🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Leatherface — Carretera, fango y psicopatía tejana sin anestesia digital

Bustillo y Maury cruzan el charco para parir una precuela sucia, violenta e impredecible que dinamita el mito de la motosierra desde sus cimientos.

✍️ Por: Héctor Veneno
👥 Reparto: Stephen Dorff, Lili Taylor, Sam Strike, Vanessa Grasse, Finn Jones
⏱️ Lectura: 10 min
⚡ Ácido Cítrico 6.8/10
Crítica y fotograma de la película Leatherface en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Leatherface

Leatherface (2017): Cuando el Nuevo Extremismo Francés se pone las botas tejanas (y las llena de sangre)

En un género tan saturado de precuelas como el terror —donde cada estudio parece obsesionado con rellenar los huecos de su franquicia con el equivalente cinematográfico de un fill-in-the-blank de trauma infantil—, Leatherface (2017) emerge como un bicho raro. No porque sea buena (que lo es, a su manera sucia y sudorosa), sino porque, contra todo pronóstico, Alexandre Bustillo y Julien Maury, los directores franceses que convirtieron el gore en arte con À l'intérieur (2007), decidieron que su incursión en el cine de motosierras estadounidense no sería un ejercicio de nostalgia barata, sino una patada en los dientes al canon. Y vaya si duele.

La película, que en teoría debería ser otra precuela más de The Texas Chain Saw Massacre (1974), termina siendo una road movie sangrienta, un drama rural de formación psicópata y, sobre todo, un experimento fallido con pretensiones de obra maestra. Fallido, sí, pero fascinante. Como un cadáver que, pese a estar en descomposición, sigue teniendo más personalidad que el 90% de los slasher modernos. Y es que, en manos de estos dos franceses cabreados, la mitología de Leatherface no se explota, se desmonta, se escupe y se vuelve a ensamblar con cinta adhesiva y bilis.


Texas, 1955: Donde el polvo sabe a sangre seca

La trama nos lleva a la Texas de los años 50 y 60, un escenario que, en teoría, debería oler a algodón y gasolina, pero que en manos de Bustillo y Maury huele a sudor rancio, cerveza derramada y carne podrida. Todo comienza con un crimen: la hija del sheriff Hal Hartman (Stephen Dorff, en un papel que parece sacado de un spaghetti western dirigido por David Lynch) es asesinada por el clan Sawyer. Hartman, en un arrebato de venganza bíblica —de esos que solo se ven en películas donde los hombres blancos se creen justicieros divinos—, secuestra al hijo menor de la familia, Jedidiah, y lo encierra en un manicomio bajo una identidad falsa. Porque, claro, ¿qué mejor manera de "rehabilitar" a un niño traumatizado que encerrarlo con psicópatas y sádicos?

Años después, durante un motín en el psiquiátrico (que parece sacado de One Flew Over the Cuckoo’s Nest si el director hubiera sido un fanático de Cannibal Holocaust), cuatro internos —entre ellos el joven Jedidiah— escapan secuestrando a una enfermera (Vanessa Grasse, cuyo personaje tiene la mala suerte de ser la única persona cuerda en un vehículo lleno de locos). Lo que sigue es una odisea de carretera donde el paisaje texano no es un telón de fondo, sino un personaje más: polvoriento, opresivo, lleno de bares de mala muerte, gasolineras abandonadas y caravanas donde la depravación no tiene límites.

El gran acierto de la película es su estructura de falso misterio. En lugar de seguir la fórmula clásica de la precuela —"mira, aquí está el joven Leatherface, ahora vamos a ver cómo se convierte en monstruo"— los directores juegan con el espectador. Hay tres jóvenes inadaptados (interpretados por Sam Strike, James Bloor y Finn Jones), cada uno con su propia dosis de locura, y durante la primera mitad de la película, no tenemos ni idea de cuál de ellos acabará empuñando la motosierra. Esta decisión narrativa no solo evita el aburrimiento predecible, sino que convierte Leatherface en algo más que un slasher: es un estudio de cómo el entorno, la violencia y la familia disfuncional moldean a un asesino.


