Chime — El Susurro Japonés que Nadie Pidió (y Todos Merecíamos Ignorar)
El Susurro Japonés que Nadie Pidió (y Todos Merecíamos Ignorar). Kiyoshi Kurosawa se adentra en el terror doméstico con 'Chime', una serie que susurra más de lo que grita y aburre más de lo que aterroriza. ¿Arte o siesta visual?
Por Silvia Mordaz | Perros Verdes
El firmamento del terror asiático, ese cosmos oscuro y fascinante que nos regaló la angustia existencial de "Ring" y la paranoia vírica de "Kurosawa Kairo", parecía tener un cometa predilecto: Kiyoshi Kurosawa. Un nombre que, para el cinéfilo avezado y el masoquista de lo sutilmente perturbador, ha sido sinónimo de una escuela de horror que operaba en las antípodas del susto fácil, en las profundidades de la psique y en la erosión lenta de la cordura. Kurosawa no gritaba, Kurosawa susurraba; no mostraba el monstruo, mostraba el vacío que dejaba a su paso. O al menos, así fue durante un tiempo. Su filmografía, un laberinto de fantasmas urbanos, tecnologías alienantes y burocracias pesadillescas, nos había acostumbrado a un tipo de incomodidad que se incrustaba bajo la piel, fermentando un malestar que pocas veces se liberaba en un clímax catártico, optando en cambio por una coda de desolación.
Pero el tiempo, ese incesante devorador de legados, parece haberle jugado una pasada al maestro. La industria, con su voracidad insaciable por el contenido y su tendencia a la regurgitación, a menudo presiona a los talentos consolidados a seguir produciendo, independientemente de si la musa ha decidido tomar unas vacaciones indefinidas en un ryokan sin señal. Y así, nos llega "Chime", la más reciente ofrenda del que otrora fuera un orfebre del pavor. Es una obra que se vende como "terror doméstico", una etiqueta que, en manos de Kurosawa, debería significar la pulverización de lo cotidiano, la irrupción de lo inexplicable en la sopa de miso o el timbre de la puerta. La promesa es tentadora: el horror anidando en la banalidad, el espectro acechando en el reflejo de la pantalla del microondas. Sin embargo, lo que se nos sirve es un té de jengibre aguado, una tibia infusión de ideas recicladas que, lejos de perturbar, induce a una somnolencia inquietante.
La expectativa, claro está, era un veneno lento. El pedigrí de Kurosawa, su historial de obras maestras como "Cure" o la ya mencionada "Pulse", ha elevado el listón a alturas casi estratosféricas. Pero "Chime" se desliza por debajo de ese listón con la gracia de un caracol moribundo. No es que esperásemos fuegos artificiales gore o jump-scares de manual; de hecho, eso sería una traición a su estilo. Lo que uno anhelaba era esa destilación sutil de la inquietud, ese uso magistral del fuera de campo y del sonido ambiente para insinuar un horror que la imagen no se atrevía a mostrar. Pero aquí, el susurro se ha vuelto inaudible, la insinuación se ha diluido en una ausencia, y el terror se ha transformado en una monotonía casi autista. Uno empieza a sospechar que Kurosawa, en su afán por perfeccionar el arte del anti-clímax, ha alcanzado un punto de no retorno donde el suspense se volatiliza antes incluso de ser concebido. ¿Es esto vanguardia? ¿O es simplemente el cansancio de un autor que ya lo ha dicho todo y ahora se limita a murmurar en su propio eco?
Dirección (Kiyoshi Kurosawa): La Sonaja Oxidada del Maestro
Kiyoshi Kurosawa, el hombre que nos enseñó a temer a los teclados de ordenador y a los ascensores averiados, se presenta en "Chime" con un estilo que podríamos calificar de "Kurosawa-core": planos estáticos que se alargan hasta la eternidad, una paleta de colores tan desaturada que la vida misma parece desangrarse en la pantalla, y una predilección por la arquitectura brutalista y los espacios vacíos que, se supone, deben resonar con la vacuidad existencial de los personajes. Sin embargo, lo que antes era un ejercicio de contención sublime, aquí se siente como un ejercicio de contención forzada, de auto-imitación sin la chispa original.
El director parece haber adoptado la filosofía de que menos es más, hasta el punto de que "menos" se convierte en "nada". Las largas tomas, que en "Cure" generaban un crescendo de incomodidad insoportable, en "Chime" simplemente nos invitan a revisar el móvil o a reflexionar sobre el significado de nuestra propia existencia, no por la profundidad de lo que ocurre en pantalla, sino por la desesperante ausencia de ello. El tempo es tan lánguido que las escenas se arrastran como un alma en pena con reuma, cada segundo estirado hasta que la tensión, si alguna vez existió, se disuelve en el éter de la indiferencia. Parece que Kurosawa confunde la sutilidad con la inanición narrativa, dejando al espectador en un limbo de expectativas frustradas. La cámara, que debería ser un ojo que observa con precisión quirúrgica el desmoronamiento de la realidad, aquí se limita a ser una observadora pasiva, casi apática, de eventos que apenas importan.
