🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Longlegs — El exorcismo fallido de Osgood Perkins y el FBI satánico que nadie pidió

Nicolas Cage se revuelca en sangre falsa y simbolismo barato mientras el FBI intenta atrapar a un asesino que huele a ambientador de iglesia abandonada. Claqueta Ácida disecciona el ritual de autoflagelación de Perkins.

✍️ Por: Maximiliano Z.
🎬 Director: Osgood Perkins
👥 Reparto: Maika Monroe, Nicolas Cage, Blair Underwood, Alicia Witt, Michelle Choi-Lee, Dakota Daulby
⏱️ Lectura: 13 min
⚡ Ácido Cítrico 6.2/10
Crítica y fotograma de la película Longlegs en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Longlegs

El cine de terror psicológico con toques ocultistas lleva años arrastrándose por los pasillos de los festivales como un fantasma mal alimentado, suplicando por una migaja de originalidad entre tanto Hereditary wannabe y tanto exorcismo low-cost. Osgood Perkins, hijo del difunto Anthony Perkins (sí, el de Psicosis, ese detalle biográfico que los publicistas no dejarán de restregarte por la cara), parece condenado a vivir bajo la sombra alargada de papá, aunque su filmografía hasta ahora —The Blackcoat’s Daughter (2015) y I Am the Pretty Thing That Lives in the House (2016)— sugiere más bien un intento desesperado por exorcizar sus propios demonios familiares a través de planos secuencia interminables y diálogos que huelen a incienso barato. Longlegs, su última criatura, no es la excepción: una mezcla de Silence of the Lambs con The VVitch, aderezada con el inconfundible aroma a ambientador de iglesia abandonada y un presupuesto que parece haber sido calculado con una calculadora de juguete. Que el FBI entre en escena para perseguir a un asesino en serie con conexiones ocultistas suena, en teoría, a promesa de pesadillas bien construidas. En la práctica, sin embargo, lo que tenemos es un thriller que avanza como un zombi con artritis, tropezando con su propio simbolismo recargado y unos diálogos que parecen escritos durante un viaje de ácido de mala calidad.

La película llega en un momento en que el terror indie ha sido secuestrado por los algoritmos de Netflix y los ejecutivos de A24, que han convertido el género en una fábrica de elevated horror con más pretensiones que sustancia. Osgood Perkins no es ajeno a esta tendencia: su cine huele a cine de autor hecho con las sobras del presupuesto de Midsommar, donde cada plano parece diseñado para ser analizado en un hilo de Twitter por críticos que confunden oscuridad con profundidad. Longlegs no escapa a esta regla. La premisa —una agente del FBI con traumas infantiles descubre que un asesino en serie tiene un vínculo sobrenatural con su familia— suena a argumento reciclado de una película de los 90 que nadie recuerda, pero Perkins insiste en venderla como si fuera el Fincher del terror gótico. El problema es que, mientras Fincher construye sus thrillers con la precisión de un relojero suizo, Perkins parece más interesado en que cada escena huela a podrido, como si el olor a moho fuera sinónimo de arte. El resultado es una película que se ahoga en su propia atmósfera, como un nadador que se empeña en hundirse en un charco de agua bendita.

Y luego está Nicolas Cage, ese actor que parece haber firmado un pacto con el diablo para nunca, jamás, interpretar un papel con normalidad. En Longlegs, Cage da vida a... bueno, a algo que podría ser un asesino en serie, un demonio disfrazado de humano o simplemente un tipo que encontró un guion malo y decidió que era su momento de brillar. Su interpretación es, como siempre, un espectáculo en sí mismo: una mezcla de sobreactuación teatral, miradas perdidas en el vacío y monólogos que parecen sacados de un manual de autoayuda para psicópatas. Cage no actúa en esta película; se revuelca en ella como un cerdo en el barro, masticando cada línea de diálogo como si fuera su última cena. Es fascinante, sí, pero también profundamente ridículo. Verlo intentar transmitir terror con esa voz susurrante y esos gestos exagerados es como ver a un payaso intentando dar un sermón en una iglesia: sabes que debería dar miedo, pero no puedes evitar reírte. El resto del reparto, encabezado por una Maika Monroe que parece haber sido contratada para poner cara de «esto no tiene sentido», intenta seguirle el ritmo, pero es como si todos estuvieran actuando en películas diferentes.

