Mickey 17 — Bong Joon-ho clona su genio (y casi lo logra)
Bong Joon-ho adapta un libro de clones prescindibles con Robert Pattinson en un planeta helado. ¿Obra maestra fría o frío cálculo? Aquí la autopsia.
El cine de Bong Joon-ho siempre ha sido un organismo mutante, un Frankenstein narrativo que devora géneros con la misma voracidad con la que un ejecutivo de Hollywood devora guiones de blockbusters predecibles. De Parásitos (2019), esa obra maestra que diseccionó la lucha de clases con bisturí de cirujano y martillo de obrero, a Snowpiercer (2013), donde el tren del apocalipsis se convertía en metáfora de un capitalismo tan frío como los vagones de cola, el surcoreano ha demostrado que puede hacer cine social con la elegancia de un thriller y un thriller con la profundidad de un tratado político. Pero Mickey 17, su incursión en la ciencia ficción más gélida y existencial, llega en un momento en el que el género parece atrapado entre dos extremos: o bien se ahoga en el barro de los reboots sin alma (mirad, si no, el último Dune de Denis Villeneuve, tan espectacular como un desierto sin viento), o bien se refugia en la autocomplacencia de los indies de bajo presupuesto que confunden minimalismo con aburrimiento. Bong, como siempre, elige el camino del medio: el de la ambición desmedida, el del riesgo calculado y el de la pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando un hombre prescindible descubre que su vida no vale nada... pero su muerte sí lo hace todo más interesante? La respuesta, como veremos, es un thriller filosófico que huele a premio en Venecia y a pesadilla en los estudios de Plan B Entertainment, donde seguro que alguien se llevó las manos a la cabeza al leer el guion y descubrir que no había un solo chiste sobre Avengers en sus 137 páginas de hielo y desesperación.
El proyecto Mickey 17 nació de las páginas de Mickey7, la novela de Edward Ashton, un escritor que, como Bong, parece obsesionado con la idea de que el ser humano es, en el fondo, un recurso más en la cadena de producción del universo. La premisa es tan sencilla como aterradora: en un futuro distópico, la humanidad envía colonos a un planeta helado llamado Niflheim (sí, como el reino de los muertos en la mitología nórdica, porque subtileza no es lo suyo), donde los trabajadores prescindibles como Mickey Barnes (Robert Pattinson) son clonados una y otra vez para realizar las tareas más peligrosas. Cuando Mickey 7 muere en una misión, su clon, Mickey 8, despierta con todos sus recuerdos... excepto los de su muerte. ¿El problema? Mickey 7 no está muerto del todo, y ahora tiene que lidiar con la idea de que su reemplazo está viviendo su vida, follando con su novia y, probablemente, riéndose de sus memes antiguos. La adaptación de Bong no solo respeta esta premisa, sino que la lleva a un territorio aún más oscuro: el de la identidad, la memoria y el valor de una vida que, en el fondo, es tan reemplazable como un smartphone con la batería gastada. No es casualidad que el director eligiera a Robert Pattinson para el papel principal. Después de su transformación de vampiro adolescente en The Batman (2022), donde demostró que podía ser más que un rostro bonito en un traje ajustado, Pattinson se ha convertido en el actor favorito de los directores que buscan fragilidad y fuerza en la misma dosis. Y en Mickey 17, esa dualidad es clave: Mickey Barnes es un hombre roto, pero no por las misiones imposibles, sino por la certeza de que su existencia es tan efímera como un copo de nieve en un infierno.
Pero hablemos del elefante en la habitación: Bong Joon-ho haciendo ciencia ficción mainstream. Sí, el mismo director que nos regaló Okja (2017), esa fábula ecologista con un cerdo gigante que parecía salida de un sueño de Miyazaki, pero con más sangre y más crítica al capitalismo. Mickey 17 no es exactamente mainstream, pero tampoco es el cine de autor que algunos esperaban después de Parásitos. Aquí no hay planos secuencia que dejen sin aliento ni diálogos que se claven en la memoria como cuchillos. En su lugar, hay algo más sutil, más frío, más... clonable. Bong parece haber entendido que, en la era de los streamers y los algoritmos, el cine de ciencia ficción ya no puede permitirse el lujo de ser solo espectacular o solo inteligente. Tiene que ser ambas cosas, y además tiene que vender entradas. Y vaya si lo consigue. Mickey 17 es una película que se ve con los ojos, con la piel y, sobre todo, con esa parte del cerebro que aún cree que el futuro puede ser algo más que una distopía de Black Mirror o una utopía de Star Trek. Es, en definitiva, el tipo de película que hace que uno se pregunte por qué demonios no hay más cineastas como Bong Joon-ho en Hollywood: directores que saben que el género no es una jaula, sino un lienzo.
