PUFA 2026 — Día 2 - Nostalgia y Descubrimientos Sobresalientes
El segundo día del festival de cine de género PUFA 2026 en Valladolid reúne clásicos perturbadores como '¿Quién puede matar a un niño?' con descubrimientos emocionantes como 'Went Up the Hill'.
CRÓNICA: PUFA 2026 – Día 2: Entre clásicos perturbadores y heridas del alma (o cómo el cine nos recuerda que el infierno está pavimentado con buenas intenciones)
El segundo día de la tercera edición de Pucela Fantástica (PUFA) ha confirmado lo que ya sospechábamos: este festival no es un simple escaparate de monstruos y efectos prácticos, sino un quirófano cinematográfico donde se diseccionan las peores pesadillas de la humanidad con bisturí de celuloide. En Valladolid, ciudad que huele a vino y a folclore castellano, el cine de género se ha convertido en el único exorcismo válido contra la mediocridad. Y vaya si lo han logrado: entre un clásico que sigue sangrando por las costuras y una nueva película que parece un experimento fallido de autopsia emocional, el PUFA 2026 ha demostrado que, cuando se trata de terror, España sigue siendo el país donde hasta los niños saben más de crueldad que los adultos.
🕰️ 16:30 h – ¿Quién puede matar a un niño?: El sol que quema la conciencia
No es exagerado decir que ¿Quién puede matar a un niño? (1976) es una de esas películas que deberían proyectarse con aviso de contenido traumático, como los paquetes de tabaco. Dirigida por Narciso Ibáñez Serrador, un hombre que entendía el terror como un virus contagioso, esta obra maestra del horror social español sigue siendo tan incómoda hoy como lo fue en su estreno, cuando la censura franquista aún olía a naftalina y la moral católica intentaba tapar con un velo de hipocresía lo que el cine ya mostraba sin pudor.

La proyección en el PUFA fue un acto de devoción cinéfila, pero también un recordatorio de que el terror no envejece: se pudre, como un cadáver al sol. La presencia de Alejandro Ibáñez Nauta, hijo del director, añadió un toque de melancolía necrófila al evento. Escuchar anécdotas sobre cómo su padre rodó escenas con niños reales (sí, esos mismos que luego masacrarían a los adultos en pantalla) mientras el público reía nervioso fue como asistir a un ritual de expiación colectiva. Porque, seamos honestos: ¿Quién puede matar a un niño? no es solo una película sobre niños asesinos, sino sobre la culpa de los adultos, sobre esa generación que permitió que el mundo se convirtiera en un lugar donde los inocentes se transforman en verdugos.
#### Dirección: El maestro de la incomodidad
Ibáñez Serrador no dirigía películas; las incubaba. Su estilo, heredero del suspense hitchcockiano pero con un toque de sordidez ibérica, convierte cada plano en una trampa. La isla de Altea, bañada por un sol que parece ácido derramado sobre la película, es el escenario perfecto para un horror que no necesita monstruos: le basta con la mirada vacía de un niño que sostiene un cuchillo. La secuencia inicial, con imágenes de archivo de guerras y hambrunas, no es un simple prólogo: es un juicio sumarísimo contra la humanidad. Y el veredicto es claro: nosotros somos los monstruos.
#### Fotografía: El sol como verdugo
La fotografía de José Luis Alcaine (sí, el mismo que luego iluminaría El laberinto del fauno) es una tortura visual. El contraste entre la luz cegadora del Mediterráneo y las sombras alargadas de los personajes crea una atmósfera de pesadilla diurna, donde hasta el aire parece cargado de amenaza. Los planos generales de la isla, con esos niños jugando como si fueran pequeños demonios en un patio de recreo, son tan hermosos como aterradores. Ibáñez Serrador y Alcaine entendieron algo que el cine moderno ha olvidado: el horror no necesita oscuridad para existir.
#### Banda sonora: El silencio que grita
La música de Waldo de los Ríos es minimalista, casi ausente, pero cuando aparece, lo hace como un latigazo. El tema principal, con su melodía infantil distorsionada, es el equivalente sonoro a una cuchara raspando un plato de porcelana. Y luego está el silencio. Oh, el silencio. En ¿Quién puede matar a un niño?, el silencio no es la ausencia de sonido, sino el sonido de la culpa. Cuando los adultos gritan, nadie los escucha. Cuando los niños ríen, el mundo se detiene. Esa es la verdadera banda sonora de la película: el eco de nuestra propia cobardía.
#### Actuaciones: Niños que saben demasiado
Los actores infantiles de la película no actúan: existen. No hay nada más aterrador que un niño que mira fijamente a la cámara con una sonrisa que no llega a los ojos. Lewis Fiander y Prunella Ransome, como la pareja de turistas atrapados en la isla, encarnan a la perfección el pánico de los adultos ante lo incomprensible. Su actuación es torpe, casi amateur, pero eso es precisamente lo que la hace tan efectiva: son víctimas, no héroes, y su desesperación es tan real que duele.
🌃 21:30 h – Went Up the Hill: El fantasma que nadie invitó (y todos merecíamos)
Si ¿Quién puede matar a un niño? es un clásico que duele por lo que muestra, Went Up the Hill es una película que duele por lo que no muestra. Dirigida por Samuel Van Grinsven, un nombre que hasta ayer sonaba a error de pronunciación en un festival de cortos australianos, esta cinta se presentó como la gran revelación de la Sección Oficial del PUFA 2026. Spoiler: no lo es. Lo que sí es, en cambio, es un ejercicio de autocomplacencia pretenciosa disfrazado de terror psicológico.

