El diablo viste de Prada 2 — El retorno innecesario de las marcas de lujo y la nostalgia corporativa
Reseña de la secuela de la icónica comedia de moda. Miranda Priestly regresa para intentar salvar la moribunda prensa de papel a golpe de abusos laborales con estilo y presupuestos millonarios.
El diablo viste de Prada 2: Cuando la nostalgia huele a naftalina y el capitalismo se disfraza de Chanel
Veinte años. Dos décadas enteras han tenido que pasar para que Hollywood, ese monstruo insaciable de celuloide y billetes verdes, decidiera que el mundo necesitaba una secuela de El diablo viste de Prada. No porque la historia lo exigiera —Dios nos libre—, sino porque los algoritmos de Disney+ y los ejecutivos con trajes de Tom Ford y corbatas de Hermès olfatearon el aroma dulce y podrido de la nostalgia. Y así, como quien desempolva un vestido de alta costura para una fiesta a la que nadie quiere ir, nos han endilgado El diablo viste de Prada 2: un ejercicio de cinismo corporativo disfrazado de comedia fashionista, donde el elitismo editorial de 2006 intenta coquetear con la era de TikTok y termina tropezando con sus propios stilettos.
La premisa, en teoría, podría haber funcionado. Imaginen: Miranda Priestly, la reina indiscutible de Runway, enfrentándose al colapso de su imperio ante el auge de los medios digitales. La moda ya no se decide en salones con copas de champán y miradas desdeñosas, sino en los feeds de Instagram, donde una adolescente con un iPhone y un filtro de belleza puede dictar tendencias con un solo swipe. El conflicto, en manos de un guionista audaz, podría haber sido una sátira feroz del capitalismo tardío, una comedia negra sobre cómo el lujo se vuelve obsoleto cuando hasta el último influencer de pacotilla puede venderte un "estilo de vida" con un enlace de afiliados. Pero no. En lugar de eso, lo que tenemos es un desfile de abrigos de Chanel que cuestan más que el PIB de un país pequeño, diálogos que suenan como si los hubiera escrito un comité de marketing y un conflicto central que se arrastra como un modelo con tacones demasiado altos en una pasarela resbaladiza.
Miranda Priestly en la era del "like": Meryl Streep y el arte de vender humo con elegancia
Meryl Streep vuelve a encarnar a Miranda Priestly, y lo hace con esa elegancia glacial que la caracteriza. Pero hay un problema: esta vez, su personaje parece una versión low-cost de sí misma. En 2006, Miranda era el diablo en persona: una mujer que gobernaba el mundo de la moda con puño de hierro y una sonrisa que helaba la sangre. Era cruel, sí, pero también fascinante, porque detrás de su frialdad se adivinaba una inteligencia despiadada y un conocimiento absoluto de su oficio. En esta secuela, sin embargo, Miranda se ve reducida a una reliquia del pasado, una dinosaurio editorial que balbucea sobre "algoritmos" y "engagement" como si alguien le hubiera explicado el concepto de redes sociales cinco minutos antes de rodar la escena.
Streep, por supuesto, hace lo que puede. Su actuación es impecable, como siempre, pero el guion la obliga a recitar líneas que suenan tan naturales como un tweet corporativo escrito por un becario. "La moda ya no se crea, se curatea", espeta en un momento dado, mientras mira con desdén a una asistente que le muestra un mood board en un iPad. El problema no es que Miranda no entienda el mundo digital —al fin y al cabo, el personaje siempre ha sido una estratega brillante—, sino que el guion la convierte en una caricatura de sí misma, como si los guionistas hubieran visto The Social Network una vez y hubieran decidido que eso era suficiente para escribir diálogos sobre la era digital.
