The Drama — A24 destruye el romanticismo con una sobredosis de paranoia y neurosis milenial
Reseña de la aclamada película de Kristoffer Borgli producida por A24. Un viaje asfixiante, incómodo y brillante sobre el colapso mental de una pareja a punto de casarse.
The Drama: Cuando el amor es un reality de terror psicológico con diseño nórdico
Justo cuando creías que A24 ya había exprimido hasta la última gota de sudor frío de la neurosis urbana —con sus hereditary de traumas familiares, sus uncut gems de ansiedad capitalista y sus everything everywhere all at once de crisis existenciales con toques de artes marciales—, llega el noruego Kristoffer Borgli, ese cirujano de la incomodidad ajena, para recordarnos que el infierno no son los otros, sino la persona con la que compartes WiFi y facturas. The Drama no es una comedia romántica; es un thriller de pareja donde el villano no lleva máscara, sino un jersey de cachemir y una sonrisa de "cariño, ¿estás bien?" que oculta el abismo de "ojalá te atropelle un Uber Black".
La premisa, en apariencia inocua, es el equivalente cinematográfico de esos anuncios de perfumes donde dos modelos andróginos se miran con deseo en un desierto de sal: Zendaya y Robert Pattinson interpretan a Chloe y Will, una pareja joven, guapa, exitosa y tan emocionalmente discapacitada que hacen que los protagonistas de Marriage Story parezcan los Von Trapp cantando en los Alpes. Su relación es un mood board de Pinterest: boda en una casa de campo minimalista con paredes de hormigón visto, invitados cool que beben cócteles con nombres como "El Desapego" y un fotógrafo que captura cada momento como si fuera un still de una campaña de Acne Studios. Pero, como en toda buena pesadilla de clase media-alta, todo se desmorona cuando descubren que sus pasados no son tan inmaculados como sus feeds de Instagram. Una infidelidad adolescente aquí, un mensaje borrado allá, y de repente, lo que debía ser un fin de semana de "sí, quiero" se convierte en un escape room psicológico donde la única salida es el divorcio.
Borgli, el maestro de ceremonias del colapso emocional (o cómo filmar una boda como si fuera un snuff de IKEA)
Kristoffer Borgli no dirige escenas; disecciona egos con la precisión de un taxidermista. Si Dream Scenario era su carta de presentación como cronista de la vergüenza ajena —con Nicolas Cage como un profesor universitario cuya cara se vuelve viral en los sueños ajenos—, The Drama es su obra maestra: un manual de cómo convertir el amor en un reality show donde los concursantes se sabotean con sonrisas de "todo está bien" mientras sus miradas gritan "te odio, pero necesito que me quieras para validar mi existencia". Borgli no cree en el romanticismo; cree en el gaslighting como lenguaje de pareja. Cada plano es una trampa, cada diálogo un campo minado, y cada silencio, una bomba de relojería.
El director noruego demuestra un dominio absoluto del tempo cinematográfico, estirando las escenas hasta el punto de ruptura para luego soltar un chiste negro que actúa como válvula de escape. Es como si Michael Haneke hubiera dirigido un episodio de Sex and the City después de una sobredosis de Valium. La secuencia en la que Will (Pattinson) intenta "romper el hielo" con un chiste sobre su exnovia mientras Chloe (Zendaya) lo mira con una sonrisa congelada es tan incómoda que uno espera que en cualquier momento aparezca un clapperboard y alguien grite "¡Corten! ¡Esto es insoportable!". Pero no. Esto es la vida real. O al menos, la vida real de quienes creen que el amor es un TED Talk sobre comunicación no violenta.
Fotografía: Cuando el minimalismo nórdico se convierte en una cárcel de diseño
Benjamin Loeb, el director de fotografía, no filma una boda; diseña una prisión de lujo donde cada encuadre es una celda. La casa de campo donde transcurre la acción es un personaje más: fría, impersonal, con paredes tan blancas que parecen pintadas con lágrimas de influencer decepcionada. Loeb utiliza la simetría como arma psicológica, colocando a Chloe y Will en extremos opuestos del plano como si fueran dos piezas de ajedrez a punto de ser sacrificadas. No hay calidez en estos espacios; son mausoleos de relaciones fallidas, donde hasta los cojines parecen juzgarte.
