🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes 🔥 Fusión Nuclear

La Bruja — Puritanismo extremo, cabras parlantes y folclore tradicional

Robert Eggers debutó con un riguroso e hipnótico cuento gótico sobre la paranoia religiosa de una familia de colonos del siglo XVII y los susurros de Black Phillip.

✍️ Por: Héctor Veneno
🎬 Director: Robert Eggers
👥 Reparto: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw
⏱️ Lectura: 11 min
🔥 Fusión Nuclear 9/10
Crítica y fotograma de la película La Bruja en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película La Bruja

La Bruja: El terror puritano que redefinió el género (o cómo convertir la culpa en un deporte de alto rendimiento)

En 2015, el cine de terror comercial era un vertedero de jump scares prefabricados, franquicias zombis con más secuelas que neuronas y monstruos digitales diseñados por comités de marketing. El género languidecía en una espiral de autocomplacencia, donde lo más aterrador no era el contenido, sino la certeza de que Hollywood seguiría ordeñando la misma vaca sagrada hasta que el público, por puro agotamiento, aceptara pagar por ver Annabelle 7: La Muñeca ya Tiene TikTok. Fue entonces cuando A24, esa productora independiente que parece especializada en demostrar que el cine aún puede tener personalidad, decidió apostar por un desconocido llamado Robert Eggers, un ex diseñador de vestuario y escenógrafo con la obsesión de un monje medieval por la historia colonial, el folclore puritano y la estética de la miseria espiritual. El resultado fue La Bruja (The Witch: A New-England Folktale), una película que no solo redefinió el terror elevado, sino que escupió en la cara de todo aquel que aún creía que el miedo se medía en decibelios o en la cantidad de sangre falsa por metro cuadrado de pantalla.

Eggers no hizo una película de brujas. Hizo un documental sobre la locura religiosa, un reality show de la culpa puritana donde el verdadero monstruo no es la bruja del bosque, sino la represión sistemática, el fanatismo como mecanismo de control y la psicosis colectiva que convierte a una familia en su propio verdugo. La premisa es sencilla: en 1630, William (un Ralph Ineson que parece tallado en madera de roble y vozarrón de profeta del Antiguo Testamento), su esposa Katherine (una Kate Dickie que destila resentimiento maternal como si fuera ácido sulfúrico) y sus hijos son expulsados de su colonia puritana por un desacuerdo teológico tan absurdo como cualquier discusión en Twitter sobre si Star Wars es cine o no. Condenados al exilio, se instalan en una granja al borde de un bosque que no es un escenario, sino un personaje más, un ente vivo, silencioso y amenazante que observa, espera y, sobre todo, juzga. La desaparición del bebé Samuel mientras está bajo el cuidado de Thomasin (una Anya Taylor-Joy que debuta con la fuerza de un huracán y la mirada de quien ya ha visto demasiado) desata una espiral de paranoia, acusaciones cruzadas y autodestrucción familiar que culmina en un clímax tan inevitable como devastador.


El rigor histórico como instrumento de tortura psicológica (o cómo hacer que el aburrimiento sea aterrador)

Lo que diferencia a La Bruja de cualquier otra película de terror no es su trama, sino su metodología. Eggers no se conformó con leer un par de artículos de Wikipedia sobre brujería en Salem. Se sumergió en diarios de colonos, actas de juicios por brujería, sermones puritanos y tratados de demonología del siglo XVII con la devoción de un fanático religioso (irónico, dado el tema). El resultado es una película donde cada diálogo, cada gesto, cada mirada de soslayo suena a verdad histórica. Los personajes no hablan como puritanos del siglo XVII porque a Eggers le dio la gana, sino porque así hablaban realmente. Y eso, queridos lectores, es más aterrador que cualquier criatura diseñada por Weta Workshop.

La fotografía de Jarin Blaschke es una lección de cómo el claroscuro puede ser un arma psicológica. Rodada casi en su totalidad con luz natural (o, en interiores, con velas y candiles), la película parece un cuadro de Rembrandt o Caravaggio en movimiento. Los rostros de los personajes emergen de la oscuridad como espectros, sus expresiones iluminadas por una luz tenue que acentúa cada arruga, cada gota de sudor, cada sombra de duda en sus ojos. El bosque, filmado en planos generales que enfatizan su inmensidad y su hostilidad, se convierte en un laberinto sin salida, un lugar donde la naturaleza no es benigna, sino indiferente y cruel. Eggers y Blaschke no buscan belleza, sino autenticidad. Y vaya si la encuentran.

