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El mal — Juanma Bajo Ulloa y la Poética del Horror Analógico en Tiempos de Streaming Desalmado

Juanma Bajo Ulloa regresa con un thriller gótico que huele a celuloide quemado y sangre seca. ¿Logra 'El mal' escapar del folclore del terror patrio o se ahoga en su propio simbolismo?

✍️ Por: Bastian Noir
🎬 Director: Juanma Bajo Ulloa
👥 Reparto: Natalia Tena, Belén Fabra, Tony Dalton, Fernando Gil, María Schwinning, Natalia Ruiz
⏱️ Lectura: 10 min
🔥 Fusión Nuclear 8/10
Crítica y fotograma de la película El mal en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película El mal

El celuloide cruje bajo el peso de las sombras alargadas de Juanma Bajo Ulloa, un director que ha hecho de la descomposición no solo un tema recurrent, sino un estilo de vida. 'El mal' llega en 2026 como un suspiro agónico en un panorama cinematográfico español dominado por el terror de mercadillo y las comedias de sobremesa con más relleno que un pavo de Navidad. Bajo Ulloa, ese alquimista vasco que convirtió el body-horror en poesía con 'Alas de mariposa' (1991) y el erotismo gótico en pesadilla con 'La madre muerta' (1993), regresa con un proyecto que huele a quemado: a celuloide derretido, a sangre seca bajo las uñas y a la tinta de una máquina de escribir que ha registrado demasiadas confesiones macabras. Frágil Zinema y RTVE —ese matrimonio improbable entre lo indie y lo institucional— apuestan por un thriller psicológico que promete ahondar en las cloacas de la ambición, el periodismo y la naturaleza del mal. Pero, ¿estamos ante un regreso triunfal o ante el último estertor de un cineasta que se niega a rendirse ante el algoritmo?

El contexto no podría ser más irónico: 'El mal' se gesta en una España donde el cine de género ha sido reducido a menudo a un producto de consumo rápido, donde el terror se mide en jumpscares por minuto y donde la palabra 'gótico' suele ir acompañada de un emoji de calavera en un cartel diseñado por un becario de marketing. Bajo Ulloa, sin embargo, sigue fiel a su credo: el horror no es un susto, es una textura. Es el tacto viscoso de la carne podrida, el olor a humedad de una iglesia donde alguien ha estado llorando durante décadas, el sonido de una pluma rasgando el papel como si fuera piel. Su cine es analógico en la era digital, una resistencia casi quijotesca contra la limpieza aséptica de los efectos visuales modernos. Diego Trenas, su director de fotografía, lo sabe bien: la luz en las películas de Bajo Ulloa no ilumina, mancha. Como si cada fotograma estuviera bañado en una mezcla de sudor, lágrimas y algo más espeso, más oscuro.

La premisa de 'El mal' es tan vieja como el periodismo sensacionalista y tan fresca como el cadáver de un recién asesinado: Elvira Nous, una ambiciosa periodista y escritora en horas bajas, recibe la propuesta que podría cambiar su vida. Martín, una misteriosa y perturbadora mujer que afirma poseer el talento de ser la mayor asesina de la Historia, le ofrece material exclusivo para escribir su biografía definitiva. A su lado, Thomas Luhr, su editor enamorado, se convierte en el tercer vértice de este triángulo macabro donde la ética, el amor y la ambición se desangran lentamente. La sinopsis oficial habla de 'horror en estado puro', pero en las películas de Bajo Ulloa el horror nunca es puro: está contaminado de humanidad, de dudas y de ambición. Es el tipo de terror que se pega a la piel como una segunda capa de epidermis, que no se lava ni con lejía.

Lo que más inquieta de 'El mal' no es lo que muestra, sino lo que sugiere. Bajo Ulloa siempre ha sido un maestro del fuera de campo, de lo que se intuye pero no se ve. En 'La madre muerta', el verdadero horror no era la violencia explícita, sino el silencio que la precedía. Ahora, el director parece dispuesto a explorar los límites de la complicidad: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar una periodista para triunfar? ¿Dónde termina la información y empieza la literatura del horror? ¿Y qué pasa cuando el monstruo no es el asesino, sino el espejo en el que te miras cada mañana mientras te lavas los dientes?