Los colores son pálidos, casi clínicos, como si la película hubiera sido rodada a través de un filtro de "terapia de pareja en crisis". Los tonos pastel no evocan dulzura, sino anestesia: el espectador no siente empatía, sino el entumecimiento de quien asiste a un accidente de tráfico en cámara lenta. Y los reflejos. Dios mío, los reflejos. Borgli y Loeb convierten cada superficie pulida —espejos, ventanas, mesas de centro— en testigos mudos de la farsa. Chloe y Will no se miran; se espían a través de cristales, como dos espías en una película de la Guerra Fría, pero en lugar de secretos de Estado, intercambian resentimientos envueltos en cumplidos pasivo-agresivos.
Banda sonora: El score que te hará cancelar Tinder
Si la fotografía es la prisión, la banda sonora de Anna Meredith es el carcelero sádico que te susurra al oído: "Nunca escaparás". Meredith, conocida por su trabajo en Living (2022) y su capacidad para componer música que suena como un ataque de pánico orquestado, entrega aquí una partitura que oscila entre lo sublime y lo insoportable. Cuerdas estridentes que parecen arañar el tímpano, percusiones que imitan el latido de un corazón a punto de infartar, y coros que suenan como si un coro de niños cantara desde el fondo de un pozo. Es la música perfecta para una película donde el amor no es ciego, sino sordo, mudo y con un trastorno de ansiedad generalizada.
El score no acompaña la acción; la sabotea. Cuando Chloe y Will tienen su primer gran enfrentamiento, la música no subraya el drama; lo ridiculiza, como si Meredith estuviera riéndose de la pareja desde la cabina de sonido. Y en los momentos de "tregua", cuando parecen reconectar, la banda sonora se vuelve aún más ominosa, como si advirtiera: "No te confíes, esto va a explotar". Es el equivalente sonoro de ese amigo que, en medio de una pelea de pareja, te dice: "Chicos, esto no va a acabar bien".
Actuaciones: Zendaya y Pattinson, o el arte de odiarse con estilo
Robert Pattinson ya no es el vampiro adolescente que suspiraba por Bella Swan; ahora es el actor más interesante de su generación cuando se trata de interpretar a hombres patéticos, frágiles y emocionalmente analfabetos. Will, su personaje en The Drama, es un collage de todos los peores rasgos de la masculinidad tóxica: inseguro pero arrogante, necesitado pero distante, y con una capacidad asombrosa para convertir cada conversación en un monólogo sobre sí mismo. Pattinson lo interpreta con una mezcla de vulnerabilidad y ridículo que roza lo genial. Hay una escena en la que llora —sí, llora— mientras intenta explicar por qué no puede comprometerse, y es tan incómoda que uno siente la necesidad de mirar hacia otro lado, como cuando alguien se tropieza en la calle y finges no haberlo visto. Pero no puedes apartar la vista. Porque Pattinson hace que el patetismo sea hipnótico.
Zendaya, por su parte, es una maestra de la frialdad calculada. Chloe no grita, no llora, no hace escenas; simplemente te destruye con una sonrisa y un "claro, cariño, lo que tú digas". Su actuación es una clase magistral de pasivo-agresividad, donde cada silencio es un dardo envenenado y cada mirada, un puñal. Cuando finalmente estalla —en una escena que involucra un pastel de bodas y un discurso improvisado—, es como ver a un iceberg derretirse en tiempo real. No hay histeria, solo una tristeza tan profunda que duele más que cualquier grito. Juntos, Zendaya y Pattinson logran algo extraordinario: hacen que el espectador odie a sus personajes, pero al mismo tiempo se reconozca en ellos. Porque, seamos honestos, todos hemos sido Will en algún momento (queriendo huir) o Chloe (queriendo que nos persigan).
