La hermanastra fea — El cuento de hadas que olvidó incluir el ácido sulfúrico
Emilie Blichfeldt nos regala un reino de plástico donde la belleza es tiranía y los diálogos suenan a manual de autoayuda de 1998. ¿El resultado? Un bodrio escandinavo con más brillo que sustancia.
El cine escandinavo suele presumir de minimalismo elegante, de historias crudas donde la luz del norte dibuja sombras alargadas y personajes atormentados por su propia existencia. Pero Emilie Blichfeldt, en un alarde de originalidad que solo puede describirse como ¿en qué estabas pensando?, decide tomar el camino opuesto: un cuento de hadas de plástico, donde la belleza no es solo superficial, sino la única moneda de cambio en un reino que huele a ambientador de vainilla y desesperación. La hermanastra fea no es una película, es un espejo deformante de nuestra obsesión por los filtros de Instagram, pero filmado con la sutileza de un martillazo en la sien. Y lo peor de todo es que, en su afán por ser feminista y transgresora, acaba siendo tan obvia como un cartel de neón en una biblioteca: «¡La belleza no lo es todo!», grita la película, mientras nos bombardea con primeros planos de pieles impecables, vestidos de diseño y peinados que parecen esculpidos por un peluquero con TOC. Si esto es una crítica al patriarcado, entonces Barbie es un documental sobre el capitalismo tardío.
Elvira, nuestra heroína —por llamarla de alguna manera—, es una joven cuya fealdad parece haber sido diseñada por un comité de expertos en marketing de la fealdad: una nariz ligeramente torcida, unas cejas que parecen dos orugas en celo y un cutis que, en comparación con el de su hermanastra, parece sacado de un anuncio de crema antiacné de los 90. Pero no nos engañemos: en el reino de Blichfeldt, la fealdad no es una condición, es un casting. Porque, seamos honestos, Lea Mathilde Skar-Myren es tan fea como un anuncio de perfumes de Dior. Lo que nos lleva a la primera gran pregunta existencial de esta película: si todos los personajes son guapos, ¿dónde demonios está el conflicto? ¿Acaso el espectador debe creer que una nariz un 12% más ancha que la media es motivo suficiente para que te expulsen de la corte? Si esto es realismo mágico, entonces El laberinto del fauno es un documental sobre la vida en un kindergarten.
La directora, que también firma el guion —porque, al parecer, el talento es un lujo que esta producción no podía permitirse—, parece haber confundido sátira con parodia barata. Los diálogos suenan a lo que escribiría un algoritmo entrenado con frases de Cosmopolitan y letras de canciones de Taylor Swift: «No necesito ser bella para ser poderosa», dice Elvira en un momento cumbre de la película, mientras su hermanastra, interpretada por Thea Sofie Loch Næss, se retoca el labial frente a un espejo que, por cierto, tiene más personalidad que el príncipe. Porque, sí, el príncipe existe, aunque su función en la trama parece reducirse a ser un maniquí con corona cuya única línea memorable es: «¿Y si la belleza no lo es todo?». Vaya, qué profundo. Si esto es lo que pasa cuando le das un presupuesto a alguien que solo ha visto Shrek una vez, que Dios nos coja confesados.
Y luego está el diseño de producción, ese apartado técnico que en La hermanastra fea parece sacado de un moodboard de Pinterest: castillos de cartón piedra pintados con spray dorado, vestidos que parecen diseñados por alguien que solo ha visto Marie Antoinette en versión trailer, y una paleta de colores que oscila entre el rosa chicle y el azul pastel, como si Wes Anderson y un unicornio ebrio hubieran tenido un hijo bastardo. Marcel Zyskind, el director de fotografía, hace lo que puede con un material que parece filmado a través de un filtro de TikTok, pero ni siquiera la luz más favorecedora del mundo puede salvar unos planos que parecen concebidos para ser screenshots de Instagram. Porque, seamos claros, esta película no está hecha para ser vista, sino para ser consumida: 109 minutos de contenido aesthetic que podrían resumirse en un reel de 30 segundos con el hashtag #GirlPower.

La dirección: ¿Arte o manual de instrucciones de IKEA?
Emilie Blichfeldt dirige La hermanastra fea como si estuviera montando un mueble de IKEA sin instrucciones: con entusiasmo, pero sin tener muy claro qué pieza va dónde. Su estilo visual es tan sutil como un elefante en una tienda de porcelana, optando por una estética de cuento de hadas low-cost que parece sacada de un episodio de Once Upon a Time dirigido por alguien que solo ha visto Disney en versión pirata. Los planos son tan predecibles como los diálogos: primeros planos interminables de rostros perfectos, travellings lentos que no aportan nada y una cámara que parece obsesionada con los detalles más irrelevantes, como si el espectador fuera un entomólogo estudiando la textura de un vestido de terciopelo. Pero lo peor no es la falta de originalidad, sino la sensación de que Blichfeldt cree que está haciendo algo revolucionario. Spoiler: no lo está. Si esto es cine feminista, entonces 50 sombras de Grey es una tesis doctoral sobre el BDSM.
El ritmo de la película es tan irregular como el latido de un corazón en un episodio de Grey’s Anatomy: escenas que se alargan hasta la extenuación —como el baile en el palacio, que parece filmado en tiempo real por alguien que odia el concepto de edición— seguidas de montajes acelerados que parecen sacados de un videoclip de los 2000. El montaje es el gran ausente de esta película, como si el editor hubiera decidido tomarse un café eterno y nadie se hubiera dado cuenta. Y no hablemos de la banda sonora, que oscila entre lo genérico y lo insoportable: melodías de arpa que suenan a música de ascensor en un centro comercial de lujo, y canciones pop que parecen compuestas por una IA entrenada con éxitos de High School Musical. Si el objetivo era crear una atmósfera de cuento de hadas, el resultado es más bien el de un centro comercial en Navidad: demasiado brillo, demasiado ruido y cero sustancia.