Juanma Bajo Ulloa no dirige películas, oficia rituales. Su puesta en escena es un acto de brujería cinematográfica donde cada plano parece conjurado más que filmado. En 'El mal', la cámara se mueve como un deprendador en la oscuridad: lenta, sigilosa, con esa paciencia de quien sabe que la presa acabará cayendo en la trampa. Los encuadres son deliberadamente claustrofóbicos, como si los personajes estuvieran atrapados no solo en la trama, sino en el propio celuloide. Diego Trenas ilumina los espacios con una paleta de negros profundos, rojos sanguinolentos, blancos enfermizos y unos sutiles pero perturbadores verdes suaves. Los interiores —la solemnidad de la iglesia, el silencio de la biblioteca y la cotidianidad extraña de la cafetería, contrastadas con la imponente presencia de la buena casa del editor— están diseñados para asfixiar, para que el espectador sienta el peso de cada decisión moral que toman los personajes.

El montaje, a cargo de Demis Heras, es un ejercicio de tensión controlada. Los cortes no son limpios, sino sucios, como si el editor hubiera usado un cuchillo oxidado para separar los planos. Hay momentos en los que la película parece detenerse por completo, como si el tiempo mismo se hubiera coagulado en la pantalla. Es en esos instantes cuando la cinta alcanza su mayor poder: no cuando muestra violencia, sino cuando la sugiere. El sonido ambiente se convierte en la banda sonora de la paranoia. Bajo Ulloa entiende que el verdadero terror no está en lo que se ve, sino en lo que se oye cuando crees que nadie está escuchando.

La influencia de David Lynch o Roman Polanski es evidente, pero Bajo Ulloa no copia: transmuta. Si otros convierten lo cotidiano en pesadilla a través de la distorsión, él lo hace a través de la textura. Sus películas no son sueños, son heridas abiertas. La escena en la que Elvira entrevista a Martín por primera vez es una masterclass de tensión psicológica: la cámara se acerca lentamente a los rostros, como si quisiera absorber sus secretos a través de los poros. Los primeros planos son tan íntimos que resultan obscenos, como si estuviéramos espiando a través del ojo de una cerradura. Y cuando la conversación deriva hacia lo macabro, solo hay silencio. Y en el silencio, el mal crece como un hongo.

El reparto de 'El mal' es una mezcla soberbia de veteranos curtidos en el riesgo y rostros de magnética presencia. Al frente, Belén Fabra encarna a Elvira Nous con una intensidad que oscila entre la ambición desmedida y la fragilidad de quien sabe que está jugando con fuego. Fabra no actúa: habita a su personaje como si fuera un traje hecho de piel humana. Su mirada es un campo de batalla donde se libran guerras entre la ética y el éxito. Junto a ella, una perturbadora Natalia Tena da vida a Martín, despojándose de cualquier cliché para construir una asesina que no parece un monstruo de feria, sino una fuerza de la naturaleza, fría, calculadora y fascinante.

El contrapunto masculino lo pone Tony Dalton como Thomas Luhr, el editor atrapado en el dilema moral. Dalton entrega una interpretación contenida, madura y llena de matices, alejándose de sus registros más explosivos para mostrar la caída libre de un hombre arrastrado por la fascinación ajena. La química en el triángulo actoral es eléctrica, pero no en el sentido romántico, sino en el de cables pelados que, al tocarse, amenazan con incendiar la pantalla.

El resto del reparto cumple con creces, destacando los papeles de Fernando Gil, cuyo personaje aporta un necesario anclaje de humanidad en medio del caos, y María Schwinning, con una frialdad corporativa impecable. Por su parte, Natalia Ruiz y Aritz Kortabarria completan un elenco secundario sólido, demostrando que Bajo Ulloa sabe extraer oro de las interpretaciones, extrayendo fragmentos de auténticas pesadillas.

