🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

En la hierba alta — El bucle temporal de la vegetación infinita

Vincenzo Natali adapta a Stephen King y Joe Hill convirtiendo un inocente campo de cultivo en un asfixiante laberinto de bucles temporales y rocas cósmicas.

✍️ Por: Bastian Noir
🎬 Director: Vincenzo Natali
👥 Reparto: Laysla De Oliveira, Avery Whitted, Patrick Wilson, Will Buie Jr.
⏱️ Lectura: 13 min
⚡ Ácido Cítrico 6.8/10
Crítica y fotograma de la película En la hierba alta en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película En la hierba alta

En la hierba alta: Cuando el campo se convierte en tu peor pesadilla (y la hierba susurra tu nombre con voz de Patrick Wilson)

Vincenzo Natali, ese arquitecto de pesadillas geométricas que nos regaló Cube (1997), una película tan claustrofóbica que hacía que un cubo de Rubik pareciera un palacio de Versalles, decidió en 2019 que era hora de demostrar que la claustrofobia no necesita paredes. Bastan unos cuantos metros de hierba alta, un par de hermanos ingenuos y una roca negra con más pretensiones místicas que un gurú de Instagram. Adaptando una novela corta de Stephen King y su hijo Joe Hill —porque, al parecer, el terror se hereda como los muebles feos—, En la hierba alta es un viaje tan laberíntico como un intestino de vaca, tan psicodélico como un mal viaje de LSD y tan botánico que hasta las plantas terminan teniendo más personalidad que algunos personajes.

La premisa es tan sencilla que duele: Becky (Laysla De Oliveira), una joven embarazada con esa aura de "soy la protagonista porque tengo un útero ocupado", y su hermano Cal (Avery Whitted), un tipo con la cara de quien acaba de descubrir que su tarjeta de crédito tiene límite, viajan por Kansas en un coche que parece sacado de un anuncio de seguros de los 90. Tras detenerse junto a una iglesia de madera que huele a podrido y a sermones de telepredicador, escuchan el llanto de un niño perdido en un campo de hierba alta. "¡Debemos salvarlo!", exclaman al unísono, como si fueran los protagonistas de un episodio de Supervivientes pero sin cámaras ni premios en metálico. Y así, sin más, se adentran en lo que parece un simple campo de hierba, pero que en realidad es el equivalente botánico de la zona del Triángulo de las Bermudas donde los GPS se suicidan y las brújulas apuntan hacia el infierno.

El laberinto verde: Cuando la naturaleza se vuelve tu enemiga (y tu terapeuta no te coge el teléfono)

Lo que sigue es un ejercicio de terror espacial tan bien construido que uno casi puede oler el sudor de los personajes mezclado con el aroma a clorofila y desesperación. Natali, que aquí demuestra que su obsesión por los espacios cerrados no era un capricho, convierte un simple campo de hierba en un laberinto infinito donde las leyes de la física parecen haber sido escritas por un borracho. Los encuadres aéreos —esos planos que nos muestran la inmensidad del campo como si fuera un océano verde— son tan efectivos que uno casi puede sentir cómo la hierba se enreda en sus tobillos, susurrándole al oído: "Nunca saldrás de aquí".

Pero si hay algo que realmente eleva En la hierba alta a la categoría de pesadilla sensorial es su diseño de sonido. El crujido de las briznas de hierba movidas por el viento no es solo un efecto atmosférico; es el latido de un organismo vivo que respira, que observa, que espera. Los susurros, los gritos distorsionados, el eco de voces que parecen venir de todas partes y de ninguna… Es como si el propio campo estuviera jugando con ellos, como un gato con un ratón al que le ha crecido un par de piernas y una mala actitud. Y luego está ese momento en el que los personajes gritan y sus voces se distorsionan como si estuvieran siendo absorbidas por un agujero negro acústico. Es tan perturbador que uno casi puede perdonar a Natali por haber metido bucles temporales en la segunda mitad.

Porque, sí, la fotografía y el sonido son impecables, pero el guión tiene la consistencia de un flan en un terremoto. La primera mitad de la película es un prodigio de tensión claustrofóbica al aire libre, una especie de The Blair Witch Project pero con más hierba y menos mocos. Sin embargo, en cuanto aparece Patrick Wilson, la película da un giro tan brusco que uno casi puede oír el chirrido de los neumáticos de la trama. Wilson, que aquí interpreta a un tipo llamado Ross Humboldt (un nombre que suena a villano de telenovela barata), se roba la película con una actuación tan exagerada, tan histriónica, tan gloriosamente desatada que uno no sabe si reír, llorar o llamar a un exorcista.

Ross es un fanático religioso que cree que la roca negra en el centro del campo es una especie de portal cósmico que exige sacrificios humanos. Y no, no es una metáfora. Literalmente, el tipo se arrastra por el barro, come hierba como si fuera un conejo con síndrome de abstinencia y predica las bondades de la roca con la misma pasión con la que un televangelista vende biblias a crédito. Es tan ridículo que duele, pero también es tan divertido que uno no puede evitar enamorarse de él. Wilson, que ya demostró en The Conjuring que sabe interpretar a un tipo con problemas de ira y una relación complicada con los demonios, aquí se supera a sí mismo. Su Ross es una mezcla entre Charles Manson y un predicador de feria, y es, sin duda, lo mejor de la película.

