Michael — El fastuoso y extremadamente higienizado altar de oro al Rey del Pop
Reseña del ambicioso biopic musical de Michael Jackson dirigido por Antoine Fuqua. Un espectáculo técnico y coreográfico deslumbrante que patina a la hora de abordar las sombras reales del mito.
Michael: El Biopic que Convierte a un Rey en un Santo de Plástico con Coreografías de Oro
Llevar al cine la vida de Michael Jackson no es solo una apuesta arriesgada; es como intentar reconstruir el Titanic con palillos y pegamento, sabiendo que, al final, los puristas te van a crucificar por no incluir el iceberg. Michael (2025), dirigida por Antoine Fuqua y bendecida por la familia Jackson como si fuera el nuevo testamento del pop, se presenta como "el biopic definitivo" —un concepto tan pretencioso como un Oscar a la "mejor película" que nadie recuerda al día siguiente—. Y, sin embargo, aquí está: un espectáculo de luces, sudor y lágrimas edulcoradas que baila sobre la tumba de la complejidad humana con la gracia de un elefante en patines.
La Coreografía como Religión: Cuando el Movimiento Salva al Santo
Si algo salva a Michael de ahogarse en su propio jarabe sentimental es, irónicamente, lo que mejor se le daba a su protagonista: el espectáculo puro. Fuqua, un director que suele moverse entre el thriller urbano (Training Day) y el western revisionista (The Magnificent Seven), demuestra aquí que su verdadero talento es el de coreógrafo de masas con presupuesto ilimitado. Las secuencias musicales son, sin exagerar, monumentos al exceso controlado: cada plano de Beat It (recreado con una precisión quirúrgica que haría llorar a Scorsese en The Last Waltz) o el mítico moonwalk en el 25º aniversario de Motown son fragmentos de cine puro, donde la cámara de Dion Beebe —un veterano de la fotografía que ya nos deslumbró en Chicago y Memoirs of a Geisha— se convierte en un bailarín más, girando, acercándose y alejándose con la misma obsesión por el detalle que Jackson ponía en sus pasos.
El problema es que, en el cine de Fuqua, la forma siempre amenaza con devorar el fondo. Las escenas de conciertos son tan impecables que uno casi olvida que está viendo una película sobre un hombre, no un holograma. Es como si Michael fuera un Bohemian Rhapsody pero con más presupuesto y menos vergüenza: un desfile de momentos icónicos cosidos con hilos de oro y rellenos de algodón de azúcar emocional. La recreación del Thriller de 1983, por ejemplo, no solo es fiel hasta el último zombie; es una declaración de principios: aquí no se cuestiona, solo se venera. Y vaya si lo hacen bien. Si el objetivo era que el público saliera del cine tarareando Billie Jean y con los ojos inyectados en nostalgia, misión cumplida. Pero si lo que buscaban era entender a Michael Jackson, entonces han fracasado con la elegancia de un payaso en un funeral.
Jaafar Jackson: El Sobrino que Salvó al Rey (o al Menos a su Sombra)
En el centro de este circo de luces y sombras está Jaafar Jackson, el sobrino de Michael que, contra todo pronóstico, no solo se parece a su tío, sino que lo interpreta con una mezcla de fragilidad y magnetismo que roza lo sobrenatural. No es una imitación barata; es una posesión controlada, como si el espíritu del Rey del Pop hubiera decidido reencarnarse en su propio linaje para evitar que Hollywood lo convirtiera en un chiste. Jaafar no solo replica los movimientos, la voz o esa risa nerviosa que todos reconocemos al instante; captura algo más esquivo: la soledad del genio.
Su actuación es especialmente brillante en las escenas de infancia, donde el pequeño Michael (interpretado por una versión en miniatura de Jaafar que parece salida de un experimento de clonación) es sometido a los abusos físicos y emocionales de su padre, Joseph Jackson. Aquí, Colman Domingo —un actor que debería tener su propia estatua en el paseo de la fama del "villano memorable"— roba la película con una ferocidad que hace palidecer al resto del reparto. Domingo no interpreta a Joseph; lo encarna como un demonio bíblico, un hombre que ve a sus hijos como productos y a su esposa como un mueble. Su presencia es tan opresiva que uno entiende, de golpe, por qué Michael pasó su vida adulta tratando de construir Neverland: porque el infierno ya lo había vivido en casa.
El contraste entre el Michael adulto (Jaafar) y su padre es uno de los pocos momentos en los que la película se atreve a rascar la superficie de la tragedia. Pero incluso aquí, Fuqua y el guionista John Logan (sí, el mismo que escribió Gladiator y Skyfall, porque al parecer Hollywood cree que los biopics se escriben con la misma fórmula que las películas de espadas y trajes de neopreno) se quedan a medio camino. Joseph es un monstruo, sí, pero un monstruo conveniente, uno que sirve para justificar el trauma sin tener que profundizar en cómo ese trauma moldeó a un hombre que, décadas después, sería acusado de recrear dinámicas similares con niños.
El Elefante en la Habitación (o Cómo Barrer los Escándalos Bajo la Alfombra de Neverland)
Y aquí llegamos al pecado original de Michael: su cobardía moral. La película aborda las acusaciones de abuso sexual contra Jackson con la sutileza de un martillo pilón manejado por un bufete de abogados. En lugar de explorar la ambigüedad, la contradicción o, Dios nos libre, la posibilidad de que el Rey del Pop fuera un ser humano con luces y sombras (como, por ejemplo, hizo Leaving Neverland con mucha más crudeza y menos presupuesto), Michael opta por la narrativa del mártir incomprendido.
