Taxi Driver — Scorsese filma las alcantarillas de Nueva York con poesía nocturna
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Hay películas que capturan un lugar y una época con tal fuerza que terminan por definir el estado de ánimo de una generación. Estrenada en 1976 en medio de una Nueva York al borde de la bancarrota moral y financiera, Taxi Driver es el testamento definitivo de la alienación urbana de la posguerra de Vietnam. Dirigida por un febril Martin Scorsese y escrita con la bilis calvinista de Paul Schrader, la película es un viaje alucinógeno e insomne por las calles empapadas de lluvia y luces de neón de Manhattan.
Scorsese y Schrader retratan la soledad no como una tristeza pasiva, sino como un polvorín psicológico cargado de resentimiento social, mesianismo de pacotilla y armas de fuego compradas en habitaciones de motel de mala muerte.
Travis Bickle: El lobo solitario definitivo
El alma absoluta de esta odisea nocturna es Robert De Niro en el papel que lo consagró para siempre en el templo de la interpretación. Su Travis Bickle es el arquetipo original del “incel” moderno y el lobo solitario: un veterano de Vietnam de mirada vacía, incapaz de relacionarse con las mujeres de forma normal (llevar a Betsy, interpretada por Cybill Shepherd, a un cine porno en la primera cita sigue siendo una lección magistral de disfuncionalidad social) y asqueado de la decadencia humana que contempla desde la ventana de su taxi.
El famoso monólogo improvisado ante el espejo (“Are you talkin’ to me?”) no es solo un meme pop atemporal; es el retrato trágico de un hombre desesperado por existir ante su propio reflejo, un fantasma que decide convertirse en vengador para no tener que admitir que está completamente solo en el universo.
La llegada de Iris (Jodie Foster en una actuación monumental a sus apenas doce años), una prostituta menor de edad atrapada en la red de un chulo histriónico (un impagable Harvey Keitel con melena y sombrero vaquero), le da a Travis el pretexto mesiánico que andaba buscando. Travis no actúa por altruismo; actúa porque necesita una cruzada sagrada para justificar el arsenal de pistolas que esconde bajo su manga biónica improvisada.
Una sinfonía de vapor y neones rojos
Visualmente, Scorsese filma Nueva York como si fuera una versión sucia y moderna del Infierno de Dante. El vapor que emana de las alcantarillas, la lluvia sobre el parabrisas desenfocando los neones rojos y cianes de las salas de cine X, y el ritmo pausado de la edición de Marcia Lucas construyen una atmósfera de pesadilla febril.
La partitura de jazz melancólico y ominoso de Bernard Herrmann (quien falleció horas después de terminar de grabar la banda sonora) es el corazón palpitante de la película. Su saxofón solitario acompaña los giros lentos del taxi de Travis por el asfalto mojado, traduciendo a notas musicales esa soledad espesa y húmeda que se te pega a la ropa al salir de la sala de cine.
El clímax final, un tiroteo sangriento rodado con una crudeza física y realista asombrosa para la época, se corona con esa famosísima perspectiva cenital (el plano cenital del techo que recorre la carnicería del prostíbulo), una solución analógica magistral que Scorsese tuvo que desaturar de color para que los censores de la MPAA no le asignaran la temida calificación X.
Lo mejor
- Una actuación legendaria e inigualable de Robert De Niro en el cénit de su carrera física e interpretativa.
- La hipnótica fotografía de Michael Chapman y la inolvidable música crepuscular de Bernard Herrmann.
- El guion implacable y sin concesiones morales de Paul Schrader, que nos obliga a simpatizar con un lunático peligroso.
Lo peor
- El epílogo final, donde la prensa corona a Travis como un héroe civil, tiene un tono irónico que a veces se malinterpreta como una apología de la violencia por cuenta propia.
- La total ausencia de respiro cómico o dramático, una experiencia asfixiante que requiere un estado de ánimo templado.
- Ciertos tics de montaje setenteros en la primera hora que pueden sentirse ligeramente desfasados frente a la madurez formal del resto del filme.
El Veredicto de Claqueta Ácida (9.2/10)
Taxi Driver es una de las grandes cumbres del cine americano de autor de los años 70. Scorsese y Schrader firman un descenso al abismo del insomnio y la locura colectiva que sigue siendo asombrosamente moderno y actual. Una obra de arte analógica, áspera, sucia y hermosa que retrata la soledad urbana no como una melancolía pasajera, sino como el caldo de cultivo de los peores monstruos contemporáneos. Cine de culto imprescindible.