Baghead — Una pesadilla en la oscuridad
Crítica ácida y visceral de Baghead, un thriller psicológico que te sumergirá en la oscuridad
La oscuridad, ese lienzo infinito donde el cine ha vomitado sus pesadillas más viscosas, encuentra en Baghead un nuevo altar de sacrificio. Dirigida por Alberto Corredor, un cineasta que parece haber mamado leche envenenada de los pechos de Mario Bava y Dario Argento, esta película no es solo un ejercicio de terror rural, sino un ritual de posesión cinematográfica donde la cámara se convierte en un espíritu errante y los actores en médiums de sus propias paranoias. Con un reparto encabezado por Freya Allan, esa actriz británica que parece haber escapado de un cuadro prerrafaelita para caer en la boca del lobo del terror psicológico, Jeremy Irvine, cuyo rostro anguloso podría tallarse en la corteza de un árbol maldito, y Ruby Barker, la única que parece entender que está en una película de terror y no en un anuncio de champú, Baghead se erige como un monumento a la atmósfera putrefacta y al suspense que huele a moho y a sudor frío. Pero, ¿acaso estamos ante una obra maestra del terror gótico moderno o ante otro cadáver más en la fosa común del género? Agarren sus linternas, porque vamos a desenterrar esta película con las uñas sucias de celuloide y sangre seca.
La gestación de Baghead es tan turbia como su narrativa. Corredor, un director que hasta ahora había sobrevivido en los márgenes del cine independiente con cortometrajes que olían a sótano húmedo y a VHS desmagnetizado, logró convencer a un puñado de productores con la promesa de revivir el terror rural británico, ese subgénero que The Witch resucitó como un cadáver exquisito y que desde entonces no ha dejado de pudrirse en manos de imitadores con menos talento que un maniquí de Zara. El guion, escrito por Christina Pamies, una guionista que parece haber estudiado en la escuela de Robert Eggers pero con menos paciencia para la investigación histórica, parte de una premisa tan vieja como el miedo a la oscuridad: un grupo de jóvenes urbanitas se adentra en el campo para enfrentarse a una leyenda local, en este caso, la de una mujer sin rostro que acecha desde las sombras. La leyenda, por supuesto, es tan original como un episodio de Supernatural, pero Pamies intenta disfrazar su falta de originalidad con diálogos que oscilan entre lo poético y lo pretencioso, como si Lovecraft y Paulo Coelho hubieran escrito juntos un manual de autoayuda para víctimas de pesadillas.
El rodaje de Baghead tuvo lugar en los bosques de Gales, un lugar que parece sacado de un cuento de los hermanos Grimm después de una sobredosis de LSD. Corredor, obsesionado con la textura del celuloide (o al menos con la idea romántica de lo que el celuloide representa), decidió rodar en 16mm, una elección que dota a la película de una granulada pátina de autenticidad, como si estuviéramos viendo una película de los 70 rescatada de un contenedor de basura. La decisión no es casual: el grano, las imperfecciones y el contraste agresivo no son solo recursos estéticos, sino herramientas para sumergir al espectador en un estado de incomodidad física, como si la película misma estuviera respirando sobre tu nuca. Y vaya si lo consigue. Desde el primer plano, donde la cámara se arrastra como un animal herido entre la maleza, Baghead te agarra del cuello y no te suelta hasta que los créditos finales te escupen de vuelta a la realidad, jadeante y con la sensación de haber sido violado por un fantasma con muy malas intenciones.
