El Verdugo — Berlanga y la comedia negra que retrató la España más gris
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Estrenada en 1963 en pleno Franquismo, esquivando de milagro las tijeras de la censura estatal tras causar un escándalo diplomático en el Festival de Venecia, El Verdugo es la obra cumbre indiscutible de Luis García Berlanga y el guionista Rafael Azcona. Considerada unánimemente como la mejor película de la historia del cine español, es una comedia negra magistral, asfixiante y de un humor corrosivo tan doloroso que a ratos te ahoga la risa en la garganta.
Berlanga y Azcona firman una crítica demoledora e implacable contra la pena de muerte y la domesticación burocrática del ser humano a través de la vivienda de protección oficial, el coche y las facturas a plazos.
Nino Manfredi y Pepe Isbert: El suegro verdugo y el yerno acorralado
La premisa es de una sencillez y una mala leche genial: José Luis (un inconmensurable Nino Manfredi doblado de forma impecable en español), un humilde empleado de pompas fúnebres que sueña con emigrar a Alemania para estudiar mecánica, se enamora de Carmen (Emma Penella), la hija de Amadeo (Pepe Isbert), el verdugo de la audiencia de Madrid. La pareja se ve obligada a casarse debido al embarazo de ella, encontrándose en medio de un problema de vivienda acuciante en la España gris del desarrollismo de los 60.
La única forma de conseguir el ansiado piso de protección oficial es heredar la plaza de verdugo del anciano Amadeo, quien está a punto de jubilarse. José Luis acepta la plaza convencido de que jamás tendrá que ejecutar a nadie porque “en España apenas hay condenas”. Lo que empieza como un simple trámite burocrático inofensivo para conseguir cuatro paredes y agua caliente, termina por revelarse como una trampa existencial sin escapatoria.
Pepe Isbert entrega el papel más icónico y entrañable de su carrera cinematográfica. Su verdugo Amadeo no es un monstruo despiadado; es un funcionario jubilado adorable que se queja del precio del transporte público, mima a su hija y ve su oficio de ejecutor de reos por garrote vil con la misma profesionalidad y desapego técnico que un fontanero que limpia una tubería. Esa normalización burocrática de la muerte es el verdadero elemento terrorífico y sublime de toda la comedia berlanguana.
La secuencia final (El patíbulo blanco de Mallorca)
Visualmente, la película es una clase magistral de planificación espacial. Berlanga es el rey del plano secuencia coral (el “plano berlanguano”), moviendo a decenas de personajes por el encuadre con una fluidez y un dinamismo asombroso que ya querrían imitar directores contemporáneos.
La secuencia final, con José Luis siendo arrastrado por la fuerza por los guardias hacia el patíbulo blanco y luminoso de la prisión de Mallorca para cumplir con su primera ejecución, es uno de los momentos más desoladores e icónicos de la historia del cine. En ese pasillo blanco impecable, el verdugo y la víctima se confunden en su horror, siendo ambos arrastrados por un sistema implacable que les ha quitado la dignidad a cambio de una vivienda social a plazos.
Lo mejor
- El guion de acero de Rafael Azcona, un prodigio de la comedia negra más corrosiva del cine europeo.
- Las interpretaciones memorables de Pepe Isbert, Nino Manfredi y la imponente Emma Penella.
- La demoledora secuencia del patíbulo de Mallorca, una cumbre del lenguaje cinematográfico.
Lo peor
- La censura española de la época mutiló levemente el sonido en algunas secuencias iniciales (aunque la restauración actual hace milagros).
- Es una película de una amargura existencial tan espesa que puede dejarte el cuerpo cortado durante días bajo su fachada de comedia simpática.
- Ciertos tics de doblaje en los personajes secundarios que se sienten un tanto artificiales debido al sistema de grabación de la época en España.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9.8/10)
El Verdugo no es solo una obra maestra del cine español; es una de las mayores cimas de la comedia negra universal. Berlanga y Azcona deconstruyen la mezquindad, la burocracia del horror y el conformismo de la clase media con un humor de un colmillo tan afilado y veraz que sigue helando la sangre sesenta años después de su estreno. Imprescindible, analógica, valiente y absolutamente perfecta.