Sudor, necrofilia y el arte de subvertir un mito

Lo que realmente funciona en Leatherface es su atmósfera. Bustillo y Maury, curtidos en el Nuevo Extremismo Francés (ese movimiento que convirtió el terror en un espectáculo de carne y desesperación), no tienen ningún interés en el brillo digital de Hollywood. Aquí todo es táctil, sucio, incómodo. La fotografía de Antoine Sanier —rodada en Bulgaria, paradójicamente— logra capturar esa Texas opresiva, donde el calor no es un detalle de ambientación, sino un personaje más que te ahoga. Los planos están llenos de texturas: el óxido de las motosierras, el sudor en la piel de los actores, las moscas zumbando sobre cadáveres al sol. Es una película que huele mal, y eso es un cumplido.

La violencia, como era de esperar, es brutal, física y sin glamour. No hay coreografías elegantes ni kills creativos con gag cómico. Aquí un disparo en la mandíbula es exactamente eso: un agujero sangriento que te deja sin habla. Pero el momento más memorable —y el que confirma que estos directores no tienen filtro— es la escena de necrofilia en una caravana abandonada. Sí, has leído bien. Uno de los personajes, en un arrebato de locura, decide que el cadáver de una mujer es el mejor consuelo para su soledad. No es gratuito, es desesperado. Y es precisamente esa desesperación lo que eleva la escena por encima del mero shock: no es un truco para impresionar, sino una muestra de cómo la película entiende la depravación como algo inherente a su mundo.

Pero donde Leatherface realmente brilla es en su subversión del mito. En lugar de darnos una explicación simplista ("Leatherface es así porque de pequeño le obligaron a comer carne humana"), la película nos muestra un proceso de deshumanización gradual. No es un monstruo desde el principio, sino un producto de su entorno: un sistema penitenciario sádico, una madre psicópata (Lili Taylor, en un papel que roba la película) y un sheriff obsesionado con la venganza que no duda en torturar a un niño para "salvarlo". La ironía es deliciosa: el verdadero monstruo no es el que lleva la máscara de piel humana, sino el que lleva la placa.


El tercer acto: Cuando la precuela tropieza con su propio legado

Hasta aquí, todo bien. Leatherface es una película incómoda, inteligente y con una personalidad arrolladora. El problema llega en el tercer acto, cuando la película, de repente, recuerda que es una precuela y tiene que encajar con el canon. Y entonces, todo se acelera.

El misterio sobre la identidad del futuro Leatherface se resuelve de manera abrupta, y lo que sigue es una transformación física apresurada que choca con la sutileza de lo anterior. De repente, tenemos un montaje de Jedidiah poniéndose la máscara de piel, cortando cabezas y abrazando su destino como si fuera un training montage de Rocky, pero con más sangre. No es que sea malo, es que desentona. La película pasa de ser un drama rural sobre la formación de un monstruo a un slasher convencional en cuestión de minutos, y aunque el resultado final sigue siendo interesante, se nota el esfuerzo por encajar en la franquicia.

Otro punto débil son los personajes secundarios. El sheriff Hartman (Stephen Dorff) roza lo caricaturesco en su obsesión por la venganza. Hay momentos en los que parece sacado de un comic de los 90, con monólogos sobre el "mal" y escenas de tortura que, aunque bien ejecutadas, pierden credibilidad por su exceso. No es que Dorff lo haga mal —de hecho, su interpretación es uno de los puntos fuertes—, pero el guion a veces lo empuja hacia el cliché del villano de una sola nota.


Lili Taylor: La matriarca que se come la película (literalmente)

Si hay un personaje que justifica por sí solo el visionado de Leatherface, ese es Verna Sawyer, interpretada por Lili Taylor. La madre del clan Sawyer no es una villana más: es una fuerza de la naturaleza, una mezcla de fragilidad maternal y locura carnívora que recuerda a las mejores matriarcas del terror rural (como la de The Descent o The Witch).

