El secreto de Marrowbone — La casa que sangra memoria (y no precisamente por el presupuesto)
Sergio G. Sánchez firma un thriller gótico de texturas podridas y secretos que huelen a naftalina. ¿Logra escapar de su propio laberinto de referencias o se ahoga en él?
El cine de terror gótico español tiene una tradición tan rica como un queso manchego curado en cuevas malditas: desde los claroscuros de Paul Naschy hasta los laberintos psicológicos de Jaume Balagueró, pasando por esa joya podrida que fue Los otros de Alejandro Amenábar. Pero en 2017, Sergio G. Sánchez —el guionista que ya nos había regalado el trauma colectivo de El orfanato— decidió que era hora de construir su propia casa embrujada. Y vaya si lo intentó. El secreto de Marrowbone es, en esencia, un ejercicio de estilo que huele a naftalina de lujo: un guion que se devora a sí mismo en flashbacks, una fotografía que susurra más que grita y un reparto joven que parece sacado de un casting de The Vampire Diaries con aspiraciones a Rebecca de Hitchcock. Pero, ay, amigo mío, cuando la ambición supera al presupuesto, el resultado es como un cadáver bien vestido: bonito por fuera, pero con las tripas podridas por dentro.
La premisa es tan clásica que podría bordarse en un tapiz medieval: cuatro hermanos huyen de un padre violento en la Inglaterra de los 60 para refugiarse en una mansión rural estadounidense, donde la madre muere y ellos deciden esconder el cadáver para no ser separados. Sí, has leído bien. No es un spoiler, es el primer acto. Lo que viene después es un juego de espejos empañados, puertas que se cierran solas y una presencia siniestra que acecha entre las sombras. Sánchez, que aquí debuta como director, demuestra un amor enfermizo por los planos secuencia y los encuadres que recuerdan a Robert Wise en The Haunting, pero con un presupuesto que, se nota, no daba para recrear el infierno con la misma grandilocuencia. Eso sí, el tipo sabe cómo crear atmósfera, aunque a veces confunda «atmósfera» con «humedad que se te pega a la piel como un sudario».
El problema no es la falta de ideas, sino la obsesión por empaquetarlas todas en un mismo paquete. Sánchez quiere que Marrowbone sea un drama familiar, un thriller psicológico, un cuento gótico y un homenaje al cine de terror clásico, todo a la vez. El resultado es como un cóctel molotov al que le han echado demasiado licor: arde, pero no sabes si te va a dejar ciego o simplemente te va a dar dolor de cabeza. La película avanza con un ritmo que oscila entre lo contemplativo y lo tedioso, como si el director no se decidiera entre dejar que los personajes respiren o ahogarlos en su propia niebla. Y luego está el giro final, ese momento en el que Sánchez saca su as bajo la manga y... bueno, digamos que es tan predecible como un capítulo de Cuéntame cómo pasó, pero con más sangre falsa y menos nostalgia.
Pero no todo es podredumbre en esta casa. Hay algo profundamente conmovedor en la forma en que la película retrata el amor fraternal, esa dinámica de «nosotros contra el mundo» que recuerda a Los Goonies si los Goonies hubieran crecido en un internado victoriano con fantasmas. Los cuatro hermanos —interpretados por un reparto joven que, afortunadamente, no se limita a poner cara de susto— tienen una química que salva más de un plano aburrido. George MacKay (Jack) es el líder con complexión de poeta tuberculoso, Charlie Heaton (Billy) el rebelde con causa perdida, Mia Goth (Jane) la hermana que parece salida de un cuadro prerrafaelita y Matthew Stagg (Sam) el pequeño que aún cree en la magia. Pero si hay una actriz que roba cada escena en la que aparece, esa es Anya Taylor-Joy, cuya mirada podría helar el infierno. La chica tiene ese don de los grandes actores del terror clásico: hacer que lo sobrenatural parezca tan real como un puñetazo en el estómago.
Dirección: El laberinto de Sánchez
Sergio G. Sánchez dirige como si estuviera jugando al escondite con el espectador: te esconde pistas en cada rincón, te susurra al oído con la banda sonora de Fernando Velázquez (que oscila entre lo sublime y lo empalagoso) y te hace creer que estás a punto de descubrir el secreto de la mansión. Pero cuando por fin enciendes la luz, lo único que encuentras es un guion que se muerde la cola. Hay momentos brillantes, como ese plano secuencia inicial en el que los hermanos llegan a Marrowbone, donde la cámara se mueve con una elegancia que recuerda al Stanley Kubrick de El resplandor. O esa escena en la que Jane toca el piano mientras la sombra de algo (o alguien) se cierne sobre ella, un momento tan cargado de tensión que casi puedes oler el polvo acumulado en las teclas.
Pero luego están los momentos en los que Sánchez parece olvidarse de que está haciendo una película y no un ejercicio de estilo para una escuela de cine. Los flashbacks son tan frecuentes que al final pierdes la noción del tiempo, como si la película misma sufriera de amnesia. Y ese final, Dios mío, ese final. No es que sea malo, es que es tan obvio que duele. Sánchez parece tan enamorado de su propia idea que olvida que el terror gótico no se basa en giros argumentales, sino en la sensación de que algo maligno acecha en cada esquina. Aquí, lo maligno parece más bien un inquilino moroso que no paga el alquiler.
