Asesinos natos — Oliver Stone filma un videoclip desquiciado sobre la violencia mediática
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Estrenada en 1994 bajo una tormenta de censuras, debates parlamentarios y acusaciones de incitar a crímenes de imitación en la vida real, Asesinos natos (Natural Born Killers) representa el momento en que el siempre panfletario e histriónico director Oliver Stone decidió coger un guion original de Quentin Tarantino, meterlo en una batidora saturada de psicotrópicos, televisión y MTV, y arrojar el resultado a la cara de una sociedad hipnotizada por el sensacionalismo de la pequeña pantalla.
La película es un asalto sensorial despiadado, un experimento formal desquiciado que mezcla celuloide de 35mm, 16mm, video de alta definición, animación y proyecciones de fondo psicodélicas para filmar la cruzada asesina y romántica de dos monstruos creados por y para los medios de comunicación.
Mickey y Mallory: Los Bonnie & Clyde de la era de la televisión por cable
La trama sigue a Mickey Knox (Woody Harrelson en una actuación perturbadora de psicópata carismático) y Mallory Knox (Juliette Lewis en una de sus interpretaciones más salvajes e impredecibles), una pareja de asesinos en serie que recorre la Ruta 66 dejando tras de sí un rastro de cincuenta y dos cadáveres, pero teniendo siempre la precaución de dejar vivo a un testigo para que relate su gesta a la prensa.
Lejos de presentarlos como monstruos repudiables, la película los retrata a través del prisma del circo mediático liderado por Wayne Gale (un impagable Robert Downey Jr. con acento australiano y una histeria de reportero sensacionalista espectacular), quien presenta el show televisivo de crímenes reales American Maniacs. Para la televisión, Mickey y Mallory no son asesinos; son estrellas de rock con colmillos, héroes rebeldes de la audiencia adolescente insensibilizada por el flujo constante de imágenes de guerra y violencia del telediario.
La gran genialidad de la puesta en escena de Stone es rodar el espantoso abuso infantil que sufre Mallory en su hogar familiar bajo el formato de una telecomedia de situación de los años 50 (“I Love Mallory”), risas enlatadas y aplausos del público de fondo incluidos. Es una de las secuencias más incómodas, valientes y demoledoras del cine americano moderno, una bofetada al espectador que anestesia la tragedia real mediante el formateado del espectáculo televisivo.
Un collage formal saturado de ruido estático
Estéticamente, la película es un monumento barroco y descontrolado. Stone cambia de formato de película a mitad de secuencia, proyecta imágenes de demonios y desastres naturales en las paredes del fondo, tiñe la iluminación de verdes y cianes fluorescentes, e introduce cortes de edición vertiginosos que imitan la saturación de ruido estático y el cambio constante de canal de un adolescente con el mando a distancia.
La banda sonora, montada por Trent Reznor (Nine Inch Nails), es una obra de arte por derecho propio, un collage industrial que acompaña la locura desértica de la pareja de forma impecable. Pero bajo este torrente sensorial abrumador, la crítica de Oliver Stone a los medios de comunicación carece de la más mínima sutileza. Stone grita su mensaje con megáfono durante dos horas: la prensa es cómplice de la violencia por buscar el índice de audiencia, y la audiencia es culpable de desearla.
Lo mejor
- El desquiciado virtuosismo visual y la experimentación formal con múltiples formatos de película.
- Las salvajes e magnéticas interpretaciones de Woody Harrelson y Juliette Lewis.
- La demoledora secuencia del abuso familiar filmada bajo el formato de sitcom con risas enlatadas.
Lo peor
- La alarmante falta de sutileza en el mensaje político y social de Oliver Stone, que a veces resulta didáctico y repetitivo.
- El guion original de Tarantino fue tan sumamente alterado y deformado por Stone que el propio Tarantino acabó desautorizando la película, lo que se nota en tramos de la segunda mitad que carecen del ritmo de los diálogos característicos del autor de Pulp Fiction.
- Un metraje excesivo en la sección de la prisión que se hace plomizo por su sobredosis de violencia carcelaria gratuita.
El Veredicto de Claqueta Ácida (7.5/10)
Asesinos natos es una de las sátiras más violentas, ruidosas y formalmente arriesgadas del Hollywood de los años 90. Oliver Stone firma un videoclip desquiciado e incómodo que, a pesar de gritar su mensaje contra los medios con la sutileza de un martillo hidráulico, nos regala un torrente de secuencias de una fuerza visual innegable. Cine de género descontrolado, analógico, ruidoso y provocador.