Influencer — El paraíso que nunca lo fue (o cómo vender humo en 4K)
Madison viaja a Tailandia para encontrar 'autenticidad' y acaba en un thriller de Instagram donde los likes saben a sangre. ¿Arte o autopromoción con filtros?
El cine de terror siempre ha sido el espejo más sucio de la sociedad, pero rara vez lo había sido con tanta precisión quirúrgica como en Influencer, ese engendro de Kurtis David Harder que parece concebido en un retiro de mindfulness para ejecutivos de TikTok. No es casualidad que esta película nacca en 2022, año en el que el algoritmo se comió al arte y escupió un hueso llamado contenido. Harder, un director que hasta ahora había coqueteado con el terror psicológico en Spiral (2019) —donde al menos había un intento de profundidad—, aquí se rinde sin condiciones al zeitgeist: el miedo ya no es a los monstruos bajo la cama, sino a que tu vida no tenga suficientes views. Y qué mejor escenario para esta pesadilla que Tailandia, ese paraíso de mochileros que Instagram convirtió en un decorado de cartón piedra, donde la autenticidad se mide en stories y los atardeceres huelen a sponsorship de Red Bull.
Pero no nos engañemos: Influencer no es una crítica al capitalismo de plataformas, sino su reflejo más descarnado. La película huele a ese tipo de producciones indie hechas con un presupuesto de startup en quiebra, donde el equipo técnico se conforma con que el chroma no se note demasiado y el guionista reza para que nadie pregunte por la coherencia narrativa. Octane Entertainment y Superchill —nombres que suenan a empresas de dropshipping— debieron pensar que mezclar The Beach (2000) con Unfriended (2014) era una idea revolucionaria, como si el terror no llevara décadas masturbándose con la idea de que la tecnología nos va a destruir. Spoiler: no lo hará, pero sí nos dejará películas como esta, donde el verdadero horror no es el giro argumental, sino darse cuenta de que has pagado una entrada para ver un moodboard de Pinterest en movimiento.
La premisa es tan vieja como el primer influencer que fingió llorar en un vídeo para venderte un curso de coaching: Madison (Cassandra Naud), una creadora de contenido con más filtros que seguidores reales, viaja a Tailandia para «encontrarse a sí misma» —léase: para fingir que su vida es tan aesthetic como su feed—. Allí conoce a Cath (Emily Tennant), una viajera misteriosa que parece salida de un anuncio de backpacking de los 90, con esa sonrisa de quien sabe que el mundo es un escenario y ella la actriz principal. Lo que comienza como un collab forzado entre dos extrañas termina en un descenso a los infiernos de la performatividad, donde los límites entre lo real y lo brandable se desdibujan hasta volverse irreconocibles. O al menos eso es lo que el guion de Kurtis David Harder y Tesh Guttikonda intenta vender, aunque más bien parece un pitch rechazado de Black Mirror por ser demasiado obvio.
El problema no es la falta de ideas —que las hay, y hasta podrían ser interesantes—, sino la ejecución. Influencer quiere ser un thriller psicológico con toques de terror sobrenatural, pero acaba siendo un slideshow de clichés: la chica blanca que «descubre» la cultura local como si fuera la primera en pisar un templo budista, el plot twist que se ve venir desde el primer frame y esa obsesión por mostrar el móvil en pantalla como si fuera un personaje más, cuando en realidad es el único que tiene diálogos coherentes. Harder dirige con la sutileza de un influencer de fitness gritándote que compres su batido de proteínas: cada plano parece diseñado para ser shareable, no para asustar. Y ahí está el pecado original de esta película: confunde el engagement con el arte, como si una escena bien iluminada y con un filtro bonito pudiera compensar la ausencia de tensión real.
Dirección: El algoritmo como estilo
Si hay algo que Kurtis David Harder entiende, es que el cine de terror moderno ya no se juzga por sus sustos, sino por su aesthetic. Influencer es una película que parece rodada con un iPhone 15 Pro y editada en CapCut, donde cada encuadre está pensado para que parezca un thumbnail de YouTube. Los planos de Tailandia son tan postales que uno espera ver el logo de Booking.com en una esquina, y las secuencias de terror —cuando por fin llegan— tienen la profundidad emocional de un unboxing de Amazon. Harder intenta crear atmósfera con luces neón y sombras alargadas, pero acaba recordando más a un mood video de ASMR que a una película de terror. Eso sí, hay que reconocerle una cosa: nadie filma un close-up de un plato de pad thai como él. Lástima que el guion no sepa qué hacer con tanto food porn.
El ritmo es otro de los grandes damnificados. La película avanza como un scroll infinito: al principio con la falsa promesa de que algo interesante va a pasar, luego con la resignación de quien sabe que ya ha visto este reel antes, y finalmente con la desesperación de quien solo quiere que acabe. Los jump scares son tan predecibles que podrían programarse con un Excel, y los diálogos suenan como si los hubieran escrito con un generador de hashtags. Pero lo peor no es la falta de originalidad, sino la sensación de que Influencer no cree realmente in lo que está contando. Es como si Harder y su equipo hubieran leído un artículo de BuzzFeed sobre «por qué el terror psicológico está de moda» y hubieran decidido hacer una película al respecto, sin molestarse en añadirle alma. O presupuesto.