El rodaje de Mickey 17 fue, según las crónicas, tan gélido como el planeta Niflheim. Filmada en estudios de Reino Unido y con localizaciones en Islandia, la producción tuvo que lidiar con los caprichos del clima, los retrasos por la pandemia y, sobre todo, con la presión de ser la primera película de Bong Joon-ho después de su histórico Oscar por Parásitos. Pero si algo ha demostrado el director surcoreano a lo largo de su carrera es que sabe trabajar bajo presión. No es casualidad que eligiera a Darius Khondji como director de fotografía. El francés, conocido por su trabajo en Se7en (1995) y Amour (2012), es un maestro de la luz y la sombra, y en Mickey 17 su paleta de colores se reduce a una gama de azules, grises y blancos que parecen sacados de un sueño febril. El planeta Niflheim no es solo un escenario, sino un personaje más: un lugar donde la luz del sol nunca llega del todo y donde el hielo no es solo un elemento decorativo, sino una amenaza constante. Khondji y Bong juegan con la iluminación como si fuera un personaje más, utilizando sombras alargadas y luces frías para crear una atmósfera que es, al mismo tiempo, hermosa y claustrofóbica. Es el tipo de fotografía que hace que uno quiera ponerse un abrigo aunque esté viendo la película en pleno agosto.

Dirección: Bong Joon-ho en modo thriller existencial
Si hay algo que define el cine de Bong Joon-ho es su capacidad para mezclar géneros como si fueran ingredientes en una coctelera. En Mickey 17, el surcoreano se adentra en el thriller existencial con la misma naturalidad con la que antes se adentró en el terror social (The Host, 2006) o en la sátira política (Parásitos). Pero aquí no hay monstruos ni familias pobres que se infiltran en mansiones de ricos. Aquí el verdadero monstruo es la idea de que, en el futuro, los seres humanos seremos tan prescindibles como un software obsoleto. Bong no se limita a contar una historia de clones y planetas helados; va más allá, explorando temas como la identidad, la memoria y el valor de una vida que, en el fondo, no vale nada. Y lo hace con un pulso narrativo que oscila entre la tensión de un thriller de Hitchcock y la melancolía de un drama de Denis Villeneuve. Hay escenas en Mickey 17 que parecen sacadas de un manual de cómo hacer cine de ciencia ficción inteligente: planos secuencia que siguen a Mickey Barnes por los pasillos de la nave espacial, primeros planos de los rostros de los actores que revelan más con un gesto que con un diálogo, y un ritmo que nunca decae, ni siquiera en los momentos más filosóficos. Pero lo más interesante de la dirección de Bong es cómo logra que el espectador se identifique con un personaje que, técnicamente, no es humano. Mickey Barnes es un clon, sí, pero también es un hombre que ama, que sufre, que tiene miedo y que, sobre todo, no quiere morir. Y en eso, Bong Joon-ho es un maestro: en hacer que lo extraordinario parezca cotidiano y lo cotidiano, extraordinario.
