora y media de tensión acumulada, la resolución en el búnker subterráneo de los villanos se siente apresurada, como si los directores hubieran decidido que ya era hora de terminar y no les importara demasiado cómo. Hay un enfrentamiento final que promete ser épico, pero que se resuelve en cuestión de minutos, dejando una sensación de "¿y esto es todo?".

No es que el final sea malo —de hecho, tiene momentos memorables, como el uso de un objeto cotidiano como arma improvisada—, pero es tan rápido que no da tiempo a saborearlo. Es como si Bustillo y Maury hubieran gastado toda su munición en la primera mitad de la película y, al llegar al final, solo les quedaran balas de fogueo. Dicho esto, el último plano, con su mezcla de alivio y tragedia, es lo suficientemente potente como para que la película se quede contigo mucho después de que aparezcan los créditos.


Lo mejor

La fusión audaz de subgéneros: Stand by Me conoce a The Texas Chain Saw Massacre en un backlot* abandonado, y el resultado es tan incómodo como brillante. Pocas películas logran equilibrar la nostalgia infantil con el gore extremo sin caer en el ridículo.
  • Isaac, el monstruo que no necesita máscara: Un villano tan perturbador que hace que Pennywise parezca un payaso de fiesta infantil. Su diseño físico y su voz infantilizada son un cóctel de terror puro.

Lo peor

  • Decisiones estúpidas a mitad de película: Hay un momento en el que los personajes toman decisiones tan absurdas que te dan ganas de gritarles a la pantalla. "¡No entres ahí, idiota!", pero claro, si lo hicieran, no habría película.
  • Un clímax que se queda corto: Tras una construcción de tensión impecable, el final se resuelve tan rápido que parece que los directores tenían prisa por irse a cenar. Un poco más de épica no le habría venido mal.

El Veredicto de Claqueta Ácida (7.5/10)

Among the Living es esa película que llega sin avisar, te agarra por el cuello y no te suelta hasta dejarte sin aliento. Bustillo y Maury demuestran, una vez más, que el terror francés no necesita efectos digitales ni jump scares baratos para ser efectivo: les basta con un puñado de niños, un monstruo de carne y hueso, y una trituradora de carne rural para crear una pesadilla que huele a sudor, sangre y madera podrida. No es perfecta —le sobran algunos clichés y le falta un poco de épica en el desenlace—, pero es tan honesta en su brutalidad que resulta imposible no admirarla. Eso sí, después de verla, lo de saltarse las clases ya no te parecerá tan buena idea. Y si algún día pasas por un estudio de cine abandonado, corre. Corre como si te persiguiera el diablo en forma de niño deformado. 🔪💀

🎬 Tráiler Oficial

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