🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Yummy — El Banquete de Carne que Nadie Pidió (y Todos Vomitaríamos Dos Veces)

Lars Damoiseaux sirve un festín de zombis low-cost con cirujanos plásticos más siniestros que un quirófano de los 70. Sangre barata, risas involuntarias y un guion que huele a formaldehído caducado.

✍️ Por: Lúa Ácida
🎬 Director: Lars Damoiseaux
👥 Reparto: Maaike Neuville, Bart Hollanders, Benjamin Ramon, Clara Cleymans, Annick Christiaens, Éric Godon
⏱️ Lectura: 13 min
⚡ Ácido Cítrico 6/10
Crítica y fotograma de la película Yummy en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Yummy

El cine de terror belga nunca ha sido precisamente un faro de sofisticación. Entre el folk horror de Adoration y el surrealismo gore de Calvaire, el país parece especializado en destilar pesadillas con un toque de absurdo europeo, como si Hieronymus Bosch hubiera nacido en Bruselas y hubiera crecido viendo Eurotrash. Yummy, la ópera prima de Lars Damoiseaux, no escapa a esta tradición, pero tampoco la engrandece. Más bien, se arrastra por los pasillos de un hospital abandonado como uno de sus propios zombis: con buenas intenciones, mal equilibrio y un hedor a podrido que no termina de ser intencional. Estrenada en 2019, esta cinta nació en un momento en que el zombie movie parecía haber agotado todas sus variantes, desde el slow burn de The Walking Dead hasta el fast zombie de 28 Days Later. Sin embargo, en lugar de reinventar la rueda, Damoiseaux optó por engrasarla con silicona barata y rezar para que nadie notara que chirriaba. El resultado es una película que huele a direct-to-video de los 90, pero con el presupuesto de un episodio piloto de Black Mirror rechazado por Channel 4.

El contexto de producción de Yummy es tan turbio como su premisa. Producida por A Team Productions y 10.80 Films, dos productoras belgas con más entusiasmo que recursos, la película parece haber sido rodada en un fin de semana largo, con un equipo que alternaba entre el terror y la risa nerviosa. Lars Damoiseaux, cuyo currículum previo se limitaba a cortometrajes y trabajos técnicos en televisión, se lanzó a la piscina del largometraje con la misma elegancia con la que su protagonista libera a una zombi de un laboratorio: sin mirar atrás y confiando en que el caos resultante fuera entretenido. El guion, escrito por Eveline Hagenbeek, es un Frankenstein de ideas recicladas, donde el body horror de Cronenberg se mezcla con el humor negro de Shaun of the Dead, pero sin la coherencia de ninguno de los dos. La premisa —una pareja que viaja a Europa del Este para una cirugía plástica y acaba en medio de un brote zombie— tiene el potencial de una sátira ácida sobre la obsesión por la belleza y el turismo médico low-cost. Pero en lugar de afilar el bisturí, Hagenbeek lo deja caer sobre el pie del espectador, sin anestesia.

El hospital donde transcurre gran parte de la acción es un personaje más, aunque uno tan poco desarrollado como los secundarios. Con sus pasillos iluminados por fluorescentes que parpadean como luciérnagas moribundas y sus paredes cubiertas de azulejos que parecen sacados de un matadero de los años 70, el lugar tiene una atmósfera opresiva que recuerda a The Hospital de Arthur Hiller, pero sin su ironía ni su estilo. Aquí, el diseño de producción parece más preocupado por ocultar el bajo presupuesto que por crear una estética coherente. Los zombis, por su parte, son un caso de estudio en cómo no hacer practical effects: desde la mujer liberada por el protagonista —que parece una muñeca hinchable con maquillaje de Halloween— hasta los pacientes transformados, cuyas heridas parecen pintadas con témpera por un niño de cinco años. El contraste entre la pretensión de realismo y la ejecución cutre es tan evidente que, en más de una ocasión, uno se pregunta si el equipo no habría encontrado un tutorial de «cómo hacer zombis en casa» en YouTube y lo habría seguido al pie de la letra.

El reparto, encabezado por Maaike Neuville y Bart Hollanders, hace lo que puede con un material que oscila entre lo ridículo y lo patético. Neuville, en el papel de Alison, intenta dotar a su personaje de una humanidad que el guion le niega sistemáticamente. Su química con Hollanders, que interpreta a su novio Michael, es tan forzada como un implante de pómulos, y sus diálogos suenan como si hubieran sido escritos por un algoritmo de fanfiction de Crepúsculo. El verdadero problema, sin embargo, no es la falta de talento de los actores, sino la ausencia de dirección. Damoiseaux parece más interesado en encuadrar planos que en guiar a sus intérpretes, lo que resulta en actuaciones que van desde lo plano (Clara Cleymans como la suegra) hasta lo histriónico (Éric Godon como el cirujano jefe, que parece salido de una parodia de Hostel). El único que parece estar pasándolo bien es Benjamin Ramon, cuyo personaje, un paciente con un sentido del humor más negro que el café de una morgue, roba todas las escenas en las que aparece. Su línea «Prefiero morir con mis propios dientes que vivir con los de otro» es, irónicamente, lo más memorable de toda la película.

