Appofeniacs — La resaca de Silicon Valley en formato de pesadilla low-cost
Chris Marrs Piliero intenta exorcizar los demonios de la adicción tecnológica con un guion que parece escrito por un algoritmo de TikTok. ¿El resultado? Una resaca visual que duele más que mil likes falsos.
El olor a palomitas rancias se mezcla con el aroma artificial de los auriculares inalámbricos en esta sala de cine de barrio, donde Appofeniacs ha decidido estrenarse como si fuera un experimento social de bajo presupuesto financiado por la misma gente que cree que los NFT son arte. La pantalla parpadea con la intensidad de un fluorescente moribundo, y el proyector escupe imágenes con la precisión de un influencer intentando explicar la teoría de la relatividad. Chris Marrs Piliero, ese enfant terrible que alguna vez nos regaló el glorioso caos de Hansel vs. Gretel: Witch Hunters (2013), regresa con un proyecto que huele a crowdfunding de Kickstarter, a noches en vela justificando por qué su película merece existir y a la desesperación de un director que, tras años de silencio, parece haber descubierto que el cine no se hace solo con memes y buenas intenciones. Odin's Eye Entertainment, esa productora cuyo nombre evoca más a un grupo de black metal noruego que a una empresa de cine seria, ha apostado por un tema tan manido como la adicción a las redes sociales, pero con la sutileza de un martillazo en un iPhone 15 Pro Max. El problema no es la premisa —Dios sabe que el mundo necesita más películas que escupan a la cara de Silicon Valley con la elegancia de un dickpic anónimo—, sino que Piliero parece haber confundido la sátira con un reel de Instagram: rápido, superficial, diseñado para ser olvidado antes de que termine el scroll y con la profundidad intelectual de un tuit de Elon Musk.
La película nos lanza de cabeza a un mundo donde los likes son la moneda de cambio, los followers determinan tu valor como ser humano y la dopamina es tan adictiva como el crack en los 80. La protagonista, Luna, interpretada por la siempre interesante Sophia Lillis, es una influencer cuya vida se desmorona cuando su adicción a una app llamada Appofenia (sí, ese término psicológico que describe la tendencia humana a ver patrones donde no los hay, aplicado aquí con la sutileza de un elefante en una cacharrería) la lleva a un espiral de autodestrucción. La app en cuestión, diseñada por un tech bro con más ego que neuronas (David Dastmalchian, en un papel que parece escrito para él), promete conectar a las personas a un nivel «profundo y significativo», pero en realidad las sumerge en una espiral de paranoia, ansiedad y dependencia digital. La premisa, en teoría, es brillante: una crítica feroz al capitalismo de vigilancia, a la economía de la atención y a esa obsesión moderna por cuantificar cada aspecto de nuestra existencia. Pero en la práctica, Appofeniacs se queda en la superficie, como un influencer que solo rasca la epidermis de los problemas sociales para venderte un curso de mindfulness de 999 euros.
El primer plano de la película nos recibe con un close-up tan ajustado de un ojo humano que podríamos contar las venas de la esclerótica. La cámara se aleja lentamente, revelando que ese ojo pertenece a Luna, quien está grabando un vlog en el que, con una sonrisa de anuncio de dentífrico, nos cuenta cómo su vida ha cambiado gracias a Appofenia. La iluminación es fría, casi clínica, con tonos azules y verdes que recuerdan a la paleta de Black Mirror, pero sin la elegancia visual de ese programa. El montaje es frenético, con cortes rápidos que imitan el ritmo de un feed de TikTok, pero que aquí solo consiguen marear al espectador y hacerle sentir como si estuviera sufriendo un ataque de doomscrolling en tiempo real. Piliero parece obsesionado con la idea de que el cine debe imitar la experiencia de navegar por las redes sociales, pero se olvida de que el cine, cuando está bien hecho, es una experiencia sensorial que va más allá de imitar la mediocridad de un timeline infinito. La banda sonora, compuesta por Joseph Trapanese (un nombre que suena a mezcla entre un villano de Star Wars y un algoritmo de Spotify), es un batiburrillo de sonidos electrónicos que intentan transmitir tensión pero que acaban sonando como el ringtone de un teléfono de 2005.