La trama, por llamarla de alguna manera, sigue a un hombre (interpretado por Dacre Montgomery, el mismo que hizo de Billy en Stranger Things y que aquí parece estar audicionando para el papel de "hombre con trauma" en un taller de actores) que regresa a su pueblo natal para enfrentarse a los fantasmas del pasado. Literalmente. Porque, claro, en Went Up the Hill los fantasmas no son metáforas: son entes pegajosos con mala circulación que susurran cosas ininteligibles y aparecen en los espejos cuando el protagonista se está lavando los dientes. Qué original.
#### Dirección: El minimalismo como excusa
Van Grinsven parece obsesionado con la idea de que menos es más, pero en su caso, menos es simplemente menos. La película avanza a un ritmo que haría parecer a 2001: Una odisea del espacio un videoclip de TikTok, con planos estáticos de paisajes rurales que duran lo suficiente como para que el espectador empiece a preguntarse si se ha quedado dormido. El director abusa del falso suspense, ese recurso barato que consiste en mostrar algo fuera de plano y luego cortar a un primer plano del protagonista con cara de haber olido algo podrido.
Hay una secuencia en la que Montgomery camina por un bosque mientras la cámara lo sigue en un plano secuencia interminable. ¿El problema? Que no pasa nada. Absolutamente nada. Es como si Van Grinsven hubiera confundido tensión con aburrimiento, y hubiera decidido que el espectador debía sufrir tanto como el personaje. Spoiler: no funciona.
#### Fotografía: Grises, más grises y algún que otro marrón
La fotografía de Marty Scope es tan anodina que parece sacada de un catálogo de IKEA. Todo son tonos terrosos, luces mortecinas y sombras que no ocultan nada porque, al parecer, nada hay que ocultar. El diseño de producción es igual de inspirado: casas rurales con muebles de madera maciza, chimeneas que nunca se encienden y un pueblo que parece abandonado por Dios y por el departamento de arte. Si el objetivo era crear una atmósfera opresiva, el resultado es más bien deprimente, como un domingo por la tarde en un pueblo sin cobertura.
#### Banda sonora: El sonido de la nada
La música de Jed Palmer es tan discreta que podrías olvidar que existe. Cuando aparece, lo hace en forma de notas sueltas de piano que suenan como si alguien estuviera aprendiendo a tocar con un manual de "Cómo componer música de terror para dummies". El diseño de sonido, por su parte, es pretencioso hasta la náusea: susurros ininteligibles, pasos que no llevan a ninguna parte y un silencio tan denso que parece hecho de algodón de azúcar podrido.
#### Actuaciones: Trauma, trauma y más trauma
Dacre Montgomery hace lo que puede con un personaje que parece escrito por alguien que acaba de descubrir qué es el psicoanálisis. Su interpretación oscila entre el mutismo catatónico y el grito desesperado, como si alguien le hubiera dicho que el trauma se expresa así y él hubiera decidido seguir el manual al pie de la letra. Vicky Krieps, que en otras películas ha demostrado ser una actriz formidable, aquí parece perdida en un guión que no le da nada que hacer. Su personaje, una mujer misteriosa con un pasado aún más misterioso, es tan unidimensional que bien podría ser un holograma.
Conclusión: Un día de contrastes (o cómo el cine puede ser sublime o insoportable en 24 horas)
El segundo día del PUFA 2026 ha sido un recordatorio de que el cine de género es como un bufé libre: hay platos que te dejan sin aliento y otros que te hacen preguntarte quién demonios los ha cocinado. ¿Quién puede matar a un niño? sigue siendo una obra maestra incómoda, un espejo que nos devuelve nuestra propia crueldad disfrazada de inocencia. Went Up the Hill, en cambio, es un fracaso pretencioso, una película que confunde el silencio con la profundidad y el aburrimiento con la tensión.
Pero, al fin y al cabo, eso es lo que hace grande a un festival como el PUFA: la capacidad de generar debate, incluso cuando el debate es sobre por qué una película es tan mala que duele. Porque, seamos honestos, en un mundo donde el cine comercial nos vende emociones enlatadas y finales felices con envoltorio de celofán, hasta una película mala puede ser más honesta que mil blockbusters.
Lo mejor
- El legado de Ibáñez Serrador: Que alguien le diga a Hollywood que el terror no necesita jump scares para ser aterrador.
Lo peor
- La dirección de Van Grinsven: Menos es más, pero nada es nada.
El Veredicto de Claqueta Ácida (0/10)
Went Up the Hill es la clase de película que te hace preguntarte si el director confundió el festival de cine con una sesión de terapia grupal. Con un guión que parece escrito por un algoritmo de tropes de terror indie, actuaciones que oscilan entre lo soporífero y lo ridículo, y una dirección que confunde el aburrimiento con la profundidad, esta cinta es el equivalente cinematográfico a mirar pintura secarse en una habitación sin ventanas. Si el PUFA quería demostrar que el cine de género sigue vivo, Went Up the Hill es la prueba de que, a veces, lo único que resucita es el cadáver de nuestras expectativas. 0/10, y eso que el cero es generoso.📸 Galería de imágenes
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