Bucles temporales, rocas mágicas y otras decisiones cuestionables

Pero, ay, amigo, aquí es donde la película empieza a tropezar con sus propios pies. Porque si algo sobra en En la hierba alta son explicaciones. Natali, que en Cube se las apañó para mantener el misterio sin caer en el absurdo, aquí decide que es buena idea introducir bucles temporales, paradojas y una mitología tan confusa que parece sacada de un manual de física cuántica escrito por un chamán borracho. La roca negra, ese MacGuffin cósmico que parece sacado de un episodio de Expediente X, termina siendo el centro de una serie de reglas tan arbitrarias como las de un juego de mesa diseñado por un niño de cinco años.

¿Que por qué la hierba se mueve sola? Porque sí. ¿Que por qué los personajes no pueden salir del campo? Porque la roca lo dice. ¿Que por qué hay bucles temporales? Porque a alguien en Netflix le pareció que Dark estaba teniendo demasiado éxito y había que subirse al carro. El problema no es que la película sea absurda —el terror sobrenatural rara vez es un dechado de lógica—, sino que se empeña en explicar lo inexplicable, como si el espectador necesitara un PowerPoint para entender que, en el fondo, todo es culpa de una roca con complejo de dios.

Y luego está el tema de los personajes. Becky y Cal son tan genéricos que uno casi puede oírlos recitando diálogos de plantilla: "¡No podemos dejar al niño ahí!", "¡Esto no tiene sentido!", "¡La hierba nos está comiendo!". Laysla De Oliveira hace lo que puede con su personaje, pero Becky es poco más que un útero con patas, una protagonista cuyo único rasgo distintivo es estar embarazada y, por tanto, ser "especial" para la roca. Avery Whitted, por su parte, tiene la expresión facial de alguien que acaba de descubrir que su seguro médico no cubre exorcismos. Y luego está el niño perdido, Tobin (Will Buie Jr.), que pasa de ser una víctima inocente a un pequeño profeta con más líneas de diálogo que sentido común.

Comparaciones cinéfilas: ¿The Blair Witch Project conoce a Annihilation o simplemente se emborracharon juntas?

Si hay que buscarle parientes cinematográficos a En la hierba alta, los más cercanos serían The Blair Witch Project (1999) y Annihilation (2018). De la primera hereda esa sensación de terror primigenio, de naturaleza que se vuelve contra el hombre con una malicia casi personal. De la segunda toma prestado ese aire de ciencia ficción lovecraftiana, donde lo desconocido no solo es aterrador, sino también incomprensible. Sin embargo, mientras que Annihilation abrazaba su caos con una elegancia poética y The Blair Witch Project se conformaba con ser una pesadilla minimalista, En la hierba alta parece no decidirse entre ser un thriller psicológico, un cuento de terror rural o un episodio perdido de The X-Files.

Hay momentos en los que la película brilla con una intensidad casi hipnótica, como cuando los personajes se dan cuenta de que el campo no solo los está desorientando, sino que los está cambiando. La escena en la que Becky y Cal se encuentran con versiones alternativas de sí mismos es tan inquietante como confusa, un recordatorio de que Natali sabe cómo jugar con la percepción del espectador. Pero luego llega el tercer acto, con su resolución apresurada y su mensaje moral tan sutil como un martillazo en la sien ("¡La familia lo es todo!"), y uno no puede evitar sentir que la película se ha rendido a la presión de Netflix por tener un final "emocionalmente satisfactorio".

La dirección de Natali: Entre el virtuosismo técnico y el guión que se le escapa de las manos

Vincenzo Natali es un director con un estilo visual tan distintivo que uno podría reconocer una de sus películas aunque le taparan el logo. En En la hierba alta, su obsesión por los espacios cerrados —o, en este caso, abiertos pero igualmente opresivos— alcanza nuevas cotas. Los planos cenitales que muestran a los personajes perdidos en un mar de hierba son tan efectivos que uno casi puede sentir la desesperación de no saber hacia dónde correr. Y luego están esos primeros planos de los rostros de los actores, sudorosos y llenos de tierra, que transmiten una angustia tan palpable que uno casi puede saborearla.

Pero por mucho que Natali se esfuerce en crear una atmósfera de pesadilla, el guión lo traiciona una y otra vez. La película sufre de ese mal tan común en el cine de terror moderno: la necesidad de explicar lo inexplicable. En lugar de dejar que el misterio de la hierba alta y la roca negra floten en el aire como una niebla tóxica, Natali y su coguionista, Josh Stolberg, se empeñan en dar respuestas. Y, como suele pasar, las respuestas son menos interesantes que las preguntas.

Además, la película peca de un problema de ritmo. La primera mitad es un prodigio de tensión, un ejercicio de terror lento y opresivo que te mantiene al borde del asiento. Pero en cuanto aparece Patrick Wilson y la trama se adentra en el territorio de los bucles temporales, la película empieza a dar vueltas sobre sí misma como un perro persiguiéndose la cola. Hay momentos en los que uno no puede evitar preguntarse si Natali no se habrá perdido en su propio laberinto narrativo.

