La virgen de la tosquera — El exorcismo del aburrimiento que nadie pidió
Laura Casabé adapta a Mariana Enríquez con más sudor que terror. Un verano argentino que huele a repelente de mosquitos y clichés de manual.
El celuloide se desenrolla como un pergamino apolillado en la sala de proyección de Claqueta Ácida, donde el olor a palomitas rancias se mezcla con el tufo a desesperanza existencial. Laura Casabé, directora de este engendro veraniego, llega con la misión de adaptar los cuentos de Mariana Enríquez, esa reina gótica de los arrabales porteños que escribe con la misma naturalidad con la que otros respiran. Pero aquí, entre el sudor de la Tosquera y los suspiros de tres adolescentes en celo, el terror se diluye como un azucarillo en un vaso de fernet barato. ¿El resultado? Un exorcismo fallido donde el demonio no es otro que el aburrimiento disfrazado de realismo mágico de supermercado.
Casabé no es ninguna novata en esto de manchar la pantalla con fluidos corporales y simbolismos baratos. Su ópera prima, El invierno, ya nos advertía de su obsesión por los espacios claustrofóbicos y los diálogos que suenan a terapia de grupo. Pero en La virgen de la tosquera, parece haber confundido lo atmosférico con lo soporífero. El guion, firmado por el siempre interesante Benjamín Naishtat (sí, ese que nos regaló Rojo, una película que al menos tenía la decencia de ser incómoda), aquí se limita a regurgitar los tópicos del coming-of-age latinoamericano: el primer amor, los celos adolescentes, la abuela bruja y, por supuesto, la laguna maldita que esconde más secretos que un grupo de WhatsApp de amigas. Pero donde Enríquez escribía con la precisión de un bisturí, Naishtat y Casabé operan con un cuchillo de cocina oxidado.
El verano de 2001 en Argentina no fue precisamente un vergel de estabilidad. El país se desangraba entre corralitos, cacerolazos y presidentes que duraban menos que un helado al sol. Sin embargo, en la Tosquera —ese paraje imaginario que huele a tierra mojada y a desesperanza—, el tiempo parece haberse detenido en un bucle de telenovela barata. Las protagonistas, Natalia, Mariela y Josefina, son tres amigas que comparten más que el mismo gusto por Diego, ese galán de pueblo que parece sacado de un casting de Floricienta. Pero cuando Silvia (Fernanda Echevarría) aparece en escena como la femme fatale de pacotilla, el trío se desmorona como un castillo de naipes en un día ventoso. La abuela Rita (Isabel Bracamonte) intenta salvar la situación con un hechizo de esos que solo funcionan en las películas de Emir Kusturica, pero el conjuro se queda en agua de borrajas. Literalmente.
Lo que podría haber sido una exploración oscura y sensual del deseo adolescente se convierte en un desfile de clichés con más filtros de Instagram que profundidad psicológica. La Tosquera, ese lugar maldito donde supuestamente habita lo sobrenatural, termina siendo tan amenazante como un charco después de la lluvia. Y la laguna oculta, ese MacGuffin acuático que debería estar cargado de simbolismo, no pasa de ser un estanque con mala iluminación. Diego Tenorio, el director de fotografía, parece más preocupado por emular el estilo de Luca Bigazzi en La grande bellezza que por capturar la esencia viscosa y sudorosa del relato. El resultado es una paleta de colores que oscila entre lo desaturado y lo artificial, como si la película hubiera sido rodada con un filtro de VSCO de 2015.
Dirección: El arte de ahogarse en un vaso de agua
Casabé dirige con la misma delicadeza con la que un elefante baila ballet. Su pulso narrativo es tan irregular que parece sufrir de parkinson cinematográfico. Hay escenas que se alargan como un chicle bajo el zapato —como esa secuencia interminable en la que las amigas discuten sobre Diego mientras comen helado—, y otras que pasan tan rápido que uno se pregunta si el proyeccionista se saltó un rollo. El montaje, a cargo de un profesional anónimo que merece permanecer en el anonimato, es tan brusco que parece editado con un hacha. Los cortes abruptos no generan tensión, sino confusión, como si la película sufriera de un trastorno de déficit de atención.
El problema no es que Casabé no tenga ideas, sino que parece tener demasiadas y ninguna al mismo tiempo. Quiere hacer una película de terror gótico, un drama adolescente y una comedia negra, pero termina haciendo un collage de géneros que no pegan ni con cola. Las escenas de macumba —que deberían ser el corazón oscuro del filme— son tan ridículas que parecen sacadas de un episodio de El Chavo del 8 dirigido por Guillermo del Toro en su peor día. La abuela Rita lanza sus conjuros con la misma convicción con la que una actriz de teatro comunitario recita el monólogo de La casa de Bernarda Alba. Y el hechizo, por supuesto, no funciona. Porque en el cine de Casabé, la magia nunca funciona. Como si la directora tuviera miedo de que el público se tomara en serio su propia premisa.
