🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Festivales ⚡ Ácido Cítrico

Horror and Love — Un viaje al corazón del terror

Una crítica demoledora a la película Horror and Love, con su mezcla de terror y amor

✍️ Por: Dr. Cinismo
🎬 Director: Joaquín Oristrell
👥 Reparto: Cristina Roya, David Moreno
⏱️ Lectura: 15 min
⚡ Ácido Cítrico 7/10
Crítica y fotograma de la película Horror and Love en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Horror and Love

La sala olía a palomitas rancias y a desesperación contenida cuando las luces se apagaron y la pantalla cobró vida con Horror and Love, el último engendro cinematográfico de Joaquín Oristrell, un director que parece haber confundido el terror con una telenovela de sobremesa y el amor con un folleto de IKEA. La proyección comenzó con un plano secuencia interminable de Cristina Roya caminando por un pasillo iluminado con la gracia de un zombi en un centro comercial, mientras la banda sonora de Arnau Bataller intentaba desesperadamente convencernos de que estábamos a punto de presenciar algo más emocionante que un capítulo de Cuéntame cómo pasó. Spoiler: no lo era. Pero, oh, cómo lo intentaron, benditos ilusos.

El guion, escrito por el propio Oristrell en lo que parece un arrebato de masoquismo creativo, nos presenta a Cristina, una joven que cree en el amor como si fuera una religión, y a David Moreno, un actor y músico fracasado que sueña con crear el parque temático de terror más cutre de Europa. Sí, has leído bien: un parque temático. Porque, al parecer, en la España de 2024, el terror ya no se limita a los asesinos en serie o a los fantasmas vengativos, sino que también incluye a emprendedores con ideas tan brillantes como montar un Disneyland del miedo en un polígono industrial de Badalona. La premisa es tan absurda que, durante los primeros veinte minutos, nos preguntamos si no estaremos viendo una parodia de The Room dirigida por Tommy Wiseau en un mal día. Pero no, esto iba en serio. Muy en serio.

La química entre Cristina Roya y David Moreno es el único salvavidas en este naufragio de clichés y diálogos de manual de autoayuda. Roya, con su mirada de corderito degollado y su sonrisa de influencer de productos ecológicos, logra transmitir una inocencia que roza lo patológico. Moreno, por su parte, parece haber estudiado actuación en el método «sonríe mucho y espera que el público no note que no tienes ni idea de lo que estás haciendo». Juntos, forman una pareja tan creíble como un político prometiendo bajar los impuestos. Pero, contra todo pronóstico, su relación funciona. O al menos, no nos da ganas de vomitar. Eso ya es un logro en una película donde el terror se limita a un par de sustos de jump scare tan predecibles que podrías cronometrarlos con un reloj de cucú.

Y hablando de terror, ¿dónde demonios está? Porque, a excepción de un par de escenas en las que Guillem Huertas se empeña en recordarnos que sabe jugar con las sombras como si fuera el hijo bastardo de Roger Deakins y John Carpenter, la película parece más interesada en explorar los entresijos de una relación tóxica que en asustarnos. Huertas, bendito sea, hace malabares con una paleta cromática que oscila entre el verde bilioso de los fluorescentes de hospital y el rosa chicle de un after en Ibiza, creando una atmósfera que es tan incómoda como un traje de neopreno mojado. Pero, por mucho que se esfuerce, no puede salvar un guion que parece escrito en una servilleta de bar durante una noche de borrachera. Las escenas de terror, cuando aparecen, son tan sutiles como un martillazo en la sien: un espejo que se rompe, una puerta que se cierra sola, un gato negro que maúlla en el momento justo. Si esto es el terror del siglo XXI, entonces el género está más muerto que el slasher en los 90.

El rodaje de Horror and Love fue, según los rumores que circulan por los foros de cine más oscuros de Reddit, un auténtico infierno. Oristrell, conocido por su temperamento de dictadorzuelo de pacotilla, exigió a sus actores que improvisaran diálogos enteros en escenas clave, lo que explica por qué algunos intercambios suenan como si estuvieran siendo recitados por robots con resaca. Además, el presupuesto de la película era tan ajustado que el parque temático de terror que aparece en pantalla parece construido con materiales reciclados de un decorado de Gran Hermano. Los efectos prácticos, cuando los hay, son tan cutres que parecen sacados de un episodio de Expediente X dirigido por un alumno de primero de FP. Y el CGI, cuando se atreven a usarlo, es tan malo que hace que los efectos de Sharknado parezcan obra de Stanley Kubrick.

