Midsommar — Terapia de pareja sueca a plena luz del día
Ari Aster demuestra que no hay nada más terrorífico que un festival folk escandinavo, la codependencia emocional y los trajes de flores gigantes.
Ari Aster, ese enfant terrible del cine contemporáneo con una fijación casi freudiana por desmembrar no solo cuerpos, sino también las expectativas del espectador, nos entregó en 2019 Midsommar, una película que podría resumirse como "terapia de pareja + LSD + un manual de antropología escrito por H.P. Lovecraft". Producida por A24 —ese laboratorio de experimentos cinéfilos donde lo indie huele a pretensión y lo arthouse a colonia de diseñador—, la cinta se atreve a cometer el mayor sacrilegio del terror moderno: dejar de lado la oscuridad para abrazar la luz con un entusiasmo casi religioso. Aquí no hay sótanos húmedos ni linternas que se apagan en el momento menos oportuno; el horror de Midsommar es tan luminoso que quema la retina, tan saturado de colores pastel y cielos azules que uno casi puede oler el aroma a lavanda y a carne humana asada.
Una ruptura sentimental con antorchas, flores y sacrificios rituales
En esencia, Midsommar no es una película sobre una secta pagana que venera al sol y practica el incesto sagrado (aunque eso también). Es una comedia romántica de ruptura llevada al extremo más grotesco y poético imaginable, una suerte de "Antes del amanecer" dirigido por un David Lynch con resaca de shrooms y un máster en trauma psicológico. La trama sigue a Dani (Florence Pugh, en una actuación tan desgarradora que uno sospecha que la actriz firmó el contrato con lágrimas en lugar de tinta) y a su novio Christian (Jack Reynor, encarnando al arquetipo del hombre emocionalmente analfabeto que confunde "compromiso" con "aguantar el tipo mientras su novia llora en el baño").El viaje de la pareja a Hårga, una comuna sueca perdida en el tiempo donde el sol nunca se pone y los lugareños parecen salidos de un catálogo de IKEA con esteroides, comienza como un intento de Christian por "hacer algo bonito" después de que Dani sufra una tragedia familiar tan devastadora que el guion se niega a describirla con palabras (porque, seamos honestos, ¿qué frase podría capturar el horror de perder a tu familia en un accidente tan absurdo como brutal?). Junto a ellos viaja un grupo de amigos universitarios —todos antropólogos, porque, claro, ¿qué mejor manera de documentar una secta que con un puñado de académicos incapaces de leer las señales de peligro? Destaca Will Poulter, cuyo personaje, Mark, sirve como alivio cómico antes de convertirse en un plot device andante (y, eventualmente, en decoración para el altar de los dioses nórdicos).
Lo que comienza como un viaje de mochileros con setas alucinógenas y rituales folclóricos curiosos —"¡Oh, qué pintoresco, bailan alrededor de un árbol!"— se transforma rápidamente en una pesadilla de gerontocidio de alta fidelidad, bebidas con vello púbico y sacrificios que harían palidecer a los guionistas de Saw. Aster no tiene piedad: si en Hereditary (2018) nos torturó con el duelo y la culpa, aquí nos somete a una disección quirúrgica de la codependencia, donde el verdadero monstruo no es el culto pagano, sino la incapacidad humana de comunicarse sin autodestruirse.
Dirección y fotografía: cuando el sol quema más que el infierno
Ari Aster demuestra una vez más que es un maestro de la tensión atmosférica, pero en lugar de recurrir a los clichés del terror gótico —sombras alargadas, casas embrujadas, susurros en la oscuridad—, opta por lo opuesto: un sol implacable que lo inunda todo, una paleta de colores que parece sacada de un sueño psicodélico y una dirección de fotografía (a cargo de Pawel Pogorzelski) que convierte cada plano en un cuadro de Edvard Munch con esteroides.El uso de la luz natural en Midsommar es tan brillante que duele. Los cielos sobreexpuestos, los campos verdes que parecen extenderse hasta el infinito y los interiores bañados en una luz dorada y difusa crean una sensación de irrealidad onírica, como si estuviéramos viendo el mundo a través de los ojos de alguien que acaba de consumir una dosis masiva de hongos. Pero lo más perturbador no es la belleza visual, sino cómo Aster y Pogorzelski juegan con la distorsión óptica: los planos se alargan, los rostros se deforman sutilmente, y en más de una ocasión uno tiene la sensación de que el suelo se mueve bajo los pies de los personajes (y del espectador).
