🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚠️ Ácido Sulfúrico

Obsesión — El hechizo que convirtió el amor en una pesadilla de plástico barato

Curry Barker firma esta 'obra maestra' de obsesión adolescente con más agujeros que un queso gruyère. ¿Amor o acoso? La línea nunca estuvo tan borrosa (ni tan mal iluminada).

✍️ Por: Dante Sangre
🎬 Director: Curry Barker
👥 Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter, Haley Fitzgerald
⏱️ Lectura: 12 min
⚠️ Ácido Sulfúrico 3.8/10
Crítica y fotograma de la película Obsesión en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Obsesión

El cine de terror adolescente ha encontrado su nuevo anti-héroe en Curry Barker, un director que parece haber confundido el storyboard de Crepúsculo con el manual de instrucciones de un exorcismo low-cost. Obsesión (2026) llega como un regalo envenenado de esas productoras independientes que creen que el drama psicológico se logra poniendo a una chica a gritar frente a un espejo con luz de neón. Tea Shop Productions y Under the Shell firman aquí lo que podría ser el equivalente cinematográfico de un hechizo mal lanzado: en lugar de amor eterno, nos quedamos con una película que oscila entre lo ridículo y lo inquietantemente torpe, como si Carrie y After hubieran tenido un hijo en un set de rodaje abandonado por falta de presupuesto para efectos especiales decentes.

Barker, cuyo currículum hasta ahora se limitaba a cortometrajes y algún que otro episodio de series juveniles olvidadas, se lanza a la piscina del thriller sobrenatural con la sutileza de un elefante en una cacharrería. La premisa —un chico obsesionado con su amor platónico que desencadena un hechizo que convierte a la chica en su sombra literal— suena a fanfic de Wattpad escrito por alguien que acaba de descubrir que el gótico no es solo un estilo de maquillaje. Pero, ¡oh sorpresa!, Barker no solo se lo cree, sino que lo rueda con la solemnidad de un director de arthouse presentando su obra maestra en Cannes. El problema es que, cuando la cámara se acerca a los ojos de Inde Navarrette para transmitirnos su terror existencial, lo único que vemos es el reflejo de un green screen mal aplicado y la desesperación de una actriz preguntándose cómo demonios ha terminado aquí.

El contexto industrial de Obsesión es tan revelador como deprimente. Vivimos en la era del content infinito, donde plataformas como Netflix y Amazon escupen películas de terror adolescente como si fueran palomitas en un cine de barrio. El subgénero del terror romántico —o romance tóxico con toques sobrenaturales— ha encontrado su nicho en historias donde el amor se confunde con la posesión, y la obsesión se vende como pasión desbordada. Obsesión no inventa nada, pero tampoco se molesta en disimular que es un refrito de The Craft mezclado con Twilight, aderezado con un toque de Black Swan si esta hubiera sido dirigida por alguien que solo ha visto trailers de Darren Aronofsky. La película huele a focus group: ese olor rancio a producto calculado para adolescentes que buscan emociones fuertes sin salir de su zona de confort. Y, como todo producto calculado, termina sabiendo a cartón mojado.

Pero lo más triste de Obsesión no es su falta de originalidad, sino su incapacidad para siquiera ejecutar bien lo que se propone. Barker parece creer que el terror psicológico se construye con jump scares mal sincronizados, diálogos que suenan a traducción automática de un guion de telenovela y una fotografía que oscila entre lo clínicamente frío y lo accidentalmente cómico. Taylor Clemons, el director de fotografía, tiene aquí un trabajo tan irregular que parece que estuviera experimentando con filtros de Instagram en tiempo real. Hay planos que intentan ser oníricos y terminan siendo borrosos, como si la cámara hubiera sido operada por alguien que acaba de descubrir que los zooms existen. Y luego están los close-ups de los ojos de los personajes, esos que deberían transmitir dolor existencial pero solo consiguen recordarnos que Michael Johnston tiene unas pestañas más largas que su capacidad para transmitir emociones complejas.

Dirección: El arte de tropezar con la misma piedra dos veces

Curry Barker dirige Obsesión como si estuviera resolviendo un cubo de Rubik con los ojos vendados: con mucha energía, cero precisión y la certeza de que, al final, todo quedará igual de desordenado. Su estilo visual es un collage de referencias mal digeridas: hay planos secuencia que intentan emular a Ari Aster, iluminación neón que parece sacada de un videoclip de The Weeknd y una obsesión por los primeros planos que recuerda a los thrillers de los 90, pero sin el carisma de un David Fincher para sostenerlos. El problema no es que Barker no tenga visión, sino que su visión parece haber sido filtrada por un algoritmo de TikTok que solo entiende el terror como sustos repentinos y música de violines estridentes.