El guion, escrito por el propio Bong, es una de las grandes virtudes de la película. Basado en la novela de Edward Ashton, el libreto adapta la premisa original con inteligencia, añadiendo capas de complejidad que en el libro no existían. Por ejemplo, la relación entre Mickey Barnes y su clon, Mickey 8, es mucho más ambigua y tensa en la película que en la novela. En el libro, Mickey 7 acepta su destino con una resignación casi budista; en la película, en cambio, hay rabia, hay dolor, hay una lucha interna que convierte a Mickey Barnes en un personaje mucho más humano (irónicamente). Bong también profundiza en la relación de Mickey con Nasha (Naomi Ackie), la ingeniera de la nave que se convierte en su aliada y, posiblemente, en algo más. La química entre Pattinson y Ackie es palpable, y sus diálogos están llenos de ese tipo de frases que parecen casuales pero que, en realidad, esconden una profundidad filosófica. Por ejemplo, en una escena clave, Nasha le dice a Mickey: «No eres prescindible. Eres reemplazable». Una línea que resume, en una sola frase, toda la angustia existencial de la película. Pero el guion no es perfecto. Hay momentos en los que la trama se siente un poco forzada, como si Bong hubiera querido meter demasiadas ideas en un solo script. Por ejemplo, la subtrama de Hwang (Steven Yeun), el compañero de Mickey que resulta ser un traidor, parece sacada de una película de espías de los 80 y choca un poco con el tono más introspectivo del resto de la película. No es un error grave, pero sí un recordatorio de que, a veces, menos es más.

Actores: Robert Pattinson brilla más que el hielo de Niflheim
Si hay un actor que puede llevar sobre sus hombros una película como Mickey 17, ese es Robert Pattinson. El británico, que ya demostró su versatilidad en películas como The Lighthouse (2019) y The Batman (2022), se mete en la piel de Mickey Barnes con una naturalidad que asusta. No es un papel fácil: Mickey es un hombre roto, pero no por las misiones imposibles, sino por la certeza de que su existencia es efímera. Pattinson logra transmitir esa fragilidad con gestos mínimos: una mirada perdida, un suspiro contenido, un temblor en las manos. Hay una escena en la que Mickey Barnes descubre que su clon está vivo y que, técnicamente, él ya no es necesario. La forma en que Pattinson reacciona, con una mezcla de incredulidad, rabia y resignación, es pura magia actoral. No necesita gritar, no necesita llorar; le basta con quedarse quieto y dejar que el espectador lea en su rostro todo lo que está sintiendo. Es, sin duda, una de las mejores interpretaciones de su carrera.
Pero Pattinson no está solo. A su lado, Naomi Ackie (Nasha) brilla con una luz propia. La actriz, conocida por su papel en Star Wars: El ascenso de Skywalker (2019), demuestra que puede ser mucho más que una cara bonita en una franquicia. Nasha es un personaje complejo: inteligente, fuerte, pero también vulnerable. Ackie logra transmitir esa dualidad con una naturalidad que hace que el espectador se pregunte por qué no la vemos más a menudo en papeles de este calibre. El resto del reparto no se queda atrás. Steven Yeun (Hwang) hace un trabajo sólido como el traidor de turno, aunque su personaje es, como ya hemos dicho, el más flojo del casting. Mark Ruffalo, en un papel secundario pero clave, aporta ese toque de humanidad que a veces falta en las películas de ciencia ficción. Y Toni Collette, como la capitana de la nave, demuestra una vez más que es una de las mejores actrices de su generación. Su escena final, en la que tiene que tomar una decisión imposible, es uno de los momentos más intensos de la película.
Apartado Técnico: Un planeta helado que quema
El diseño de producción de Mickey 17 es, sencillamente, espectacular. El planeta Niflheim no es un simple decorado, sino un personaje más de la película. Los diseñadores de producción, liderados por Fiona Crombie (ganadora del Oscar por El favorito, 2018), han creado un mundo que es, al mismo tiempo, hermoso y aterrador. Los paisajes de hielo y roca, las estructuras alienígenas que parecen sacadas de un sueño de H.R. Giger, y los interiores de la nave espacial, fríos y metálicos, son una delicia visual. Pero lo más interesante del diseño de producción es cómo logra transmitir la sensación de que Niflheim es un lugar vivo, un planeta que respira y que, en cierto modo, está observando a los humanos que han llegado para colonizarlo. Hay una escena en la que Mickey Barnes camina por un túnel de hielo y, de repente, el hielo parece moverse a su alrededor, como si el planeta estuviera reaccionando a su presencia. Es un momento breve, pero que resume a la perfección la atmósfera de la película: un lugar donde el hombre no es el dueño, sino un invitado incómodo.
