Escape — Rodrigo Cortés y el Sueño Húmedo de la Cárcel como Resort de Lujo
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El cine español lleva décadas obsesionado con la idea de que el encierro es sinónimo de profundidad. Desde los dramas carcelarios de la Transición hasta los thrillers claustrofóbicos de los 2000, parece que no hay director que no quiera colarse en una celda para demostrar que sabe lo que es el sufrimiento humano. Rodrigo Cortés, ese niño prodigio que un día nos regaló Buried (2010) —una película que cabía en un ataúd y pesaba como una losa—, vuelve a la carga con Escape, un filme que promete ser la evolución natural de su obsesión por los espacios cerrados. Pero, ay, amigos, esto no es Buried 2.0, ni siquiera es Buried: El Musical. Esto es, en el mejor de los casos, un episodio alargado y nihilista de El Ministerio del Tiempo donde el protagonista se convence de que la cárcel es el nuevo co-living de moda. Y en el peor, una fábula del absurdo para aspirantes a preso con delirios de grandeza existencial.
Cortés no es un director cualquiera. Es ese tipo de cineasta que parece haber nacido con un storyboard bajo el brazo y una obsesión enfermiza por el control formal. Su filmografía es un viaje por los límites de la creatividad: desde el delirio financiero de Concursante (2007) hasta el experimento de Red Lights (2012), donde intentó convencernos de que Robert De Niro podía ser un médium creíble. Pero, oh paradoja, su mayor éxito, Buried, fue también su mayor maldición. Porque después de encerrar a Ryan Reynolds en una caja de pino durante 90 minutos, ¿qué haces? ¿Cómo superas eso? La respuesta, al parecer, es intentar darle la vuelta a la tortilla: si allí querías salir a toda costa, aquí el juego es entrar. El problema es que esta vez, el invento viene avalado por el mismísimo Martin Scorsese como productor ejecutivo, lo que eleva las expectativas a la estratosfera para luego dejarnos caer a plomo en el patio de una prisión de diseño.
Y aquí es donde entra Mario Casas, ese actor que ha pasado de ser el chico malo que enseñaba tableta en A tres metros sobre el cielo a convertirse en el chico perturbado de medio cine español. En Escape, basada en la novela de Enrique Rubio y adaptada libremente por el propio Cortés, interpreta a N., un tipo roto por la tragedia que decide que la única forma de no tener que tomar decisiones es vivir entre rejas. Sí, has leído bien. No es un preso político, ni un inocente condenado por error, ni un atracador torpe. Es, simplemente, un trasunto de Bartleby el escribano que prefiere no hacerlo y decide que la cárcel es el nuevo glamping. Y lo peor de todo es que el guion —firmado, cómo no, por el propio Cortés— se lo toma tan en serio que la comedia negra y el drama metafísico se pisan la manguera mutuamente mientras el protagonista reflexiona sobre la libertad, el castigo y el precio de que te lo den todo hecho. Spoiler: el precio es tu cordura, pero al menos no pagas autónomos.
Pero no todo es culpa de Cortés. Hay que reconocer que el hombre lo intenta. La película está producida por Nostromo Pictures, esa factoría catalana experta en empaquetar thrillers de factura impecable con aroma internacional. El problema es que, mientras la novela original jugaba con una sátira social ácida y descarnada, Escape se queda en un limbo extraño: un cuento abstracto, con personajes que parecen ideas andantes y un ritmo que oscila entre el slow burn y el slow death. Es como si alguien hubiera mezclado el existencialismo de Kafka con el humor seco de Luis García Berlanga y luego le hubiera quitado la gracia a ambos para darle un toque de solemnidad pedante. El resultado es una película que ni siquiera logra ser tan marciana como para ser de culto. Es, simplemente, un ejercicio de estilo hueco.
La dirección: Cortés en modo obsesión geométrica
Rodrigo Cortés es un director que sabe latín visual, pero en Escape parece haber confundido el virtuosismo con la frialdad clínica. La película está llena de planos calculados al milímetro que, en teoría, deberían dejarnos boquiabiertos, pero que en la práctica solo sirven para recordarnos que el cine de autor a veces se mira demasiado el ombligo. El problema no es la técnica —Dios nos libre de criticar a un tipo que edita sus propias películas con precisión de cirujano—, sino que no hay alma detrás de los muros. Son como esos museos de arte contemporáneo edificados en antiguas cárceles: el continente es espectacular, pero el contenido te deja más frío que una celda de aislamiento.
El mayor pecado de Cortés aquí es su incapacidad para hacernos empatizar con el absurdo. En Buried, el encierro era físico: cada segundo que Ryan Reynolds pasaba en esa caja de madera era un segundo más cerca de la asfixia. En Escape, el encierro es un capricho filosófico tan poco convincente que hasta los funcionarios de prisiones parecen aburrirse de tramitar la burocracia del protagonista. Los diálogos... Ay, los diálogos. Son sentencias pomposas disfrazadas de alta literatura. "Usted no quiere estar preso, usted quiere estar muerto", se oye decir. No, querido guionista, lo que queremos es que pase algo que no parezca un aforismo de Twitter escrito por un filósofo de sobremesa.