El Michael adulto es retratado como un niño grande atrapado en el cuerpo de un adulto, un alma pura perseguida por una prensa amarillista y familias codiciosas que ven en él un cajero automático con patas. Las escenas que tocan el tema son tan incómodas que parecen sacadas de un episodio de Law & Order dirigido por Walt Disney: hay lágrimas, hay música de violines, hay miradas de reproche a la cámara, pero ni una sola pregunta incómoda. ¿Por qué Michael rodeaba su vida de niños? ¿Por qué dormía con ellos en la misma cama? ¿Por qué su obsesión por la infancia rayaba en lo patológico? La película prefiere responder con silencio incómodo y un cambio de plano a una coreografía.
Es revelador que, en una película de dos horas y media, las acusaciones de 1993 y 2005 ocupen menos tiempo que la recreación del videoclip de Smooth Criminal. Y cuando finalmente se abordan, lo hacen con un tono de telenovela barata: Michael es la víctima, los medios son los villanos, y el público queda reducido a un coro griego que suspira y sacude la cabeza con desaprobación. No hay matices, no hay dudas, no hay humanidad. Solo la versión oficial, bendecida por la familia y pulida hasta brillar como el guante blanco de su protagonista.
El Biopic como Producto: Cuando el Arte se Rinde ante el Branding
Michael no es solo una película; es un producto de lujo con el sello de aprobación de la marca Jackson. Y como todo buen producto, está diseñado para no ofender, no cuestionar y, sobre todo, no pensar demasiado. Es el equivalente cinematográfico de un álbum de greatest hits: todo lo que amas, nada que te haga reflexionar.
El guion de Logan sigue la estructura clásica del biopic autorizado: infancia traumática → ascenso meteórico → caída trágica → redención post-mortem. Es la misma fórmula que hemos visto en Ray, Walk the Line y Rocketman, pero con más dinero y menos riesgo. La película no arriesga nada: ni en la narrativa, ni en el tono, ni siquiera en la elección de las canciones (porque, por supuesto, no hay ni una sola nota que no sea de dominio público). Es como si los creadores hubieran seguido un manual titulado "Cómo hacer un biopic sin que la familia te demande".
Incluso la banda sonora, compuesta por un equipo que incluye a Quincy Jones (productor original de Thriller) y a un ejército de músicos de sesión, suena demasiado pulida, demasiado perfecta. Las versiones de las canciones de Jackson que aparecen en la película no son recreaciones; son homenajes asépticos, como si alguien hubiera pasado un trapo húmedo sobre los originales para quitarles cualquier rastro de sudor, de imperfección, de vida.
El Tercer Acto: Cuando el Melodrama se Convierte en Telenovela
El mayor pecado de Michael, sin embargo, llega en su tercer acto, cuando la película abandona cualquier pretensión de seriedad y se lanza de cabeza al melodrama más empalagoso. La decadencia física de Jackson, su adicción a los analgésicos, sus problemas financieros y su aislamiento progresivo se presentan con un tono tan sensiblero que roza lo paródico. Las escenas de Michael mirando fotos antiguas mientras suena una balada triste son tan predecibles que uno casi puede escuchar al guionista diciendo: "Pongan aquí la música emotiva, que seguro que llora hasta el acomodador".
Y luego está la muerte. Porque, por supuesto, la película no podía terminar sin recrear el fallecimiento de Jackson en 2009. La secuencia es tan manipuladora y efectista que parece sacada de un episodio de Grey’s Anatomy: luces parpadeantes, médicos corriendo, monitores pitando, y Jaafar Jackson mirando al vacío con una lágrima perfectamente colocada en la mejilla. No hay dignidad, no hay sutileza, solo pathos barato. Es como si Fuqua hubiera olvidado que, a veces, el silencio es más elocuente que una banda sonora de violines llorones.
Lo mejor
- Jaafar Jackson, o cómo robarle el alma a un mito sin que se note: No es solo que se parezca a Michael; es que lo interpreta con una mezcla de vulnerabilidad y carisma que hace que hasta las escenas más ridículas parezcan creíbles. Si el Oscar a Mejor Actor no le cae este año, es que la Academia tiene miedo de que Jackson se levante de la tumba a reclamarlo.
Lo peor
- La cobardía moral, o cómo convertir a un hombre en un santo de plástico: La película elude cualquier tema incómodo con la elegancia de un avestruz metiendo la cabeza en la arena. Las acusaciones de abuso, la obsesión por la infancia, la relación con los niños… Todo se barre bajo la alfombra de Neverland con un "él era así, no lo entendieron".
El Veredicto de Claqueta Ácida (7/10)
Michael es un espectáculo deslumbrante para los sentidos y un insulto para la inteligencia, un biopic que baila como los ángeles pero piensa como un abogado corporativo. Antoine Fuqua y su equipo han creado una máquina de nostalgia perfectamente engrasada, un homenaje que venera al ídolo sin cuestionar al hombre, y que prefiere el brillo de las luces de neón a la oscuridad de las sombras humanas. Jaafar Jackson salva el proyecto de ser un desastre absoluto, las secuencias musicales son monumentos al exceso bien ejecutado, y Colman Domingo roba la película cada vez que aparece en pantalla. Pero al final, Michael es lo que siempre fue: un producto, diseñado para emocionar a los fans, evitar demandas y dejar intacto el mito. Si lo que buscabas era un retrato honesto de uno de los artistas más complejos del siglo XX, sigue buscando. Si lo que querías era ver Thriller en pantalla gigante con un drama familiar de fondo, aquí tienes tu entrada dorada. Eso sí, no olvides dejar tu cerebro en la taquilla.🎬 Tráiler Oficial
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