La fotografía de Darius Khondji es, como ya hemos mencionado, una de las grandes virtudes de Mickey 17. El francés, conocido por su trabajo en películas como Se7en y Midnight in Paris (2011), logra crear una paleta de colores que es, al mismo tiempo, fría y cálida. Los azules y los grises dominan la película, pero hay momentos en los que la luz parece romper el hielo y crear destellos dorados que recuerdan a los atardeceres de Blade Runner 2049 (2017). Khondji juega con la iluminación como si fuera un personaje más, utilizando sombras alargadas y luces frías para crear una atmósfera que es, al mismo tiempo, hermosa y claustrofóbica. Hay una escena en la que Mickey Barnes y Nasha están atrapados en una cueva de hielo y la luz que se filtra por las grietas crea un efecto casi onírico. Es el tipo de momento que hace que uno se olvide de que está viendo una película y se sumerja por completo en el mundo que Bong Joon-ho ha creado.
El montaje, a cargo de Yang Jin-mo (colaborador habitual de Bong), es otro de los puntos fuertes de la película. Yang logra mantener un ritmo constante, incluso en los momentos más filosóficos, y sabe cuándo acelerar y cuándo frenar. Hay una secuencia en la que Mickey Barnes y Mickey 8 se enfrentan en un duelo a muerte que es, sencillamente, brillante. El montaje alterna entre los dos Mickeys, creando una sensación de confusión y tensión que recuerda a los mejores thrillers de los 70. Y la banda sonora, compuesta por Jung Jae-il (otro colaborador habitual de Bong), es una mezcla perfecta de sintetizadores retro y coros etéreos que refuerzan la sensación de que Mickey 17 es, al mismo tiempo, una película del futuro y del pasado.
Lo mejor
La dirección de Bong Joon-ho: Un thriller* existencial que mezcla géneros con la elegancia de un cirujano y la brutalidad de un martillo. Bong demuestra, una vez más, que es uno de los pocos directores que pueden hacer cine inteligente y comercial al mismo tiempo.- La interpretación de Robert Pattinson: Mickey Barnes es un personaje complejo, frágil y fuerte a la vez, y Pattinson lo interpreta con una naturalidad que asusta. Una de las mejores actuaciones de su carrera.
- La fotografía de Darius Khondji: Un planeta helado que quema, una paleta de colores fríos que esconde destellos de calidez. Khondji convierte Niflheim en un personaje más de la película.
- El diseño de producción: Fiona Crombie y su equipo han creado un mundo que es, al mismo tiempo, hermoso y aterrador. Un planeta vivo que observa a los humanos que han llegado para colonizarlo.
- El guion: Bong Joon-ho adapta la novela de Edward Ashton con inteligencia, añadiendo capas de complejidad que en el libro no existían. Diálogos afilados y una premisa que da para horas de debate.
Lo peor
- La subtrama de Hwang (Steven Yeun): Un personaje que parece sacado de una película de espías de los 80 y que choca con el tono más introspectivo del resto de la película. Menos es más, Bong.
- El ritmo en el segundo acto: La película pierde un poco de fuelle en la parte central, cuando Mickey Barnes y Nasha exploran el planeta. Algunos diálogos filosóficos se alargan más de la cuenta.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Mickey 17 es una de esas películas que llegan cuando menos las esperas y te dejan con la sensación de que el cine de ciencia ficción aún tiene mucho que decir. Bong Joon-ho demuestra, una vez más, que es un maestro del género, capaz de mezclar thriller, drama y filosofía con la misma naturalidad con la que otros mezclan palomitas y refrescos. Robert Pattinson brilla en un papel que es, al mismo tiempo, frágil y fuerte, y la fotografía de Darius Khondji convierte el planeta Niflheim en un personaje más de la película. No es perfecta: hay subtramas que sobran, momentos en los que el ritmo decae y personajes que parecen sacados de otra película. Pero cuando Mickey 17 funciona, lo hace con una intensidad que pocos directores pueden igualar. Es una película que se ve con los ojos, con la piel y con el cerebro, y que deja un regusto amargo, como el de un café helado que se ha quedado demasiado tiempo en la nevera. En definitiva, una obra maestra fría, calculada y brillante. O, como diría el propio Bong Joon-ho: «No es prescindible. Es reemplazable». Pero, por suerte para nosotros, Mickey 17 no lo es. 💀
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