El ritmo de la película es tan irregular que parece que Barker hubiera editado las escenas con un dado de rol: algunas secuencias se alargan como chicle (como esa escena del espejo que dura tres minutos pero parece una eternidad), mientras que otras pasan tan rápido que uno se pregunta si no habrá habido un error de montaje y se nos ha escapado el clímax de la trama. Los jump scares son tan predecibles que podrían usarse como material didáctico en una clase de guion para dummies: siempre llegan después de un silencio incómodo y un primer plano de un objeto inocuo (un cepillo de dientes, un peluche, un póster de Harry Styles). Y luego está el hechizo en sí, ese macguffin sobrenatural que convierte a Niki en la sombra de Bear: una idea tan ridícula que parece sacada de un fanfic de Supernatural escrito por alguien que acaba de descubrir que las metáforas existen.

El mayor pecado de Barker, sin embargo, no es su falta de originalidad, sino su incapacidad para humanizar a sus personajes. Bear (Michael Johnston) es un cliché andante: el chico sensible que escribe poesía, lleva camisas de franela y llora en la ducha. Niki (Inde Navarrette) es la chica popular que, oh sorpresa, no es tan superficial como parece (porque, claro, todas las chicas populares son secretamente profundas, ¿no?). Los diálogos entre ellos suenan a guion de serie adolescente de los 2000, con frases como «No puedo vivir sin ti» y «Esto no es amor, es obsesión», que podrían haberse escrito en un recreo de instituto con un bolígrafo de Hello Kitty. Barker parece creer que el drama se construye con frases grandilocuentes y miradas intensas, cuando en realidad lo único que consigue es que sus personajes suenen como robots programados para decir obviedades.

Actuaciones: El reparto que merecía algo mejor (y un guion decente)

Si hay algo que salva Obsesión del abismo del olvido cinematográfico, es el esfuerzo de su reparto, especialmente el de Inde Navarrette, que al menos intenta darle miedo real a una premisa que huele a cartón piedra. Navarrette, que ya demostró su talento en series como 13 Reasons Why y The Wilds, hace aquí un trabajo loable dentro de lo que cabe: cuando Niki empieza a perder la cabeza (o lo que sea que le pase), la actriz logra transmitir esa desesperación que Barker no sabe plasmar con la cámara. Hay un momento en el que Navarrette grita frente a un espejo, con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada, que casi consigue que olvidemos que estamos viendo una película con un presupuesto más ajustado que la cuenta de Twitter de un influencer en bancarrota. Casi.

El resto del reparto, sin embargo, parece estar perdido en el limbo entre la sobreactuación y la apatía. Michael Johnston (Bear) tiene el carisma de un muñeco de cera y la expresividad de un pez globo: sus miradas intensas parecen más estrabismo que pasión desbordada, y sus monólogos sobre el amor eterno suenan a discurso de graduación escrito por ChatGPT. Cooper Tomlinson y Megan Lawless, que interpretan a los amigos de Bear y Niki, respectivamente, tienen menos química que un grupo de apoyo para solteros en San Valentín: sus escenas juntos parecen ensayos de una obra de teatro escolar, con diálogos tan forzados que uno espera que en cualquier momento alguien grite «¡Corten! Esto no se lo cree ni vuestra madre».

Y luego está Andy Richter, el actor de reparto que parece haber sido teletransportado desde una sitcom de los 90 y obligado a interpretar a un profesor de literatura que, por algún motivo, sabe más del hechizo que los propios protagonistas. Richter hace lo que puede con un personaje que parece sacado de un manual de clichés: el adulto sabio que advierte a los jóvenes sobre los peligros del amor, pero que, en realidad, no tiene ni idea de lo que está pasando. Su actuación es correcta, pero uno no puede evitar preguntarse qué demonios hace un actor como él en una película como esta. ¿Necesitaba el dinero? ¿Le engañaron? ¿O simplemente le gustan los retos profesionales?

Apartado técnico: Cuando el presupuesto se nota (y no en el buen sentido)

El aspecto técnico de Obsesión es como un buffet libre de un hotel de carretera: hay de todo, pero nada que apetezca repetir. La fotografía de Taylor Clemons es, en el mejor de los casos, funcional, y en el peor, un crimen contra el cine. Hay planos que parecen accidentales, como si la cámara hubiera sido colocada ahí por error y nadie se hubiera molestado en corregirlo. La iluminación oscila entre lo demasiado oscuro (para ocultar los efectos especiales cutres) y lo demasiado brillante (para que no nos perdamos ni un detalle de los rostros inexpresivos de los actores). Y luego están los filtros esos que parecen sacados de Snapchat, esos que le dan a la película un aire de vídeo musical de los 2010 pero sin la estética ni el ritmo que hacían soportables esas cosas.

El diseño de producción es otro de los puntos débiles de la película. Los escenarios parecen decorados de teatro reciclados: el instituto donde estudian los protagonistas tiene ese aire de lugar genérico que hemos visto en mil películas, con taquillas azules y pasillos que parecen infinitos pero que, en realidad, miden tres metros. La casa de Bear es un cliché de chico sensible: paredes llenas de pósters de bandas indie, una guitarra que nunca se toca y un diario que, por supuesto, contiene poemas malos sobre el amor. Y luego está la casa de Niki, que parece sacada de un catálogo de Ikea: todo es blanco, minimalista y frío, como si Barker hubiera querido transmitirnos que la chica popular vive en un mausoleo pero se hubiera quedado en la superficie.

La banda sonora es otro de los puntos negros de la película. Compuesta por alguien que parece haber confundido terror psicológico con música de ascensor, la partitura oscila entre lo genérico y lo molesto. Hay violines que suenan como uñas en una pizarra, pianos que parecen llorar por sí solos y sintetizadores que recuerdan a los videojuegos de los 90. El problema no es que la música sea mala, sino que es tan predecible que uno puede adivinar cuándo va a sonar el susto antes de que ocurra. Y luego están los silencios, esos momentos incómodos en los que Barker parece creer que la tensión se construye con ausencia de sonido, cuando en realidad lo único que consigue es que el espectador se pregunte si se le ha roto el altavoz.

El montaje es, quizás, el aspecto más desastroso de la película. Hay escenas que parecen cortadas al azar, como si Barker hubiera decidido que el ritmo de la película debía ser caótico para transmitir la confusión de los personajes. Hay flashbacks que no aportan nada, transiciones que parecen errores de edición y un clímax que llega tan de repente que uno se pregunta si no se habrá perdido un reel entero. El montaje es tan torpe que, en más de una ocasión, uno tiene la sensación de que los actores están esperando a que alguien les diga «¡Acción!» en medio de una escena.

Lo mejor

La actuación de Inde Navarrette: La única que parece darse cuenta de que está en una película de terror y no en un vídeo de autoayuda para adolescentes con problemas de autoestima. Su grito frente al espejo es lo más cercano a arte* que veremos en esta película.
La premisa (en teoría): La idea de un hechizo que convierte el amor en obsesión es interesante, aunque Barker la ejecuta con la gracia de un elefante en una tienda de porcelana*.
Algunos planos visuales: Hay un par de composiciones que intentan ser oníricas y casi lo consiguen, aunque luego la iluminación y el montaje* lo arruinan todo.
El esfuerzo del reparto: A pesar de lo pobre del material, los actores al menos intentan darle vida a unos personajes que parecen sacados de un manual de clichés*.

Lo peor

La dirección de Curry Barker: Un desastre de ritmo, estilo y coherencia. Barker parece creer que el terror se construye con jump scares y primeros planos, cuando en realidad es un género que requiere paciencia, tensión y sutileza*.
El guion: Diálogos forzados, personajes unidimensionales y una trama que parece sacada de un fanfic de Wattpad escrito por alguien que acaba de descubrir que las metáforas* existen.
La fotografía: Taylor Clemons tiene aquí un trabajo irregular, con planos borrosos, iluminación inconsistente y filtros que parecen sacados de Snapchat*.
El montaje: Caótico, torpe y predecible. Hay escenas que parecen cortadas al azar y transiciones que parecen errores de edición*.
Los efectos especiales: El hechizo que convierte a Niki en la sombra de Bear es tan cutre que parece hecho con After Effects* de 2005.
La banda sonora: Genérica, molesta y predecible. La música suena como si hubiera sido compuesta por alguien que solo ha escuchado bandas sonoras de terror en YouTube*.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Obsesión es el tipo de película que confirma una verdad incómoda: el cine de terror adolescente ha tocado fondo, y Curry Barker ha llegado para clavar la pala y seguir cavando. No es una película mala en el sentido clásico del término (es decir, no es aburrida), pero es un despropósito tan pretencioso como vacío, una obra que confunde ambición con autocomplacencia y terror con sustos baratos. Barker tenía una idea interesante entre manos —el amor como hechizo, la obsesión como enfermedad— pero la ejecuta con la sutileza de un martillo pilón y la profundidad de un charco. El resultado es una película que divierte por lo ridícula que es, pero que duele por lo poco que parece importarle a sus creadores. Obsesión no es solo un fracaso, es un síntoma: el síntoma de una industria que prefiere reciclar clichés antes que arriesgar, que confunde originalidad con excentricidad y que, al final, nos deja con productos tan olvidables como esta pesadilla de plástico. Nota final: 3.8/10. No la vean. No la recomienden. Y, sobre todo, no se obsesionen con ella. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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Nota de Claqueta Ácida 3.8/10
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