Pero no todo es desolación en este paisaje de mediocridad. La banda sonora de Arnau Bataller es, sin duda, uno de los puntos fuertes de la película. Bataller, un maestro en crear atmósferas opresivas con unos pocos acordes, logra que incluso las escenas más ridículas suenen épicas. Hay un momento en el que la música alcanza tal nivel de dramatismo que casi logras olvidar que estás viendo a un tipo disfrazado de payaso persiguiendo a una chica por un pasillo vacío. Casi. El montaje, a cargo de Julián Elvira, es otro de los aciertos. Aunque el material con el que trabaja es tan irregular como un camino de tierra, Elvira logra darle un ritmo que, si bien no salva la película, al menos evita que nos durmamos. Eso sí, hay un flashback en el minuto 47 que dura tanto que podrías irte a por un café, volver, y seguir en el mismo sitio.

La dirección: Oristrell y su obsesión por lo cursi

Joaquín Oristrell dirige esta película como si estuviera filmando un anuncio de colonias de los 90. Cada plano parece diseñado para vender algo: amor, miedo, ilusión, un parque temático de terror en la Costa Brava. Su estilo es tan sobrecargado que a veces parece que estamos viendo un videoclip de Mecano dirigido por Brian De Palma en su versión más kitsch. Oristrell tiene una obsesión enfermiza por los primeros planos que rozan lo pornográfico. Hay una escena en la que Cristina Roya llora mientras come un helado que es tan íntima que casi sentimos que estamos invadiendo su privacidad. Pero, en lugar de resultar conmovedora, la escena es tan incómoda que nos dan ganas de gritarle a la pantalla: «¡Deja de llorar y cómete el helado de una vez, coño!».

Su manejo del terror es, cuando menos, desconcertante. En lugar de construir tensión, Oristrell opta por el shock fácil: un susto aquí, un grito allá, un gato que salta de la nada. Es como si hubiera confundido el terror con un episodio de Camera Café. Y, sin embargo, hay momentos en los que su dirección brilla. Hay una secuencia en la que David Moreno recorre el parque temático abandonado de noche, iluminado solo por luces de neón verdes y rojas, que es tan visualmente impactante que casi logras olvidar que el guion es una mierda. Casi. Oristrell demuestra que sabe jugar con la puesta en escena, pero su falta de pulso narrativo hace que la película se sienta como un collage de ideas brillantes unidas por un hilo de mediocridad.

El mayor pecado de Oristrell, sin embargo, es su incapacidad para decidir qué película quiere hacer. ¿Es Horror and Love una historia de amor? ¿Una película de terror? ¿Un drama sobre el emprendimiento millennial? La respuesta es un rotundo sí a todo, y eso es un problema. La película oscila entre el melodrama más empalagoso y el terror más teen con la gracia de un elefante en una cacharrería. Hay una escena en la que Cristina y David discuten sobre su relación mientras un payaso asesino los observa desde las sombras que es tan ridícula que nos preguntamos si no estaríamos viendo un crossover entre Verano Azul y It. Pero, claro, esto es el cine español del siglo XXI, donde la coherencia es un lujo que pocos pueden permitirse.

El reparto: entre el drama y el ridículo

El reparto de Horror and Love es, en el mejor de los casos, irregular. Cristina Roya, en el papel de Cristina (sí, se llama igual que la actriz, porque el guion no se molestó en complicarse la vida), es el corazón de la película. Roya tiene una presencia en pantalla que oscila entre lo angelical y lo psicópata, y logra transmitir una vulnerabilidad que hace que, a pesar de todo, nos preocupemos por ella. Hay una escena en la que llora mientras mira una foto de su infancia que es tan exageradamente dramática que parece sacada de una telenovela venezolana. Pero, contra todo pronóstico, funciona. O al menos, no nos da ganas de apuñalar la pantalla con un tenedor.

