Pinocho está desquiciado — El engendro de madera que Disney preferiría quemar en la hoguera
Rhys Frake-Waterfield convierte el clásico infantil en una pesadilla gore con Robert Englund y un Pinocho que haría llorar a Chucky. ¿Arte? No. ¿Diversión? Menos.
El olor a palomitas rancias y desesperación industrial nos golpea nada más entrar en la sala. No es el aroma de un estreno cualquiera: es el hedor inconfundible de un producto low-cost concebido en el infierno de los directos a VOD, donde el único requisito para ser verde es tener un presupuesto que huele a naftalina y un director que confunde transgresión con cortar cabezas de muñecos de madera con un hacha de utilería. Rhys Frake-Waterfield, el mismo genio que nos regaló Winnie the Pooh: Blood and Honey —ese slasher donde el osito de peluche más famoso del mundo se convertía en un psicópata con síndrome de Peter Pan—, regresa con Pinocho está desquiciado, una película que parece el resultado de una apuesta entre borrachos: «A que no te atreves a hacer que el títere más famoso de la historia mate gente con un martillo». Spoiler: se atrevió. Y el mundo del cine llora en silencio, preguntándose en qué momento los cuentos infantiles se convirtieron en el patio de recreo de los directores con complejo de torturadores de peluches.
El contexto es tan deprimente como previsible. Jagged Edge Productions, esa productora que huele a straight-to-video de los 90 pero con peor gusto, ha olfateado el filón de los cuentos de hadas macabros como un buitre sobre un cadáver. Tras el éxito (léase: viralización por lo horrible) de Winnie the Pooh, Frake-Waterfield recibió luz verde para destripar otro clásico, esta vez con la excusa de que «Pinocho siempre fue una historia oscura». Claro, como Caperucita Roja o Hansel y Gretel, pero con la diferencia de que Collodi no escribió un manual de instrucciones para convertir a un niño de madera en un asesino en serie. La premisa oficial —Gepetto regala a su nieto un títere poseído que, junto a su conciencia, Pepe Grillo, se dedica a masacrar inocentes— suena a chiste malo de 4chan, pero aquí está, en toda su gloria de 88 minutos de metraje que parecen 88 horas de castigo en el rincón del aula.
El rodaje, según los escasos testimonios que han escapado del infierno de producción, fue un festival de low-budget extremo. Vince Knight, el director de fotografía, tuvo que lidiar con un presupuesto que no daba ni para comprar pintura roja decente (el gore parece sacado de una lata de tomate caducado), y el elenco —encabezado por un Jude Evan Lloyd que interpreta a Pinocho como si estuviera en un sketch de Saturday Night Live dirigido por Ed Wood— parece haber firmado el contrato sin leerlo, atraídos quizás por la promesa de «trabajar con Robert Englund». Porque sí, el Freddy Krueger original está aquí, como un faro de cordura en medio de este naufragio, interpretando a un personaje llamado The Puppeteer (porque, claro, el simbolismo es tan sutil como un martillazo en la sien). Englund, con esa voz que parece untada en miel envenenada, es lo único que salva algunas escenas de parecer un fan film de Friday the 13th grabado en un garaje.
Y luego está Pepe Grillo, la conciencia de Pinocho, que aquí es menos Jimminy Cricket y más el alter ego psicópata de un asesino en serie. Imaginen a Gollum susurrando consejos homicidas al oído de un niño de madera con la voz de un influencer de TikTok en pleno bad trip. El guion, escrito por el propio Frake-Waterfield, es un batiburrillo de diálogos que oscilan entre lo ridículamente expositivo («¡Debes matar para convertirte en humano!») y lo involuntariamente cómico («¡No soy un monstruo, soy un niño!», dice Pinocho mientras clava un destornillador en el ojo de un pobre desgraciado). La estructura narrativa es tan predecible que podrías adivinar cada giro con los ojos vendados y un cubo de palomitas en la cabeza: hay persecuciones, jump scares que no asustan ni a un niño de cinco años, y un clímax que parece sacado de un reality show de cazadores de fantasmas.

