Censor — La demencia analógica y la nostalgia podrida del Video Nasty
Prano Bailey-Bond firma un fascinante viaje psicológico y metacinematográfico al corazón de la histeria censora británica de los años 80.
Censor (2021): Cuando la censura se convierte en un espejo roto de la locura británica
Hubo una época en la que Gran Bretaña, bajo el puño de hierro de Margaret Thatcher, decidió que el verdadero enemigo de la sociedad no eran los recortes sociales, el desempleo masivo o la guerra de las Malvinas, sino un puñado de cintas de VHS con portadas de dudoso gusto artístico y efectos especiales que parecían hechos con kétchup y plastilina. Aquella histeria colectiva contra los Video Nasties —ese delicioso término que mezclaba puritanismo victoriano con la paranoia de la Guerra Fría— no era más que el síntoma de una sociedad obsesionada con controlar lo que la gente podía ver, como si un slasher de bajo presupuesto tuviera el poder de corromper almas más que la miseria real que asolaba las calles. Y es en este caldo de cultivo de hipocresía moral y cinéfila donde Censor (2021), la ópera prima de la directora galesa Prano Bailey-Bond, planta su bandera con la elegancia de un cuchillo oxidado clavándose en un VHS olvidado.
Bailey-Bond no se conforma con hacer un simple homenaje nostálgico al terror de los 80, ni mucho menos. Censor es una pesadilla metacinematográfica que devora sus propias entrañas, una reflexión sobre el trauma, la memoria y el poder de las imágenes para distorsionar la realidad hasta hacerla irreconocible. Y lo hace con una inteligencia y una sensibilidad visual que la sitúan en la misma liga que obras como Berberian Sound Studio (2012) de Peter Strickland o Possession (1981) de Andrzej Żuławski, pero con un toque británico tan frío y cortante como el filo de las tijeras de una censora.
La censora como espejo de una sociedad enferma
En el centro de esta vorágine está Enid Baines (Niamh Algar), una funcionaria de la junta británica de clasificación de películas cuya vida se reduce a dos cosas: ver violencia gráfica en pantalla y decidir qué trozos de ella merecen ser amputados para "proteger al público". Su existencia es un ejercicio de represión emocional tan meticuloso que hasta el espectador más despistado puede oler el aroma a naftalina y té de las cinco que emana de su personaje. Enid no es solo una censora; es el símbolo perfecto de una sociedad que prefiere cortar, editar y censurar antes que enfrentarse a sus propios demonios.
Pero, como todo buen mecanismo de defensa, el de Enid comienza a resquebrajarse cuando la realidad se filtra en su burbuja aséptica. Un crimen real —uno de esos que los periódicos sensacionalistas atribuyen con ligereza a "la influencia del cine violento"— la obliga a cuestionar su labor. Y como si eso no fuera suficiente, el visionado de una película de culto dirigida por un enigmático realizador llamado Frederick North (un guiño tan obvio como delicioso a los directores de Video Nasties como Pete Walker o Norman J. Warren) reabre la herida de la desaparición de su hermana pequeña, un trauma infantil que Enid ha enterrado bajo capas de burocracia y negación.
Lo fascinante de Censor es cómo Bailey-Bond y su directora de fotografía, Annika Summerson, traducen visualmente esta espiral de locura. El filme comienza con una paleta de colores fríos y texturas institucionales: grises de oficina, azules apagados, blancos clínicos. Pero a medida que Enid se adentra en su obsesión, la película se tiñe de rojos neón, verdes ácidos y amarillos enfermizos, los mismos colores que decoraban las portadas de los VHS prohibidos en los videoclubs clandestinos. La relación de aspecto de la pantalla se contrae, pasando del panorámico convencional al claustrofóbico 4:3 de las televisiones antiguas, como si el propio formato estuviera siendo estrangulado por la distorsión analógica de un VHS dañado. Es un acto de amor y terror hacia el soporte físico, una declaración de principios que recuerda a la obsesión de David Lynch por las texturas degradadas en Inland Empire (2006) o a la estética glitch de Videodrome (1983) de Cronenberg.
El laberinto de la memoria: ¿Qué es real y qué es celuloide?
Uno de los mayores aciertos de Censor es su juego con la ambigüedad narrativa. Bailey-Bond nunca nos da respuestas claras, porque, al fin y al cabo, ¿qué es más aterrador: la realidad o la posibilidad de que la realidad sea solo una proyección distorsionada de nuestros miedos? La película se sumerge en la mente de Enid hasta el punto de que el espectador ya no sabe si lo que está viendo es la trama principal o una alucinación inducida por el trauma.
¿Es Frederick North un asesino real o una proyección de los demonios de Enid? ¿Es la película que ella cree reconocer un snuff film o simplemente una metáfora de su culpa por no haber protegido a su hermana? ¿O acaso toda la trama no es más que una cinta de VHS que se rebobina y se reproduce una y otra vez en la mente de la protagonista, como un bucle sin fin del que no puede escapar? Bailey-Bond se niega a dar respuestas fáciles, y eso es lo que hace que Censor sea tan perturbadora. No es una película que te asuste con jump scares o monstruos de látex; es una película que te carcome por dentro, como un VHS que se degrada con cada visionado.
