Project Wolf Hunting — El barco de los lobos que no saben nadar (y el cine coreano que se ahoga en su propia bilis)
Kim Hong-seon convierte un motín carcelario en alta mar en un festín de sangre, CGI cutre y tópicos coreanos reciclados. Claqueta Ácida disecciona este naufragio con saña.
El cine coreano lleva años nadando en un océano de bilis creativa, donde el éxito de Parásitos y Train to Busan ha convertido el gore social en moneda de cambio para estudios ansiosos por repetir fórmulas. Kim Hong-seon, un director con más oficio que inspiración, se sube a esta ola con Project Wolf Hunting, una película que promete un motín carcelario en alta mar y acaba entregando un buffet de tópicos reciclados con salsa de soja agria. Septiembre de 2022, un barco carguero zarpa de Manila hacia Busán con una carga humana de delincuentes peligrosos y policías curtidos. La premisa huele a Battle Royale mezclado con The Raid, pero el resultado sabe a leftovers de Oldboy recalentados en el microondas de la productora The Contents On Co., Ltd.. No es casualidad que el guion lo firme el mismo director: cuando el creador no tiene nada nuevo que decir, el celuloide se convierte en un espejo roto donde solo se refleja su propia mediocridad industrializada.
El contexto no podría ser más irónico. Corea del Sur, un país que ha elevado el cine de género a cotas de arte con directores como Bong Joon-ho o Park Chan-wook, parece haber entrado en una fase de autocanibalismo creativo. Project Wolf Hunting es el equivalente cinematográfico a esos K-dramas de Netflix que inundan las pantallas con tramas predecibles y actores guapos pero vacíos. Kim Hong-seon, cuyo currículum incluye películas de acción olvidables como The Chase (2017), parece más interesado en llenar el encuadre de sangre falsa que en explorar las tensiones psicológicas de su propia premisa. El barco, ese espacio claustrofóbico por excelencia, se convierte en un decorado de cartón piedra donde los personajes gritan, corren y mueren sin que el espectador sienta nada más que el peso de su propia indiferencia. ¿Dónde está el pulso narrativo de The Terror? ¿Dónde la tensión claustrofóbica de Das Boot? Aquí solo hay CGI de pacotilla, coreografías de lucha que parecen ensayadas por extras de Power Rangers y un guion que avanza a trompicones, como un borracho en cubierta durante una tormenta.
La elección del escenario —un barco en medio del océano— debería ser una bendición para cualquier director con un mínimo de ambición visual. El mar, ese lienzo infinito de azul y negro, ha inspirado algunas de las metáforas más poderosas del cine: desde el aislamiento existencial de Life of Pi hasta la locura colectiva de The Lighthouse. Pero Kim Hong-seon prefiere convertirlo en un plató de televisión, con una iluminación plana que parece sacada de un episodio de CSI: Miami y una fotografía que confunde oscuridad con falta de presupuesto. El director de fotografía Yun Ju-hwan, responsable de trabajos más interesantes como The Villainess (2017), aquí parece haber tirado la toalla: los planos generales del barco son tan genéricos que podrían pertenecer a cualquier película de piratas de bajo presupuesto, y las escenas de acción, filmadas con cámaras temblorosas y cortes rápidos, solo sirven para marear al espectador sin generar adrenalina. Es como si el equipo técnico hubiera decidido que, si la película no podía ser buena, al menos sería ruidosa y confusa.
Y luego están los actores. Seo In-guk, un cantante reconvertido en estrella de drama, interpreta al líder de los prisioneros con una sobreactuación que roza lo paródico. Su personaje, un criminal carismático pero genérico, parece sacado de un manual de villanos de los 90: sonrisa burlona, frases hechas sobre la libertad y un peinado que desafía las leyes de la aerodinámica. Frente a él, Jang Dong-yoon (el policía novato) hace lo que puede con un personaje escrito como un cliché andante: el joven idealista que aprende que el mundo es cruel. Su química en pantalla es tan forzada como un matrimonio arreglado, y sus diálogos suenan a traducción automática de Google. El resto del reparto, desde Park Ho-san (el capitán de la policía) hasta Jung So-min (la única mujer en un mar de testosterona), se mueve como si supieran que están en una película mala pero no tuvieran el valor de saltar por la borda. Solo Ko Chang-seok, en el papel de un preso veterano, aporta un mínimo de humanidad a este circo de estereotipos, aunque incluso él parece consciente de que su talento está siendo desperdiciado en un guión que huele a naftalina.