Dirección: El arte de fracasar con estilo (o sin él)
Frake-Waterfield dirige esta película como si estuviera jugando al videojuego The Movies en modo sandbox con las restricciones de presupuesto activadas. Cada plano parece diseñado para recordarnos que el dinero se acabó en el catering del primer día de rodaje: los exteriores son tan obvios que parecen fondos de chromakey pintados con acuarelas por un niño de primaria, y los interiores —casas de madera que huelen a IKEA low-cost— tienen la profundidad de un decorado de teatro escolar. El montaje es tan brusco que parece que alguien ha editado la película con un machete (nunca mejor dicho), saltando de escenas de gore cutre a diálogos que intentan ser profundos pero suenan como si los hubieran escrito después de tres cervezas y un porro de la risa.
Lo más preocupante es la falta absoluta de tono. Frake-Waterfield no parece entender que, para que una película de terror funcione, hay que elegir un registro y mantenerlo. Aquí, en cambio, tenemos momentos que intentan ser terroríficos (Pinocho acechando a sus víctimas con una motosierra que suena como una batidora oxidada), escenas que buscan ser dramáticas (Gepetto llorando porque su nieto es un psicópata, como si no lo hubiera visto venir) y momentos que rozan lo paródico (Pepe Grillo haciendo stand-up comedy con chistes sobre asesinatos). El resultado es una película que no asusta, no conmueve y, lo peor de todo, no divierte. Es como ver a un niño pequeño intentando hacer una película de terror con sus juguetes: hay buena voluntad, pero el resultado es tan patético que da pena.

Actuaciones: El reparto que merecía algo mejor (y Robert Englund)
El elenco de Pinocho está desquiciado es, en su mayoría, un grupo de actores que parecen haber sido reclutados en un casting de Craigslist con el anuncio: «¿Quieres trabajar en una película de terror? Pago en exposición y sandwiches de gasolinera». Jude Evan Lloyd interpreta a Pinocho como si estuviera en un musical de Broadway dirigido por alguien que odia los musicales: sus movimientos son rígidos (lógico, es un títere), pero su actuación es tan sobreactuada que parece que está compitiendo por un Razzie en la categoría de «Peor imitación de un muñeco de ventrílocuo». Su voz oscila entre lo robótico y lo infantil, como si alguien hubiera mezclado las grabaciones de un GPS con las de un niño pequeño recitando El Quijote*.
Cameron Bell (Gepetto) y Jessica Balmer (la madre de James) intentan dar algo de humanidad a sus personajes, pero el guion les da diálogos de cartón piedra y situaciones tan forzadas que parecen sacadas de un culebrón venezolano de los 80. Richard Brake (The Puppeteer secundario) tiene un par de momentos memorables, pero su personaje es tan underwritten que parece un cameo alargado. Y luego está Jack Art Gray, que interpreta a James, el nieto de Gepetto, como si estuviera en un trance inducido por el aburrimiento. Su química con Pinocho es inexistente, y sus escenas juntos parecen sacadas de un vídeo corporativo sobre la importancia de la familia.
Y entonces, como un oasis en medio del desierto, aparece Robert Englund. El hombre que nos dio a Freddy Krueger interpreta aquí a The Puppeteer, un personaje que, en teoría, debería ser el villano de la película, pero que en la práctica es el único que parece saber que está en una película. Englund no solo salva las escenas en las que aparece: las eleva a otro nivel, dándoles un carisma y una presencia que el resto del reparto ni siquiera roza. Su voz, ese susurro venenoso que parece salir de las profundidades del infierno, convierte diálogos ridículos en monólogos memorables. Cuando dice «La madera no siente dolor, pero tú sí» con esa sonrisa de abuelo sádico, es el único momento en toda la película en el que algo parecido a la emoción recorre la pantalla. Es una pena que su personaje sea tan desperdiciado: con un guion decente y un director que supiera lo que hace, Englund podría haber convertido esto en algo interesante. En cambio, se queda en un cameo glorificado, como si alguien hubiera dicho: «Oye, ¿y si metemos a Freddy Krueger para que la gente hable?».
Apartado técnico: Cuando el low-budget se convierte en arte (del malo)
El aspecto técnico de Pinocho está desquiciado es un catálogo de errores que, en otro contexto, podrían haber sido encantadores (como en las películas de Ed Wood), pero aquí solo consiguen que la película parezca un demo reel de un estudiante de cine con prisa por acabar. La fotografía de Vince Knight es funcional en el mejor de los casos y deprimente en el peor: los planos son oscuros (para ocultar los sets baratos), pero no de una oscuridad atmosférica, sino de esa que parece un filtro de Instagram mal aplicado. Los colores dominantes son marrones sucios, rojos apagados y negros que parecen grises, como si alguien hubiera filmado todo con una cámara de móvil de 2012 y luego le hubiera aplicado un preset de terror indie de YouTube.