La producción de Longlegs huele a desesperación creativa y a dinero mal gastado. C2 Motion Picture Group y Saturn Films, esas productoras que parecen especializadas en financiar proyectos que nadie pidió pero que todos terminan viendo por curiosidad morbosa, han apostado por un thriller que intenta ser Se7en pero acaba pareciéndose más a un episodio alargado de Supernatural. El guion, escrito por el propio Perkins, está lleno de agujeros argumentales que parecen diseñados para ser ignorados en nombre del «ambiente», como si la atmósfera fuera un sustituto aceptable de la coherencia narrativa. La fotografía de Andres Arochi, que oscila entre el claroscuro de los thrillers clásicos y el grano digital de las películas de found footage, intenta darle un aire de legitimidad visual al desastre, pero acaba recordando más a un filtro de Instagram aplicado a una película de bajo presupuesto. En resumen: Longlegs es el tipo de película que los críticos de festival elogiarán por su «audacia visual» mientras el público se pregunta cuándo demonios va a pasar algo interesante.


Longlegs still 1
Longlegs still 1

Dirección: Perkins y su obsesión por el plano secuencia que nadie pidió

Osgood Perkins dirige Longlegs como si estuviera filmando un sueño febril del que no puede despertar. Su estilo visual, heredado de su padre pero pasado por el filtro de un estudiante de cine que descubrió a David Lynch en un mal viaje, se basa en dos pilares: planos secuencia interminables que no aportan nada y una iluminación que parece diseñada para ocultar la falta de presupuesto. Perkins tiene una obsesión enfermiza con los encuadres simétricos, como si creyera que un plano perfectamente centrado puede esconder los agujeros de un guion escrito con los pies. La película está llena de momentos en los que la cámara se queda quieta, observando a los personajes como si esperara que, por arte de magia, sus diálogos aburridos se convirtieran en algo profundo. Spoiler: no lo hacen.

El problema no es que Perkins no sepa dirigir —tiene un ojo para la composición que muchos directores de terror actuales matarían por tener—, sino que confunde lentitud con tensión. Longlegs avanza a paso de tortuga, como si cada escena estuviera diseñada para que el espectador tenga tiempo de analizar cada arruga en la cara de Nicolas Cage. Perkins parece creer que, si alarga lo suficiente los silencios incómodos y los primeros planos de objetos aparentemente simbólicos (un muñeco de trapo, una Biblia vieja, un cuchillo oxidado), el público caerá en trance y aceptará que está viendo una obra maestra del terror psicológico. Pero el truco no funciona: lo único que consigue es que la película se sienta como un castigo autoimpuesto, como si Perkins estuviera castigándose a sí mismo —y a nosotros— por atreverse a hacer una película de terror en la era del jump scare fácil.

El clímax de la película, un ritual ocultista filmado con la solemnidad de un documental sobre la misa católica, es el ejemplo perfecto de esta obsesión por el estilo sobre la sustancia. Perkins lo rueda como si estuviera dirigiendo el último acto de The Exorcist, con una coreografía de movimientos de cámara que intenta transmitir gravedad pero que acaba pareciendo un ejercicio de clase de dirección. Nicolas Cage, por supuesto, se roba la escena con una interpretación que oscila entre lo sublime y lo ridículo, como si estuviera interpretando a un villano de Scooby-Doo en un episodio especialmente pretencioso. El resultado es un momento que debería ser escalofriante pero que, en cambio, deja al espectador preguntándose si Perkins realmente creía que esto iba a funcionar o si simplemente se rindió y dejó que Cage hiciera lo que quisiera.


