Quien a hierro mata — La venganza como poesía sangrienta (y un poco torpe)
Paco Plaza nos regala un thriller gallego con más bilis que brillo, donde Luis Tosar brilla entre un guion que cojea y una violencia que sabe a poco. ¿Venganza o simple rutina?
La niebla gallega nunca había sido tan espesa, ni tan cargada de resentimiento, como en Quien a hierro mata, la incursión de Paco Plaza en el thriller de venganza rural. El director de [REC] —ese cirujano del terror patrio que convirtió un plano secuencia de una escalera comunitaria en un infierno claustrofóbico e inolvidable— decide aquí aparcar los fantasmas del más allá y las posesiones demoníacas para adentrarse en los abismos de la carne, el hueso y el rencor acumulado durante décadas. Plaza se mete de lleno en un terreno pantanoso, un género que coquetea constantemente con el melodrama criminal y la tragedia de tintes griegos. El resultado es un largometraje tan asfixiante como magnético que, aunque por el camino sufra algún que otro gatillazo de ritmo y tropiece con ciertos vicios del cine de sobremesa, logra mantenerse en pie como una obra notable gracias a un apartado visual apabullante y a unas interpretaciones que justifican por sí solas el precio de la entrada. Pero vayamos por partes, que esto merece un análisis con bisturí quirúrgico, no con machete de carnicero.
Contexto: La fiebre del thriller rural gallego
Para entender el calado de Quien a hierro mata, es obligatorio situarla en su contexto temporal. Corría el año 2019 y el cine español vivía sumergido en una suerte de romance oscuro con la periferia y la España húmeda. Desde el impacto de la soberbia Tarde para la ira (2016) de Raúl Arévalo, el thriller nacional pareció entender que no hacía falta imitar los rascacielos de Hollywood para generar tensión; bastaba con una escopeta de caza, un bar de carretera con olor a fritanga y un rencor cocinado a fuego lento durante un par de generaciones. Galicia, con su geografía abrupta, su mística de rías bajas y esa sombra perenne del narcotráfico que ha marcado su historia reciente, era el escenario idóneo para que Paco Plaza diera su siguiente paso evolutivo tras el rotundo éxito comercial y crítico de Verónica (2017).
La premisa, escrita a cuatro manos por Jorge Guerricaechevarría y Juan Galiñanes, es un caramelo trágico digno de Shakespeare: Mario (un colosal Luis Tosar), un enfermero modélico, bondadoso y a punto de ser padre por primera vez, trabaja en una acogedora residencia de ancianos gallega. Su apacible rutina salta por los aires cuando ingresa en el centro Antonio Padín (un imponente Xan Cejudo), el indiscutible y temido patriarca de un clan de narcotraficantes locales que ahora, mermado por una enfermedad degenerativa y terminal, depende por completo de los cuidados de los demás. La ironía del destino coloca el botón de la vida y de la muerte del verdugo en manos de una de sus víctimas del pasado. La venganza se presenta entonces como un plato frío, servido en una jeringuilla y dosificado entre las sábanas de un hospital. El problema no reside en esta potente semilla narrativa, sino en cómo el guion decide regarla durante el nudo de la historia.
Dirección: Plaza entre la niebla y la carne
Paco Plaza demuestra que posee un pulso de hierro para filmar la degradación moral. El director catalán filma la violencia física y psicológica con una sequedad que asusta; aquí no hay coreografías estilizadas al estilo John Wick, sino forcejeos sudorosos, respiraciones entrecortadas y una incomodidad constante que traspasa la pantalla. Plaza huye del costumbrismo grisáceo y plano para construir una atmósfera enfermiza. Hay secuencias brutales, como el destino de un perro que sirve como aviso o las escaramuzas en la costa gallega, que se resuelven con una contundencia física que impacta directamente en el estómago del espectador.
Sin embargo, el ritmo general de la obra se resiente en su tramo intermedio. Da la sensación de que, una vez presentadas las cartas sobre la mesa, la película se estanca en una serie de intrigas secundarias relacionadas con el narcotráfico y los problemas financieros de los hijos de Padín que ya hemos visto mil veces en la pequeña y gran pantalla (desde Fariña hasta cualquier telefilm genérico). En esos minutos, la tensión decae y el guion avanza a trompicones, como si no supiera muy bien cómo rellenar el espacio de tiempo que separa la brillante introducción del demoledor e inevitable clímax final. Afortunadamente, Plaza recupera las riendas en los últimos veinte minutos, firmando un desenlace de una negrura implacable y coherente que rescata cualquier bache narrativo previo.
Reparto: Un Tosar soberbio y el torbellino de Enric Auquer
Si hay algo que eleva a Quien a hierro mata por encima de la media del género y consolida su notable valoración, es su espectacular elenco actoral. Hablar de Luis Tosar a estas alturas es llover sobre mojado; el actor lucense maneja la contención dramática con una maestría asombrosa. Su Mario es un personaje trágico en el sentido más clásico: un hombre esencialmente bueno que decide asomarse al abismo y termina siendo devorado por él. Tosar no necesita gesticular en exceso ni recurrir a gritos histriónicos; le basta con esa mirada gélida, poblada por unas cejas imponentes, y esos silencios cargados de bilis para transmitir la progresiva deshumanización de su personaje.