Y luego está el tema de la evolución del personaje. En la primera película, Miranda era una villana compleja: una mujer que había sacrificado todo —incluida su humanidad— por el poder, y que, en un momento de debilidad, dejaba entrever que incluso ella tenía límites. En esta secuela, sin embargo, Miranda parece haber perdido todo rastro de ambigüedad. Ahora es simplemente una ejecutiva más, una CEO desesperada por salvar su revista en un mundo que ya no la necesita. No hay matices, no hay contradicciones, solo una mujer que se aferra a su trono mientras el castillo se desmorona a su alrededor. Streep, con su habitual maestría, intenta darle profundidad, pero el guion no se lo permite. Es como ver a un virtuoso del violín obligado a tocar Baby Shark con una flauta de plástico.
Emily Blunt: La única que entiende el chiste (y se lo pasa bomba)
Si hay un rayo de luz en este desfile de mediocridad, ese es Emily Blunt. Su Emily Charlton, la antigua asistente de Miranda convertida en una ejecutiva de marketing de éxito, es, con diferencia, el mejor personaje de la película. Blunt no solo roba todas las escenas en las que aparece, sino que parece ser la única que entiende el tono que debería tener esta secuela: una comedia exagerada, casi caricaturesca, donde el humor surge de la hipérbole y el absurdo.
Emily Charlton en 2024 es una versión aún más estresada y ambiciosa de sí misma. Ahora dirige un equipo de millennials que no saben lo que es un fax y se comunica con ellos a través de slack mientras bebe café de una taza que dice "I survived Miranda Priestly". Blunt se divierte de lo lindo con el personaje, exagerando sus tics —ese gesto de ajustarse las gafas mientras lanza una mirada asesina— y dándole un carisma que contrasta con la frialdad de Miranda y la apatía de Andy. En una escena especialmente memorable, Emily se enfrenta a un grupo de influencers que intentan negociar su pago en "exposición" y "colaboraciones", y Blunt logra que el momento sea a la vez hilarante y dolorosamente real.
Lo más interesante de Emily es que, a diferencia de Miranda, ella sí ha logrado adaptarse al nuevo mundo. No es una reliquia del pasado, sino una depredadora que ha aprendido a moverse en la jungla digital. Y sin embargo, el guion desperdicia esta oportunidad de explorar su relación con Miranda. En lugar de un duelo de titanes entre dos mujeres que representan eras distintas de la industria, lo que tenemos son un par de escenas donde Emily le explica a Miranda cómo funciona Instagram, como si Miranda fuera su abuela pidiéndole ayuda para configurar el Wi-Fi.
Anne Hathaway: Andy Sachs, o cómo desperdiciar un personaje en nombre de la nostalgia
Y luego está Andy Sachs, interpretada por Anne Hathaway. Su regreso es, con diferencia, el aspecto más forzado de la película. En la primera entrega, Andy era el corazón de la historia: una joven idealista que entraba en el mundo de la moda sin saber muy bien en qué se estaba metiendo, y que terminaba transformada por la experiencia. Era el alter ego del espectador, la persona con la que todos podíamos identificarnos mientras nos reíamos (y nos horrorizábamos) de las excentricidades de Miranda.
En esta secuela, sin embargo, Andy es poco más que un plot device. Ha pasado de ser una periodista en ciernes a una "influente columnista de opinión" —sí, así la describen—, pero su personaje no tiene ninguna profundidad. No sabemos qué ha hecho en estos veinte años, ni por qué ha decidido volver a la órbita de Miranda, ni qué piensa realmente de la industria de la moda en la era digital. Hathaway hace lo que puede, pero el guion la deja en un limbo: Andy ya no es la ingenua de la primera película, pero tampoco es una profesional curtida. Es simplemente... Andy, una excusa para que el reparto original se reúna y los fans de la primera película suspiren con nostalgia.
Lo más frustrante es que el conflicto de Andy —¿debería volver a trabajar para Miranda?— podría haber sido interesante. Imaginen: una mujer que una vez odió el mundo de la moda, pero que ahora se pregunta si no estará idealizando su pasado. Una reflexión sobre cómo el tiempo distorsiona nuestros recuerdos y cómo, a veces, lo que creíamos haber superado sigue ejerciendo poder sobre nosotros. Pero no. En lugar de eso, lo que tenemos son un par de escenas donde Andy se queja de lo "tóxica" que es Miranda, como si estuviéramos en un episodio de Sex and the City escrito por alguien que solo ha visto Sex and the City en clips de YouTube.