El reparto, por su parte, parece haber sido seleccionado en un casting de actores que han visto demasiadas películas de terror y han decidido que la mejor manera de interpretarlas es comportándose como si estuvieran en un estado permanente de shock postraumático. Freya Allan, en el papel de Iris, la protagonista, carga con el peso de la película como si fuera un crucifijo en una procesión de Semana Santa. Su interpretación oscila entre lo sublime y lo ridículo, como si estuviera intentando canalizar a Sissy Spacek en Carrie pero con la mitad de recursos emocionales. Hay momentos en los que su actuación es tan intensa que parece que va a reventar la pantalla, y otros en los que uno sospecha que está a punto de soltar una carcajada histérica. Jeremy Irvine, como Matt, el interés romántico que parece sacado de un catálogo de Abercrombie & Fitch, cumple con su papel de chico guapo y aburrido, aunque su química con Allan es tan palpable como un fantasma en una fotografía de long exposure. Ruby Barker, en cambio, se roba cada escena en la que aparece como Katie, la amiga sarcástica que parece ser la única con dos dedos de frente. Su interpretación es fresca, ácida y llena de matices, como si supiera que está en una película de terror y hubiera decidido que la mejor manera de sobrevivir es no tomársela demasiado en serio. Si hay una actuación que brilla con luz propia en Baghead, es la suya, una bengala en medio de la oscuridad que ilumina, aunque sea por un segundo, la mediocridad que la rodea.

Dirección: El arte de estrangular al espectador con sombras
La dirección de Alberto Corredor en Baghead es un ejercicio de sadismo cinematográfico, una clase magistral sobre cómo convertir un presupuesto modesto en una experiencia sensorial que te dejará con los nudillos blancos y el corazón intentando escapar por la garganta. Corredor, que parece haber estudiado en la escuela de David Lynch pero con menos presupuesto y más paciencia, demuestra un dominio absoluto del tempo narrativo, ese ritmo que oscila entre lo hipnótico y lo asfixiante, como si la película estuviera siendo proyectada a través de un proyector que alguien ha saboteado con cinta adhesiva y malas intenciones. Su uso del plano secuencia es particularmente brillante: hay una escena en la que la cámara sigue a Iris mientras camina por un pasillo oscuro, con la luz de su linterna como único faro en la oscuridad, que es tan tensa que uno puede sentir cómo el sudor frío le resbala por la espalda. No hay música, no hay cortes, solo el sonido de sus pasos y el crujido de la madera podrida bajo sus pies. Es el tipo de escena que te hace olvidar que estás viendo una película y te sumerge en un estado de paranoia primigenia, como si tú mismo estuvieras caminando por ese pasillo, esperando a que algo (o alguien) salte desde las sombras.
Pero donde Corredor realmente brilla es en su uso de la iluminación, ese juego macabro entre la luz y la oscuridad que convierte cada escena en un cuadro de Caravaggio si este hubiera pintado con vísceras en lugar de óleos. La fotografía de Cale Finot, un director de fotografía que parece obsesionado con los claroscuros de Gordon Willis pero con un toque de Robbie Ryan, es una obra de arte en sí misma. Finot utiliza la luz natural de manera casi religiosa, como si cada rayo de sol que se filtra a través de las cortinas polvorientas fuera un regalo divino (o demoníaco). Las escenas nocturnas, iluminadas por linternas, velas y el resplandor enfermizo de las pantallas de los móviles, tienen una cualidad casi táctil, como si pudieras extender la mano y tocar la oscuridad. Y luego está el uso del color, o más bien, la ausencia de él. Baghead es una película que huele a sepia, a tonos desaturados, a sangre seca y a madera podrida. Los verdes de los bosques galeses se convierten en un marrón enfermizo, como si la naturaleza misma estuviera pudriéndose ante nuestros ojos, y los azules de la noche son tan fríos que parecen capaces de congelar el aliento en el aire.
Corredor también demuestra un talento especial para el montaje, ese arte de cortar y pegar que en sus manos se convierte en una herramienta de tortura psicológica. Las transiciones entre escenas son tan fluidas que a veces uno no se da cuenta de que ha pasado de la realidad a la alucinación hasta que es demasiado tarde. Hay un momento en el que Iris ve algo en el bosque, y la cámara corta a un primer plano de su rostro, sudoroso y desencajado, antes de que el plano se desvanezca en negro. No vemos lo que ha visto, pero sentimos su terror como si fuera nuestro. Es el tipo de elección de montaje que Hitchcock habría aplaudido, y que demuestra que Corredor no solo entiende el lenguaje del terror, sino que lo habla con fluidez, como si hubiera nacido con una cuchilla de afeitar en una mano y un story board en la otra.

