Baskin — El infierno no es un lugar, es una comisaría turca
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El cine de terror turco solía estar monopolizado por el folklore islámico tradicional, los djinns vengativos y las burdas copias del exorcismo de Hollywood. Hasta que llegó Can Evrenol. Con Baskin (2015), el joven director otomano no solo pateó la puerta del panorama internacional, sino que arrojó al espectador a una trinchera de sangre, sudor y pesadillas freudianas de la que es absolutamente imposible salir ileso. Lo que comienza como una mundana y testosterónica cena entre cinco policías corruptos acaba mutando, tras una llamada de auxilio en mitad de la noche, en un descenso literal a un Hades de hormigón y vísceras.
Fulci en Estambul y la arquitectura del delirio
Evrenol construye una primera mitad prodigiosa. Es un viaje nocturno por carreteras secundarias envueltas en una niebla que parece extraída del Silent Hill más insano. Los diálogos toscos y machistas del grupo de policías funcionan como una balsa de realidad que se va hundiendo lentamente en un mar de irrealidad. Cuando la patrulla llega a una comisaría abandonada de la época otomana, la película decide que las reglas del espacio y del tiempo ya no aplican. Baskin deja de ser un thriller policial para transformarse en un poema visual consagrado a las texturas de la descomposición.
Es inevitable pensar en Lucio Fulci y su trilogía de las Puertas del Infierno. El director turco comparte con el maestro italiano esa lógica del sueño donde el argumento es un mero hilo conductor para engarzar estampas de una crueldad bellísima. La fotografía de Alp Korfalı es un triunfo sensorial: tiñe las ruinas de tonos rojos sulfúricos y azules abisales, convirtiendo cada rincón húmedo en una trampa mortal para las retinas del espectador. Pero el verdadero corazón de la pesadilla se revela en su tramo final con la aparición de “El Padre” (Baba), interpretado por un Mehmet Cerrahoğlu colosal. La película se corona entonces como una bacanal de mutilación, coprofagia y cultos satánicos donde la imaginería carnal roza lo sagrado. Evrenol demuestra un pulso brutal para rodar la abyección, no desde la pura explotación, sino desde una solemnidad mística que incomoda profundamente.
Lo mejor
- La atmósfera inicial: Ese tramo de carretera nocturno es una clase magistral de suspense atmosférico y geografía de pesadilla.
- Mehmet Cerrahoğlu (Baba): Su presencia física impone un pavor primario; es el gran villano del terror surrealista de la última década.
- La paleta cromática: El uso del color y la iluminación de Alp Korfalı dota al metraje de una textura pictórica y alucinada.
Lo peor
- La fragmentación narrativa: En su tramo central, la lógica onírica puede alienar a quienes busquen una explicación racional a la pesadilla.
- Cierta repetición formal: Hacia el final, la acumulación de imágenes grotescas pierde un ápice de su impacto inicial debido a la saturación.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Baskin es una joya salvaje que demuestra que el horror turco tiene personalidad propia cuando decide alejarse de los clichés comerciales. Can Evrenol firma un debut rabioso que huele a azufre, cordero rancio y sangre coagulada. Es una experiencia física obligatoria para cualquier sibarita de la transgresión visual que entienda el cine no como un relato lógico, sino como una aguja de celuloide clavada directamente en el subconsciente. 💀