In the Earth — Psicodelia forestal, esporas mutantes y la caída en la demencia de la naturaleza
Ben Wheatley rueda en plena pandemia un viaje lisérgico y alucinante de folk horror, ciencia ficción y mutilación en los bosques profundos.
En Claqueta Ácida celebramos con fervor casi religioso aquellas películas que no solo desafían las convenciones narrativas, sino que se empeñan en violar los sentidos del espectador con la misma delicadeza con la que un hacha de carnicero se clava en un dedo. In the Earth (2021), el último exorcismo fílmico de Ben Wheatley, es precisamente eso: un experimento de supervivencia sensorial rodado en quince días de confinamiento pandémico, como si el director hubiera decidido convertir su ansiedad colectiva en un ritual de folk horror tecnológico y mutilaciones tan gráficas que harían palidecer a Eli Roth en sus peores pesadillas. Wheatley, ese enfant terrible del cine británico que pasó de destripar el capitalismo en High-Rise (2015) a masacrar turistas en Free Fire (2016), regresa aquí a sus raíces más underground para parir una obra que huele a sudor, moho y sintetizadores analógicos podridos. No es una película, es una infección.
El bosque como personaje (y verdugo)
La premisa de In the Earth es engañosamente simple: Martin Lowery (Joel Fry, un actor cuya expresión de pánico perpetuo parece tallada en su ADN), un científico con la complexión moral de un funcionario de aduanas, llega a un remoto puesto de investigación en medio de un bosque inglés para reencontrarse con su colega, la doctora Olivia Wendle (Hayley Squires, cuya mirada de desesperación científica recuerda a la de un ratón de laboratorio al que acaban de inyectarle un placebo). El mundo está sumido en una pandemia —qué ironía, ¿verdad?—, y el bosque, ese ente orgánico que el cine suele romantizar como un refugio de paz y armonía, se revela aquí como un organismo vivo, hostil y hambriento, una versión lovecraftiana de El proyecto de la bruja de Blair (1999) pero con menos palos y más hongos mutantes.
Wheatley, un director que parece obsesionado con llevar al espectador al borde del colapso nervioso, construye el bosque como un laberinto claustrofóbico donde cada árbol es una amenaza potencial. La fotografía de Nick Gillespie, un virtuoso de la luz enfermiza, evita deliberadamente los clichés del "bosque mágico" para sumergirnos en una pesadilla verde musgo, iluminada por monitores de ordenador que proyectan una luz espectral sobre rostros sudorosos y heridas supurantes. No hay belleza en este bosque; solo humedad, podredumbre y el constante zumbido de algo que no es exactamente vida, pero tampoco muerte. Es el escenario perfecto para un viaje que oscila entre lo onírico y lo abyecto, donde la línea entre la ciencia y el chamanismo se desdibuja hasta convertirse en un borrón sanguinolento.
Zach: el ermitaño que te invita a cenar (y luego te clava un destornillador en la rodilla)
El verdadero golpe de genio de In the Earth —o, dependiendo de tu tolerancia al sadismo cinematográfico, su pecado capital— es la introducción de Zach, interpretado por Reece Shearsmith con una mezcla de encanto rural perturbador y locura homicida que recuerda a los mejores villanos de The League of Gentlemen. Shearsmith, un actor cuya sola presencia en pantalla debería venir con una advertencia de "puede causar pesadillas", pasa de ser un anfitrión aparentemente amable a un sacerdote pagano de la escuela del martillo y el clavo en cuestión de minutos. Su cabaña, un antro de madera podrida y herramientas oxidadas, es el escenario perfecto para una de las secuencias más incómodas del cine reciente: una cena que comienza con té de hierbas y termina con un dedo roto y una confesión sobre dioses micóticos.
Lo fascinante de Zach no es solo su violencia, sino su filosofía de pacotilla, una amalgama de misticismo new age y darwinismo social que justifica sus actos como "necesarios para la evolución". En manos de un director menos hábil, este personaje podría haber caído en el ridículo, pero Wheatley lo maneja con una frialdad clínica que lo hace aún más aterrador. No es un loco, es un fanático, y los fanáticos, como bien sabemos, son los únicos que logran que el horror trascienda lo personal para convertirse en algo sistémico. Shearsmith, por cierto, debería ganar un premio solo por la escena en la que explica su teoría sobre los hongos mientras sujeta un destornillador ensangrentado con la misma calma con la que un profesor de biología diseca una rana.
La ciencia como religión (y la religión como pesadilla tecnológica)
Si Zach representa el chamanismo primitivo, la doctora Wendle es su contraparte tecnológica: una científica que ha cruzado la línea entre la investigación y el culto a lo desconocido. Su laboratorio, una cueva iluminada por paneles de luces estroboscópicas y rodeada de altavoces que emiten frecuencias inaudibles, es una catedral de la paranoia posmoderna, donde la fe en la ciencia se ha convertido en una obsesión casi mística. Wheatley, que parece disfrutar torturando a su audiencia tanto como a sus personajes, convierte el tramo final de la película en una experiencia sensorial tan intensa que roza lo insoportable: luces intermitentes que parecen diseñadas para provocar ataques de epilepsia, sonidos de sintetizadores que zumban como un enjambre de abejas enloquecidas, y una atmósfera de trance colectivo donde la realidad se descompone como un negativo fotográfico expuesto a la luz.