Dirección: El caos como estilo (o la falta de él)
Chris Marrs Piliero dirige Appofeniacs como si estuviera compitiendo en un reality show de cine: con prisas, sin planificación y con la esperanza de que el público se conforme con cualquier cosa con tal de que sea «moderna». Su estilo visual es tan caótico como la mente de un influencer tras una noche de binge-watching de true crime. En una escena clave, Luna descubre que Appofenia está manipulando sus recuerdos, y la secuencia se resuelve con un split screen que parece sacado de un episodio de 24, pero con la calidad de un fan film de Stranger Things. Los planos se superponen, los colores se saturan hasta el punto de parecer una sobredosis de LSD, y los efectos visuales —que parecen hechos con After Effects de 2010— intentan transmitir la distorsión de la realidad, pero solo consiguen que el espectador se pregunte si el proyector de la sala está a punto de explotar.
Piliero tiene momentos de genialidad, como cuando filma a Luna en un plano secuencia en el que recorre su apartamento, un espacio minimalista y aséptico que parece diseñado por un algoritmo de Pinterest. La cámara la sigue mientras ella se mueve entre objetos que brillan con la frialdad de un Apple Store, y el sonido ambiente se reduce a un zumbido constante, como si estuviéramos dentro de su cabeza mientras su cerebro se derrite por la sobreexposición a las pantallas. Pero estos momentos son escasos y quedan ahogados por el resto del metraje, que parece más preocupado por imitar el estilo de películas como Uncut Gems o Searching que por desarrollar una voz propia. Appofeniacs quiere ser una película cool, pero acaba siendo tan cool como un padre intentando bailar perreo en una boda.
Actores: Química de cartón piedra y actuaciones de manual
El reparto de Appofeniacs es un batiburrillo de actores que parecen haber sido elegidos por un algoritmo de casting que solo buscaba «caras conocidas que acepten trabajar por poco dinero». Sophia Lillis, una actriz con un talento indudable que ya demostró en películas como Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves o I Am Not Okay With This, hace lo que puede con el material que tiene entre manos. Su Luna es una mezcla entre una influencer de Instagram y una paciente de un psiquiátrico, y aunque su actuación tiene momentos de auténtica desesperación —como cuando rompe su teléfono en un arrebato de ira que parece sacado de un meme de Twitter— , el guion la obliga a recitar diálogos tan profundos como un charco de agua en agosto. En una escena, le suelta a su novio (interpretado por Justice Smith, cuyo carisma brilla por su ausencia): «Las redes sociales no nos conectan, nos aíslan dentro de nuestras propias burbujas», una frase que suena tan original como un tuit de Paulo Coelho.
David Dastmalchian, ese actor secundario que siempre parece estar a punto de robar la escena pero que nunca lo consigue del todo, interpreta al creador de Appofenia, un tech bro con más red flags que un semáforo en un terremoto. Su personaje es una mezcla entre Mark Zuckerberg y Elon Musk, pero con la profundidad psicológica de un meme de 9GAG. Dastmalchian intenta darle un toque de humanidad a su papel, pero el guion lo obliga a recitar frases como «La tecnología no es buena ni mala, es solo una herramienta», que suenan tan inspiradoras como un slogan de Microsoft en los 90. El resto del reparto —incluyendo a Justice Smith como el novio millennial que solo sirve para decir obviedades y a Brittany Snow como la mejor amiga que parece sacada de un episodio de Gossip Girl— pasa sin pena ni gloria, como extras en un after de Coachella.
Apartado Técnico: Cuando el presupuesto se nota (y no en el buen sentido)
El diseño de producción de Appofeniacs es un homenaje a la estética tech de los 2010, con apartamentos minimalistas llenos de muebles blancos, pantallas gigantes y luces LED que parecen sacadas de un showroom de IKEA. El problema es que todo parece tan falso como las sonrisas de un influencer en un unboxing. Los espacios son fríos, asépticos y carentes de personalidad, como si el director de arte hubiera confundido «moderno» con «aburrido». El vestuario, por su parte, es un desastre: Luna viste como si estuviera en un moodboard de Pinterest, con prendas que parecen diseñadas para ser fotografiadas en flat lays pero que en movimiento parecen sacadas de una tienda de outlet de mala muerte.
La fotografía, a cargo de Zachary Shedd, es uno de los pocos aspectos técnicos que salva la película de ser un desastre total. Shedd juega con la iluminación para crear una atmósfera opresiva, utilizando tonos azules y verdes que recuerdan a películas como Her o Ex Machina. Sin embargo, incluso aquí hay momentos en los que la falta de presupuesto se nota, como en las escenas de flashbacks digitales, donde los efectos visuales parecen hechos con Windows Movie Maker. La música de Joseph Trapanese, por su parte, es un batiburrillo de sonidos electrónicos que intentan transmitir tensión pero que acaban sonando como el ringtone de un Nokia 3310. En una escena clave, cuando Luna descubre que Appofenia está manipulando sus recuerdos, la música alcanza su clímax con un drop que suena tan forzado como un jump scare en una película de terror de bajo presupuesto.
