Gladiator II — La decadencia romana de Ridley Scott a base de tiburones digitales y sobredosis de testosterona
🧪 Regulador de Veneno
Modifica la intensidad y el sarcasmo de la reseña.
⭐ ¿Tú qué opinas?
Vota y contrasta tu nota con la del crítico.
Veinticuatro años después de que Russell Crowe se ganara la libertad en la arena y nos dejara a todos llorando al ritmo de Lisa Gerrard, