La Sirenita — La ópera del colorido caos en Disney‑Land
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Introducción letal
Cuando Disney decidió que una sirena debía ser una Black‑American con voz de ángel y cuerpo de gimnasta olímpica, el universo cinematográfico tembló como una pecera en una discoteca de neón. La producción de The Little Mermaid (2023) no solo se convirtió en una prueba de que el gigante amarillo puede contratar cualquier tendencia social como si fuese un cameo, sino también en la prueba viviente de que la pretensión artística puede ser tan rancia como la mantequilla en la nevera de un director que nunca ha visto el mar. Nuestra mesa de redacción, acostumbrada a esquivar los escándalos con la elegancia de un gato ninja, se vio obligada a abrir una caja de Pandora de notas de prensa, hashtags incendiarios y memes de tortugas con sombreros de pescador, todo mientras el presupuesto se inflaba como globo de helio en un huracán.
En la cruda realidad, la película fue una carga de expectativas que Disney anunció como “un hito de representación” y entregó como si fuera una versión barata de un musical de 1990 con efectos CGI que parecen sacados de un videojuego de bajo presupuesto. La controversia no surgió sólo por el color de la piel de Halle Bailey, sino por la hiper‑producción de una campaña publicitaria que se volvió más visible que la propia cinta: posters con sirenas que usan ropa de marca, entrevistas donde los creadores hablan de “inclusión” mientras ignoran el hecho de que el guion aún no había sido escrito cuando anunciaron el casting. En definitiva, una farsa digna de los mejores capítulos de Hollywood Babylon, pero con la cara de un parque temático para niños.
Un viaje alucinante al aburrimiento absoluto
La trama, basada en el cuento del siglo XIX de Hans Christian Andersen, sigue el mismo guion de la versión animada de 1989: una joven sirena se enamora de un príncipe humano, sacrifica su voz por un par de piernas y, tras una serie de pruebas de amor dignas de un reality show, consigue el amor y la felicidad eterna. Lo novedoso es que, en esta versión, los diálogos fueron escritos por un comité de guionistas que aparentemente se reunieron en un Slack llamado #Diversity‑First y nunca dejaron de preguntar “¿Qué diría una Black‑American en el siglo XVIII?”. El resultado es una serie de frases que suenan más a discurso de campaña que a poesía del mar, con Halle susurrando “no puedo cantar, pero puedo gritar” en una escena que parece una audición de American Idol para sirenas.
Los antagonistas, ahora liderados por Ursula interpretada por Melissa McCarthy, son más caricaturescos que amenazantes; la bruja del mar parece un personaje sacado de un sitcom de los 2000, con expresiones faciales que cambian más rápido que la opinión del público sobre la película. Incluso el “canto” de la canción central, reinterpretado por Lin‑Manuel Miranda, suena como un intento de transformar un clásico melódico en una demo de TikTok; la audiencia, inevitablemente, se pregunta si la verdadera canción de la sirena es “Despacito” en versión mermaid.
El resto del reparto, que incluye a Javier Bardem como el rey Tritón, parece haber sido reclutado en una lista de “actor que tiene más premios que tiempo libre”. Su performance es *una de esas apariciones que hacen que los espectadores se pregunten si la cámara simplemente se apagó después de cada línea”. La química entre Ariel y Eric (Jonah Hauer‑King) es tan nula como la presión de público en una premiere de película independiente. Todo esto convierte a la película en un desfile de momentos incómodos que hacen que el público se sienta más como espectadores de una ceremonia de premiación de los 90 que como viajeros de un cuento de hadas.
Estética de serie B y Pepsi‑Cola
Visualmente, la película pretende ser un espectáculo de luz y agua digna de los parques temáticos de Disney, pero termina como una secuencia de comerciales de refrescos en alta definición. La cinematografía de Alejandro Martínez, aunque competentemente iluminada, carece de la textura orgánica que hizo que la versión animada fuera tan icónica; en su lugar, el océano parece un blue‑screen rellenado con partículas digitales que recuerdan a una presentación de PowerPoint sobre la biodiversidad. Cada ola está compuesta por capas de modelos 3D que se mezclan con la misma naturalidad que una Coca‑Cola mezclada con jugo de naranja.
Los efectos CGI son particularmente notables por su falta de originalidad. La Sirenita, cuando se transforma en humana, se vuelve en una figura rígida que parece haber sido modelada por un algoritmo que solo sabe dibujar figuras geométricas. Los peces que rodean a Ariel en la escena de la boda son tan genéricos que cualquier artista de stock podría haberlos recortado de un paquete de recursos 3D, y la música de fondo, compuesta por sintetizadores ambientales, suena como la banda sonora de un videojuego de simulación de acuarios.
Aparte de los efectos, la campaña publicitaria fue un maratón de merchandising que incluía desde trajes de sirena con capuchas hasta una línea de maquillaje llamada “Ariel Glow”. Disney, por supuesto, no perdona a sus accionistas: cada producto se promociona como “inclusivo” mientras el propio contenido de la película parece haber sido creado más para generar ingresos que para contar una historia coherente. La película se convierte, pues, en una larga serie de anuncios encadenados, una verdadera catarsis del capitalismo audiovisual.
Lo mejor
- Halle Bailey como Ariel: A pesar de la controversia, su presencia en pantalla es la única razón para que alguien se quede hasta el final; su carisma natural y su habilidad para combinar poder vocal y presencia escénica hacen que la película tenga al menos un punto de salvación.
- Diseño de vestuario: Los trajes submarinos, aunque CGI, están bellamente detallados; los reflejos de la luz sobre las escamas crean un efecto visual que recuerda a la pintura al óleo de los clásicos.
- Canción de Lin‑Manuel Miranda: Aunque polarizante, la pieza muestra una energía contagiosa que logra inyectar un poco de vida en una narrativa deconstruida.
Lo peor
- Guion y diálogos: Cada línea parece haber sido escrita por un comité de diversidad sin comprensión del contexto histórico, resultando en conversaciones forzadas y sin alma.
- CGI y efectos visuales: La calidad de los efectos es tan pobre que parece sacada de un juego de consola de bajo coste; la falta de consistencia sumergida destruye cualquier inmersión.
- Campaña publicitaria: El exceso de mercadotecnia es intolerable; cada acción parece diseñada para vender más productos que para servir a la trama.
El Veredicto de Claqueta Ácida
En una industria donde la nostalgia se vende en paquetes de 4K y el activismo se reutiliza como herramienta de marketing, The Little Mermaid es un ejemplo perfecto de cómo el deseo de “ser políticamente correcto” puede colisionar con la falta de visión artística. La película logra una proeza: convertir una obra de Andersen en un espectáculo de espectáculo, donde la única cosa más hueca que la trama son los bolsillos de los ejecutivos que la han financiado. No es una catástrofe total—hay destellos de talento y, sobre todo, una actuación que podría haber brillado bajo otra dirección—pero es, sin duda, una película que hará más ruido con su controversia que con su contenido. En última instancia, The Little Mermaid sirve como recordatorio de que el color del maquillaje no puede disfrazar una mala narrativa, y que la auténtica inclusión comienza cuando se respeta la historia que se cuenta, no cuando se la reescribe por conveniencia corporativa. 💀
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