Este contraste entre lo analógico y lo digital, entre el martillo de Zach y los sintetizadores de Wendle, es el corazón podrido de In the Earth. Wheatley no juzga a ninguno de los dos bandos; al contrario, los presenta como dos caras de la misma moneda enferma: la necesidad humana de encontrar significado en el caos, ya sea a través de rituales sangrientos o de gráficos de datos. La secuencia en la que Wendle intenta "comunicarse" con el bosque mediante luces y sonidos es tan ridícula como fascinante, una mezcla de Close Encounters of the Third Kind (1977) y un episodio de Black Mirror dirigido por un chamán con síndrome de abstinencia. ¿Estamos ante una metáfora de la fe ciega en la tecnología? ¿O simplemente ante un director que se divierte viendo cómo su audiencia se retuerce en la butaca? Probablemente ambas.
Violencia, mutilación y el realismo sucio de la serie B
Wheatley siempre ha tenido un don para la violencia física, pero en In the Earth lleva este talento a nuevas cotas de repugnancia calculada. Las escenas de mutilación —desde los pies descalzos de los protagonistas lacerados por ramas hasta la escena del martillo y el dedo, que parece sacada de un manual de tortura medieval— son tan gráficas que uno casi puede oler la sangre y el sudor. No hay glamour en esta violencia; es sucia, torpe y dolorosamente realista, como si el director hubiera decidido filmar cada golpe con la misma crudeza con la que un niño aplasta un insecto bajo su zapato.
Lo más interesante, sin embargo, no es la violencia en sí, sino la indiferencia con la que los personajes la aceptan. Martin, Alma y Wendle no son héroes; son supervivientes, y su respuesta a la mutilación es una mezcla de resignación y curiosidad científica, como si el dolor fuera solo otro dato a registrar en sus cuadernos de campo. Es una visión desoladora de la humanidad, donde la capacidad de adaptación se confunde con la sumisión, y donde la única forma de vencer al bosque es convertirse en parte de él, aunque eso signifique perder un dedo o la cordura.
El sonido como arma de guerra psicológica
Si la fotografía de Gillespie es una pesadilla visual, la banda sonora de Clint Mansell es el equivalente auditivo a que te claven agujas en los tímpanos. Mansell, un compositor que parece obsesionado con llevar al oyente al borde del colapso nervioso (véase Requiem for a Dream, 2000), crea aquí una partitura que oscila entre lo hipnótico y lo insoportable. Los sintetizadores analógicos, esos sonidos que parecen salidos de un laboratorio de los años 70 abandonado a su suerte, se mezclan con zumbidos electrónicos que imitan el sonido de un enjambre de insectos o el latido de un corazón a punto de estallar. En el tramo final, cuando la película se convierte en un ritual de luz y sonido, la música deja de ser un acompañamiento para convertirse en un personaje más, uno que te agarra del cuello y no te suelta hasta que la pantalla se funde a negro.
¿Una obra maestra o un experimento fallido?
In the Earth no es una película para todos. Es una experiencia sensorial extrema, una obra que exige al espectador que se deje llevar por su corriente de locura controlada, pero que también puede provocar rechazo físico en aquellos con baja tolerancia a las luces estroboscópicas o a la violencia gráfica. Wheatley, en su afán por crear algo único, a veces cae en la trampa del exceso gratuito: el tramo final, con su bombardeo de luces y sonidos, puede resultar agotador incluso para los fans más acérrimos del cine experimental. Además, el guion, aunque fascinante en su ambigüedad, peca de críptico en exceso, dejando demasiadas preguntas sin responder y demasiadas teorías colgando de un hilo tan fino como una espora al viento.
Pero, ¿acaso importa? El cine no siempre tiene que ser coherente; a veces basta con que sea visceral, perturbador y memorable. In the Earth es todas esas cosas y más: una pesadilla ecológica, un ritual de folk horror tecnológico, una reflexión sobre la fe en la ciencia y la locura que acecha en los márgenes de la civilización. Es una película que no te deja indiferente, ya sea porque te fascina o porque te provoca ganas de vomitar (o ambas cosas). Y en un panorama cinematográfico cada vez más dominado por el algoritmo y las franquicias predecibles, eso ya es un logro en sí mismo.
Lo mejor
- La experiencia sensorial lisérgica: El tramo final es una sobredosis de luces, sonidos y paranoia que te dejará con los sentidos tan saturados que necesitarás una semana para recuperarte. Wheatley no te invita a ver su película; te secuestra y te somete a un lavado de cerebro audiovisual.
- La interpretación de Reece Shearsmith: Un tour de force actoral que oscila entre lo encantador y lo aterrador con la misma facilidad con la que un psicópata cambia de máscara. Shearsmith no interpreta a Zach; se convierte en él, y el resultado es tan fascinante como repulsivo.
Lo peor
- El exceso estroboscópico: Wheatley parece obsesionado con cegar a su audiencia, y el tramo final es tan intenso que podría provocar migrañas, ataques de ansiedad o, en el peor de los casos, un deseo irrefrenable de quemar el cine más cercano.
El Veredicto de Claqueta Ácida (7.8/10)
In the Earth es una película que no se contenta con asustarte; quiere violar tus sentidos, desafiar tu cordura y dejarte con la sensación de que acabas de sobrevivir a un ritual pagano del que no estabas invitado. Ben Wheatley firma aquí una obra tan ambiciosa como desigual, tan fascinante como agotadora, un viaje al corazón de las tinieblas forestales que oscila entre la genialidad y el exceso gratuito. No es una película para ver, es una experiencia para sufrir, y en ese sufrimiento radica su grandeza. Si sales de la sala con los ojos doloridos, los oídos zumbando y la sensación de que el bosque te ha seguido hasta casa, felicidades: Wheatley ha logrado su objetivo. El cine, al fin y al cabo, no debería ser cómodo; debería ser una infección. 🍄🔪🎬 Tráiler Oficial
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