Actores: Entre el éxtasis y el ridículo
El reparto de Baghead es un estudio fascinante sobre cómo un grupo de actores puede oscilar entre lo sublime y lo ridículo en cuestión de segundos, como si estuvieran siendo poseídos por el espíritu de Vincent Price y el de Paris Hilton al mismo tiempo. Freya Allan, en el papel de Iris, es el corazón palpitante (y a veces palpitante de más) de la película. Su interpretación es una montaña rusa emocional que va desde lo desgarradoramente vulnerable hasta lo histéricamente sobreactuado, como si estuviera intentando canalizar a Tippi Hedren en Los Pájaros pero con la mitad de entrenamiento y el doble de cafeína en el cuerpo. Hay momentos en los que su actuación es tan intensa que parece que va a salirse de la pantalla, como cuando grita el nombre de su hermana desaparecida en medio del bosque, con la voz quebrándose como cristal bajo un martillo. Pero luego hay otros momentos, como cuando intenta transmitir terror con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, en los que uno no puede evitar pensar que está a punto de soltar un "¡Ay, qué miedo!" y salir corriendo hacia el catering.
Jeremy Irvine, por su parte, parece haber confundido Baghead con una película de Nicholas Sparks. Su personaje, Matt, es el típico interés romántico genérico, ese chico guapo y aburrido que parece sacado de un catálogo de Abercrombie & Fitch y al que le han dicho que su trabajo consiste en mirar a Iris con preocupación y decir frases como "No te preocupes, todo va a salir bien" cada cinco minutos. Irvine cumple con su papel, pero su actuación es tan plana que uno sospecha que podría ser reemplazado por un maniquí sin que nadie notara la diferencia. Su química con Allan es inexistente, como si estuvieran actuando en películas diferentes y alguien hubiera editado sus escenas juntas por error. Hay un momento en el que se besan, y es tan incómodo que uno espera que la cámara corte a un plano de un perro vomitando en un rincón.
Pero si hay una actuación que salva Baghead de caer en el abismo de la mediocridad, esa es la de Ruby Barker como Katie, la amiga sarcástica que parece ser la única persona en la película que entiende que está en una película de terror. Barker, con su mirada de "sé que esto es una mierda pero voy a fingir que no lo es", se roba cada escena en la que aparece. Su interpretación es fresca, ácida y llena de matices, como si supiera que está en una película de terror y hubiera decidido que la mejor manera de sobrevivir es no tomársela demasiado en serio. Hay una escena en la que Katie le dice a Iris: "Si vas a morir, hazlo con estilo", y es tan perfectamente entregada que uno no puede evitar reírse, incluso cuando la película está intentando desesperadamente que te asustes. Barker es el tipo de actriz que podría hacer que hasta el guion más insulso pareciera inteligente, y su presencia en Baghead es como un faro en medio de la oscuridad, recordándonos que, incluso en el terror más pretencioso, siempre hay espacio para un poco de humor negro.