Actores: Entre el acting y el branding
El reparto de Influencer es un recordatorio doloroso de que no todos los actores están preparados para el cine de terror, y mucho menos para el cine de terror low-budget. Cassandra Naud hace lo que puede con el personaje de Madison, una protagonista tan vacía que uno sospecha que el guionista se olvidó de darle motivaciones más allá de «quiero más seguidores». Naud intenta transmitir vulnerabilidad, pero acaba pareciendo una influencer de verdad en medio de un live incómodo, donde cada gesto parece calculado para generar likes en lugar de empatía. Su química con Emily Tennant (Cath) es tan forzada como un collab entre dos marcas que no tienen nada que ver, y su actuación en las escenas de terror oscila entre lo sobreactuado y lo directamente inexistente. Es como ver a alguien intentar venderte un producto que ni siquiera ellos creen que funcione.
Por su parte, Emily Tennant tiene el carisma de un influencer de wellness que acaba de descubrir el ayuno intermitente, pero al menos logra que su personaje sea más interesante que el de Naud. Cath es ese tipo de personaje que podría funcionar en una película mejor escrita, pero aquí se queda en un plot device con patas: misteriosa, seductora y con un secreto que, spoiler, no sorprende a nadie. El resto del reparto es prácticamente decorado, con Rory J. Saper y Sara Canning desperdiciados en papeles que parecen sacados de un casting de extras para una serie de Netflix. Si hay algo que esta película demuestra, es que el terror psicológico requiere actores que sepan transmitir matices, no influencers que sepan posar para la cámara.
Apartado técnico: Cuando el low-budget huele a low-effort
Si algo salva a Influencer del olvido absoluto, es la fotografía de Robert Pistillo, que al menos logra que Tailandia parezca un lugar real y no un backlot de Universal Studios. Los exteriores tienen una luz dorada que huele a instagrameable, y los interiores juegan con sombras y colores saturados para crear una atmósfera que, en teoría, debería ser opresiva. En la práctica, sin embargo, la fotografía parece más preocupada por parecer bonita que por servir a la historia. Cada plano parece diseñado para que lo subas a Instagram con el hashtag #Cinematic, pero ninguno logra transmitir la tensión que el guion debería estar construyendo. Es como si Pistillo hubiera olvidado que el terror no se trata de cómo se ve, sino de cómo se siente.
El montaje, por su parte, es un desastre. La película alterna entre secuencias lentas que intentan ser arthouse y escenas de acción que parecen editadas por alguien que acaba de descubrir el botón de fast-forward. Los cortes son bruscos, los flashbacks innecesarios y hay momentos en los que uno sospecha que se han perdido metraje por el camino. La banda sonora, compuesta por Andrew Dixon, es otro de los puntos débiles: una mezcla de sonidos electrónicos y beats ambientales que suenan como si los hubieran descargado de una biblioteca de música libre de derechos. No hay leitmotivs, no hay tensión, solo ruido de fondo para rellenar los silencios incómodos.
El diseño de producción es donde Influencer se hunde definitivamente. Los escenarios tailandeses son bonitos, sí, pero también genéricos: templos, playas, mercados nocturnos… Todo parece sacado de un stock footage de travel vlogs. Los interiores —cuando los hay— son tan minimalistas que uno sospecha que el equipo de arte se quedó sin presupuesto a mitad de rodaje. Y el vestuario es, en una palabra, basic: Madison viste como si acabara de salir de una sesión de fotos para Vogue Thailand, mientras que Cath parece una hippie de mercadillo. No hay coherencia, no hay estilo, solo ropa que parece sacada de un outfit check de TikTok.
Lo mejor
- La fotografía de Robert Pistillo: Logra que Tailandia parezca un lugar real y no un decorado de cartón piedra, aunque sea lo único que salva visualmente a la película.
- Emily Tennant como Cath: Su personaje es el único que tiene algo de misterio y carisma, aunque el guion no sepa qué hacer con ella.
- Algunos planos de Tailandia: Hay momentos en los que la película parece un documental de viajes, y eso, al menos, es bonito de ver.
Lo peor
El guion de Kurtis David Harder y Tesh Guttikonda: Predecible, lleno de clichés y con diálogos que suenan como si los hubiera escrito un algoritmo de content creation*. El ritmo: La película avanza como un scroll* infinito, sin tensión ni coherencia narrativa. Las actuaciones: Cassandra Naud y el resto del reparto parecen más preocupados por parecer cool* que por actuar. El diseño de producción: Todo parece sacado de un stock footage* de viajes, sin personalidad ni originalidad.- La banda sonora: Ruido de fondo sin alma, como si la hubieran compuesto con un generador de música libre de derechos.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Influencer es el tipo de película que nace con buenas intenciones —o al menos con un pitch lo suficientemente trendy como para conseguir financiación— pero que muere en la ejecución, ahogada en su propio aesthetic vacío. No es mala porque sea predecible, ni porque su presupuesto sea ajustado, ni siquiera porque sus actores no estén a la altura. Es mala porque, en el fondo, no tiene nada que decir. Es una película sobre influencers hecha para influencers, donde el terror no es la amenaza sobrenatural, sino la certeza de que nadie, ni siquiera sus creadores, cree realmente en lo que están vendiendo. Harder y su equipo confundieron el engagement con el arte, y el resultado es un reel de 92 minutos que nadie va a guardar en favoritos. Si esto es el futuro del terror, que alguien me recuerde por qué me gustaba el cine. 💀
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