La banda sonora, compuesta por Bobby Krlic (alias The Haxan Cloak), refuerza esta atmósfera de malestar constante. No hay jump scares ni violines estridentes; en su lugar, Krlic opta por coros etéreos, zumbidos electrónicos y percusiones tribales que suenan como si estuvieran siendo tocadas por los propios habitantes de Hårga. El resultado es una sinfonía de incomodidad que acompaña cada escena como un presagio de lo que está por venir.
Actuaciones: Florence Pugh y el arte de llorar con convicción
Si hay algo que eleva Midsommar por encima del folk horror convencional, es el trabajo actoral, especialmente el de Florence Pugh. Dani no es una protagonista pasiva que grita y corre; es un personaje profundamente roto, cuya ansiedad y dolor se manifiestan en cada gesto, en cada lágrima, en cada respiración entrecortada. Pugh logra algo extraordinario: hace que el espectador sienta empatía por una mujer que, en circunstancias normales, nos parecería insoportable. Porque, seamos honestos, Dani es el tipo de persona que te agota en la vida real: llora en los peores momentos, se aferra a un novio que claramente no la quiere, y su idea de "superar" un trauma es unirse a un culto que baila desnudo alrededor de un árbol. Pero Pugh le da humanidad, y eso es lo que hace que su viaje —desde la víctima hasta la "Reina de Mayo"— sea tan fascinante como perturbador.Jack Reynor, por su parte, encarna a Christian con una pasividad tan irritante que uno entiende por qué los suecos de Hårga deciden sacrificarlo en un ritual. Christian no es un villano clásico; es el novio que se olvida de tu cumpleaños, que te acompaña a un viaje por obligación y que, cuando las cosas se ponen feas, se esconde detrás de un grupo de amigos aún más inútiles que él. Reynor logra transmitir esa indiferencia masculina que es, en última instancia, más aterradora que cualquier monstruo sobrenatural.
El resto del elenco cumple su función, aunque ninguno destaca tanto como Poulter, cuyo Mark es el único que parece darse cuenta de que algo huele mal en Hårga (literalmente, en un momento dado). Los habitantes de la comuna, interpretados por actores suecos que parecen sacados de un documental sobre la vida rural en el siglo XVIII, aportan ese aire de autenticidad inquietante que hace que el culto parezca menos una invención de guionista y más una secta real que podría estar esperando en algún pueblo perdido de Dalarna.
Temas y sátira: el horror de lo políticamente correcto
Más allá de los sacrificios rituales y las alucinaciones inducidas por drogas, Midsommar es una crítica feroz a la falta de empatía en las relaciones modernas, especialmente en las dinámicas de pareja heterosexuales. Christian y sus amigos antropólogos son el ejemplo perfecto de la indiferencia académica y la masculinidad tóxica: hombres que estudian culturas ajenas sin entenderlas, que viajan a lugares remotos por curiosidad intelectual pero son incapaces de conectar emocionalmente con quienes los rodean.La película también se burla de la idealización de lo "natural" y lo "tradicional". Los habitantes de Hårga viven en armonía con la naturaleza, practican el incesto sagrado y veneran a sus ancianos... hasta que deciden que es hora de sacrificarlos en un ritual de nueve días. Aster no juzga abiertamente su estilo de vida, pero muestra sus contradicciones con una ironía mordaz: ¿realmente es más "puro" un culto que quema vivos a sus miembros en un templo de madera que una sociedad capitalista que explota a sus trabajadores? La respuesta, como todo en Midsommar, es ambigua y perturbadora.
Comparaciones cinéfilas: de The Wicker Man a Eyes Wide Shut
No es ningún secreto que Midsommar bebe de fuentes clásicas del folk horror, especialmente de The Wicker Man (1973), esa joya británica donde un policía ingenuo descubre que los habitantes de una isla escocesa tienen planes muy especiales para él. Pero mientras que la película de Robin Hardy es una alegoría religiosa con un final icónico, Aster lleva el subgénero a un territorio más psicológico y visceral.También hay ecos de Eyes Wide Shut (1999) de Kubrick, en la forma en que explora la fragilidad de las relaciones de pareja y la hipocresía sexual. Pero donde Kubrick opta por el misterio y la ambigüedad, Aster no tiene reparos en mostrar el horror en toda su crudeza: si en Eyes Wide Shut el ritual secreto es una orgía elegante, en Midsommar es una fiesta de sangre, semen y pieles de oso.
