Hamnet — Chloé Zhao filma la muerte de un niño y nos arranca lágrimas analógicas
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Tras su desastroso y corporativo desvío por los pasillos de Marvel con Eternals, había serias dudas sobre si volveríamos a ver a la Chloé Zhao intimista, naturalista y contemplativa que nos maravilló con The Rider y Nomadland. Por suerte, Hamnet, su esperada adaptación de la aclamada novela homónima de Maggie O’Farrell, disipa cualquier temor de un plumazo. Zhao ha vuelto a casa, y lo ha hecho para firmar una obra de arte desgarradora, una sinfonía sobre el dolor de la pérdida y la creación literaria que se corona como una de las cumbres artísticas de 2026.
La película, que le valió el Oscar a Mejor Actriz a una colosal Jessie Buckley, es un puñetazo en el estómago emocional rodado con la delicadeza de quien filma el viento agitando los campos de trigo al atardecer.
La tragedia detrás del genio de Shakespeare
Hamnet no es un biopic convencional sobre William Shakespeare. De hecho, el dramaturgo (encarnado con una vulnerabilidad maravillosa por Paul Mescal) apenas es llamado por su nombre y pasa gran parte del metraje en un segundo plano en Londres, escribiendo para mantener a su familia. El foco absoluto de la historia es Agnes (Buckley), su esposa, una mujer conectada con la naturaleza, las hierbas medicinales y el latido místico de la campiña de Warwickshire.
La trama gira en torno a la devastadora pérdida de su hijo de once años, Hamnet, a causa de la peste bubónica en 1596. Zhao retrata la enfermedad y la agonía del niño no con morbo, sino con una intimidad lírica y dolorosa que resulta casi insoportable de contemplar. El espectador asiste al colapso de una madre y a la posterior transmutación de ese dolor familiar en una de las mayores tragedias de la literatura universal: Hamlet.
Jessie Buckley: El alma herida de la campiña inglesa
Si Hamnet funciona con una intensidad emocional tan devastadora es gracias al talento extraterrestre de Jessie Buckley. Su Agnes es una fuerza de la naturaleza, una mujer que pasa de la luz y la excentricidad curativa de la primera mitad a un abismo de dolor silencioso e inconmensurable en la segunda. Buckley no necesita gritar ni recurrir al llanto fácil de manual para transmitir la devastación de perder a un hijo; su postura física, la mirada vacía ante el telar y el temblor contenido de sus manos hacen todo el trabajo. Su Oscar a Mejor Actriz es uno de los premios más incontestables de los últimos años.
A su lado, Paul Mescal ofrece el contrapunto perfecto como el joven Shakespeare, un hombre que no sabe cómo procesar el luto si no es a través de las palabras impresas y la representación teatral, distanciándose de una esposa que sufre de forma mucho más física y terrenal. La química entre ambos es dolorosa, bella y trágica.
Zhao vuelve a recurrir a su habitual fotografía con luz natural (esta vez a cargo de un sobresaliente equipo británico), capturando la belleza hostil y rústica de la Inglaterra Isabelina. Los interiores iluminados únicamente por velas y chimeneas dotan a la película de una textura pictórica reminiscente de las obras de Rembrandt, alejándola de la estética pulida y limpia que suele arruinar los dramas históricos contemporáneos.
Lo mejor
- Una interpretación antológica de Jessie Buckley, que sostiene el peso emocional de la cinta.
- La sensibilidad lírica de Chloé Zhao para retratar el dolor sin caer en el melodrama barato.
- Una ambientación histórica rústica, sucia y veraz que se aleja del diseño de postal.
Lo peor
- Su ritmo pausado y contemplativo puede desesperar a quienes busquen un drama de época de corte tradicional.
- Alguna metáfora visual sobre la peste que resulta un poco obvia en su tramo central.
- La estructura no lineal del inicio requiere un pequeño esfuerzo de adaptación por parte del espectador.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9.0/10)
Hamnet es cine con mayúsculas; una experiencia devastadora, bella y profundamente respetuosa con el misterio del dolor humano y el proceso creativo. Chloé Zhao se redime de sus pecados comerciales y nos recuerda que, cuando se le permite filmar rostros, campos abiertos y el peso del silencio, pocos directores en el mundo pueden igualar su capacidad para conmover. Prepárate para llorar lágrimas de celuloide puro.