La Bruja — Puritanismo extremo, cabras parlantes y folclore tradicional
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En 2015, la productora A24 apadrinó la ópera prima de un joven diseñador de producción obsesionado con la historia colonial de Nueva Inglaterra: Robert Eggers. Nadie anticipó que La Bruja (The Witch) redefiniría las bases del “terror elevado” del siglo XXI, demostrando que la precisión histórica, el lenguaje puritano del siglo XVII y el folclore rústico tradicional eran infinitamente más aterradores que cualquier susto repentino del cine comercial moderno.
La historia nos sitúa en 1630. William (Ralph Ineson, con una impresionante y cavernosa voz de barítono) y su devota familia puritana son expulsados de su comunidad debido a un desacuerdo religioso. Deciden construir una modesta granja a los pies de un inmenso y claustrofóbico bosque virgen. La desaparición misteriosa del bebé de la familia mientras está al cuidado de la hermana mayor, Thomasin (una Anya Taylor-Joy consagratoria), desata un espiral insostenible de paranoia, sospechas cruzadas de brujería, hambre invernal y la influencia del carismático macho cabrío de la granja: Black Phillip (Felipe Negro).
El rigor histórico como vehículo de la opresión psicológica
La genialidad de La Bruja radica en que Eggers no filma una película de brujas ordinaria, sino un retrato de la locura religiosa. Cada diálogo de la película está extraído de diarios históricos, cartas reales y actas de juicios de brujería de la época. Esta fidelidad extrema se traslada a la iluminación: la película está rodada casi en su totalidad con luz natural en exteriores grises y tristes, y con velas y fuego en interiores, generando un claroscuro de alta fidelidad que recuerda a los cuadros de Rembrandt.
La película coge la religión y el miedo al pecado como las verdaderas tenazas de tortura que destrozan a la familia desde el interior. La desconfianza hacia Thomasin, la represión sexual y el fanatismo del hermano pequeño Caleb (Harvey Scrimshaw, en una desgarradora y escalofriante escena de posesión mística moribunda) construyen una atmósfera de malestar constante que te succiona el cerebro a paso lento.
Lo mejor
- La interpretación de Anya Taylor-Joy: Su mirada magnética encarna la trágica inocencia de una adolescente atrapada en un hogar opresivo que encuentra en el aquelarre su única vía de escape.
- El macho cabrío Black Phillip: Lograr que una cabra real infunda semejante nivel de maldad y magnetismo a través de simples paseos y planos fijos es un milagro de la dirección animal.
- La música y diseño de sonido: Una banda sonora disonante de coro vocal femenino rústico a cargo de Mark Korven que eriza la piel de forma inmediata.
Lo peor
- La dificultad de sus diálogos clásicos: Quien busque entretenimiento pasivo o no esté dispuesto a leer subtítulos complejos con lenguaje puritano arcaico puede salirse del metraje rápidamente.
- Su ritmo contemplativo: No hay persecuciones ni sustos dinámicos tradicionales; la película prefiere cocinar el horror doméstico a fuego lento.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La Bruja es una joya incontestable y solemne del cine de género de la última década. Robert Eggers debutó en nuestra sección de “perros verdes” demostrando una personalidad visual apabullante y un amor por el detalle histórico que roza lo insano. Una obra maestra gótica, cruda y mística que te hará preguntar muy seriamente a tu ganado rústico si desea vivir deliciosamente antes de irte a dormir.