Apartado Técnico: Cuando el diablo está en los detalles (y en la banda sonora)
El apartado técnico de Baghead es una mezcla fascinante de virtuosismo y decisiones cuestionables, como si un chef con tres estrellas Michelin hubiera decidido cocinar un banquete con ingredientes de Lidl. Empecemos por la fotografía, porque aquí es donde la película brilla con una luz casi sobrenatural. Cale Finot, el director de fotografía, demuestra un dominio absoluto de la luz natural, convirtiendo cada escena en un cuadro de Rembrandt si este hubiera pintado con sangre de pollo y orina de gato. Su uso de los claroscuros es simplemente magistral: hay una escena en la que Iris está sentada en una habitación iluminada solo por una vela, y la forma en que la luz acaricia su rostro mientras las sombras se retuercen a su alrededor es tan hermosa que duele. Finot también hace un uso brillante de los planos subjetivos, como cuando la cámara adopta el punto de vista de Baghead, la entidad sin rostro que acecha a los personajes, y nos arrastra por los pasillos oscuros como si fuéramos ella. Es el tipo de fotografía que te hace olvidar que estás viendo una película y te sumerge en un estado de paranoia primigenia, como si la cámara misma estuviera viva y respirando a tu lado.
La banda sonora, compuesta por Ben Lovett, es otro de los puntos fuertes de la película. Lovett, que parece haber estudiado en la escuela de John Carpenter pero con un toque de Clint Mansell, crea una partitura que oscila entre lo hipnótico y lo aterrador. El tema principal, una melodía repetitiva y obsesiva que suena como si alguien estuviera tocando un piano con guantes de boxeo, se clava en tu cerebro como un clavo oxidado y no te suelta hasta que la película termina. Hay momentos en los que la música se detiene por completo, dejando solo el sonido ambiente (el crujido de las ramas, el susurro del viento, el latido de tu propio corazón), y es en esos momentos cuando Baghead se vuelve realmente aterradora. Lovett también hace un uso brillante de los silencios, como en esa escena en la que Iris encuentra el cuerpo de su hermana, y la música se detiene por completo, dejando solo el sonido de su respiración entrecortada. Es el tipo de elección que demuestra que Lovett no solo entiende el poder del sonido, sino que sabe cómo usarlo para estrangular al espectador.
El diseño de producción, a cargo de Hattie Collins, es otro de los aspectos destacados de la película. Collins, que parece haber saqueado los armarios de Tim Burton y los sótanos de Guillermo del Toro, crea un mundo que es a la vez hermoso y grotesco. La casa abandonada donde gran parte de la acción tiene lugar es un personaje en sí misma, con sus paredes cubiertas de moho, sus suelos crujientes y sus habitaciones llenas de objetos que parecen sacados de una pesadilla. Hay un momento en el que Iris encuentra un diario antiguo, y la forma en que Collins ha envejecido las páginas, con manchas de tinta y sangre seca, es tan realista que uno espera que huela a podrido. El vestuario, diseñado por Emma Potter, también es notable, especialmente los trajes de los personajes, que parecen sacados de un mercadillo de los años 70 pero con un toque de folk horror británico. Los abrigos de lana, los jerséis de punto y las botas de agua no solo son fieles a la época y al lugar, sino que también ayudan a crear esa sensación de aislamiento y claustrofobia que es tan esencial en el terror rural.
Pero no todo es perfecto en el apartado técnico de Baghead. El maquillaje, por ejemplo, es un área donde la película tropieza más de una vez. Hay una escena en la que Baghead finalmente se revela, y su diseño es tan decepcionante que uno no puede evitar soltar una carcajada. En lugar de una criatura aterradora y original, lo que vemos es una máscara de látex que parece sacada de un episodio de Goosebumps, con unos ojos vacíos y una boca que parece haber sido dibujada por un niño de cinco años. Es el tipo de diseño que hace que uno se pregunte si el equipo de maquillaje se quedó sin presupuesto o si simplemente se rindió y decidió que cualquier cosa valía. El CGI, por su parte, es casi inexistente, lo cual es una bendición, pero hay un par de momentos en los que la película recurre a efectos digitales baratos, como cuando Baghead se mueve de manera sobrenatural, y el resultado es tan poco convincente que uno espera que la película corte a un plano de un actor con un disfraz de Power Rangers.