El guion de 'El mal' es una bestia de dos cabezas: por un lado, explora temas universales como la ambición y la ética periodística; por otro, se sumerge en los abismos de la psique humana con una crudeza dostoievskiana. Bajo Ulloa no escribe diálogos, escribe confesiones. Las conversaciones entre Elvira y Martín son un juego de gato y ratón donde nunca queda claro quién está cazando a quién. Hay momentos en los que el guion cojea —algunos giros argumentales son predecibles, y el arco romántico-profesional de Thomas peca a veces de convencional—, pero incluso en sus valles narrativos, la película nunca pierde su voz única. Es un libreto que huele a tinta y a sangre.

La dirección artística y el vestuario, obra de Azegiñe Urigoitia, son sencillamente espectaculares. Los espacios han sido reconvertidos con acierto, sustituyendo las típicas oficinas por la imponente carga de la biblioteca y trasladando el peso dramático a los amplios y elegantes salones de la buena casa del editor. El vestuario es una extensión psicológica perfecta: Elvira viste como si asistiera a un funeral perpetuo, mientras que Martín luce prendas impecables que huelen a naftalina, pasado y mentira.

La banda sonora, compuesta de forma excelente por Koldo Uriarte, es un ejercicio de minimalismo perturbador. No hay melodías épicas ni temas memorables, sino texturas sonoras y disonancias que se clavan en el cerebro como agujas: el zumbido de un fluorescente, el crujido de un suelo de madera, el eco de una respiración que no debería estar ahí. Se entiende que el silencio no es la ausencia de sonido, sino la presencia de algo que se oculta.

Lo mejor

  • Fotografía de Diego Trenas: Cada plano es una pintura gótica donde la luz mancha mediante negros, rojos, blancos y esos nuevos e incómodos verdes suaves que envuelven la atmósfera.
  • Regreso de Juanma Bajo Ulloa: Su retorno formal al thriller psicológico oscuro y texturizado, lejos de las corrientes comerciales.
  • Duelo actoral: Las magníficas e incómodas interpretaciones de Belén Fabra y Natalia Tena, respaldadas por un magnético Tony Dalton.
  • Diseño de producción de Azegiñe Urigoitia: El acierto de trasladar la opresión a escenarios como la biblioteca, la cafetería o la iglesia, buscando un gran contraste visual al situar el conflicto principal en el interior de la formidable y buena casa del editor.
  • Montaje de Demis Heras: Cortes sucios y silencios incómodos que construyen la tensión sin necesidad de recurrir a los jumpscares habituales.

Lo peor

  • Giros argumentales predecibles: El guion cojea en ciertos momentos de la segunda mitad, recurriendo a estructuras del thriller de los 90.
  • Personaje de Thomas: En ciertos tramos, el arco del editor enamorado parece sacado de un melodrama convencional, desequilibrando el potente tono gótico general.
  • Ritmo en el nudo: Hay escenas conversacionales que se alargan más de lo necesario, donde el director confunde voluntariamente la atmósfera con la lentitud.
  • Simbolismo excesivo: El uso recurrente de espejos, sombras y metáforas con la tinta puede resultar un tanto reiterativo y restar frescura al conjunto.
  • Falta de desarrollo en secundarios: Actores como María Schwinning o Fernando Gil tienen momentos brillantes pero quedan diluidos ante la absoluta obsesión por el triángulo principal.

El Veredicto de Claqueta Ácida

'El mal' no es una película, es un exorcismo. Juanma Bajo Ulloa regresa con un thriller gótico que huele a celuloide quemado, a tinta vieja y a la sangre seca de quienes se atrevieron a mirar al abismo demasiado tiempo. No es perfecta —tiene giros predecibles, personajes secundarios subdesarrollados y un ritmo que a veces se arrastra como un cadáver—, pero es radicalmente necesaria. En un panorama cinematográfico dominado por fórmulas algorítmicas, es un recordatorio de que el horror es, ante todo, una textura. Bajo Ulloa no hace películas para complacer, hace heridas abiertas, y esta es una de las más profundas de su filmografía reciente. 7.8/10 para una obra que duele, fascina y, sobre todo, no se olvida. El mal, queridos lectores, no es un concepto abstracto; es algo que se filtra en los poros y que, una vez dentro, nunca se va. 💀

💬 El Veredicto de la Comunidad

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