David Moreno, por su parte, es el eslabón débil del dúo protagonista. Moreno, que parece haber basado su actuación en la interpretación de Javier Bardem en Jamón, jamón pero sin el carisma ni el talento, pasa la película entera con la misma expresión de «acabo de oler algo podrido». Su personaje, David, es un hipster con complejo de artista que sueña con montar un parque temático de terror. Sí, ya lo hemos dicho. Pero es que la premisa es tan absurda que merece ser repetida. Moreno intenta darle profundidad a su personaje, pero el guion no se lo pone fácil. Hay una escena en la que recita un monólogo sobre el amor y el miedo mientras toca la guitarra que es tan pretenciosa que nos dan ganas de gritarle: «¡Cállate y toca algo de Los Rodríguez, joder!».

El resto del reparto es, en su mayoría, olvidable. Hay un actor secundario que interpreta a el exnovio de Cristina, un tipo tan genérico que parece sacado de un catálogo de stock de personajes de comedia romántica. Su única función en la trama es aparecer de vez en cuando para recordarnos que Cristina tiene un pasado, como si eso fuera un giro argumental revolucionario. También está la madre de Cristina, interpretada por una actriz cuyo nombre no recordaremos porque su personaje es tan plano como una tabla de planchar. Su actuación consiste en llorar, decir frases como «el amor duele» y servir té. Bravo.

Pero, sin duda, el momento más surrealista del reparto llega con la aparición de un payaso asesino que, según el guion, es el villano de la película. El payaso, interpretado por un actor cuyo nombre no aparece en los créditos (probablemente porque se avergonzaba), es tan aterrador como un muñeco de Barrio Sésamo. Su diseño es tan cutre que parece sacado de una fiesta de cumpleaños de los 80, y su actuación se limita a moverse de forma robótica y soltar frases como «el miedo es solo amor disfrazado». En serio, si este payaso es el futuro del terror español, entonces el género está más muerto que el destape en los 90.

Apartado técnico: luces, sombras y mucho kitsch

El apartado técnico de Horror and Love es, como el resto de la película, una montaña rusa de aciertos y errores. Empecemos por lo obvio: la fotografía de Guillem Huertas. Huertas, un director de fotografía con una carrera más irregular que un camino de cabras, logra aquí uno de sus trabajos más interesantes. Su uso de la iluminación es, cuando menos, atrevido. Huertas juega con una paleta cromática que oscila entre el verde enfermizo de los fluorescentes de hospital y el rosa chicle de un after en Ibiza, creando una atmósfera que es tan incómoda como visualmente impactante. Hay una escena en la que Cristina y David discuten en un bar iluminado con luces de neón que parece sacada de un sueño febril de David Lynch. Pero, por mucho que Huertas se esfuerce, no puede salvar las escenas más ridículas de la película. Hay un momento en el que el payaso asesino aparece en un plano contrapicado iluminado por una luz roja que es tan over the top que parece un homenaje involuntario a The Room.

La banda sonora de Arnau Bataller es otro de los puntos fuertes de la película. Bataller, un compositor con una carrera tan ecléctica como un menú de buffet libre, logra crear una partitura que oscila entre lo épico y lo ridículo. Su música, que mezcla sintetizadores ochenteros con coros angelicales, es tan exagerada que a veces parece que estamos viendo una película de Ridley Scott dirigida por un fanático de Stranger Things. Hay un tema recurrente, una especie de leitmotiv para Cristina, que es tan pegadizo que casi logras olvidar que la trama es un desastre. Casi. Pero el verdadero problema de la banda sonora es que no sabe cuándo callarse. Bataller parece obsesionado con recordarnos constantemente que estamos viendo una película importante, y su música a veces ahoga los diálogos o los momentos de silencio que podrían haber dado un respiro a la película.

El montaje de Julián Elvira es, como el resto de la película, irregular. Elvira, un montador con experiencia en cine y televisión, logra darle un ritmo a la película que, si bien no es brillante, al menos evita que nos durmamos. Eso sí, hay momentos en los que su montaje parece más interesado en esconder los agujeros del guion que en contar una historia coherente. Hay un flashback en el minuto 47 que dura tanto que podrías irte a por un café, volver, y seguir en el mismo sitio. Y no hablemos de las transiciones entre escenas, que a veces parecen sacadas de un tutorial de Windows Movie Maker. Hay un momento en el que una escena de amor se corta abruptamente para dar paso a una escena de terror con un jump cut tan brusco que parece que el proyector se ha atascado.