Las actuaciones: un reparto de lujo en busca de un conflicto real
Si hay algo que sostiene a Escape antes de que se derrumbe por el peso de su propia pretenciosidad, es su reparto de campanillas. Mario Casas hace un esfuerzo titánico con un personaje antipático y monocorde que parece sacado de un ensayo clínico sobre la apatía. Su interpretación oscila entre la contención absoluta y el tic nervioso, demostrando que es un actor solvente, pero aquí está condenado a encarnar a un tipo que toma decisiones tan desquiciantes que el espectador desconecta a la media hora.
A su lado, Anna Castillo hace de su sufrida hermana, un personaje cuya única función es ser el cable a tierra del espectador, aunque acabe tan perdida como el propio guion. Juanjo Puigcorbé, en el papel del director de la prisión, y un hierático Albert Pla aportan las notas más extravagantes a este universo de personajes; Pla, en su línea habitual de rareza magnética, parece el único que ha entendido que la película es, en el fondo, una broma pesada. Y luego tenemos al eterno José Sacristán, impecable como uno de los jueces que se enfrentan al caso de N., un personaje que no sabe si aplicar el reglamento o cuestionar la lógica misma de la situación. Sacristán le da empaque a la función solo con respirar, pero ni su imponente voz consigue que nos creamos las dinámicas de este penal de opereta.
Pero si hay alguien que merece un monumento en la plaza del pueblo, esa es Blanca Portillo. La actriz interpreta a la doctora Giráldez, una de las figuras que intentan comprender el estado mental del protagonista. Portillo, que es capaz de dotar de tres dimensions a un poste de la luz, convierte sus escenas con Casas en lo único verdaderamente vibrante de la película. Ella aporta la cordura, la ironía y el peso dramático que el resto del metraje diluye en planos secuencia vacíos.
El apartado técnico: cuando el envoltorio es de oro y el regalo es de plástico
Visualmente, Escape es una virguería, las cosas como son. La fotografía de Rafa García es impecable, con una paleta de colores desaturados y una iluminación que huye del típico realismo sucio carcelario para buscar una estética casi fabulesca y atemporal. Los planos están compuestos con tiralíneas, los movimientos de cámara son de una fluidez pasmosa y el diseño de producción es soberbio. Pero, como en una casa piloto de una urbanización de lujo, todo parece demasiado limpio, demasiado artificial. Falta sudor, falta mugre, falta verdad.
El montaje del propio Cortés es rítmicamente impecable en lo técnico, pero incapaz de salvar una estructura narrativa que se vuelve reiterativa: el protagonista pide castigo, el sistema se lo niega, el protagonista insiste, el sistema cede. Y vuelta a empezar. La música de Víctor Reyes cumple su función de subrayar el extrañamiento de la propuesta, pero cae en la atonalidad genérica de los thrillers psicológicos modernos. El diseño de producción peca de lo mismo que la dirección: la cárcel parece un decorado de diseño arquitectónico escandinavo más que un centro penitenciario del Estado. Todo es tan simétrico y pulcro que uno llega a entender por qué Mario Casas se quiere quedar a vivir allí.
El guion es el gran talón de Aquiles de la función. Al adaptar la novela, Cortés se ha quedado a medio camino entre la comedia negra y el drama existencial, perdiendo el colmillo satírico por el camino. Los giros se vuelven predecibles dentro de su propia improbabilidad y la premisa se agota mucho antes de que lleguen los créditos finales. Cortés ha querido hacer una película de tesis sobre la libertad individual frente a la comodidad de las cadenas institucionales, pero ha terminado firmando un manifiesto esteticista que abubre soberanamente.
Lo mejor
Blanca Portillo: Convierte su papel de doctora en un oasis de inteligencia y verdad interpretativa en medio del desierto conceptual.
La fotografía de Rafa García: Una gozada visual que demuestra que el equipo técnico español no tiene nada que envidiar a Hollywood.
El tándem Sacristán-Pla: Ver al clasicismo de José Sacristán chocar con la excentricidad de Albert Pla es de lo más curioso del metraje.
El riesgo formal: Se agradece que Cortés intente hacer algo radicalmente distinto al thriller comercial al uso, aunque no le salga bien.
Lo peor
El tono indefinido: No sabe si quiere ser un drama kafkiano, una comedia absurda o una fábula moral, y se queda en tierra de nadie.
La falta de tensión: Al ser el confinamiento el deseo del protagonista y no su castigo, el suspense se evapora por completo.
La repetición de la jugada: La trama avanza en círculos durante dos horas para machacar una y otra vez la misma metáfora.
La solemnidad del guion: Cortés se pone tan estupendo con los diálogos existenciales que el visionado acaba resultando cargante.
El final: Un desenlace que busca la cuadratura del círculo pero que te deja con la sensación de haber asistido a un chiste muy largo que no tenía gracia.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Escape es el tipo de película que demuestra que tener a Martin Scorsese en los créditos y un presupuesto holgado no sirve de nada si te olvidas de conectar con las tripas del espectador. El encierro aquí no asfixia; aburre. Rodrigo Cortés firma un largometraje técnicamente deslumbrante pero narrativamente estéril, donde el drama es tan impostado como la premisa. Mario Casas se vacía en el plano, pero su N. nos importa más bien poco. Nostromo Pictures factura un envoltorio bellísimo para un caramelo que resulta ser de cemento. Escape no es una mala película en el sentido técnico, es algo mucho más frustrante: un ejercicio de arrogancia visual sin alma. 💀
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