🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Hitman — La tijera corporativa destroza el código de barras de Xavier Gens

La incursión hollywoodiense de Xavier Gens se saldó con un thriller de acción entretenido pero mutilado sin piedad por las garras censoras de la Fox.

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Xavier Gens
👥 Reparto: Timothy Olyphant, Dougray Scott, Olga Kurylenko, Robert Knepper, Ulrich Thomsen
⏱️ Lectura: 8 min
⚡ Ácido Cítrico 5.8/10
Crítica y fotograma de la película Hitman en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Hitman

En Claqueta Ácida no solo odiamos el cine cobarde, sino que lo disecamos con bisturí de cirujano borracho para exponer sus entrañas podridas. Y pocas autopsias han sido tan reveladoras —y patéticas— como la de Hitman (2007), ese Frankenstein corporativo que la 20th Century Fox ensambló con los restos de una película prometedora y los desechos radiactivos de su propia avaricia. Los ejecutivos del estudio, esos seres mitológicos que confunden "éxito" con "producto pasteurizado", vieron en Xavier Gens un salvaje útil tras el éxito de Frontière(s) (2007), su ópera prima de terror extremo que escupía sangre y bilis con la elegancia de un punk borracho. "¡Este francés sabe cómo hacer violencia!", debieron pensar mientras firmaban el cheque. Lo que no entendieron —o no quisieron entender— es que Gens no era un mercenario, sino un autor con una visión tan afilada como el alambre de púas de sus propias pesadillas. El resultado: un choque de trenes donde el director intentó colar su estilo sucio y visceral en un blockbuster de acción con calificación PG-13, y el estudio, como un padre sobreprotector, le arrancó los colmillos antes de que pudiera morder a nadie.


El Agente 47: Un clon con más estilo que su propia película

La trama de Hitman es un remedo de thriller geopolítico que huele a guion escrito en una servilleta de Starbucks entre reuniones con el departamento de marketing. El Agente 47 (Timothy Olyphant), ese asesino genéticamente modificado con el código de barras en la nuca y un gusto exquisito por los trajes de Armani, es contratado para liquidar al presidente ruso Mikhail Belicoff (Ulrich Thomsen, desperdiciado como un villano de telenovela). El problema es que Belicoff resulta ser un doble, y 47, en un alarde de incompetencia profesional que haría llorar a Jason Bourne, se ve arrastrado a una conspiración donde todos —desde la mafia rusa hasta la Interpol— quieren su cabeza. A su lado, Nika (Olga Kurylenko), una prostituta rusa con más secretos que botones desabrochados en la camisa, se convierte en su compañera de huida. Sí, has leído bien: una prostituta con información clasificada que, por algún motivo divino, no puede mantener la ropa en su sitio durante noventa minutos. No es un personaje, es un plot device con curvas y un acento que suena a vodka barato.

Olyphant, ese actor que parece sacado de un anuncio de colonia para hombres que no sudan, hace lo que puede con el material. Su 47 es un tipo silencioso, pero no por elección artística, sino porque el guion le niega diálogos que no suenen a tagline de videojuego. Aun así, el actor le inyecta una elegancia andrógina y una presencia física que recuerdan a un Alain Delon con esteroides. Es el único elemento que salva al personaje de ser un maniquí con peluca rubia. Kurylenko, por su parte, cumple con el papel de "mujer fatal que no sabe abrocharse la camisa" con la misma profundidad emocional que un screensaver de Windows XP. Su química con Olyphant es inexistente, como si ambos supieran que están en una película que no merece su talento.


Europa del Este como postal gótica (y otros milagros visuales)

Si hay algo que rescatar de Hitman es su estética. Laurent Barès, el director de fotografía, convierte los paisajes de Europa del Este en un sueño neo-noir donde los edificios soviéticos parecen sacados de una pesadilla de Andrei Tarkovski, pero con mejor iluminación. Los tonos fríos, los azules metálicos y los grises industriales crean una atmósfera opresiva que contrasta con la violencia estilizada de las escenas de acción. Es como si Blade Runner y Stalker hubieran tenido un hijo bastardo en un callejón de San Petersburgo.

La secuencia del duelo en el tren, esa coreografía caótica donde 47 se enfrenta a cuatro matones con pistolas duales, es lo más cercano a un momento de genialidad que tiene la película. Gens demuestra aquí que sabe cómo filmar acción: los planos son secos, los movimientos físicos y el montaje —en su versión original— debía ser implacable. Pero, ay, los dioses del estudio decidieron que el público no estaba preparado para tanta brutalidad y recortaron la escena hasta dejarla en un borrón de balas que apenas rozan a los personajes. Es como ver a un chef preparar un banquete y que un ejecutivo le arrebate el plato para servirlo en un plato de plástico.