Esta ambigüedad se ve reforzada por el montaje de Mark Towns, que alterna entre el ritmo pausado de las escenas iniciales —donde cada corte parece medido con precisión burocrática— y la frenética sucesión de imágenes en los momentos de mayor tensión psicológica. Hay secuencias en las que el montaje se vuelve casi experimental, como si estuviéramos viendo las escenas a través de los ojos de Enid, con flashes de memoria que se superponen a la realidad. Es un recurso que recuerda al trabajo de Nicolas Roeg en Don’t Look Now (1973), donde el pasado y el presente se entrelazan hasta volverse indistinguibles.
Las actuaciones: Niamh Algar y el arte de la represión
Si hay un elemento que eleva Censor por encima de otras películas de terror psicológico, ese es el monumental trabajo de Niamh Algar como Enid Baines. Algar no solo interpreta a una censora; encarna la represión en su forma más pura. Su rostro, de rasgos angulosos y mirada gélida, es como un lienzo en blanco donde cada microexpresión —un parpadeo, un tic nervioso, una sonrisa forzada— delata la tormenta emocional que se agita bajo la superficie. Hay una escena en particular, hacia el final de la película, en la que Enid se maquilla los labios de rojo sangre mientras mira fijamente a la cámara, y en ese momento, Algar logra transmitir más terror con un simple gesto que la mayoría de los actores con monólogos dramáticos.
El resto del reparto cumple con solvencia, aunque es justo decir que el filme es, ante todo, el espectáculo de Algar. Nicholas Burns, en el papel de Sanderson, el superior de Enid, es la viva imagen del burócrata cínico que justifica la censura con discursos vacíos sobre "la protección del público". Vincent Franklin, como el padre de Enid, aporta una frialdad escalofriante, mientras que Sophia La Porta y Michael Smiley tienen momentos memorables como personajes secundarios que orbitan alrededor de la obsesión de la protagonista.
La banda sonora: El zumbido de la locura analógica
La música de Emilie Levienaise-Farrouch es otro de los grandes aciertos de Censor. No es una banda sonora al uso, con temas épicos o melodías pegadizas. En su lugar, es una sinfonía de zumbidos electrónicos, distorsiones analógicas y sonidos ambientales que parecen sacados de un VHS mal grabado. Hay momentos en los que la música se funde con el sonido ambiente —el tracking de un reproductor de vídeo, el crujido de una cinta magnética— hasta el punto de que el espectador no sabe si lo que está escuchando es parte de la película o un fallo técnico de su propio televisor.
Este enfoque sonoro refuerza la sensación de que estamos viendo la película a través de los ojos de Enid, como si su mente estuviera tan saturada de imágenes violentas que ya no pudiera distinguir entre el sonido y el ruido. Es una banda sonora que no solo acompaña a la imagen, sino que la corrompe, la distorsiona y, en última instancia, la destruye, igual que la obsesión de Enid destruye su cordura.
Crítica social: La censura como cortina de humo
Detrás de su fachada de terror psicológico, Censor es una crítica feroz a la hipocresía de la censura estatal y a la manipulación mediática. La película retrata con acidez cómo el gobierno británico de los 80 utilizó la excusa de los Video Nasties para desviar la atención de problemas reales, como la pobreza, el desempleo o la violencia doméstica. Mientras Enid y sus compañeros se obsesionan con cortar segundos de violencia en pantalla, la prensa sensacionalista atribuye crímenes reales a películas que ellos mismos han aprobado, creando un círculo vicioso de culpa y paranoia.
Bailey-Bond no juzga a Enid por su trabajo; la juzga por su complicidad. Enid no es una villana, sino una víctima más del sistema, una mujer que ha encontrado en la censura una forma de controlar el caos, tanto en su vida profesional como en la personal. Pero, como bien sabe cualquier buen cinéfilo, el cine no se puede controlar. Las imágenes tienen vida propia, y una vez que se graban en la mente, ya no hay tijeras burocráticas que puedan borrarlas.
Lo mejor
- Niamh Algar: Su evolución dramática es tan sutil que parece magia negra; su rostro es un mapa topográfico de la represión a punto de estallar.
- La puesta en escena metacinematográfica: Bailey-Bond convierte el formato VHS en un personaje más, con sus distorsiones, sus colores enfermizos y su capacidad para corromper la realidad.
- La crítica social: Una bofetada con guante de seda a la hipocresía de la censura y a la manipulación mediática, disfrazada de terror psicológico.
Lo peor
El desenlace puede ser frustrante: Si buscas respuestas claras o un final cerrado, Censor* te dejará con más preguntas que un VHS sin etiqueta en un videoclub abandonado. Un ritmo inicial lento: Los primeros veinte minutos son como un tracking* mal ajustado: hay que tener paciencia para que la película entre en su espiral obsesiva.El Veredicto de Claqueta Ácida (8.4/10)
Censor no es solo una de las películas más inteligentes del terror británico contemporáneo; es un exorcismo en forma de cinta de VHS, una reflexión sobre cómo las imágenes pueden salvarnos o destruirnos, dependiendo de si tenemos el valor de mirarlas de frente o preferimos cortarlas con tijeras. Prano Bailey-Bond firma una ópera prima que no solo rinde homenaje a los Video Nasties, sino que los supera en ambición y profundidad, demostrando que el verdadero horror no está en lo que vemos en pantalla, sino en lo que decidimos borrar para no volvernos locos. Si el cine es un espejo, Censor es ese espejo roto que te devuelve tu propio reflejo distorsionado, sangriento y, sobre todo, terriblemente real. 📼✂️🎬 Tráiler Oficial
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