La banda sonora: Cuando el silencio es más aterrador que cualquier nota

Uno de los aciertos de En la hierba alta es su banda sonora, o, más bien, su ausencia de banda sonora. Mark Korven, el compositor detrás de la partitura de The Witch (2015), opta aquí por un enfoque minimalista, dejando que el sonido ambiente —el viento, la hierba, los susurros— sea el verdadero protagonista. Hay momentos en los que la película es tan silenciosa que uno puede oír su propia respiración, y eso, en una película de terror, es más aterrador que cualquier jump scare barato.

Cuando la música aparece, lo hace de forma sutil, casi subliminal, como un zumbido lejano que se cuela en la escena para recordarte que algo va mal. Es un enfoque inteligente, porque refuerza la idea de que el verdadero horror de En la hierba alta no son los monstruos o los fantasmas, sino la incertidumbre, la sensación de que el mundo que conoces ya no sigue las reglas.

Actuaciones: Patrick Wilson se roba el show (y luego se lo come)

Si hay algo que salva a En la hierba alta de ser un desastre total son sus actuaciones, y en particular la de Patrick Wilson. El hombre se lanza a su papel de Ross Humboldt con una entrega que roza lo autodestructivo. Hay una escena en la que Wilson se arrastra por el barro, con los ojos inyectados en sangre y la boca llena de hierba, gritando sobre la grandeza de la roca negra, que es tan ridícula y tan fascinante que uno no puede apartar la mirada. Es como si Wilson hubiera decidido que, si iba a interpretar a un fanático religioso en medio de un campo de hierba maldita, lo haría con el 200% de su energía.

Laysla De Oliveira y Avery Whitted, por su parte, hacen lo que pueden con sus personajes, que son poco más que arquetipos de manual. De Oliveira tiene momentos en los que logra transmitir la desesperación de Becky, pero su personaje está tan poco desarrollado que uno casi siente que está interpretando a un concepto en lugar de a una persona. Whitted, por su parte, tiene la expresión facial de alguien que acaba de descubrir que su GPS ha sido poseído por un demonio. Y luego está Will Buie Jr., que interpreta a Tobin, el niño perdido. Buie Jr. tiene algunos momentos conmovedores, pero su personaje sufre del síndrome del "niño mágico que sabe demasiado", un cliché tan gastado que uno casi puede oír el crujido de las páginas del manual de guión de Hollywood.

En cuanto al resto del reparto, destacan Harrison Gilbertson como Travis, un tipo que aparece de la nada y que parece sacado de una película de terror adolescente, y Rachel Wilson como Natalie, una mujer que, al igual que los demás personajes, parece haber sido escrita con un generador de estereotipos.


Lo mejor

La claustrofobia al aire libre: Natali logra que un campo de hierba infinito y soleado resulte más opresivo que un ascensor atascado con un tipo que no para de hablar de su divorcio. Es como si Cube y The Shining* hubieran tenido un hijo bastardo en medio de un trigal.
  • Patrick Wilson desatado: Su interpretación de Ross Humboldt es tan exagerada, tan gloriosamente histriónica, que uno no sabe si reír o llamar a un exorcista. Es como si Charles Manson y un telepredicador se hubieran fusionado en un solo ser, y el resultado es tan ridículo como fascinante.

Lo peor

  • Se ahoga en sus propios bucles temporales: La primera mitad es un prodigio de tensión claustrofóbica, pero en cuanto la película introduce paradojas temporales y explicaciones místicas, se convierte en un lío tan enredado como la hierba que supuestamente la inspira.
Personajes de cartón piedra: Becky y Cal son tan genéricos que uno casi puede ver las costuras de sus personalidades prefabricadas. Son como muñecos de The Sims* a los que alguien les ha dado vida sin molestarse en editar sus rasgos.

El Veredicto de Claqueta Ácida (6.8/10)

En la hierba alta es como ese amigo que te convence de ir de acampada y luego te abandona en medio del bosque con una linterna que no funciona: al principio es emocionante, luego es aterrador, y al final te das cuenta de que has pagado por una experiencia que podrías haber tenido gratis si te hubieras perdido en un parque público. Vincenzo Natali demuestra, una vez más, que es un maestro de la claustrofobia, aunque esta vez su laberinto sea de hierba en lugar de metal. La película tiene momentos brillantes, un diseño de sonido impecable y una actuación de Patrick Wilson que merece un Emmy (o un exorcismo), pero se pierde en su propia ambición, como un perro que persigue su cola hasta vomitar. Si te gustan los misterios botánicos, los fanáticos religiosos con complejo de mesías y los finales que dejan más preguntas que respuestas, esta es tu película. Si prefieres que las cosas tengan sentido, quizá sea mejor que te quedes en el sofá… y que, por lo que más quieras, no te adentres en ningún campo de hierba alta. Nunca se sabe qué puede estar acechando entre las briznas.

🎬 Tráiler Oficial

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