Pero la verdadera revelación, el torbellino eléctrico que sacude la película cada vez que hace acto de presencia en el encuadre, es Enric Auquer. Su interpretación de Kike, el hijo menor y desbocado del clan Padín, es un absoluto recital de magnetismo y fragilidad sociópata. Auquer huye de la caricatura fácil del matón de discoteca para regalarnos a un personaje repleto de aristas: un chiquillo inmaduro, impulsivo, devorado por la alargada sombra de su padre y por un pánico atroz a acabar entre rejas. Cada escena suya es un derroche de tensión; el espectador nunca sabe si Kike va a estallar en un ataque de risa nerviosa o si va a apretar el gatillo contra el primero que se le cruce por delante. Auquer se adueña de la función con una naturalidad salvaje que le valió, con total justicia, el Premio Goya a Mejor Actor Revelación en su año.
A su lado, el veterano Xan Cejudo realiza una labor titánica de pura economía gestual. Postrado en una silla de ruedas, sin apenas poder articular palabra debido a la enfermedad de su personaje, Cejudo sostiene el duelo dramático frente a Tosar utilizando únicamente la expresividad de unos ojos cansados, cargados de una sabiduría criminal que ni la inminencia de la muerte puede apagar. Es una pena que el resto de secundarios, como los personajes femeninos interpretados por María Vázquez o María Luisa Mayol, queden reducidos a meros arquetipos de apoyo (la esposa sufridora e ignorante de la doble vida de su marido, o la fría estratega del clan), sin el espacio suficiente para desarrollar la misma tridimensionalidad que bendice a los protagonistas masculinos.
Apartado técnico: La Galicia de Pablo Rosso
En el terreno puramente formal, Quien a hierro mata roza la excelencia técnica. La dirección de fotografía de Pablo Rosso —colaborador habitual de Plaza desde los tiempos de [REC]— es, sin lugar a dudas, uno de los grandes triunfos de la película. Rosso esquiva la tentación de retratar Galicia como un paraje idílico de postal turística o como un secarral desprovisto de color. En su lugar, apuesta por una paleta de colores donde predominan los verdes saturados de los bosques gallegos, que contrastan violentamente con los grises clínicos, las luces mortecinas de los pasillos de la residencia y los interiores opresivos de las mansiones de los capos. Los encuadres de Rosso aíslan a los personajes, atrapándolos en composiciones simétricas que transmiten una ineludible sensación de fatalidad.
A esto se suma el soberbio diseño sonoro y la banda sonora compuesta por Derico, que huye de los efectismos fáciles del cine de terror para tejer una atmósfera minimalista y chirriante. Los acordes de Derico se arrastran por debajo de los diálogos como un veneno silencioso, incrementando la incomodidad del espectador en los momentos de mayor intimidad dramática entre Mario y Padín. El montaje de David Gallart es preciso en las secuencias de mayor violencia física, logrando que el clímax se sienta como un mecanismo de relojería que se cierra sobre el cuello de los personajes sin darles un solo segundo de respiro.
Lo mejor
- Recital actoral: El brutal cara a cara entre un contenido Luis Tosar y un desbocado Enric Auquer, que inyecta una dosis masiva de energía en cada una de sus escenas.
- Atmósfera gótica y húmeda: El soberbio trabajo de fotografía de Pablo Rosso, que convierte la geografía gallega y la propia clínica en prisiones visuales bellísimas.
- Desenlace devastador: Un tramo final implacable que no hace concesiones al espectador y que reconcilia los posibles altibajos previos con un puñetazo moral incontestable.
Lo peor
- Baches de ritmo: La trama se estanca temporalmente en intrigas secundarias de narcotráfico que resultan predecibles y restan fluidez.
- Secundarios desaprovechados: Mientras los Padín y Mario brillan con luz propia, los personajes femeninos e inspectores carecen de esa misma profundidad psicológica, cayendo en el arquetipo plano.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Quien a hierro mata no viene a reinventar las reglas del thriller criminal contemporáneo, pero se consolida con orgullo gracias a una factura técnica impecable y a un reparto en estado de gracia. Paco Plaza aprueba con nota su paso por el cine de tensión realista, entregando una obra incómoda, húmeda y moralmente ambigua que se aleja de los maniqueísmos habituales del cine comercial español. Al final, la película es como un buen licor café gallego servido en vaso de barro: entra de golpe con intensidad, raspa un poco la garganta en su tramo intermedio por su aspereza rítmica, pero te deja un regusto amargo, oscuro y persistente que tardas horas en sacudirte de encima. Un notable alto muy sólido que raspa el sobresaliente gracias al magnetismo indomable de sus actores. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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