La dirección: Un timón sin rumbo en un mar de clichés
Kim Hong-seon dirige Project Wolf Hunting como si estuviera esquivando balas de su propio guion. El problema no es la falta de ideas —el cine coreano ha demostrado que puede convertir hasta el argumento más trillado en algo memorable—, sino la ausencia total de estilo. Las escenas de acción, que deberían ser el plato fuerte, son un desfile de tópicos: cuchillos que vuelan como en John Wick, pero sin la elegancia; disparos que suenan a petardos mojados; y persecuciones en pasillos estrechos que parecen filmadas en un plató de una serie como Squid Game. El montaje, frenético y caótico, solo sirve para ocultar la falta de coreografía y la pobreza del CGI. Cuando los prisioneros se amotinan y el barco se convierte en un matadero flotante, lo que debería ser una orgía de violencia poética acaba siendo un collage de efectos digitales baratos: sangre que parece pintura de dedos, explosiones que parecen sacadas de un videojuego de los 2000 y cadáveres que caen como muñecos de trapo. Es como si el director hubiera confundido brutalidad con falta de gusto, y hubiera decidido que, si la película no podía ser inteligente, al menos sería sucia y desagradable.
El guion, escrito también por Kim Hong-seon, es un catálogo de lugares comunes del cine de acción coreano. Los prisioneros son arquetipos sin matices: el líder carismático, el psicópata, el veterano cansado, el joven rebelde. Los policías, por su parte, son clones de SWAT con traumas familiares y frases motivacionales sacadas de un libro de autoayuda para adolescentes. Los diálogos, supuestamente llenos de tensión dramática, suenan a parodia: «¡No somos animales!» grita uno de los presos, mientras el resto del grupo se dedica a masacrar a sus captores con hachas y pistolas. La película intenta venderse como una reflexión sobre la naturaleza humana, pero acaba siendo un manual de instrucciones para el caos, donde la violencia no tiene consecuencias y los personajes mueren sin que el espectador sienta nada más que alivio por no tener que sufrir sus monólogos pseudo-filosóficos. El único momento en el que el guion parece despertar de su letargo es cuando introduce un elemento sobrenatural —un preso que afirma ver fantasmas—, pero incluso esto se resuelve de manera tan predecible y torpe que parece un guiño forzado a The Wailing (2016), una película que, por cierto, destruye a esta en todos los aspectos.
El reparto: Actores ahogándose en un mar de estereotipos
El elenco de Project Wolf Hunting parece haber sido seleccionado en un casting express para una película de acción de bajo presupuesto. Seo In-guk, que ha demostrado tener carisma en dramas como Reply 1997, aquí interpreta a su personaje como si estuviera leyendo las líneas por primera vez. Su actuación oscila entre lo exagerado y lo inexpresivo, como si no supiera si está en una película de terror o en un drama adolescente. Jang Dong-yoon, por su parte, tiene el rostro perfecto para el papel de policía novato —joven, guapo, con esa mirada de corderito perdido—, pero su interpretación es tan plana que parece un maniquí con voz. Los dos protagonistas masculinos no generan ninguna química en pantalla, y sus escenas juntos son tan forzadas que parecen sacadas de un sketch de comedia.
El resto del reparto no corre mejor suerte. Park Ho-san, un actor normalmente sólido, aquí se limita a gritar órdenes como si estuviera en un ejercicio militar. Jung So-min, la única actriz en un mar de testosterona, tiene la expresión de alguien que sabe que está en una película mala pero no quiere que se note. Su personaje, una policía con un trauma familiar, es tan genérico que podría ser intercambiable con cualquier otra mujer fuerte pero vulnerable del cine coreano reciente. El único que parece divertirse con su papel es Ko Chang-seok, cuyo personaje —un preso veterano con un sentido del humor negro— aporta los únicos momentos de humanidad en esta pesadilla de clichés. Su actuación es sutil y contenida, como si supiera que el guion no merece más esfuerzo. Es una lástima que el resto del reparto no haya seguido su ejemplo.