Comparaciones cinéfilas: De Haneke a Fleabag, pasando por el infierno de IKEA
The Drama no existe en el vacío. Es el resultado de una larga tradición de películas que exploran el lado oscuro del amor y las relaciones, pero con un giro contemporáneo que la hace única. Si Scenes from a Marriage (1973) de Ingmar Bergman era el retrato crudo de una pareja que se desintegraba en tiempo real, y Who’s Afraid of Virginia Woolf? (1966) de Mike Nichols era un drama teatral sobre dos alcohólicos que se destruyen con palabras, The Drama es su versión millennial: igual de cruel, pero con mejor styling y una banda sonora de Spotify Wrapped.
Hay ecos de Michael Haneke en la forma en que Borgli filma la violencia psicológica como algo cotidiano y casi banal. Como en Funny Games (1997), la tortura no es física, sino emocional, y el espectador es cómplice porque no puede dejar de mirar. También hay algo de Fleabag (2016-2019) en la forma en que Chloe y Will se dirigen al público con la mirada, como si buscaran complicidad en su miseria. Pero donde Fleabag usaba el humor para aliviar el dolor, The Drama no da tregua. Es como si Phoebe Waller-Bridge y Haneke hubieran tenido un hijo bastardo y lo hubieran criado en una casa de Airbnb con mala conexión a WiFi.
Y luego está el minimalismo nórdico, ese estilo arquitectónico que parece diseñado para que los humanos se sientan como intrusos en sus propias vidas. La casa donde transcurre la película es el equivalente cinematográfico de esos apartamentos de Scandinavian Design que ves en revistas y que parecen sacados de un catálogo de muebles para personas que no tienen alma. Es fría, impersonal y tan perfecta que duele. Como la relación de Chloe y Will.
El tramo medio: Cuando la repetición se convierte en autopsia
El único pecado venial de The Drama es su tramo medio, donde la película parece quedarse atrapada en un bucle de manipulaciones y reproches. Borgli estira ciertas dinámicas hasta el punto de que, por momentos, uno se pregunta si la película no podría haber sido un corto de 40 minutos. Hay una escena en particular —una discusión en el coche que se repite tres veces desde diferentes perspectivas— que, aunque ingeniosa, roza lo pretencioso. Es como si el director quisiera recordarnos: "Miren qué inteligente soy, puedo filmar la misma pelea de tres maneras distintas". Y sí, es inteligente. Pero también es un poco cansino.
Dicho esto, incluso en sus momentos más redundantes, The Drama nunca pierde su filo. Porque, al final, la repetición es parte del mensaje: el amor, en el siglo XXI, no es más que un loop de expectativas incumplidas y resentimientos reciclados.
Lo mejor
- La química tóxica de Zendaya y Pattinson: Dos actores que han convertido el desprecio mutuo en un arte escénico. Verlos interactuar es como presenciar un accidente de tren en cámara lenta, pero con mejor vestuario.
- La dirección de Kristoffer Borgli: Un maestro de la incomodidad que filma el amor como si fuera un documental sobre especies en peligro de extinción. Su sentido del humor negro es tan afilado que podría cortar diamantes (o corazones).
Lo peor
Su crueldad sin anestesia: Si buscas una película romántica con final feliz, The Drama* te dejará más traumatizado que una terapia de pareja con el Dr. Phil. No hay redención, solo supervivientes.- El tramo medio repetitivo: Como un disco rayado, la película insiste en las mismas dinámicas de manipulación hasta que uno empieza a sentir que está en una relación con el metraje. Menos sería más.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9/10)
The Drama es la película que necesitaban los cínicos, los divorciados y todos aquellos que alguna vez han mirado a su pareja y pensado: "¿En qué momento dejamos de gustarnos y empezamos a tolerarnos?". Kristoffer Borgli nos entrega una obra maestra de la incomodidad, donde el amor no es un refugio, sino una trinchera. Con actuaciones brutales, una estética que duele y un guion que parece escrito con las lágrimas de todos los que alguna vez han llorado en el baño de un restaurante por culpa de un mensaje de texto mal interpretado, The Drama no es solo una película; es una experiencia traumática de lujo. Si sales del cine con ganas de abrazar a tu pareja, es porque no has prestado atención. 9/10, y un recordatorio urgente de que, a veces, el final feliz es romper antes de que te rompan.🎬 Tráiler Oficial
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