¿Quién puede matar a un niño? — El terror que los niños no deberían ver (y los adultos tampoco)
Chicho Ibáñez Serrador firma esta pesadilla española donde los niños son el monstruo. ¿Inocencia corrompida o maldad pura? Claqueta Ácida disecciona este clásico maldito.
El celuloide se quema con la lentitud de un verano eterno en Almanzora, ese pueblo maldito donde el sol abrasa más que la culpa y los niños sonríen como si acabaran de descubrir el secreto más oscuro del universo. Chicho Ibáñez Serrador, ese mago de la televisión española que nos regaló pesadillas enlatadas como Historias para no dormir, decidió en 1976 que era buen momento para recordarnos que la inocencia es solo un disfraz barato. Y vaya si lo logró. ¿Quién puede matar a un niño? no es solo una película de terror, es un espejo roto donde España, recién salida del franquismo, se miraba con miedo a sí misma. ¿Qué hay más aterrador que un niño sin supervisión? Un pueblo entero de ellos, claro, armados con la impunidad de quien aún no sabe que matar está mal… o peor, de quien ya lo sabe y le da igual.
El contexto no podría ser más jugoso. Estamos en la España de los 70, ese país que intentaba sacudirse el polvo de la dictadura mientras los cines se llenaban de spaghetti westerns y películas de destape. En medio de ese panorama, Ibáñez Serrador —un tipo que entendía el terror como pocos— decidió que era hora de exportar el miedo español. No el de los fantasmas de la Guerra Civil, no el de la represión política, sino algo mucho más universal: el miedo a lo que no tiene explicación. Y qué mejor que unos niños asesinos, esos seres que deberían ser angelicales pero que, en manos de Chicho, se convierten en algo peor que demonios. Porque los demonios, al menos, tienen reglas. Estos críos no.
La película llega en un momento en que el terror europeo estaba en plena efervescencia. Mientras Dario Argento desangraba a sus víctimas en Technicolor y Roman Polanski nos recordaba que el diablo también tiene cara de niña en El bebé de Rosemary, Ibáñez Serrador optó por algo más sucio, más cercano. No hay efectos especiales ni monstruos de maquillaje, solo el terror puro de lo cotidiano convertido en pesadilla. Y eso, queridos lectores, es lo que duele de verdad. Porque ¿Quién puede matar a un niño? no necesita un villano con máscara ni un asesino en serie con trauma infantil. Le basta con la sonrisa de un niño que acaba de apuñalar a un adulto con la misma naturalidad con la que pediría un caramelo.
Pero no nos engañemos, esta no es una película sobre niños. Es una película sobre nosotros, los adultos, esos seres patéticos que creen tener el control hasta que la realidad les recuerda que no son más que presas fáciles. Lewis Fiander y Prunella Ransome, esos dos turistas ingleses perdidos en la España profunda, son el reflejo perfecto de nuestra arrogancia. Llegan a Almanzora como si el mundo les debiera algo, como si su mera presencia bastara para que todo funcionara como en una postal. Y entonces, el pueblo les devuelve la mirada. Una mirada que no pide permiso, que no negocia, que simplemente toma. Y ahí está el genio de Ibáñez Serrador: en convertir lo que debería ser un paraíso vacacional en un infierno del que no hay escapatoria.
La dirección: Cuando el silencio es más aterrador que los gritos
Chicho Ibáñez Serrador no era un director al uso. No le interesaban los planos secuencia ni los movimientos de cámara virtuosos. Lo suyo era el terror psicológico, ese que se cuela por las rendijas de la mente y se queda ahí, pudriéndose. En ¿Quién puede matar a un niño?, la dirección es tan sobria que duele. No hay música que avise de que algo malo va a pasar, no hay planos subjetivos que nos pongan en la piel del asesino. Hay, simplemente, el peso del silencio. Un silencio que se rompe con risas infantiles, con el crujido de una rama bajo los pies de un niño, con el sonido de un cuerpo al caer al agua. Ibáñez Serrador entiende que el terror no necesita adornos. Basta con mostrar a un grupo de niños jugando al fútbol en la playa mientras, a lo lejos, un adulto corre desesperado. Y entonces, la cámara se queda quieta. Y espera. Y el espectador, como el pobre Fiander, se da cuenta de que no hay salida.
El uso del espacio es magistral. Almanzora no es un pueblo, es una trampa. Las calles estrechas, las casas blancas, el mar que debería ser sinónimo de libertad pero que aquí se convierte en una tumba líquida. Ibáñez Serrador filma todo con una frialdad casi documental, como si estuviera registrando un experimento social en lugar de una película de terror. Y en cierto modo, lo es. Porque ¿Quién puede matar a un niño? es un experimento sobre qué pasa cuando se elimina la moral adulta de la ecuación. Spoiler: nada bueno.