El montaje, a cargo de Brian Scofield, es otro de los puntos débiles de la película. Scofield intenta imitar el ritmo frenético de películas como Uncut Gems o The Social Network, pero acaba creando una experiencia visual tan agotadora como un maratón de TikTok a las 3 de la madrugada. Los cortes son rápidos, los zooms son abruptos, y las transiciones entre escenas parecen sacadas de un tutorial de iMovie. En un momento dado, la película incluso recurre a un split screen que parece sacado de un episodio de 24, pero con la calidad de un fan film de Stranger Things. Appofeniacs quiere ser una película moderna y vanguardista, pero acaba siendo tan vanguardista como un reel de Instagram de 2018.
Lo mejor
La fotografía: Zachary Shedd logra crear una atmósfera opresiva y claustrofóbica con una paleta de colores fríos que recuerda a películas como Her o Ex Machina*. Los planos de Luna en su apartamento minimalista son visualmente impactantes y transmiten la sensación de aislamiento que sufre el personaje. Sophia Lillis: A pesar del guion, Lillis logra transmitir la desesperación y la fragilidad de Luna con una actuación que, en sus mejores momentos, recuerda a la intensidad de Florence Pugh en Midsommar*.- La premisa: Aunque la ejecución deja mucho que desear, la idea de criticar la adicción a las redes sociales y el capitalismo de vigilancia es relevante y necesaria en el cine actual.
Lo peor
El guion: Un batiburrillo de frases hechas, diálogos pretenciosos y situaciones predecibles que parece escrito por un algoritmo de IA entrenado con tweets de self-help*. El ritmo: El montaje frenético y los cortes rápidos hacen que la película sea agotadora de ver, como si estuviéramos sufriendo un ataque de doomscrolling* en tiempo real. Los efectos visuales: Parecen sacados de un tutorial de After Effects de 2010, con glitches digitales que parecen hechos con Windows Movie Maker*. La falta de originalidad: Appofeniacs quiere ser una película cool y vanguardista, pero acaba siendo un refrito de ideas ya vistas en películas como Uncut Gems, Searching o Black Mirror*. El reparto secundario: Justice Smith y Brittany Snow pasan sin pena ni gloria, como extras en un after de Coachella*.El Veredicto de Claqueta Ácida
Appofeniacs es lo que pasa cuando un director con talento se obsesiona con imitar el estilo de películas que admira en lugar de desarrollar una voz propia. Chris Marrs Piliero tiene momentos de genialidad, pero su película acaba siendo un refrito de ideas ya vistas, con un guion pretencioso, unos efectos visuales de low budget y un reparto que parece perdido en un timeline infinito. La premisa es interesante, pero la ejecución es tan superficial como un reel de Instagram. Appofeniacs no es una mala película, pero es una película que se queda en la superficie, como un influencer que solo rasca la epidermis de los problemas sociales para venderte un curso de coaching de vida. En Claqueta Ácida creemos que el cine debe ser una experiencia sensorial, no un scroll infinito. Y esta película, por desgracia, es lo segundo. 💀
🎬 Tráiler Oficial
💬 El Veredicto de la Comunidad
¿Qué te ha parecido la película? Deja tu nota de 0 a 10 para contrastarla con el análisis de la redacción.
Aún no has votado
📢 ¿Te ha gustado el ácido?
Comparte esta crítica con tus amigos cinéfilos o desata la polémica en redes.
📩 📩 Recibe la dosis en tu bandeja
Únete a nuestra lista de correo semanal. Críticas honestas de cine, coberturas ácidas de festivales y recomendaciones de culto cada domingo por la mañana. Cero spam, puro celuloide.
🔒 Prometemos críticas venenosas semanales y cobertura exclusiva.Críticas Relacionadas
Autopsias recomendadas para cinéfilos exigentes.
⚠️ Ácido Sulfúrico4.8Appofeniacs
Chris Marrs Piliero intenta exorcizar los demonios de la adicción tecnológica con un guion que parece escrito por un algoritmo de TikTok. ¿El resultado? Una resaca visual que duele más que mil likes falsos.
⚠️ Ácido Sulfúrico0.0PUFA 2026
La película 'Bad Haircut' se corona como la Mejor Película en la tercera edición del Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Valladolid, mientras el jurado y la crítica mantienen opiniones encontradas sobre la calidad de la cinta.
⚡ Ácido Cítrico5.0Cuántica Rave
Paco Campano nos sirve un cóctel de psicodelia barata y robótica oxidada en 'Cuántica Rave'. ¿Arte o vómito cósmico? Claqueta Ácida decide con guantes de boxeo.