Lo mejor
- La dirección de Alberto Corredor: Un ejercicio de sadismo cinematográfico que convierte cada escena en una experiencia física y sensorial. Corredor demuestra un dominio absoluto del tempo narrativo, la iluminación y el montaje, creando una atmósfera de terror que te dejará con los nudillos blancos y el corazón en la garganta.
- La actuación de Ruby Barker: Una bengala en medio de la oscuridad, Barker se roba cada escena con su interpretación fresca, ácida y llena de matices. Es el tipo de actuación que salva a la película de caer en el abismo de la mediocridad y nos recuerda que, incluso en el terror más pretencioso, siempre hay espacio para un poco de humor negro.
- La fotografía de Cale Finot: Una obra maestra de claroscuros y planos subjetivos que convierte cada escena en un cuadro de Rembrandt pintado con sangre de pollo. Finot demuestra un dominio absoluto de la luz natural y crea una atmósfera tan táctil que uno puede sentir el moho y la podredumbre en la piel.
- La banda sonora de Ben Lovett: Una partitura hipnótica y aterradora que se clava en tu cerebro como un clavo oxidado. Lovett sabe cómo usar el silencio y la música para estrangular al espectador, creando una experiencia auditiva que es tan importante como la visual.
- El diseño de producción de Hattie Collins: Un mundo hermoso y grotesco que parece sacado de una pesadilla. La casa abandonada, los objetos antiguos y el vestuario ayudan a crear una sensación de aislamiento y claustrofobia que es esencial en el terror rural.
Lo peor
- La falta de originalidad en el guion: Baghead no aporta nada nuevo al género del terror rural. La premisa es tan vieja como el miedo a la oscuridad, y los diálogos oscilan entre lo poético y lo pretencioso, como si Lovecraft y Paulo Coelho hubieran escrito juntos un manual de autoayuda para víctimas de pesadillas.
- La actuación de Jeremy Irvine: Plana, aburrida y genérica, como si hubiera sido reemplazado por un maniquí de Abercrombie & Fitch. Su química con Freya Allan es inexistente, y su personaje es tan insulso que uno espera que la película lo mate solo para tener un poco de emoción.
- El diseño de Baghead: Una decepción tan grande que uno no puede evitar soltar una carcajada. En lugar de una criatura aterradora y original, lo que vemos es una máscara de látex que parece sacada de un episodio de Goosebumps, con unos ojos vacíos y una boca dibujada por un niño de cinco años.
- La duración y el ritmo: Aunque la película es corta, hay momentos en los que se siente lenta y repetitiva. Algunas escenas podrían haberse recortado sin perder nada de su impacto, y el tercer acto se siente apresurado, como si alguien hubiera recordado de repente que la película tenía que terminar.
- La falta de desarrollo de los personajes secundarios: Aparte de Ruby Barker, los personajes secundarios son tan planos que uno espera que la película los mate solo para tener un poco de variedad. El guion no se molesta en darles profundidad, y terminan siendo poco más que carne de cañón para el terror.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Baghead es una película que oscila entre lo sublime y lo ridículo, como si Mario Bava y Ed Wood hubieran decidido rodar juntos una película de terror rural con un presupuesto de tres duros y un montón de café. Alberto Corredor demuestra un talento indiscutible para la dirección, creando una atmósfera de terror que es tan física como psicológica, y su uso de la iluminación, la fotografía y el montaje es simplemente magistral. La actuación de Ruby Barker es una bengala en medio de la oscuridad, y la banda sonora de Ben Lovett es una obra maestra de suspense auditivo. Pero el guion, ese esqueleto podrido sobre el que se sostiene toda la película, es tan poco original que uno no puede evitar bostezar cada vez que los personajes abren la boca. Baghead es una película que te dejará con los nervios de punta, pero también con la sensación de que has visto todo esto antes, como si alguien hubiera reciclado los restos de The Witch y Hereditary y los hubiera servido en un plato frío. ¿Vale la pena verla? Si eres fan del terror rural y no te importa que te sir
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