El diseño de producción es otro punto débil. Los escenarios —casas de madera, bosques que parecen sacados de un videojuego de los 90— tienen la profundidad de un diorama de Warhammer. Los efectos prácticos (cuando los hay) son tan cutres que parecen hechos con plastilina y pintura de dedos, y el CGI es tan malo que Pinocho parece un muñeco de Roblox con problemas de texturas. El gore, que debería ser el plato fuerte de la película, es tan poco convincente que parece sacado de un tutorial de FX de YouTube: sangre que parece salsa de tomate, heridas que parecen pegatinas y muertes que son más ridículas que aterradoras.
La banda sonora es otro despropósito. Compuesta por alguien que parece haber escuchado Hans Zimmer una vez y luego lo ha intentado imitar con un teclado Casio de los 80, la música oscila entre lo genérico (esos coros dramáticos que suenan en todas las películas de terror low-cost) y lo inapropiado (música alegre en escenas que intentan ser dramáticas, como si el compositor se hubiera quedado dormido en el botón de play). El diseño de sonido es igual de descuidado: los jump scares suenan como si alguien hubiera golpeado una cacerola con una cuchara de madera, y los diálogos a veces se pierden en un eco que parece sacado de una cámara de resonancia*.
El montaje es, posiblemente, el peor aspecto técnico de la película. Las transiciones son bruscas, los cutaways no tienen sentido y hay escenas que parecen montadas al azar, como si alguien hubiera mezclado los clips en un reproductor de DVD defectuoso. Hay momentos en los que la película pierde el hilo por completo, como si hubieran olvidado incluir una escena clave y luego hubieran intentado parchearla con un flashback mal explicado. El ritmo es inexistente: la película avanza a trompicones, como un borracho que intenta correr una maratón.
Lo mejor
Robert Englund: El único que parece recordar que está en una película y no en un sketch de Tim & Eric. Su presencia es un bálsamo en medio del desastre, aunque su personaje esté tan desperdiciado como un cameo de Stan Lee en una película de DC*. La premisa: Que alguien se atreva a convertir a Pinocho en un asesino en serie es, al menos, original. Lástima que la ejecución sea tan pobre que la idea parezca un meme de Reddit* hecho realidad. El gore cutre: Hay algo hipnótico en ver cómo la película intenta asustar con efectos que parecen sacados de un taller de manualidades*. Es tan malo que casi resulta divertido. La duración: 88 minutos. Podría haber sido peor. Podría haber sido una trilogía*.Lo peor
El guion: Un batiburrillo de clichés, diálogos ridículos y situaciones tan forzadas que parecen sacadas de un fan fiction escrito por un bot de IA*. La dirección: Frake-Waterfield dirige como si estuviera haciendo un vídeo de TikTok con pretensiones de blockbuster. No hay tono, no hay ritmo, no hay nada. Las actuaciones: A excepción de Englund, el resto del reparto parece estar en un concurso para ver quién puede sobreactuar* más. Jude Evan Lloyd gana por goleada. El apartado técnico: Fotografía oscura y sucia, CGI de PlayStation 2, gore de fiesta de cumpleaños y un montaje que parece hecho con Windows Movie Maker*. La falta de coherencia: La película no sabe si quiere ser terror, drama o parodia. El resultado es un frankenstein* que no funciona en ningún registro. Pepe Grillo: Convertir al alter ego de Pinocho en un psicópata es una idea interesante, pero su ejecución es tan mala que parece un personaje de South Park mal doblado.El Veredicto de Claqueta Ácida
Pinocho está desquiciado no es una película: es un síntoma. Un síntoma de una industria que ha confundido transgresión con falta de ideas, terror con gore cutre y arte con cualquier cosa que se vuelva viral en TikTok. Rhys Frake-Waterfield tiene la misma sensibilidad cinematográfica que un hacker de 4chan con un editor de vídeo gratuito, y el resultado es una película que no asusta, no divierte y, lo peor de todo, no sorprende. Robert Englund merecía algo mejor. El público merecía algo mejor. Hasta Pinocho merecía algo mejor. Pero aquí estamos, en 2026, preguntándonos cómo demonios hemos llegado a esto. La respuesta, queridos lectores, es sencilla: porque el cine de terror low-cost se ha convertido en un monstruo sin conciencia, y alguien, en algún lugar, está riéndose mientras cuenta los likes.* 💀
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