Reparto: Silencios Anodinos y Gritos Ahogados en Bostezo
El elenco de "Chime", encabezado por Mutsuo Yoshioka, Ichimaru Kotoha y Shota Sometani, cumple con la premisa de la contención japonesa hasta un punto que raya en la inexpresividad patológica. Yoshioka, en el papel central, transita por la película con la misma emoción que un burócrata rellenando formularios. Se supone que su personaje está siendo acosado por una fuerza sobrenatural manifestada en un persistente tintineo, pero su rostro rara vez traiciona algo más que una vaga perplejidad o un ligero fastidio, como si la casa estuviera poseída por un espíritu que se niega a recoger la ropa tendida. ¿Es una actuación minimalista en línea con el tono? ¿O es simplemente que la dirección no les ha dado nada sustancioso con lo que trabajar?
Ichimaru Kotoha, por su parte, aporta una presencia etérea que, si bien es estéticamente coherente con el universo de Kurosawa, se pierde en la nebulosa de la subtrama y en la generalidad de la amenaza. Y Shota Sometani, un actor con un rango probado en obras como "Himizu", se siente aquí como un recurso infrautilizado, un engranaje más en una máquina narrativa que funciona a medio gas. La química entre los personajes es inexistente, sus interacciones son tan frías y distantes como los interiores de los apartamentos japoneses. Uno no conecta con su terror porque ellos mismos parecen no estar del todo seguros de si deben sentirlo. Es una orquesta de silencios donde cada músico parece haberse olvidado su partitura, o directamente, su instrumento.
Apartado Técnico: La Estética de la Nadería
Técnicamente, "Chime" es un Kurosawa reconocible. La fotografía, con su paleta de grises, azules apagados y negros profundos, es atmosférica en teoría, pero en la práctica se torna monótona, casi asfixiante. Parece que cada fotograma ha sido despojado de cualquier atisbo de alegría o vitalidad, dejando solo la cáscara de lo real. El diseño de producción refuerza esta sensación de domesticidad desolada: apartamentos que son prisiones minimalistas, objetos cotidianos que se convierten en símbolos de una amenaza inasible. Pero lo más crucial, el "chime" que da título a la película, el sonido que debería ser el epicentro del horror, es una decepción sonora. Al principio, su persistencia es inquietante, pero rápidamente se convierte en un irritante más, una campanilla de bicicleta que insiste en sonar sin razón aparente, perdiendo toda su capacidad para generar ansiedad o pavor. Se nos prometió una sinfonía del terror sutil, y recibimos un tintineo de campanilla que bien podría venir de un gato aburrido jugando con una bola de cascabeles. La atmósfera, que en Kurosawa solía ser un personaje más, aquí se siente como un envoltorio vacío, una promesa visual que nunca llega a materializarse en una experiencia visceral.
Lo mejor
- La coherencia estética: Si esperabas un Kurosawa visualmente reconocible, lo tienes, aunque sea para bien o para mal.
- El concepto inicial del "chime": Durante los primeros diez minutos, la idea de un sonido omnipresente genera una pizca de curiosidad.
- La ausencia de sobresaltos baratos: Kurosawa sigue siendo fiel a su anti-fórmula del susto fácil, lo cual se agradece si lo que buscas es una siesta.
Lo peor
- El ritmo letárgico: La lentitud se confunde con el estancamiento, y el suspense, si alguna vez existió, se evapora en minutos.
- Actuaciones apáticas: El elenco parece contagiado por la indiferencia general, dejando poco espacio para la conexión emocional.
- La falta de progresión narrativa: La película da vueltas en círculos, estirando una idea mínima hasta el agotamiento.
- El "terror" insípido: Lo que se promete como horror psicológico se convierte en una serie de eventos tediosos y sin impacto.
- El abuso del simbolismo vacío: Demasiados planos largos que "sugieren" algo sin llegar a decir absolutamente nada.
El Veredicto de Claqueta Ácida
"Chime" es, en esencia, Kiyoshi Kurosawa en modo piloto automático, un eco distante de su genio pasado. Lo que en otras manos sería un despropósito, aquí se esconde bajo el velo de la "autoría" y el "cine lento". Se nos prometió un susurro que helaría la sangre, y en su lugar, recibimos un murmullo inaudible, una nana para insomnes cinéfilos que confunde la sutileza con la vacuidad. Un experimento fallido en la autocomplacencia que, lamentablemente, demuestra que incluso los maestros pueden perder el tono y la melodía. Si buscáis terror que os inquiete, volved a ver "Cure". Si buscáis una excusa para la siesta, "Chime" es vuestra película. 💀
💬 El Veredicto de la Comunidad
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