Actores: Sangre joven en un cuerpo viejo
El reparto joven de Marrowbone es, sin duda, lo mejor de la película. George MacKay logra transmitir esa mezcla de vulnerabilidad y determinación que requiere el personaje de Jack, aunque a veces parece que está interpretando a un héroe de novela romántica del siglo XIX en lugar de a un adolescente traumatizado. Charlie Heaton, por su parte, tiene ese aire de «chico malo con corazón de oro» que tan bien le funcionó en Stranger Things, pero aquí su personaje es tan plano que casi podrías usarlo como papel pintado. Mia Goth, en cambio, brilla con una intensidad que ilumina hasta los rincones más oscuros de la mansión. Su Jane es un personaje complejo, lleno de matices, y Goth lo interpreta con una naturalidad que hace que el resto del reparto parezca estar actuando en una obra de teatro escolar.
Pero, como ya hemos mencionado, el verdadero descubrimiento es Anya Taylor-Joy. La actriz, que ya había demostrado su talento en The Witch, aquí confirma que es una de las grandes promesas del cine de terror actual. Su Allie es un personaje que podría haber sido un cliché —la chica misteriosa que aparece de la nada—, pero Taylor-Joy le da una profundidad que hace que cada una de sus apariciones sea un regalo. Cuando mira a cámara, sientes que está viendo algo que tú no puedes ver, y eso, amigos míos, es el verdadero terror.
Apartado técnico: La casa que se cae a trozos
Si hay algo que salva a Marrowbone del olvido, es su apartado técnico. La fotografía de Xavi Giménez es, sencillamente, espectacular. Cada plano parece sacado de un cuadro de Francis Bacon: colores desaturados, sombras alargadas y una paleta que oscila entre el verde podrido y el marrón sepia. Giménez sabe cómo jugar con la luz para crear una atmósfera opresiva, aunque a veces el exceso de claroscuros hace que la película parezca un anuncio de ambientadores con pretensiones artísticas. El diseño de producción, a cargo de Patrick Salvador, también merece una mención especial. La mansión Marrowbone es un personaje más de la película, un lugar que respira, suda y, sobre todo, huele. Cada rincón está lleno de detalles que hablan de un pasado turbulento, desde los muebles cubiertos con sábanas hasta los juguetes rotos en el ático.
La banda sonora de Fernando Velázquez, sin embargo, es un arma de doble filo. Hay momentos en los que la música eleva la tensión hasta niveles insoportables, como en esa escena en la que Jane toca el piano mientras algo (o alguien) se acerca por detrás. Pero en otros momentos, la partitura parece sacada de una telenovela de sobremesa, con violines que suenan tan dramáticos que casi esperas que aparezca un créditos con la frase «Continuará...». El montaje, por su parte, es irregular. Hay secuencias que fluyen con una elegancia hipnótica, pero otras parecen cortadas con las tijeras de la abuela, especialmente en los flashbacks, que a veces rompen el ritmo de la película como un ladrillo en un escaparate.
Lo mejor
- La fotografía de Xavi Giménez: Un ejercicio de claroscuro que convierte cada plano en una pesadilla pictórica. Si Caravaggio hubiera rodado una película de terror, habría contratado a este tipo.
- El diseño de producción: La mansión Marrowbone es un personaje más, un lugar que huele a polvo, a madera podrida y a secretos que es mejor no desenterrar.
- La atmósfera: Cuando la película acierta, te envuelve como un sudario húmedo. Hay momentos en los que la tensión es tan densa que podrías cortarla con un cuchillo de mantequilla.
Lo peor
- El guion: Sánchez se pierde en su propio laberinto de flashbacks y giros predecibles. Al final, el «secreto» de Marrowbone es tan obvio que duele.
- El ritmo: La película avanza como un zombi con artritis: a veces corre, a veces se arrastra, y casi siempre te deja con ganas de darle un empujón.
- La banda sonora: Velázquez alterna momentos sublimes con otros en los que suena como la banda sonora de una telenovela de las 3 de la tarde.
El Veredicto de Claqueta Ácida
El secreto de Marrowbone es como una mansión embrujada construida con materiales reciclados: tiene momentos de auténtica grandeza, pero al final se te cae encima como un castillo de naipes. Sergio G. Sánchez demuestra que sabe cómo crear atmósfera y que tiene un ojo privilegiado para los encuadres, pero su guion es tan predecible que podrías usarlo como manual de instrucciones para montar un mueble de IKEA. El reparto joven salva los muebles, especialmente Anya Taylor-Joy, que sigue confirmando que es una de las grandes actrices de su generación. Pero al final, la película se queda en tierra de nadie: ni es lo suficientemente aterradora como para asustarte, ni lo suficientemente original como para sorprenderte. Eso sí, si te gustan las casas con secretos, aquí tienes una que huele a naftalina y a oportunidades perdidas. 💀
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