David Frankel: Dirección de lujo, pero sin alma
David Frankel, el director de la primera película, vuelve a ponerse detrás de las cámaras, y el resultado es... bueno, técnicamente impecable. La fotografía es elegante, los planos de los desfiles de moda son espectaculares, y el diseño de producción logra recrear el lujo asfixiante de las oficinas de Runway con todo detalle. Pero ahí está el problema: El diablo viste de Prada 2 es una película que parece hecha para ser admirada, no para ser sentida.
Frankel tiene un ojo magnífico para el detalle visual —los reflejos de los rascacielos de Nueva York en los cristales de las oficinas, los primeros planos de los tejidos de alta costura—, pero parece haber olvidado que el cine no es solo imagen, sino también ritmo, tono y, sobre todo, corazón. La primera película funcionaba porque, bajo su capa de glamour y sarcasmo, había una historia sobre el crecimiento personal, sobre cómo el poder corrompe y cómo, a veces, la única forma de sobrevivir es convertirse en aquello que odias. Esta secuela, en cambio, no tiene nada de eso. Es una película fría, calculada, como si Frankel hubiera decidido que lo único importante era que los trajes fueran bonitos y las localizaciones espectaculares.
El montaje, por su parte, es tan predecible como un episodio de Gossip Girl. Las escenas se suceden con la misma cadencia mecánica: un plano de Miranda mirando con desdén, un primer plano de un vestido de alta costura, un diálogo sobre lo horrible que es la generación Z, y así una y otra vez. No hay sorpresas, no hay momentos que te hagan reír a carcajadas o que te dejen con la boca abierta. Es como ver un desfile de moda en el que todos los modelos llevan el mismo vestido, solo que en colores distintos.
Y luego está la banda sonora. En la primera película, la música —desde el Suddenly I See de KT Tunstall hasta el Vogue de Madonna— ayudaba a definir el tono, a veces irónico, a veces melancólico, de la historia. En esta secuela, sin embargo, la banda sonora es un pop genérico que suena como si lo hubieran sacado de una lista de Spotify titulada "Éxitos para millennials que trabajan en marketing". Hay un momento especialmente doloroso en el que suena una versión cover de Material Girl mientras Miranda y Emily discuten sobre el futuro de Runway. Es como si la película estuviera diciendo: "Miren, somos conscientes de que esto es una secuela, y vamos a recordárselo cada cinco minutos".
El conflicto que nunca fue: ¿Sátira del capitalismo o elegía nostálgica?
El mayor problema de El diablo viste de Prada 2 es que no sabe qué quiere ser. ¿Es una sátira feroz del capitalismo en la era digital? ¿Es una comedia sobre el choque generacional? ¿Es una elegía nostálgica por la era dorada de las revistas de moda? La respuesta, por desgracia, es: un poco de todo, pero nada a fondo.
Hay momentos en los que la película parece querer ser una crítica mordaz a cómo las redes sociales han convertido la moda en un circo de influencers y hauls de Shein. En una escena, Miranda visita una "fábrica de contenido" donde jóvenes creators producen videos de moda a destajo, como si fueran obreros de una cadena de montaje. El problema es que el guion no profundiza en esta idea. La escena dura dos minutos, y luego la película vuelve a su rutina de diálogos forzados y vestuario caro.
En otros momentos, la película parece querer ser una comedia sobre el choque entre la vieja guardia y los millennials. Pero incluso aquí, el guion se queda en la superficie. Las jóvenes asistentes de Runway son caricaturas grotescas: una no para de hablar de su "salud mental", otra solo se comunica a través de memes, y todas parecen sacadas de un episodio de Silicon Valley escrito por alguien que nunca ha interactuado con una persona menor de 30 años. No hay matices, no hay humanidad, solo estereotipos baratos.