Actuaciones: El reparto que merecía un mejor guión
Si hay algo que salva La virgen de la tosquera del olvido eterno es, irónicamente, su reparto. Dolores Oliverio (Natalia) es la única que parece entender que está en una película y no en una sesión de terapia grupal. Su mirada de desesperación contenida es lo único que le da algo de humanidad a este despropósito. Fernanda Echevarría, en el papel de Silvia, intenta dotar de misterio a su personaje, pero termina pareciendo más una villana de telenovela que una femme fatale. Su actuación oscila entre lo sobreactuado y lo inexpresivo, como si estuviera interpretando a dos personajes distintos en la misma escena.
El resto del elenco parece perdido en un limbo interpretativo. Luisa Merelas y Candela Flores (Mariela y Josefina) tienen una química que recuerda a la de dos desconocidas obligadas a compartir taxi. Y Agustín Sosa, en el papel de Diego, es tan carismático como un mueble de IKEA. Su interpretación es tan plana que uno espera que en cualquier momento le pidan que se siente en una silla para completar el decorado. Isabel Bracamonte, en el papel de la abuela Rita, es la única que logra arrancar alguna sonrisa, aunque sea por lo absurdo de su personaje. Su abuela bruja es tan convincente como un tutorial de TikTok sobre cómo lanzar hechizos.
Apartado técnico: Cuando lo visual huele a naftalina
El diseño de arte y el vestuario son tan anacrónicos que parecen sacados de un museo de la moda adolescente de los 90. Las protagonistas visten como si estuvieran en un capítulo de Rebelde Way, con shorts vaqueros que parecen pintados sobre sus piernas y tops que dejan poco a la imaginación. El problema no es el estilo en sí, sino la falta de coherencia. En una escena, las chicas parecen sacadas de un vídeo de Britney Spears, y en la siguiente, de un documental sobre tribus urbanas argentinas. El maquillaje es otro punto débil: las ojeras de Natalia parecen dibujadas con un rotulador, y el brillo labial de Silvia es tan exagerado que parece que se ha comido un bote de vaselina.
La fotografía de Diego Tenorio es, sin duda, el aspecto más pulido del filme. Hay planos que recuerdan al mejor Lucrecia Martel, con esa capacidad para capturar la luz mortecina de los atardeceres en el campo. Pero incluso aquí, la falta de coherencia narrativa termina por arruinarlo todo. Hay secuencias que parecen rodadas en un estudio (con una iluminación tan artificial que parece de plástico) y otras en exteriores reales, donde la cámara parece perderse en la inmensidad del paisaje. El sonido es otro despropósito: la banda sonora, compuesta por ruidos ambientales y algún que otro acorde de guitarra acústica, es tan sutil que parece inexistente. Y los diálogos, grabados con un micrófono que parece de juguete, suenan como si los actores estuvieran hablando desde el fondo de un pozo.
Lo mejor
- Actuación de Dolores Oliverio: La única que parece entender que el cine no es un concurso de monólogos dramáticos. Su Natalia tiene la mirada de quien ya vio el guión y decidió emborracharse para olvidarlo.
- Fotografía de Diego Tenorio: Algunos planos son tan hermosos que uno casi puede olvidar que la película es un desastre. Casi.
- Intento de realismo mágico: Aunque fracasa estrepitosamente, al menos hay que reconocer que la película intenta algo diferente. Eso ya es más de lo que se puede decir de la mayoría de los estrenos.
Lo peor
- Guion de Benjamín Naishtat: Lo que podría haber sido una adaptación oscura y poética de Mariana Enríquez termina siendo un refrito de clichés adolescentes. Un desperdicio de talento.
- Dirección de Laura Casabé: Parece que la directora no supo decidir qué película quería hacer. El resultado es un Frankenstein de géneros que no funciona en ningún nivel.
- Actuaciones del resto del reparto: Con la excepción de Oliverio y Bracamonte, el elenco parece perdido en un limbo interpretativo. Agustín Sosa, en particular, es tan plano que parece un holograma mal renderizado.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La virgen de la tosquera es ese tipo de película que uno empieza a ver con esperanza y termina con la sensación de haber perdido 95 minutos de su vida que nunca recuperará. Laura Casabé y Benjamín Naishtat tenían entre manos el material perfecto para crear algo oscuro, sensual y perturbador, pero terminaron haciendo una telenovela adolescente con pretensiones de arte. El resultado es un collage de clichés que huele más a naftalina que a azufre, donde el realismo mágico se diluye en un mar de diálogos predecibles y actuaciones mediocres. Solo la fotografía de Diego Tenorio y la actuación de Dolores Oliverio logran salvar algo de dignidad de este naufragio. Pero, seamos honestos, ni siquiera el mejor maquillaje puede ocultar un cadáver. Nota final: 5.8, porque alguien tiene que darle puntos por intentarlo. 💀
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