Taylor roba cada escena en la que aparece, ya sea acunando a su hijo como si fuera un bebé o amenazando con un cuchillo de carnicero. Su actuación es tan visceral que casi puedes oler el alcohol en su aliento y la sangre bajo sus uñas. Es el tipo de personaje que hace que te preguntes cómo no la habían incluido antes en la franquicia. Si Leatherface es el monstruo, Verna es el verdadero demonio.


Comparaciones cinéfilas: ¿Dónde encaja Leatherface?

Leatherface no es una película fácil de clasificar. No es un slasher al uso, aunque tenga motosierras y asesinatos. No es un drama rural, aunque explore la psicología de sus personajes. No es un exploitation puro, aunque tenga escenas que harían sonrojar a un fan de I Spit on Your Grave.

Si buscamos comparaciones, podríamos decir que es:


  • Una mezcla entre The Texas Chain Saw Massacre (1974) y Natural Born Killers (1994), pero con el realismo sucio de À l'intérieur (2007).

  • Un road movie al estilo Kalifornia (1993), pero donde los psicópatas no son los protagonistas, sino el paisaje.

  • Un estudio de personajes como Henry: Portrait of a Serial Killer (1986), pero con el ritmo de una película de acción.

Lo más interesante es que no se parece a nada que haya salido de la franquicia antes. Mientras que otras precuelas (Texas Chainsaw 3D, The Texas Chainsaw Massacre: The Beginning) se limitaban a repetir la fórmula, Leatherface arriesga, subvierte y, en ocasiones, tropieza con su propia ambición. Pero, como diría cualquier buen cinéfilo: prefiero una película que tropieza por intentar correr que una que se arrastra por miedo a caer.


Lo mejor

  • La audaz subversión del mito: Mantener al espectador especulando sobre la identidad del asesino durante la primera mitad es un soplo de aire fresco en un género ahogado en fórmulas repetidas hasta la náusea. Por una vez, no sabíamos quién iba a morir, pero sí que íbamos a sufrir.
  • La fotografía de Antoine Sanier: Logra que Bulgaria parezca Texas, y que Texas parezca el infierno. El polvo, el sudor y la sangre no son decoración, son personajes secundarios.
  • Lili Taylor como Verna Sawyer: Una actuación que oscila entre lo patético y lo terrorífico con la naturalidad de quien ha visto demasiadas películas de terror y ha decidido que la vida real debería imitarlas. Si los Oscar tuvieran una categoría para "Mejor Villana que te hace reír y vomitar a la vez", Taylor ganaría por goleada.

Lo peor

El tercer acto apresurado: Cuando la película recuerda que es una precuela y tiene que encajar con el canon, pierde la sutileza y gana un montaje de transformación que parece sacado de un tutorial de YouTube* sobre "Cómo convertirse en Leatherface en 5 minutos". Personajes secundarios caricaturescos: El sheriff Hartman (Stephen Dorff) a veces parece sacado de un fanfic de Death Wish* escrito por un adolescente con síndrome de Ed Gein. Su obsesión por la venganza es tan exagerada que roza lo cómico, y no en el buen sentido.

El Veredicto de Claqueta Ácida (6.8/10)

Leatherface (2017) es la precuela que la franquicia no merecía, pero que el terror necesitaba: una película incómoda, sucia y con más personalidad que un influencer de TikTok en un matadero. Bustillo y Maury demostraron que, incluso en el cine comercial, se puede hacer algo diferente si tienes el valor de ensuciarte las manos (y la pantalla) de sangre, sudor y bilis. No es una obra maestra, pero es el tipo de película que te hace odiar el género y amarlo al mismo tiempo, como un ex que te dejó cicatrices pero al que no puedes evitar echar de menos. Si buscas un slasher convencional, pasa de largo. Si quieres una road movie donde el destino final no es un motel, sino la locura, bienvenido a Texas. Aquí el único mapa útil es el que se escribe con gasolina, lágrimas y algún que otro grito ahogado en el polvo. 🔪💀

🎬 Tráiler Oficial

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