Dirección: El bisturí sin filo

Lars Damoiseaux debuta con una dirección que oscila entre lo funcional y lo torpe, como un cirujano que ha visto demasiados episodios de House pero nunca ha pisado un quirófano. Su estilo visual es tan sutil como un martillazo en la rodilla: planos medios que parecen sacados de un manual de cine de los 80, zooms innecesarios que recuerdan a las películas de terror italianas de los 70, y una iluminación que alterna entre lo demasiado oscuro (para ocultar los efectos cutres) y lo demasiado brillante (para que no se note la falta de texturas). El montaje, por su parte, es un desastre de continuidad, con saltos temporales que parecen errores de edición más que decisiones narrativas. Hay una escena en la que un personaje abre una puerta y, en el siguiente plano, la puerta está cerrada de nuevo, como si el hospital tuviera vida propia y estuviera jugando al escondite con los protagonistas. El ritmo, por otro lado, es tan irregular como el latido de un corazón en parada: momentos de tensión mal construida seguidos de otros de humor involuntario, como cuando un zombi tropieza con sus propios intestinos y cae al suelo como un saco de patatas.

El mayor pecado de Damoiseaux, sin embargo, es su incapacidad para equilibrar el tono. Yummy quiere ser una comedia negra, un body horror y una sátira social al mismo tiempo, pero acaba siendo un Frankenstein genérico que no termina de cuajar en nada. Hay destellos de lo que podría haber sido: la escena en la que la suegra de Alison se mira en el espejo después de su lifting fallido, con la cara colgando como un globo desinflado, tiene un potencial grotesco que recuerda a Society de Brian Yuzna. Pero Damoiseaux no se atreve a profundizar en el horror corporal, y la secuencia acaba siendo más ridícula que perturbadora. Lo mismo ocurre con el personaje de la zombi liberada, cuya transformación podría haber sido una metáfora poderosa sobre la objetificación de la mujer, pero que acaba reducida a un plot device torpe. En lugar de explotar el simbolismo de una mujer atrapada en un laboratorio, convertida en un experimento y luego en un monstruo, la película opta por el camino fácil: sangre, gritos y un final que parece escrito en cinco minutos.

Actuaciones: El reparto que merecía algo mejor

El elenco de Yummy parece haber sido reclutado en un casting de reality show belga, donde el único requisito era «saber gritar y parecer asustado». Maaike Neuville es la excepción que confirma la regla: su Alison es un personaje con matices, una mujer insegura que busca en la cirugía plástica una solución a sus problemas emocionales. Neuville logra transmitir esa vulnerabilidad con una naturalidad que contrasta con el resto del reparto, pero incluso ella se ve lastrada por un guion que convierte a su personaje en una víctima pasiva, más preocupada por su novio que por su propia supervivencia. Bart Hollanders, en el papel de Michael, es el típico protagonista masculino de película de terror: egoísta, cobarde y con una capacidad asombrosa para tomar las peores decisiones posibles. Su química con Neuville es inexistente, y sus diálogos son tan forzados que uno espera que en cualquier momento alguien grite «¡Corten!» y les den un guión nuevo.

El verdadero crimen, sin embargo, es lo que le hacen a Clara Cleymans, cuyo personaje, la suegra de Alison, tiene el potencial para ser el más interesante de la película. Cleymans, una actriz con experiencia en teatro y televisión, intenta darle profundidad a su papel, pero el guion la reduce a un cliché: la mujer vanidosa que paga por su obsesión con la juventud. Su transformación en zombi es uno de los momentos más prometedores de la película, pero Damoiseaux no sabe qué hacer con ella, y acaba convertida en un monstruo más del montón. Éric Godon, por su parte, se lo pasa en grande como el cirujano jefe, un villano que parece salido de una parodia de American Horror Story. Su actuación es tan exagerada que roza lo camp, pero al menos tiene la decencia de ser entretenida. El verdadero descubrimiento, sin embargo, es Benjamin Ramon, cuyo personaje, Jan, aporta el único momento de humor intencional de la película. Su línea sobre preferir morir con sus propios dientes es tan absurda y bien entregada que uno desearía que el guion le hubiera dado más espacio.

Apartado técnico: El maquillaje que da más miedo que los zombis

Si hay algo que Yummy demuestra es que el low budget no es excusa para la pereza técnica. El diseño de producción, a cargo de un equipo que parece haber decorado el hospital con lo primero que encontraron en un almacén de atrezzo médico, es un desastre de continuidad y coherencia. Los pasillos del hospital cambian de color y tamaño según la escena, y los objetos parecen moverse solos, como si el set estuviera embrujado. El vestuario, por su parte, es tan genérico que los personajes podrían estar en cualquier película de terror de bajo presupuesto de los últimos veinte años. La única excepción es el traje de la zombi liberada, que parece cosido con retales de tela de araña y restos de carne podrida, pero cuyo efecto se arruina por un maquillaje que parece aplicado con una brocha de pintura.

