Aterrados — El renacimiento del cine de fantasmas bajo la crudeza bonaerense
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En la noble redacción de Claqueta Ácida estamos cansados del cine de terror comercial de Hollywood que te avisa con violines estridentes tres segundos antes de que un fantasma digital aparezca en el espejo. Por eso, el puñetazo en la mesa que dio el director argentino Demian Rugna con Aterrados (2017) nos parece uno de los hitos más excitantes, insólitos y genuinamente terroríficos de la historia del cine paranormal hispanohablante. Rugna demuestra que la peor de las pesadillas domésticas no requiere de mansiones victorianas góticas, sino de tres casas ordinarias de un barrio residencial de Buenos Aires.
La premisa se despliega con una sequedad apabullante: en una calle tranquila del conurbano bonaerense, empiezan a sucederse fenómenos paranormales de una violencia física atroz e inexplicable. Una mujer es golpeada violentamente por una fuerza invisible en su baño hasta la muerte, un vecino sufre acoso por parte de una extraña presencia desnuda bajo su cama y un niño muerto hace semanas regresa del cementerio para sentarse en la mesa de la cocina de su madre de luto. Desesperado, el comisario Funes recurre a un trío de investigadores de lo oculto veteranos y científicos para encerrarse a pasar la noche en las tres propiedades afectadas y estudiar las anomalías espaciales.
Sonidos que quiebran la cordura y sombras de carne y hueso
Lo que funciona a niveles magistrales en Aterrados es su soberbio diseño de sonido y la fisicidad del miedo. Rugna no filma espectros de CGI traslúcidos; sus criaturas tienen peso, rompen la madera, arañan las paredes de verdad y emiten crujidos secos que carcomen la mente del espectador. El sonido de los golpes en la pared vecina, que vibra de forma sorda y metálica, o el goteo constante de agua podrida construyen una atmósfera de incomodidad sensorial y suspense absoluto de la que no hay escapatoria posible.
El guion, escrito por el propio Rugna, destaca por su falta de condescendencia explicativa. No hay demonólogos recitando latín rancio ni religiones salvadoras; solo hay científicos desbordados por una distorsión física de las dimensiones (una especie de “grieta” espacial) que no comprenden y que los devora sistemáticamente. La secuencia en la que Funes contempla al niño fallecido sentado en la cocina, con el rigor mortis marcado en su piel de cera húmeda y rodeado de moscas, es uno de los planos más crudos, espeluznantes y bellamente tétrico de la filmografía contemporánea.
Lo mejor
- El diseño de sonido demoledor: Los crujidos, golpes sordos y murmullos enervantes construyen un pánico auditivo inolvidable.
- La fisicidad de lo sobrenatural: Los monstruos se sienten reales, corpóreos y extremadamente peligrosos.
- La ausencia de clichés hollywoodienses: Rugna rueda el terror en un entorno cotidiano bonaerense rústico que le otorga una cercanía insuperable.
Lo peor
- Estructura un tanto fragmentada: La película salta de una casa a otra de forma un tanto brusca en su tramo central, rompiendo ligeramente la fluidez narrativa.
- Presupuesto ajustado: Ciertos efectos visuales digitales en el desenlace (como la criatura final del pasillo) denotan la modestia económica del proyecto frente a sus espectaculares logros analógicos.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Aterrados es una obra maestra imperecedera del terror paranormal y la película que coronó a Demian Rugna como el nuevo mesías del cine de género latinoamericano. Logra devolver la sensación de miedo atávico y primario a la cinefilia enferma utilizando el suspense espacial ordinario y una puesta en escena audaz y sin concesiones. Una película imprescindible de nuestra sección de “perros verdes” que te hará revisar debajo de tu cama de inmediato. 💀