Las actuaciones: ¿Teatro de colegio o audiciones para Barbie 3?
El reparto de La hermanastra fea parece haber sido seleccionado en un casting para la próxima película de Barbie, pero con un presupuesto ajustado. Lea Mathilde Skar-Myren hace lo que puede con el personaje de Elvira, pero su interpretación oscila entre lo naïf y lo robótico, como si estuviera recitando líneas de un guion que no termina de entender. Su fealdad —que, recordemos, es más un concepto abstracto que una realidad física— se transmite a través de gestos exagerados y miradas de cordero degollado, como si alguien le hubiera dicho que ser fea consistía en fruncir el ceño cada cinco segundos. Thea Sofie Loch Næss, en el papel de la hermanastra bella, no lo hace mucho mejor: su actuación es tan plana como su personaje, reducido a una colección de poses y sonrisas vacías. Si esto es una crítica a los estándares de belleza, entonces el mensaje se pierde entre tanto smize y tanto pout.
El resto del reparto no sale mejor parado. Ane Dahl Torp, que suele ser una actriz solvente, aquí parece perdida en un papel que no tiene ni pies ni cabeza: la reina madre, un personaje que oscila entre lo tiránico y lo caricaturesco, como si alguien hubiera mezclado a la madrastra de Blancanieves con una influencer de moda. Y luego está el príncipe, interpretado por Isac Calmroth, cuyo único propósito en la trama parece ser el de sonreír como un mannequin y soltar frases que suenan a slogan de campaña política. Si esto es el futuro del cine escandinavo, que alguien llame a Ingmar Bergman para que se revuelva en su tumba.
El guion: Diálogos de autoayuda y tramas de telenovela
El guion de La hermanastra fea es tan predecible como un capítulo de Pasión de gavilanes, pero con menos pasión y más hashtags. Emilie Blichfeldt parece haber escrito esta historia con un manual de Cómo escribir un cuento de hadas feminista en 10 pasos, pero se le olvidó incluir el paso número 11: hacer que la trama tenga sentido. Los diálogos son tan profundos como un charco después de la lluvia: frases hechas, lugares comunes y reflexiones sobre la belleza que suenan a lo que diría una adolescente después de su primera clase de filosofía. «La verdadera belleza está en el interior», dice Elvira en un momento dado, mientras la cámara se recrea en un primer plano de su no tan feo rostro. Si esto es una crítica al lookism, entonces El proyecto de la bruja de Blair es un documental sobre el turismo rural.
La trama avanza a trompicones, como si alguien hubiera editado la película con un software de edición de vídeo para principiantes. Hay subtramas que aparecen y desaparecen sin explicación —como el misterioso pasado de la reina madre, que podría haber dado para una película entera—, giros argumentales que se ven venir a kilómetros de distancia —el príncipe no es tan superficial como parece, ¡sorpresa!— y un clímax tan forzado que parece sacado de un episodio de Gossip Girl. Y no hablemos del final, ese deus ex machina disfrazado de empoderamiento femenino que llega como un plot twist escrito por alguien que nunca ha visto una película en su vida. Si esto es lo que pasa cuando le das libertad creativa a alguien sin experiencia en guiones, que Dios nos libre de ver su próxima película.
Lo mejor
- La premisa: Al menos alguien tuvo la decencia de intentar algo diferente en el género de los cuentos de hadas, aunque el resultado sea más confuso que un manual de instrucciones en sueco.
- Lea Mathilde Skar-Myren: Su mirada de cordero degollado salva algunos planos de la mediocridad absoluta. Si hubiera tenido un guion decente, estaríamos hablando de una actuación memorable.
- La fotografía en exteriores: Marcel Zyskind logra algunos planos de paisajes nórdicos que, al menos, nos recuerdan que Escandinavia tiene algo más que centros comerciales y fiordos.
Lo peor
El guion: Diálogos de manual de autoayuda, tramas de telenovela y un mensaje tan sutil como un martillazo en la frente. Si esto es cine feminista, entonces Crepúsculo* es una disertación sobre el amor verdadero. La dirección de actores: El reparto parece perdido en un limbo entre el teatro de colegio y las audiciones para Barbie 3*. Ni siquiera Ane Dahl Torp se salva.- El ritmo: Escenas interminables que parecen filmadas en tiempo real, seguidas de montajes acelerados que parecen sacados de un videoclip de los 2000. El editor debería pedir disculpas públicas.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La hermanastra fea es lo que pasa cuando alguien confunde feminismo con estética de Tumblr, y cuento de hadas con manual de autoayuda con purpurina. Emilie Blichfeldt nos regala una película que quiere ser transgresora pero acaba siendo tan predecible como un capítulo de Pasión de gavilanes, con un guion que suena a frases de Cosmopolitan y unos diálogos que parecen escritos por una IA entrenada con letras de Taylor Swift. El reparto hace lo que puede, pero ni siquiera Lea Mathilde Skar-Myren logra salvar un material que parece filmado a través de un filtro de TikTok. Si esto es el futuro del cine escandinavo, que alguien llame a Lars von Trier para que nos dé un poco de misericordia. O, al menos, un final trágico. Porque, seamos honestos, esta película merecía uno. 💀
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