🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

La abuela — El gélido y valiente viaje de Paco Plaza al terror de la decrepitud

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Paco Plaza
👥 Reparto: Almudena Amor, Vera Valdez, Karina Kolokolchykova, Marina Gutiérrez, Berta Sánchez, Alba Bonnin
⏱️ Lectura: 5 min
⚡ Ácido Cítrico 7/10
Público --
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La abuela: El gélido y valiente viaje de Paco Plaza al terror de la decrepitud
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​El celuloide se desenrolla como un vendaje limpio pero frío en la sala de proyección de Claqueta Ácida. Paco Plaza, el hombre que nos regaló el subidón de adrenalina de [REC] (2007) y su secuela —ese festín de carne podrida y gritos en un ascensor de Barcelona—, decidió en 2021 que era hora de cambiar radicalmente de registro. Adiós a la acción frenética en primera persona, hola al terror psicológico de cámara. El salto no es perfecto, pero es de una valentía kamikaze que merece ser analizada. La abuela (2022) es su nueva criatura, un intento de emular el estilo de atmósferas densas de Ari Aster o Robert Eggers, vistiendo el costumbrismo español con ropajes de brujería, vejez y degradación física.
​Estamos en la era del "terror elevado", donde el género se ha convertido en un banquete de metáforas sociales. Plaza no es ajeno a esto —su largometraje Verónica (2017) ya exploraba el drama doméstico con maestría—, pero aquí decide arriesgar estirando el tempo narrativo hasta el límite. Rodada bajo los estrictos y asfixiantes protocolos de la pandemia, la película traslada esa misma desconexión y aislamiento a la pantalla. El guion corre a cargo de Carlos Vermut, el enfant terrible del cine español (Magical Girl). El resultado de esta alianza es un libreto magnético pero por momentos esclavo de sus propios conceptos: Susana (Almudena Amor), una modelo en París, regresa a Madrid para cuidar de su abuela Pilar (Vera Valdez), que acaba de sufrir un ictus. Lo que comienza como un drama de cuidados paliativos que evoca al Haneke de Amour (2012) se deforma lentamente en un inquietante rito de espejos y miradas que hielan la sangre.
​Dirección: Plaza en busca de la contención formal
​Si algo sabe hacer Paco Plaza es encerrarnos con el miedo. Pero si en [REC] la claustrofobia era ruidosa, en La abuela es gélida y silenciosa. Su dirección aquí opera con un control milimétrico, priorizando el diseño visual estilizado por encima del susto fácil. El encuadre es sobrio, elegante y pictórico: travellings lentos por pasillos en penumbra y una iluminación tenebrista de piso madrileño burgués que busca la belleza en la decadencia.
​El ritmo es, sin duda, el elemento más divisivo de la propuesta. Plaza abandona el pulso comercial y abraza una narrativa cocinada a fuego lentísimo. Hay planos que se alargan buscando la incomodidad real del espectador ante el deterioro del cuerpo, rompiendo con las expectativas de quien busque un festival de sobresaltos. No es una película de jumpscares; es una pieza de atmósfera asfixiante donde el sonido —minimalista y abstracto, diseñado por Fatima Al Qadiri— juega a mimetizarse con el silencio incómodo de la sala.
​Actores: Un duelo intergeneracional colosal
​Si la película se sostiene con una tensión subterránea devoradora es gracias al titánico trabajo de sus dos actrices. Almudena Amor, que ya deslumbró en El buen patrón (2021), carga con el peso dramático transmitiendo una vulnerabilidad y una frustración que se contagian. A su lado, la mítica modelo y musa Vera Valdez es un auténtico torbellino visual. Valdez no necesita trucos digitales; su imponente fisionomía, su mirada aristocrática y su presencia física transmiten el horror real y descarnado de la vejez de una forma que estremece más que cualquier monstruo al uso.
​El guion de Vermut opta por una frialdad matemática que a veces despoja de calidez la relación, convirtiendo sus escenas juntas en un frío ejercicio formal. Sin embargo, ese distanciamiento refuerza la tesis de la película: el aislamiento total de dos mujeres atrapadas en un piso que se siente congelado en el tiempo.
​Apartado técnico: Preciosismo gélido
​El diseño de producción es impecable, aunque paradójico. Nos encontramos ante un piso señorial de techos altos, decorado con un gusto antiguo pero de una pulcritud tan milimétrica que parece una galería de arte. La fotografía de Daniel Fernández Abelló es una delicia visual: juega con los reflejos, los espejos duplicados y una paleta de colores calmos que transita entre la soledad de la pasarela parisina y la penumbra mortecina del hogar madrileño.
​El montaje estira las escenas cotidianas de los cuidados hasta la extenuación para hacernos partícipes del calvario de Susana, aunque acelera de forma algo abrupta en un clímax final que abraza los tropos más clásicos del género. Es en ese tramo donde la sutileza psicológica construida choca con la necesidad de dar un cierre esotérico, un peaje que fractura levemente la propuesta pero que no logra tumbar el viaje previo.
​Lo Mejor
​El imponente duelo actoral: La química y el contraste físico entre Almudena Amor y una magnética Vera Valdez.
​La audacia de Paco Plaza: El riesgo de salir de su zona de confort para firmar su película más sobria, madura y estilizada.
​La fotografía de Fernández Abelló: Un despliegue visual impecable que convierte el piso en un personaje gélido y vivo.
​Lo Peor
​El peaje del tramo final: Una resolución que recurre a soluciones más convencionales, rompiendo la sutileza psicológica previa.
​Un ritmo excesivamente pausado: Su obsesión por la atmósfera puede provocar la desconexión de quienes busquen un terror más visceral.
​El Veredicto de Claqueta Ácida
​La abuela no es el terror al que Paco Plaza nos tenía acostumbrados, y ahí radica su mayor virtud y su mayor escollo. Es una obra estilizada, bellísima y profundamente incómoda, que utiliza los códigos del género para hablar de un monstruo real: el pánico a la vejez y al olvido en una sociedad atrapada en la tiranía de la juventud. Aunque el guion de Carlos Vermut peca a veces de frío y su tramo final arriesga con soluciones predecibles, la atmósfera opresiva y las descomunales interpretaciones de Almudena Amor y Vera Valdez elevan la función. Un notable y valiente ejercicio de terror de autor que se siente con el corazón en un puño.

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