Y luego está la nostalgia. La película está obsesionada con recordarnos que esto es una secuela, que estamos ante un reencuentro de personajes queridos. Hay flashbacks innecesarios a la primera película, guiños a escenas icónicas (como el momento en que Miranda le lanza un abrigo a Andy), y hasta una escena en la que Emily y Andy visitan el antiguo apartamento de esta última, como si estuviéramos en un episodio de Friends: The Reunion. Pero la nostalgia, cuando no está respaldada por una historia sólida, es solo un truco barato. Es como servir un plato de caviar en un plato de plástico: por muy bueno que sea el caviar, el plato arruina la experiencia.
Comparaciones odiosas: Cuando la secuela no está a la altura
Para entender lo fallida que es El diablo viste de Prada 2, basta con compararla con otras secuelas que sí lograron capturar la esencia de sus originales. Tomemos, por ejemplo, Before Sunset (2004), la secuela de Before Sunrise (1995). Richard Linklater no solo logró mantener la magia de la primera película, sino que la profundizó, explorando cómo el paso del tiempo había cambiado a sus personajes. O Toy Story 3 (2010), que tomó los temas de la infancia y la pérdida de la inocencia y los llevó a un nivel emocional devastador.
El diablo viste de Prada 2, en cambio, es más parecida a Sex and the City 2 (2010): una secuela que confunde el lujo con la sustancia, que piensa que vestir a sus personajes con ropa cara y llevarlos a localizaciones exóticas es suficiente para justificar su existencia. Como aquella película, esta secuela está más interesada en vender un estilo de vida que en contar una historia. Y como aquella película, termina sintiéndose vacía, como un escaparate bonito pero sin nada dentro.
Incluso dentro del género de las comedias sobre el mundo de la moda, hay ejemplos de películas que lograron satirizar la industria con más agudeza. Zoolander (2001), por ejemplo, era una parodia absurda y exagerada, pero al menos tenía un punto de vista claro y un humor que funcionaba. The Devil Wears Prada original, por su parte, lograba equilibrar el humor con una crítica sutil al elitismo y la superficialidad de la moda. Esta secuela, en cambio, no tiene ni el humor de la primera ni la audacia de Zoolander. Es como si alguien hubiera mezclado ambas películas en una licuadora y hubiera servido el resultado en una copa de champán barato.
Lo mejor
- Emily Blunt es la reina: Emily Charlton sigue siendo el mejor personaje de la saga, y Blunt se lo pasa en grande exagerando cada gesto y cada mirada asesina. Si esta película tuviera un spin-off centrado en ella, quizá valdría la pena verla.
- El vestuario de alta costura: Patricia Field sigue siendo una maga. Los trajes, los desfiles y los accesorios son un deleite visual, aunque uno sospecha que el presupuesto de vestuario supera al del guion.
Lo peor
Un guion desfasado y artificial: Los diálogos sobre redes sociales y tecnología suenan como si los hubiera escrito un boomer que acaba de descubrir TikTok. "La moda ya no se crea, se curatea*", dice Miranda en un momento dado. Sí, y el infierno se congela.- Falta de conflicto real: La película da vueltas en círculo sin decidir si quiere ser una sátira, una comedia o un drama. Al final, no es ninguna de las tres cosas, sino un desfile de ropa cara con actores famosos.
El Veredicto de Claqueta Ácida (5/10)
El diablo viste de Prada 2 es lo que pasa cuando Hollywood confunde la nostalgia con el talento: un desfile de alta costura vacío, donde los trajes son espectaculares pero el maniquí no tiene alma. Meryl Streep y Emily Blunt hacen lo posible por salvar los muebles con estilo y elegancia, pero el guion las abandona en una pasarela resbaladiza, obligándolas a recitar diálogos sobre "algoritmos" y "engagement" como si fueran becarios de una agencia de marketing. Miranda Priestly merecía retirarse en 2006, con su abrigo de piel y su sonrisa de hielo, en lugar de verse reducida a una reliquia patética que balbucea sobre likes como si fuera la tía de alguien en un grupo de WhatsApp. Un suspenso de diseño, un aprobado raspado en vestuario, y un recordatorio de que no todo lo que brilla es oro... a veces es solo purpurina barata.🎬 Tráiler Oficial
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