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Rivales (Challengers) — El sudoroso, sexy y tecnificado ménage à trois de Guadagnino a ritmo de sintetizadores

Luca Guadagnino transforma el tenis en un deporte de altísima tensión erótica y psicológica en un vibrante duelo a tres bandas.

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Luca Guadagnino
👥 Reparto: Zendaya, Josh O'Connor, Mike Faist
⏱️ Lectura: 8 min
🔥 Fusión Nuclear 8.2/10
Crítica y fotograma de la película Rivales (Challengers) en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Rivales (Challengers)

Rivales (Challengers): Cuando el tenis se convierte en un threesome de celuloide y testosterona

Luca Guadagnino ha logrado lo imposible: convertir el tenis, ese deporte de aristócratas con calcetines hasta la rodilla y silencios sepulcrales, en un espectáculo de sudor, gritos y pulsiones sexuales tan explícitas que hasta el árbitro necesitaría un código de conducta nuevo. Rivales no es una película sobre raquetas y pelotas, sino un ménage à trois cinematográfico donde la red del campo se transforma en la frontera entre el deseo y la destrucción, y cada golpe es un gemido ahogado en el vestuario. Guadagnino, ese italiano obsesionado con desnudar cuerpos y almas (véase Call Me by Your Name o Suspiria), firma aquí su obra más camp y, paradójicamente, más accesible: un thriller deportivo que huele a protector solar barato, a traiciones de juventud y a la desesperación de quien sabe que su mejor momento ya pasó.


El triángulo amoroso (y deportivo) más tóxico desde Jules et Jim

La trama de Rivales es, en esencia, un flashback constante a la adolescencia perdida de tres personajes atrapados en un bucle de amor, odio y forehands asesinos. Tashi Duncan (Zendaya), la exprodigio del tenis cuya carrera se truncó por una lesión de rodilla, es ahora la Svengali de su marido, Art Donaldson (Mike Faist), un tenista en decadencia al que inscribe en un torneo Challenger (la segunda división, donde los sueños van a morir) para "recuperar su confianza". El problema —o la gracia, según se mire— es que el rival de Art en la final no es otro que Patrick Zweig (Josh O’Connor), su mejor amigo de la adolescencia y exnovio de Tashi. Lo que sigue es un cruce entre Black Swan, The Social Network y un episodio especialmente dramático de Gossip Girl, donde cada saque es una puñalada trapera y cada drop shot un recordatorio de lo que pudo ser y nunca fue.

El guion de Justin Kuritzkes dosifica la información con la precisión de un tenista colocando la pelota en la línea de fondo: sabemos que algo oscuro ocurrió entre los tres, pero no qué, ni cuándo, ni por qué. Los saltos temporales —desde el presente del torneo hasta los años de instituto de los protagonistas— funcionan como un rally interminable: el espectador nunca sabe cuándo va a llegar el winner, pero sabe que, cuando llegue, va a doler. La estructura narrativa es tan adictiva como frustrante, porque Guadagnino juega con la ambigüedad como si fuera un tie-break a muerte: ¿Tashi ama a Art o solo lo usa para vivir vicariamente a través de él? ¿Patrick es un romántico o un manipulador? ¿Art es un campeón o un fraude? Las respuestas importan menos que la tensión que generan, y ahí radica el genio —y el cinismo— de la película.


Tenis expresionista: cuando la pelota es una bala y la cámara, un voyeur sudoroso

Guadagnino no filma el tenis; lo pervierte. Aquí no hay planos generales de canchas inmaculadas ni silencios reverenciales. En Rivales, el tenis es un deporte sucio, físico, casi pornográfico. La cámara se arrastra por el suelo como un animal herido, captando el sudor que resbala por las sienes de los jugadores, los músculos en tensión y los labios mordidos por la frustración. Es como si Leni Riefenstahl hubiera dirigido un episodio de Euphoria: cada close-up es un estudio de la obsesión, cada slow motion un orgasmo visual.

El director italiano ya demostró en Suspiria (2018) que le gusta jugar con el exceso, pero aquí el estilo es más contenido —aunque no menos efectivo—. La fotografía de Sayombhu Mukdeeprom (colaborador habitual de Apichatpong Weerasethakul) convierte cada partido en un ballet de sombras y luces neón, con una paleta de colores que oscila entre el verde enfermizo de los vestuarios y el azul eléctrico de las pistas nocturnas. Los partidos no se juegan; se interpretan, como si cada golpe fuera un monólogo shakespeariano y cada punto, un duelo a muerte. El montaje, a cargo de Marco Costa, es igual de frenético: los saltos temporales se suceden con la velocidad de un ace en la línea, y las transiciones —a veces sutiles, a veces brutales— mantienen al espectador en un estado de taquicardia permanente.