Longlegs still 2
Longlegs still 2

Actuaciones: Cage se come el escenario (y al resto del reparto)

Si hay algo que salva a Longlegs de ser un completo desastre, es la presencia de Nicolas Cage, ese actor que parece haber nacido para interpretar a villanos que son mitad humanos, mitad criaturas de otra dimensión. Cage no actúa en esta película: se lanza de cabeza a ella como si fuera un buffet libre de sobreactuación, masticando cada línea de diálogo con la intensidad de un hombre que acaba de descubrir el significado de la vida en un manual de ocultismo. Su interpretación es tan exagerada, tan deliberadamente ridícula, que acaba siendo lo único memorable de la película. Cage no intenta ser creíble; intenta ser fascinante, y en eso, al menos, no falla.

El resto del reparto, sin embargo, parece haber sido elegido en un casting de actores que no sabían muy bien en qué tipo de película se habían metido. Maika Monroe, que interpreta a la agente del FBI Lee Harker, tiene la expresión de alguien que acaba de enterarse de que su personaje tiene un trauma infantil que nadie se molestó en desarrollar. Su actuación oscila entre la indiferencia y el desconcierto, como si estuviera esperando a que alguien le explicara por qué su personaje pasa la mitad de la película mirando al vacío como si hubiera visto un fantasma. Blair Underwood, en el papel de su superior en el FBI, parece más interesado en su corte de pelo que en el caso, y Alicia Witt —que interpreta a una madre con secretos oscuros— tiene la energía de alguien que está contando los minutos para que termine su turno en el rodaje.

El verdadero problema no es que los actores sean malos, sino que el guion no les da nada con lo que trabajar. Los diálogos son tan genéricos que podrían pertenecer a cualquier thriller de los 90, y los personajes son tan planos que parecen sacados de un manual de escritura creativa para principiantes. Perkins parece creer que, si repite suficientes veces las palabras «ocultismo», «ritual» y «trauma», el público llenará los huecos con su imaginación. Pero la imaginación no puede salvar a unos personajes que no tienen motivaciones, arcos dramáticos ni, en muchos casos, personalidad. Nicolas Cage es la excepción: su villano es tan exagerado, tan deliberadamente ridículo, que acaba siendo lo único que hace que Longlegs no se hunda por completo en el abismo del olvido.

Apartado técnico: Cuando el presupuesto se nota más que la creatividad

El aspecto técnico de Longlegs es un estudio fascinante sobre cómo hacer que un presupuesto modesto parezca aún más pequeño de lo que es. La fotografía de Andres Arochi intenta emular el estilo de los thrillers clásicos, con una paleta de colores que oscila entre el verde enfermizo y el marrón sepia, como si la película estuviera siendo proyectada a través de un filtro de Instagram aplicado por alguien que odia la vida. Arochi tiene un buen ojo para los encuadres, pero su trabajo se ve lastrado por una iluminación que parece diseñada para ocultar la falta de recursos. Hay escenas enteras filmadas en penumbra, como si Perkins y Arochi hubieran decidido que la oscuridad era la mejor manera de esconder el hecho de que no tenían dinero para construir decorados convincentes.

El diseño de producción, a cargo de Diana Rice, es otro de los puntos débiles de la película. Los escenarios —una casa abandonada, una comisaría de pueblo, una iglesia en ruinas— parecen sacados de un catálogo de localizaciones baratas para películas de terror de bajo presupuesto. Rice intenta darles un aire de autenticidad, pero el resultado es una mezcla de clichés que ya hemos visto mil veces: muñecos de trapo colgando del techo, Biblias viejas cubiertas de polvo, velas encendidas en lugares estratégicos. Todo huele a decorado de teatro comunitario, como si la película hubiera sido filmada en el sótano de una iglesia abandonada por un equipo de voluntarios. El vestuario, por su parte, es tan genérico que podría pertenecer a cualquier película de terror de los últimos veinte años: abrigos largos, camisas blancas manchadas de sangre falsa y peinados que parecen diseñados para que los actores se vean «aterradores» sin tener que esforzarse demasiado.