El diseño de producción, a cargo de Mónica Bernuy, es otro de los aspectos más curiosos de la película. Bernuy, conocida por su trabajo en películas como Los lunes al sol, logra crear un mundo que oscila entre lo realista y lo surrealista. El parque temático de terror, que es el escenario principal de la película, es un lugar tan cutre que parece sacado de un sueño de Tim Burton dirigido por un equipo de low cost. Los decorados son tan baratos que podrías construirlos tú mismo con cartón y pintura de spray, y los efectos prácticos son tan malos que hacen que los de Sharknado parezcan obra de Industrial Light & Magic. Pero, contra todo pronóstico, el diseño de producción funciona. O al menos, no nos da ganas de reírnos en voz alta. Eso ya es un logro.

El vestuario, a cargo de Paola Torres, es otro de los aspectos más kitsch de la película. Torres, que parece haber basado su diseño en la moda de Instagram de 2018, viste a los personajes con una mezcla de estilos que oscila entre lo hipster y lo gótico. Cristina Roya pasa la película entera con vestidos vaporosos que parecen sacados de un shooting de Vogue en los 90, mientras que David Moreno viste como si estuviera en un concierto de The Strokes en 2003. El payaso asesino, por su parte, lleva un traje tan ridículo que parece un disfraz de Halloween comprado en AliExpress. Pero, de nuevo, el vestuario funciona en el contexto de la película. O al menos, no nos distrae de lo verdaderamente importante: el desastre que se desarrolla ante nuestros ojos.

Lo mejor

La fotografía de Guillem Huertas: Un trabajo visualmente impactante que logra crear una atmósfera única, aunque a veces se pase de kitsch*.
  • La química entre Cristina Roya y David Moreno: A pesar de todo, su relación es lo único que hace que la película sea mínimamente creíble.
  • La banda sonora de Arnau Bataller: Una partitura épica y ridícula a partes iguales, que casi logra salvar las escenas más absurdas.
  • El diseño de producción de Mónica Bernuy: Un parque temático de terror tan cutre que roza lo genial.
  • La valentía de Joaquín Oristrell: Porque, seamos honestos, hace falta tener huevos para hacer una película así y no morir en el intento.

Lo peor

El guion: Un desastre de clichés, diálogos pretenciosos y giros argumentales más predecibles que un capítulo de Aquí no hay quien viva*. El payaso asesino: Un villano tan ridículo que parece sacado de un meme* de internet.
  • La falta de coherencia: La película no sabe si quiere ser una historia de amor, una película de terror o un drama sobre el emprendimiento millennial.
  • El montaje: A veces parece más interesado en esconder los agujeros del guion que en contar una historia coherente.
  • David Moreno: Su actuación es tan plana que hace que un mueble de IKEA parezca un actor de método.
La obsesión por lo cursi: Oristrell parece empeñado en recordarnos constantemente que el amor y el terror son lo mismo, como si eso fuera una revelación digna de El club de la lucha*.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Horror and Love es una película que oscila entre lo brillante y lo ridículo con la gracia de un funambulista borracho. Joaquín Oristrell nos ofrece un espectáculo visualmente impactante, con una fotografía que roza lo genial y una banda sonora que podría funcionar en una película de Darren Aronofsky. Pero, por desgracia, el guion es tan predecible y los diálogos tan pretenciosos que a veces parece que estamos viendo un fan film de Crepúsculo dirigido por un alumno de primero de cine. El reparto hace lo que puede con el material que tiene, pero incluso Cristina Roya, que es lo mejor de la película, no puede salvar un barco que hace agua por todas partes. Al final, Horror and Love es como un parque temático de terror: tiene sus momentos de diversión, pero al salir te das cuenta de que has pagado diez euros por algo que podrías haber visto en YouTube. Y eso, queridos lectores, es el verdadero horror. 💀

💬 El Veredicto de la Comunidad

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