Pero lo que realmente eleva Rivales a la categoría de obra maestra del camp deportivo es la banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross. El dúo, responsable de las partituras más claustrofóbicas del cine moderno (The Social Network, Gone Girl), compone aquí una partitura electrónica que suena como si Daft Punk hubiera producido un remix de los latidos de un corazón a punto de infartarse. Los beats industriales se mezclan con sonidos de raquetas golpeando pelotas, gritos ahogados y respiraciones entrecortadas, creando una atmósfera que oscila entre el éxtasis y la agonía. Es la música perfecta para un deporte que, en manos de Guadagnino, se convierte en una metáfora del sexo, la ambición y la autodestrucción.


Actuaciones: Zendaya como diosa fría, O’Connor y Faist como amantes tóxicos

El reparto de Rivales es tan equilibrado como un partido de cinco sets. Zendaya, en su papel más adulto hasta la fecha, interpreta a Tashi con la frialdad de un robot y la ambición de un tiburón. Su personaje es una mezcla de Miranda Priestly y Amy Dunne: una mujer que ha convertido el tenis en su religión y a los hombres en sus peones. Zendaya logra transmitir esa mezcla de vulnerabilidad y crueldad con una economía de gestos que roza lo minimalista, aunque a veces su actuación peca de demasiado contenida: hay momentos en los que parece que está leyendo sus líneas en lugar de vivirlas, como si el guion le exigiera ser una esfinge cuando el espectador anhela verla romperse.

Por suerte, Josh O’Connor y Mike Faist compensan esa frialdad con una química explosiva. O’Connor, que ya demostró su talento para interpretar a hombres rotos en God’s Own Country y The Crown, da vida a Patrick con una mezcla de carisma y desesperación que lo convierte en el personaje más fascinante de la película. Es el tipo de hombre que sonríe mientras te clava un cuchillo en la espalda, y su actuación es tan magnética que cuesta apartar la vista de él. Faist, por su parte, logra que Art —un personaje que podría haber sido un simple cliché del "atleta en decadencia"— tenga matices: es un hombre atrapado entre el amor y el resentimiento, entre la admiración y el odio hacia su mejor amigo. La tensión sexual no resuelta entre ambos actores es tan palpable que hasta el partido final parece un threesome con raquetas.


Comparaciones cinéfilas: ¿Black Swan con raquetas o The Social Network en una cancha?

Rivales bebe de muchas fuentes, pero su ADN es una mezcla de tres películas clave:

1. Black Swan (2010, Darren Aronofsky): Como la obra maestra de Aronofsky, Rivales es un estudio de la obsesión y la autodestrucción, pero en lugar de ballet, tenemos tenis. Ambas películas usan el deporte como metáfora del perfeccionismo y la locura, y ambas comparten esa estética de sudor, sangre y lágrimas. La diferencia es que Guadagnino no necesita monstruos ni alucinaciones para generar tensión: le basta con la mirada de un rival.

2. The Social Network (2010, David Fincher): El guion de Aaron Sorkin sobre la creación de Facebook es el espejo en el que se mira Rivales. Ambas películas exploran la traición, la ambición y la amistad rota, y ambas usan diálogos afilados como cuchillos. La gran diferencia es que, en Rivales, los personajes no discuten en salas de reuniones, sino en vestuarios y canchas, y en lugar de demandas, hay match points.

3. Match Point (2005, Woody Allen): Sí, la película de Allen sobre el tenis, el azar y el crimen también está aquí, aunque Guadagnino le da la vuelta al concepto. En Match Point, el tenis es una metáfora de la suerte y el destino; en Rivales, es una metáfora del deseo y la posesión. Además, mientras que Allen filma el deporte con la frialdad de un documental, Guadagnino lo convierte en un espectáculo casi giallo.


Lo mejor

La música de Reznor & Ross: Una banda sonora que convierte un partido de tenis en un rave clandestino donde cada beat* es un latigazo de adrenalina.
  • Josh O’Connor y Mike Faist: Dos actores que logran que la tensión homoerótica entre sus personajes sea más interesante que cualquier relación heterosexual en la película.

Lo peor

El abuso del slow motion*: Hay momentos en los que el sudor cayendo en cámara lenta parece sacado de un anuncio de perfume de lujo, no de una película de Guadagnino.
  • Zendaya se queda fría: Su personaje exige ser una calculadora implacable, pero a veces parece que está interpretando a un androide en lugar de a una mujer herida.

El Veredicto de Claqueta Ácida (8.2/10)

Rivales es el equivalente cinematográfico de un tie-break a muerte en el quinto set: agotadora, sudorosa y tan adictiva que no puedes apartar la vista. Guadagnino firma un thriller deportivo que es, a partes iguales, una comedia de enredos sexuales, un estudio de la obsesión y un vídeo musical de dos horas y media. No es una película sobre tenis; es una película sobre el deseo, y el tenis es solo la excusa para que los personajes se destrocen entre sí. Si sales del cine sin sentir que has corrido una maratón emocional, es que no estabas prestando atención. 8.2/10, y un ace en la línea para Guadagnino.

🎬 Tráiler Oficial

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Nota de Claqueta Ácida 8.2/10
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