Censor — La demencia analógica y la nostalgia podrida del Video Nasty
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Hubo una época en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher en la que los VHS con portadas grotescas y sangre de látex eran considerados amenazas a la seguridad nacional. Aquella histeria moral y política contra los Video Nasties sirve como el caldo de cultivo perfecto para Censor (2021), la magnética e inteligente ópera prima de la directora galesa Prano Bailey-Bond. Lejos de conformarse con un simple homenaje nostálgico al slasher de bajo presupuesto, la cineasta teje un asfixiante laberinto de trauma reprimido y obsesión cinéfila que se devora a sí mismo hasta confundir la realidad con el granulado sucio de una cinta magnética dañada.
La censora censurada y el enigma de la desaparición
La historia sigue a Enid Baines (una Niamh Algar monumental), una mujer extremadamente contenida y profesional que trabaja en la junta británica de clasificación de películas. Su rutina diaria consiste en ver desmembramientos de pacotilla y violaciones simuladas para decidir qué segundos de celuloide deben ser amputados con sus tijeras burocráticas para “proteger al público”. Pero el blindaje psicológico de Enid comienza a agrietarse cuando un atroz crimen real es atribuido por la prensa sensacionalista a una de las películas que ella aprobó. Al mismo tiempo, el visionado de una inquietante cinta de culto dirigida por un esquivo realizador llamado Frederick North reabre la herida de la misteriosa desaparición de su hermana durante su infancia, sumergiéndola en una espiral obsesiva.
Lo verdaderamente fascinante de Censor es cómo Bailey-Bond y su directora de fotografía Annika Summerson representan esta caída a los abismos. El filme comienza con texturas sobrias e institucionales de oficina ochentera, pero a medida que Enid desciende a su demencia personal, la paleta cromática se impregna de los rojos y verdes de neón que caracterizaban a los videoclubs clandestinos. El propio formato físico cambia: la relación de aspecto de la pantalla se contrae, pasando del panorámico convencional al claustrofóbico formato cuadrado de televisión (4:3) simulando la distorsión analógica del tracking de un reproductor VHS. Es un bellísimo acto de amor y de terror hacia el formato físico, donde la locura de la protagonista se codifica en el propio soporte fotográfico.
Lo mejor
- Niamh Algar: Su evolución dramática es soberbia; su rostro cuadriculado y gélido es la viva imagen de la represión en camino al colapso.
- La puesta en escena metacinematográfica: El uso de las texturas de vídeo y los cambios de relación de aspecto son decisiones de dirección brillantes y con sentido narrativo.
- La crítica a la hipocresía social: Retrata de forma ácida cómo el gobierno utiliza la censura artística para tapar las carencias del sistema social y la violencia real.
Lo peor
- El desenlace puede resultar confuso: Su apuesta por la ambigüedad surrealista y la difuminación de la frontera de la realidad puede dejar descolocados a los amantes del terror más lineal.
- Un ritmo pausado al inicio: Tardamos un poco en entrar en la materia pesadillesca que promete su potentísima premisa.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Censor es una de las obras más estimulantes e inteligentes del terror británico contemporáneo. Prano Bailey-Bond no solo rinde pleitesía a los directores prohibidos de la época del Video Nasty, sino que firma una reflexión soberbia sobre el poder de las imágenes para sanar o destruir la psique. Una película imprescindible para los románticos del celuloide maldito, los amantes de las texturas retro y cualquiera que sospeche que el verdadero horror no está en la pantalla, sino en lo que el cerebro decide borrar para no volverse loco. 📼