La banda sonora de Elia Cmiral es otro de los elementos que intenta elevar la película pero que acaba hundiéndola aún más. Cmiral compone una partitura que oscila entre lo ominoso y lo ridículo, como si estuviera intentando emular a John Carpenter pero con la mitad del talento. Hay momentos en los que la música suena como si estuviera intentando asustar al espectador con un jump scare musical, pero el efecto es más cómico que aterrador. El montaje, a cargo de Bryan McKenzie, es otro de los aspectos que delata la falta de presupuesto: las transiciones entre escenas son tan abruptas que parecen diseñadas para ocultar la falta de cobertura, y hay momentos en los que la película parece saltar de un plano a otro como si alguien hubiera editado el metraje con unas tijeras y un rollo de cinta adhesiva.

Lo mejor

La interpretación de Nicolas Cage: Un espectáculo de sobreactuación deliberada que roza lo sublime. Cage no actúa; se revuelca en el papel como un cerdo en el barro, y el resultado es lo único que hace que Longlegs* no sea un completo desastre.


  • La fotografía de Andres Arochi: Aunque limitada por el presupuesto, Arochi logra crear una atmósfera opresiva y claustrofóbica que, en sus mejores momentos, recuerda al mejor cine de terror psicológico.

  • El diseño de sonido: Los silencios incómodos y los efectos de sonido ambientales logran generar una tensión que, en ocasiones, consigue superar las limitaciones del guion.

  • El simbolismo visual: Perkins tiene un ojo para los detalles simbólicos (muñecos de trapo, cruces invertidas, velas) que, aunque recargados, aportan una capa de profundidad visual a la película.

Lo peor

  • El guion de Osgood Perkins: Un desastre narrativo lleno de agujeros argumentales, diálogos genéricos y personajes planos que no tienen motivaciones ni arcos dramáticos. Parece escrito durante un viaje de ácido de mala calidad.
El ritmo de la película: Longlegs* avanza como un zombi con artritis, con escenas interminables que no aportan nada a la trama y un montaje que parece diseñado para ocultar la falta de cobertura.
  • La falta de coherencia en el terror: Perkins confunde oscuridad con profundidad, y el resultado es una película que intenta ser aterradora pero que acaba siendo aburrida y pretenciosa.
  • El diseño de producción: Los escenarios parecen sacados de un catálogo de localizaciones baratas para películas de terror de bajo presupuesto, y el vestuario es tan genérico que podría pertenecer a cualquier thriller de los 90.
La banda sonora de Elia Cmiral: Una partitura que oscila entre lo ominoso y lo ridículo, como si estuviera intentando emular a John Carpenter* pero con la mitad del talento.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Longlegs es el tipo de película que los críticos de festival elogiarán por su «audacia visual» mientras el público se pregunta cuándo demonios va a pasar algo interesante. Osgood Perkins ha creado un thriller que huele a incienso barato y a presupuesto malgastado, con un guion que parece escrito con los pies y unas actuaciones que oscilan entre lo sublime (gracias, Cage) y lo olvidable (el resto del reparto). La película intenta ser Silence of the Lambs con toques de The VVitch, pero acaba pareciéndose más a un episodio alargado de Supernatural filmado en el sótano de una iglesia abandonada. Nicolas Cage salva el barco con una interpretación tan exagerada que roza lo genial, pero ni siquiera su talento para la sobreactuación puede ocultar el hecho de que Longlegs es una película que confunde lentitud con tensión, oscuridad con profundidad y pretensiones con arte. En resumen: un ritual de autoflagelación cinemática que, afortunadamente, solo dura 101 minutos. Pero vaya 101 minutos. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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