Y luego está la escena de las espadas samuráis en Rusia. Sí, has leído bien. En pleno siglo XXI, en una película sobre un asesino genético, hay un momento en el que 47 se enfrenta a un grupo de matones... con katanas. No es un sueño, no es una alucinación: es un productor ejecutivo gritando "¡Necesitamos más acción japonesa en este thriller europeo!". El resultado es tan ridículo que parece un fan film de Kill Bill rodado en un garaje. Gens, en una entrevista posterior, confesó que la escena era una broma interna, pero el estudio la mantuvo porque "quedaba épica". Epica, claro. Como un unicornio en una discoteca.


El guion: Un complot geopolítico escrito por un algoritmo de Netflix

El guion de Skip Woods (xXx, Swordfish) es un batiburrillo de clichés geopolíticos que parece escrito por alguien que aprendió sobre Rusia viendo Rocky IV y leyendo titulares de Breitbart. La trama gira en torno a una conspiración para reemplazar al presidente ruso con un doble, un argumento que suena a thriller de los 90 rehecho con los restos de Air Force One y The Bourne Identity. Pero aquí no hay tensión, ni lógica, ni siquiera un villano memorable. Robert Knepper, ese actor que merece algo mejor que interpretar a un agente de la Interpol con el carisma de un vendedor de seguros, aparece y desaparece como un fantasma sin propósito. Ulrich Thomsen, por su parte, hace de villano con la convicción de alguien que sabe que su personaje no tiene sentido.

La violencia, que en el videojuego es fría y calculadora, aquí se reduce a un montaje apresurado donde los disparos suenan a petardos y los cadáveres desaparecen como por arte de magia. Gens quería una película sucia, con sangre y consecuencias, pero el estudio le impuso una versión descafeinada donde la violencia es tan inofensiva como un episodio de CSI. El resultado es una película que no sabe si quiere ser un thriller elegante o una comedia involuntaria.


La banda sonora: Ópera y sintetizadores en un funeral

Geoff Zanelli compone una banda sonora que intenta ser épica y termina siendo un pastiche de lugares comunes. Mezcla coros de ópera con sintetizadores ochenteros, como si The Terminator y The Mission hubieran tenido un hijo en un laboratorio de música corporate. Hay momentos en los que la música acompaña bien las persecuciones, pero en general suena a música de ascensor para un centro comercial de lujo. No es mala, pero es tan genérica que podrías usarla de fondo en un anuncio de coches alemanes.

El montaje: Un crimen contra el cine

Si hay un pecado capital en Hitman, es su montaje. Los cortes son tan bruscos y arbitrarios que parecen hechos con un hacha oxidada. Hay elipsis que dejan agujeros narrativos del tamaño de Siberia, personajes que desaparecen sin explicación y escenas que parecen recortadas con tijeras de jardín. Es como si el estudio hubiera contratado a un editor que solo sabía usar el botón de "cortar" en su teclado.

Gens luchó por mantener su visión, pero la Fox le impuso un director’s cut que nunca veremos. En su lugar, nos quedamos con esta versión mutilada, donde la personalidad del director se diluye como azúcar en vodka. Es una lástima, porque hay destellos de lo que pudo ser: un thriller violento, atmosférico y con un humor negro tan seco como un martini en el Ártico.


Lo mejor

  • Timothy Olyphant como el Agente 47: Un clon con más estilo que toda la película junta. Si el personaje hubiera tenido un guion decente, estaríamos hablando de un icono.
  • La fotografía de Laurent Barès: Convierte los bloques de hormigón soviéticos en obras de arte gótico. Lástima que el montaje no esté a la altura.

Lo peor

  • La edición destructiva del estudio: Los cortes son tan brutales que parecen hechos por alguien que odia el cine. O la coherencia.
El guion de Skip Woods: Una ensalada de clichés geopolíticos que huele a script* escrito en una noche de borrachera. Y no de las buenas.

El Veredicto de Claqueta Ácida (5.8/10)

Hitman es el equivalente cinematográfico a un traje de Armani manchado de salsa de tomate: tiene estilo, pero alguien la cagó en el proceso. Xavier Gens intentó colar su personalidad visceral en un blockbuster corporativo, pero la Fox le arrancó los colmillos y le puso un bozal de PG-13. El resultado es una película que oscila entre el thriller elegante y la comedia involuntaria, con momentos de genialidad visual ahogados en un mar de tijerazos y decisiones estúpidas. No es un desastre total —gracias a Olyphant y a la fotografía—, pero es una oportunidad perdida que duele más que un disparo en la nuca. Si buscas acción competente, mira John Wick. Si buscas un so bad it’s good, aquí tienes tu película. Pero si buscas algo con alma, sigue caminando. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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