Y, por supuesto, está el componente psicodélico, que recuerda a películas como Altered States (1980) o Enter the Void (2009), donde las drogas no son un mero plot device, sino una herramienta para desgarrar la realidad y exponer los miedos más profundos de los personajes.
El ritmo: ¿obra maestra o siesta inducida?
Aquí es donde Midsommar divide a la audiencia. Con un metraje de dos horas y media, la película exige paciencia, y no todos están dispuestos a concedérsela. Si buscas un slasher de ritmo frenético como Scream o The Texas Chainsaw Massacre, los paseos por la pradera, los cánticos rúnicos y las escenas de danza folclórica te van a parecer interminables. Aster no tiene prisa por llegar al clímax; prefiere construir la tensión gota a gota, como un veneno de acción lenta.Para algunos, esto es cine de autor en su máxima expresión; para otros, es una prueba de resistencia. Pero incluso en sus momentos más lentos, Midsommar nunca pierde su capacidad de perturbar y fascinar, gracias a su dirección impecable, su fotografía hipnótica y su guion lleno de diálogos incómodos (como esa escena en la que Christian intenta escribir su tesis sobre "la masculinidad en crisis" mientras Dani llora en el baño).
El final: ¿liberación o sumisión?
Sin spoilers, el clímax de Midsommar es tan impactante como ambiguo. Dani, tras pasar por un infierno emocional y físico, encuentra una especie de paz en la pertenencia al culto, pero ¿es esto una liberación o una rendición? Aster no da respuestas fáciles: por un lado, Dani parece feliz por primera vez en la película, sonriendo entre lágrimas mientras los habitantes de Hårga la coronan como su reina; por otro, su sonrisa es demasiado amplia, demasiado forzada, como si estuviera atrapada en un éxtasis inducido por drogas o por la aceptación de un destino que, en el fondo, sabe que es monstruoso.Es un final que genera debate, y eso es lo que lo hace brillante. ¿Dani ha encontrado una familia que la ama incondicionalmente, o simplemente ha cambiado un tipo de opresión por otro? La película no lo aclara, y quizá esa sea su mayor virtud: nos obliga a cuestionar nuestras propias nociones de libertad, felicidad y pertenencia.
Lo mejor
- Florence Pugh y su capacidad para llorar sin derramar una sola lágrima falsa: Si el Oscar a Mejor Actriz se diera por sufrimiento físico y emocional, Pugh tendría una estantería llena. Su interpretación es tan realista que uno casi puede oler el sudor de la ansiedad en cada escena.
- La fotografía de Pawel Pogorzelski: cuando el sol se convierte en tu peor enemigo: Cada plano es una obra de arte perturbadora, como si Van Gogh hubiera pintado un campo de girasoles después de tomar ayahuasca. El uso del color y la luz es tan efectivo que uno sale del cine con dolor de cabeza... y no precisamente por el volumen.
Lo peor
- El ritmo de siesta veraniega: Si tu idea de diversión es ver a un grupo de académicos pasear por un prado durante dos horas mientras consumen hongos, esta es tu película. Si no, prepárate para mirar el reloj cada cinco minutos como si estuvieras en una reunión de trabajo aburrida.
El Veredicto de Claqueta Ácida (8.5/10)
Midsommar es esa película incómoda que te deja con una sonrisa congelada en la cara, como si acabaras de salir de una sesión de terapia grupal donde todos han compartido sus traumas menos tú. Ari Aster demuestra que el verdadero horror no está en los monstruos bajo la cama, sino en la incapacidad humana de comunicarse sin destruirse mutuamente, y lo hace con una estética tan hipnótica que uno casi perdona los 150 minutos de ritmo letárgico. Es una obra maestra del folk horror moderno, una sátira social disfrazada de pesadilla psicodélica y, sobre todo, una película que te hará mirar con recelo a cualquier grupo de personas vestidas de blanco bailando alrededor de un árbol. Si el infierno existe, probablemente sea un festival de solsticio sueco donde el sol nunca se pone y los novios tóxicos son sacrificados en nombre de la "comunidad". 8.5/10, y un ramo de flores marchitas en memoria de tu cordura.🎬 Tráiler Oficial
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