El verdadero punto negro, sin embargo, es el maquillaje de los zombis. En una película que pretende ser un body horror, el hecho de que los efectos prácticos parezcan sacados de un episodio de Power Rangers es un pecado capital. Las heridas de los zombis son tan poco convincentes que uno espera que en cualquier momento alguien grite «¡Es solo ketchup!» y se acabe la película. El peor momento llega cuando un personaje es mordido en el cuello y la sangre parece más salsa de tomate que fluido vital. El sonido, por su parte, es tan irregular como el resto de la película: desde gritos que suenan como si hubieran sido grabados en un baño hasta efectos de sonido que parecen sacados de una biblioteca de audio de los 90. La banda sonora, compuesta por Steve Willaert, es un score genérico de sintetizadores que intenta emular el estilo de John Carpenter, pero acaba sonando como la música de un videojuego de móviles.

La fotografía de Daan Nieuwenhuijs es, con diferencia, el aspecto técnico más salvable de la película. Aunque limitada por el bajo presupuesto, Nieuwenhuijs logra crear una atmósfera opresiva en los pasillos del hospital, utilizando la iluminación para resaltar la decadencia del lugar. Los planos nocturnos, con su paleta de azules fríos y verdes enfermizos, recuerdan al trabajo de Roger Deakins en The Assassination of Jesse James, pero en versión low cost. Sin embargo, incluso aquí hay fallos: la falta de texturas en los planos cercanos y la sobreexposición en algunas escenas delatan la falta de recursos. El montaje, por su parte, es un desastre de continuidad, con saltos temporales que parecen errores más que decisiones narrativas. En una escena, un personaje abre una puerta y, en el siguiente plano, la puerta está cerrada de nuevo, como si el hospital tuviera vida propia y estuviera jugando al escondite con los protagonistas.

Lo mejor

La premisa: Una idea original que mezcla body horror*, sátira social y zombis con un toque de humor negro. Tiene el potencial de una película de culto, pero la ejecución la deja en tierra de nadie.
  • Benjamin Ramon: El único actor que parece estar pasándolo bien, y su personaje, Jan, es el único que aporta momentos de humor intencional y frescura a un guion por lo demás predecible.
  • La fotografía de Daan Nieuwenhuijs: Aunque limitada por el presupuesto, logra crear una atmósfera opresiva y enfermiza que eleva algunas escenas por encima del resto del material.
  • La suegra de Alison: Clara Cleymans hace lo que puede con un personaje reducido a cliché, pero su transformación en zombi tiene un potencial grotesco que, con mejor dirección, podría haber sido memorable.
  • El hospital como escenario: El diseño de producción, aunque cutre, logra transmitir una sensación de decadencia y abandono que encaja con la premisa de la película.

Lo peor

El maquillaje de los zombis: Parece sacado de un kit de Halloween de los 90, y las heridas de los personajes son tan poco convincentes que arruinan cualquier intento de body horror*.
  • El guion de Eveline Hagenbeek: Una mezcla de ideas recicladas, diálogos forzados y personajes planos que no logran conectar con el espectador. La sátira social prometida se queda en un esbozo torpe.
  • El ritmo irregular: Momentos de tensión mal construida seguidos de otros de humor involuntario, como si la película no supiera qué tono quiere adoptar.
  • Las actuaciones del reparto principal: Maaike Neuville es la única que intenta darle humanidad a su personaje, pero el resto del elenco parece perdido, especialmente Bart Hollanders, cuyo Michael es un protagonista insoportable.
  • La dirección de Lars Damoiseaux: Funcional pero torpe, con planos que parecen sacados de un manual de cine de los 80 y un montaje que delata la falta de experiencia.
  • El final apresurado: Parece escrito en cinco minutos y no cierra ninguna de las tramas abiertas, dejando un regusto a oportunidad perdida.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Yummy es como un plato de comida rápida: sabe a algo, tiene un aspecto vagamente apetecible, pero al final te deja con una sensación de vacío y ganas de pedir algo más sustancioso. Lars Damoiseaux y su equipo tenían entre manos una premisa con potencial para ser una sátira ácida sobre la obsesión por la belleza, el turismo médico low-cost y el body horror, pero en lugar de eso nos sirven una película de zombis genérica, con efectos cutres, actuaciones irregulares y un guion que huele a formaldehído caducado. Hay destellos de lo que podría haber sido —la fotografía enfermiza de Nieuwenhuijs, el humor negro de Benjamin Ramon, la transformación grotesca de la suegra—, pero quedan ahogados en un mar de decisiones torpes y falta de ambición. Yummy no es una película mala, pero tampoco es buena: es mediocre, olvidable y, sobre todo, un recordatorio de que el cine de terror low-cost necesita algo más que sangre falsa y gritos para funcionar. Un 6/10, suficiente para no demandar, pero no para no vomitar. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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