El montaje de Louise Ford es otro elemento clave. La película no tiene prisa. No hay cortes rápidos para esconder la falta de ideas, ni secuencias de acción innecesarias. Eggers prefiere dejar que el horror se cueza a fuego lento, como un guiso de veneno puritano. Las escenas se alargan, los silencios se hacen insoportables, y el espectador, poco a poco, se ve arrastrado a la misma paranoia claustrofóbica que consume a la familia. Cuando llega el momento del clímax, no hay necesidad de jump scares o efectos digitales: el terror ya está instalado en tu mente, como un gusano en la manzana.

La banda sonora de Mark Korven es, sencillamente, brutal. No hay melodías reconfortantes, ni temas épicos que te hagan sentir como el héroe de la historia. Korven utiliza instrumentos de época (violines desafinados, violonchelos que suenan como lamentos, coros femeninos que parecen salidos de un aquelarre) para crear una atmósfera de disonancia constante. La música no acompaña la acción; la corrompe. Cada nota es una puñalada en el oído, un recordatorio de que el mal no necesita anunciarse con trompetas: a veces, basta con un susurro.


Actuaciones: cuando el fanatismo se convierte en arte (o cómo hacer que rezar sea más aterrador que un exorcismo)

Si hay algo que La Bruja demuestra es que el terror no necesita monstruos. Basta con personajes bien escritos y mejor interpretados. Y aquí, el reparto brilla con una intensidad casi sobrenatural.

  • Ralph Ineson como William es una fuerza de la naturaleza. Con su voz de trueno y su presencia física imponente, Ineson encarna al patriarca puritano en toda su gloria contradictoria: un hombre que cree en Dios con la misma ferocidad con la que duda de sí mismo. Su William es un tirano doméstico, pero también un cobarde, un hombre que prefiere culpar a su hija antes que admitir que ha fracasado como padre y como creyente. La escena en la que intenta talar un árbol para construir una trampa para la bruja, solo para descubrir que el hacha está embrujada (o, más probablemente, que su fe es tan frágil como su cordura), es una de las más desgarradoras de la película.
  • Kate Dickie como Katherine es una maestra de la represión. Su personaje es una olla a presión de resentimiento, culpa y odio materno. Dickie logra transmitir toda esa furia contenida con miradas y gestos mínimos. Cuando acusa a Thomasin de brujería, no lo hace con gritos, sino con un susurro cargado de veneno, como si cada palabra fuera una maldición. Su interpretación es tan intensa que, en más de una ocasión, dan ganas de gritarle: "¡Por el amor de Dios, mujer, abraza a tu hija!".
  • Harvey Scrimshaw como Caleb tiene la escena más físicamente agotadora de la película: su posesión/éxtasis religioso es un tour de force de sudor, temblores y gemidos que parece sacado de un manual de exorcismos medievales. Scrimshaw logra que el espectador sienta el dolor físico y espiritual de su personaje, hasta el punto de que, cuando finalmente muere, uno casi respira aliviado.
  • Anya Taylor-Joy como Thomasin es, sencillamente, reveladora. En su debut cinematográfico, la actriz demuestra una madurez interpretativa que muchos actores no alcanzan en toda su carrera. Thomasin es un personaje complejo: una adolescente atrapada entre la inocencia y la corrupción, la fe y la herejía, el deseo y la culpa. Taylor-Joy logra transmitir toda esa ambigüedad con una mirada magnética y una presencia física que oscila entre la fragilidad y la ferocidad. Su evolución a lo largo de la película es hipnótica, y su escena final, en la que abraza su destino con una sonrisa casi eufórica, es uno de esos momentos que se quedan grabados en la memoria para siempre.

Y luego está Black Phillip. No, no es un actor. Es una cabra. Pero es, sin duda, el personaje más carismático y aterrador de la película. Eggers logra que un simple animal transmita más maldad y magnetismo que la mayoría de los villanos humanos del cine. Black Phillip no necesita hablar (aunque, spoiler, lo hace). Basta con su mirada de soslayo, sus paseos pausados y su silencio elocuente para que el espectador sienta que está en presencia del demonio encarnado. La escena en la que Thomasin se acerca a él en el establo, con la cámara fija en su rostro mientras la cabra la observa con una calma inquietante, es pura tensión cinematográfica.