Las actuaciones: Cuando el pánico es el mejor actor
Si hay algo que salva a esta película de caer en el ridículo —y créannos, con un argumento así, el ridículo acecha en cada esquina— son las actuaciones. Lewis Fiander es, sencillamente, brillante. No porque haga nada especialmente memorable, sino porque su interpretación es tan real que duele. No es el héroe que lucha contra el mal, ni el padre protector que intenta salvar a su familia. Es un hombre común, un turista perdido que de repente se ve atrapado en una pesadilla de la que no puede despertar. Su actuación es pura vulnerabilidad, un recordatorio de que, cuando el terror aprieta, todos somos igual de patéticos.
En el otro extremo, tenemos a los niños. Y aquí es donde Ibáñez Serrador demuestra su genio. No hay sobreactuación, no hay miradas demoníacas ni risas siniestras de manual. Los niños de Almanzora son normales. Juegan, ríen, se pelean. La única diferencia es que, cuando deciden matar a alguien, lo hacen con la misma naturalidad con la que pedirían un helado. No hay drama, no hay remordimientos. Solo acción. Y eso, queridos lectores, es lo que hace que esta película sea tan aterradora. Porque el mal no siempre lleva máscara. A veces, lleva coletas.
El apartado técnico: Cuando lo sencillo asusta más que lo espectacular
En una época en la que el terror se medía por litros de sangre falsa y efectos prácticos cada vez más elaborados, ¿Quién puede matar a un niño? apuesta por lo contrario: menos es más. La fotografía de José Luis Alcaine es funcional, casi austera, pero eso no la hace menos efectiva. Los planos son limpios, sin florituras, como si la cámara estuviera documentando un suceso real en lugar de una película. Y esa es, precisamente, su mayor virtud. Porque cuando el terror es real, no necesita adornos.
El guion, escrito por el propio Ibáñez Serrador, es otro de los puntos fuertes. No hay diálogos innecesarios, no hay explicaciones forzadas. Todo fluye con una naturalidad que, irónicamente, resulta siniestra. Los personajes hablan como lo harían en la vida real, sin monólogos grandilocuentes ni revelaciones dramáticas. Y eso hace que el terror sea aún más palpable. Porque en la vida real, el mal no se anuncia con música de órgano. Simplemente, ocurre.
La banda sonora, o más bien la ausencia de ella, es otro acierto. Ibáñez Serrador entiende que el silencio es el mejor aliado del terror. No hay violines que avisen de que algo malo va a pasar, no hay coros de niños cantando canciones macabras. Solo el sonido ambiente: el viento, las olas, las risas de los niños. Y de vez en cuando, un grito ahogado. Eso es todo lo que necesita.
Lo mejor
- La dirección de Chicho Ibáñez Serrador: Un ejercicio de terror psicológico puro, donde lo que no se muestra asusta más que lo que se ve.
- La actuación de Lewis Fiander: Un hombre común atrapado en una pesadilla, interpretado con una vulnerabilidad que duele.
- La fotografía de José Luis Alcaine: Austera pero efectiva, como debe ser el terror cuando es real.
- El guion: Sin diálogos innecesarios ni explicaciones forzadas. El mal no necesita justificación.
- El uso del silencio: La ausencia de música hace que cada sonido, cada risa, cada grito, resuene con una fuerza demoledora.
Lo peor
- El ritmo en algunos momentos: Hay escenas que se alargan más de lo necesario, como si la película no supiera muy bien cómo avanzar.
- La falta de desarrollo de los niños: Aunque su normalidad es aterradora, algunos personajes infantiles podrían haber tenido más matices.
- El final: Sin spoilers, digamos que es demasiado abrupto. Como si Ibáñez Serrador hubiera decidido que ya había torturado suficiente al espectador y cortara por lo sano.
- La química entre los protagonistas: Fiander y Ransome no terminan de convencer como pareja, lo que resta credibilidad a algunas escenas.
- La falta de contexto histórico: La película ignora por completo el franquismo, lo que podría haber añadido una capa extra de terror político.
El Veredicto de Claqueta Ácida
¿Quién puede matar a un niño? es una de esas películas que se clavan en la memoria como una astilla bajo la uña. No es perfecta —le sobran minutos, le falta desarrollo en algunos personajes—, pero tiene algo que pocas películas de terror pueden presumir: es aterradora sin recurrir a trucos baratos. Ibáñez Serrador entendió que el verdadero terror no está en lo que se ve, sino en lo que se intuye. Y en Almanzora, lo que se intuye es que nadie está a salvo. Ni los turistas, ni los niños, ni siquiera el espectador, que se queda con la incómoda sensación de que, en el fondo, todos llevamos un monstruo dentro. O peor: que el monstruo siempre ha sido un niño. Y los niños, como bien sabemos, nunca pierden. 💀
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