Apartado técnico: Cuando el presupuesto se nota (y no en el buen sentido)
El aspecto técnico de Project Wolf Hunting es un recordatorio doloroso de que el dinero no lo es todo en el cine, pero la falta de él se nota demasiado. La fotografía de Yun Ju-hwan, que en otras películas ha demostrado ser capaz de crear imágenes impactantes, aquí parece apagada y funcional. Los planos del barco, que deberían transmitir claustrofobia y aislamiento, son tan genéricos que podrían pertenecer a cualquier película de piratas de directo a DVD. Las escenas de noche, iluminadas con una paleta de azules fríos, parecen sacadas de un videojuego indie de los 2010, y los primeros planos de los actores están tan sobreexpuestos que parecen fantasmas en una pantalla de televisión antigua. El diseño de producción, por su parte, es tan cutre que cuesta creer que esta película se rodó en 2022. El barco, que debería ser un personaje más de la historia, parece un decorado de cartón piedra donde los actores corren como si estuvieran en un plató de televisión. Los efectos digitales, especialmente en las escenas de acción, son tan malos que parecen sacados de un fan film de Resident Evil. Sangre que parece pintura de dedos, explosiones que parecen fuegos artificiales de feria y cadáveres que caen como muñecos de trapo.
La banda sonora, compuesta por Dalparan, es otro de los puntos débiles de la película. En lugar de elevar las escenas de tensión, la música las ahoga con una partitura genérica y repetitiva que suena a música de ascensor con esteroides. Los temas de acción, supuestamente épicos, parecen sacados de una biblioteca de sonidos de YouTube, y los momentos dramáticos están acompañados por melodías cursis que parecen diseñadas para una telenovela mexicana. El montaje, por su parte, es caótico y desorganizado, como si el editor hubiera decidido que más cortes = más emoción. Las escenas de acción, filmadas con cámaras temblorosas y planos cortos, son tan confusas que cuesta seguir lo que está pasando. Es como si el equipo técnico hubiera decidido que, si la película no podía ser buena, al menos sería ruidosa y desordenada.
Lo mejor
- La premisa: Un motín carcelario en un barco es una idea con potencial, aunque aquí se desperdicie como un vaso de agua en el desierto.
- Ko Chang-seok: El único actor que parece entender que está en una película, no en un anuncio de seguros. Su presencia salva escenas enteras.
- Algunos momentos de tensión: Hay un par de escenas —como el primer motín— que logran generar adrenalina genuina, aunque duren menos que un suspiro en una pelea de bar.
- El intento de subtexto: La película intenta hablar de libertad, justicia y redención, aunque acabe ahogándose en su propio discurso vacío.
Lo peor
- El CGI de pacotilla: Sangre que parece pintura de dedos, explosiones que parecen fuegos artificiales de feria y cadáveres que caen como muñecos de trapo. Un insulto a la vista.
- Los diálogos: Frases hechas, monólogos pseudo-filosóficos y traducciones automáticas que suenan a parodia de telenovela barata.
- La dirección: Kim Hong-seon dirige como si estuviera esquivando balas de su propio guion, sin estilo, sin pulso y sin ninguna ambición visual.
- Los personajes: Arquetipos sin matices, clichés andantes que podrían ser intercambiables con cualquier otra película de acción coreana.
- La fotografía: Planos genéricos, iluminación plana y una paleta de colores que parece sacada de un videojuego indie de los 2010.
- El ritmo: La película avanza a trompicones, como un borracho en cubierta, sin saber muy bien hacia dónde va.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Project Wolf Hunting es el equivalente cinematográfico a un buffet de comida rápida: promete mucho, sabe a poco y te deja con una resaca de clichés. Kim Hong-seon tenía en sus manos una premisa con potencial —un motín carcelario en alta mar— pero decidió convertirla en un collage de tópicos coreanos reciclados, con un CGI que parece sacado de un fan film de Resident Evil y unos actores que parecen maniquíes con voz. La película intenta venderse como una reflexión sobre la naturaleza humana, pero acaba siendo un manual de instrucciones para el caos, donde la violencia no tiene consecuencias y los personajes mueren sin que el espectador sienta nada más que alivio. Si buscas acción coreana de calidad, mejor vuelve a ver The Villainess o Train to Busan. Si buscas un naufragio cinematográfico, esta es tu película. No recomendado para estómagos sensibles (ni para amantes del buen cine). 💀
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