Comparaciones cinéfilas: cuando el pasado se come al presente

La Bruja no existe en un vacío. Es heredera de una tradición cinematográfica que incluye:

  • El cine de terror psicológico de los 70: Películas como The Wicker Man (1973) o Don’t Look Now (1973) ya exploraban el terror como un fenómeno atmosférico y psicológico, más que como un espectáculo de monstruos. Eggers toma esa herencia y la lleva al extremo, eliminando cualquier atisbo de esperanza o redención.
  • El realismo sucio de los hermanos Dardenne: La forma en que Eggers filma la vida cotidiana de la familia, con planos cercanos y una ausencia de glamour, recuerda al cine social de los Dardenne. La diferencia es que, mientras ellos exploran la miseria material, Eggers se centra en la miseria espiritual.
  • El terror folclórico de The VVitch (2015) no es Hereditary (2018): Aunque ambas películas comparten productora (A24) y un enfoque en el terror doméstico, Hereditary es un drama familiar con elementos sobrenaturales, mientras que La Bruja es un retrato histórico con toques de terror. Eggers no necesita demonios ni posesiones espectaculares: le basta con la locura humana.
  • El cine de Ingmar Bergman: La exploración de la fe, la culpa y el silencio de Dios en películas como El séptimo sello (1957) o Luz de invierno (1963) encuentra eco en La Bruja. La diferencia es que, mientras Bergman cuestiona la existencia de Dios, Eggers lo da por sentado y se centra en cómo esa creencia puede destruir a las personas.

Lo mejor

  • Anya Taylor-Joy como Thomasin: Su actuación es una anomalía estadística, un debut que parece sacado de un sueño febril de Ingmar Bergman. Con una mirada que oscila entre la inocencia y la perversión, Taylor-Joy logra que Thomasin sea, al mismo tiempo, víctima y verdugo, víctima y bruja. Su escena final, en la que baila desnuda entre los árboles con una sonrisa de éxtasis, es pura liberación cinematográfica.
  • Black Phillip, el demonio con patas de cabra: Que un animal robe la película a actores de la talla de Ralph Ineson y Kate Dickie es un milagro de la dirección. Black Phillip no necesita hacer nada: basta con que exista para que el espectador sienta que el infierno ha decidido mudarse a la granja. Su escena de "negociación" con Thomasin es una de las más aterradoras y surrealistas del cine moderno.
  • La banda sonora de Mark Korven: Una agresión acústica que no te deja respirar. Korven utiliza instrumentos de época, coros disonantes y sonidos ambientales para crear una atmósfera de tensión constante. La música no acompaña la acción: la corrompe. Cuando suena, sabes que algo malo va a pasar. Y siempre pasa.

Lo peor

El lenguaje puritano: cuando los subtítulos son más aterradores que la bruja: Eggers no solo rodó la película en inglés del siglo XVII, sino que se aseguró de que los diálogos fueran fieles a los escritos de la época. El resultado es una película que, en versión original, suena como si los personajes estuvieran recitando pasajes de la Biblia en latín mientras se ahogan en su propia saliva. Los subtítulos son imprescindibles, pero también son un laberinto de arcaísmos que pueden hacer que el espectador casual se sienta como si estuviera intentando descifrar un manuscrito medieval. Si no te gusta leer subtítulos, La Bruja* no es para ti.

El ritmo contemplativo: cuando el terror se cocina a fuego lento (y tú te quedas dormido): Eggers no cree en el jump scare. No cree en el gore. Ni siquiera cree en la acción. La Bruja* es una película que se toma su tiempo, como un puritano rezando antes de ahorcar a una bruja. Las escenas se alargan, los silencios se hacen eternos, y el espectador acostumbrado al ritmo frenético del cine comercial puede acabar mirando el reloj cada cinco minutos. Si buscas adrenalina, esta no es tu película. Si buscas angustia existencial, bienvenido al aquelarre.


El Veredicto de Claqueta Ácida (9/10)

La Bruja es una obra maestra del terror psicológico, una película que no te asusta con monstruos, sino con la idea de que el verdadero infierno está dentro de nosotros. Robert Eggers debutó con una personalidad cinematográfica arrolladora, demostrando que el terror no necesita efectos especiales, sino ideas, rigor histórico y una dirección impecable. Es una película incómoda, hipnótica y profundamente perturbadora, que se queda contigo como una pesadilla recurrente. No es para todos: si buscas entretenimiento fácil, pasa de largo. Pero si estás dispuesto a sumergirte en un viaje claustrofóbico a la locura religiosa, prepárate para conocer a Black Phillip. Y recuerda: nunca, jamás, le preguntes a una cabra qué desea. 🐐🔥

🎬 Tráiler Oficial

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