🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

The Last Supper — La cena que nos dejó con hambre de algo más que carne

Aleksandr Boikov sirve un menú de terror gourmet en 'The Last Supper', pero el plato principal sabe a poco. ¿Arte o autocomplacencia? Valeria Von Doom lo disecciona con bisturí.

✍️ Por: Valeria Von Doom
🎬 Director: Aleksandr Boikov
👥 Reparto: Santiago Rios, Nicolás Melian
⏱️ Lectura: 10 min
⚡ Ácido Cítrico 6.2/10
Crítica y fotograma de la película The Last Supper en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película The Last Supper

La mesa está puesta, el mantel es blanco como la página en blanco de un guionista con bloqueo creativo, y el anfitrión —Aleksandr Boikov— nos invita a sentarnos con una sonrisa que huele a trampa. The Last Supper (2025) llega como un plato de autor, servido en bandeja de plata por un director que parece creer que el terror se cocina mejor con silencio, planos largos y una pizca de pretensión. Pero, ¿acaso el miedo no sabe mejor cuando se sazona con algo más que ambición desmedida? La película se anuncia como un banquete de historias aterradoras, pero en la cocina de Boikov, el hambre —ese miedo primitivo al que alude la sinopsis— se queda en el menú, sin llegar nunca al plato. Es como pedir un chuletón y que te sirvan un dibujo a lápiz del mismo: bonito, pero imposible de morder.

El contexto de esta obra es tan misterioso como el huésped invisible que acompaña al protagonista. Producida en un limbo geográfico y productivo (¿Argentina? ¿Rusia? ¿El infierno?), The Last Supper emerge en un momento en el que el cine de terror parece haber agotado todas las fórmulas, desde el jump scare hasta el slow burn, y los directores se ven obligados a inventar nuevas formas de aburrir al público. Boikov, cuyo currículum brilla por su opacidad —como si su carrera fuera un found footage perdido en un sótano—, se lanza a explorar los miedos más básicos: el hambre, la carne, la supervivencia. Pero, ¿no es acaso el miedo a la mediocridad el más aterrador de todos? En un mundo donde el terror se ha convertido en un género de franquicias interminables y reboots sin alma, The Last Supper se presenta como una rareza, un perro verde que ladra en un idioma que nadie entiende. Y eso, queridos comensales, es tanto su mayor virtud como su peor pecado.

La premisa es tan simple que duele: un hombre solo en una casa desierta, acompañado únicamente por la sombra de un huésped invisible, mientras saborea un menú exquisito que, irónicamente, nunca llegamos a ver. La sinopsis promete una sucesión de historias aterradoras, pero lo que nos sirve Boikov es más bien un collage de ideas a medio cocinar, como si el guionista Mariano Cattaneo hubiera escrito cada escena en una servilleta distinta y luego las hubiera pegado con saliva. El resultado es una película que se balancea entre lo poético y lo pretencioso, como un funambulista borracho que intenta cruzar el abismo entre el arte y el ridículo. El problema no es que The Last Supper sea ambiciosa —el cine necesita ambición como el cuerpo necesita sangre—, sino que su ambición parece dirigida únicamente a impresionar a un jurado de festival antes que a conmover, asustar o, al menos, entretener a un público de carne y hueso.

Y es aquí donde la película se convierte en un espejo deformante de la industria actual: un reflejo de directores que confunden el estilo con la sustancia, la atmósfera con el vacío, y el silencio con la profundidad. Boikov filma cada plano como si estuviera esculpiendo una obra maestra en mármol, pero el mármol está hueco por dentro. La fotografía —cuya autoría se pierde en el limbo de los créditos— juega con sombras alargadas y luces tenues, como si el director de fotografía hubiera estudiado cada encuadre en un manual de film noir de los años 40. Pero, ¿de qué sirve una iluminación impecable si lo que ilumina es un guion que cojea como un zombi con una pierna rota? The Last Supper es el tipo de película que te hace preguntarte si el director está jugando al ajedrez contigo o si simplemente se ha olvidado de poner las piezas en el tablero.

Dirección: El arte de no decir nada con mucho estilo

Aleksandr Boikov dirige The Last Supper como si estuviera filmando un sueño febril, pero el problema es que sus sueños huelen más a naftalina que a pesadilla. Cada plano está cuidadosamente compuesto, como si el director hubiera pasado horas ajustando la posición de una cuchara en la mesa para lograr el framing perfecto. Pero, ¿acaso el terror no se trata de lo que no se ve, de lo que se oculta en los bordes del encuadre? Boikov parece obsesionado con mostrarlo todo —o, mejor dicho, con no mostrar nada que valga la pena—. Sus planos largos, que deberían generar tensión, terminan convirtiéndose en ejercicios de paciencia para el espectador, como si estuviéramos atrapados en una cena interminable con un anfitrión que no para de hablar de sí mismo.

El ritmo de la película es tan lento que uno casi puede escuchar el sonido de los segundos cayendo como gotas de agua en un cubo oxidado. Boikov parece creer que el terror se construye con silencio, pero el silencio sin propósito es como un chiste sin gracia: solo sirve para incomodar. Hay momentos en los que la película roza lo hipnótico, como cuando el protagonista —interpretado por Santiago Rios— se queda mirando fijamente a la cámara, como si estuviera a punto de revelarnos el secreto del universo. Pero el secreto, al final, resulta ser tan insustancial como un suspiro. Boikov filma cada escena como si estuviera esculpiendo una escultura de hielo, pero el hielo se derrite antes de que podamos sentir su frío.

Actuaciones: Cuando el silencio es el único diálogo

El reparto de The Last Supper está compuesto por dos actores —Santiago Rios y Nicolás Melian—, y uno se pregunta si el presupuesto no alcanzó para más o si Boikov simplemente creía que el terror se construye mejor con la menor cantidad de voces posibles. Rios, en el papel del anfitrión misterioso, pasa la mayor parte de la película mirando al vacío con una intensidad que oscila entre lo perturbador y lo ridículo. Hay momentos en los que su actuación roza lo sublime, como cuando mastica un trozo de carne imaginaria con una devoción casi religiosa. Pero en otros, parece que está a punto de quedarse dormido, como si el peso de la pretensión de la película lo hubiera dejado exhausto.

Melian, por su parte, tiene aún menos que hacer. Su personaje —el huésped invisible— es poco más que una excusa para que Rios hable solo, como un esquizofrénico en una sesión de terapia mal dirigida. La química entre ambos es inexistente, pero, ¿acaso puede haber química cuando uno de los dos ni siquiera está presente? Las actuaciones en The Last Supper son como un banquete en el que los comensales se niegan a probar la comida: todo está dispuesto con elegancia, pero nadie parece tener hambre.

Guion: Un menú de ideas a medio cocinar

El guion de Mariano Cattaneo es el equivalente cinematográfico de un chef que promete un banquete de siete platos pero solo sirve aperitivos. La premisa —un hombre solo en una casa desierta, contando historias aterradoras— es tan antigua como el cine mismo, pero Cattaneo parece creer que puede reinventarla simplemente añadiendo una capa de pretensión. Cada historia que se cuenta en The Last Supper es como un plato que llega frío a la mesa: promete mucho, pero termina sabiendo a poco. El problema no es que las historias sean malas —algunas tienen momentos interesantes—, sino que están tan mal desarrolladas que uno termina preguntándose si el guionista se quedó dormido a mitad de la escritura.

La estructura de la película es confusa, como si Cattaneo hubiera escrito cada escena en un orden aleatorio y luego las hubiera pegado con cinta adhesiva. Hay saltos narrativos que no llevan a ninguna parte, personajes que aparecen y desaparecen sin explicación, y un final que parece escrito por alguien que se rindió a mitad del segundo acto. The Last Supper es el tipo de película que te hace preguntarte si el guionista estaba escribiendo una historia de terror o simplemente anotando sus sueños en un cuaderno. Y lo peor es que, al final, ni siquiera estamos seguros de qué era.

Lo mejor

  • La atmósfera: Boikov logra crear una atmósfera opresiva y claustrofóbica, como si la casa en la que transcurre la película fuera una extensión del propio miedo del protagonista. Los planos largos y la iluminación tenue contribuyen a generar una sensación de incomodidad que, en los mejores momentos, roza lo hipnótico.
  • La actuación de Santiago Rios: Aunque su personaje es poco más que un maniquí con mirada vacía, Rios logra transmitir una intensidad perturbadora en algunos momentos. Su capacidad para mantener la tensión con tan poco material es, sin duda, lo más destacable de la película.
El diseño de sonido: El silencio no es siempre sinónimo de vacío, y en The Last Supper* el diseño de sonido —aunque minimalista— logra potenciar la sensación de soledad y desasosiego. Los pequeños detalles, como el crujido de una silla o el sonido de un cubierto al caer, añaden una capa de realismo que contrasta con la artificialidad del guion.

Lo peor

  • El guion: Un collage de ideas a medio desarrollar que no logra cohesionarse en una narrativa coherente. Cada historia prometida en la sinopsis se queda en un esbozo, como si el guionista hubiera perdido el interés a mitad del proceso.
  • El ritmo: La película avanza a un ritmo tan lento que uno tiene tiempo de sobra para contar los granos de polvo en la pantalla. Boikov parece creer que el terror se construye con silencio, pero el silencio sin propósito es aburrido.
La falta de sustancia: The Last Supper* es una película que confunde el estilo con la sustancia. Boikov filma cada plano como si estuviera esculpiendo una obra maestra, pero lo que termina mostrando es un ejercicio de vanidad vacío.
  • Las actuaciones: Aunque Rios tiene momentos destacados, el reparto en general parece perdido, como si los actores no supieran muy bien qué están haciendo allí. Melian, en particular, tiene tan poco que hacer que uno se pregunta si su personaje no era simplemente un error de casting.
  • La pretensión: La película intenta ser profunda, poética y aterradora, pero termina siendo pretenciosa. Boikov parece más interesado en impresionar a un jurado de festival que en conectar con el público.

El Veredicto de Claqueta Ácida

The Last Supper es una película que se sirve con elegancia, pero que sabe a poco. Aleksandr Boikov demuestra tener un ojo impecable para la composición visual y una capacidad notable para crear atmósferas opresivas, pero su obsesión por el estilo termina ahogando cualquier atisbo de sustancia. El guion de Mariano Cattaneo es un menú de ideas a medio cocinar, y las actuaciones —aunque con destellos de genialidad— no logran salvar el barco. Al final, lo que queda es una película que parece más interesada en ser admirada que en ser sentida. Un banquete para los ojos, pero un ayuno para el alma. Y en Claqueta Ácida, creemos que el cine debe alimentar, no dejar con hambre. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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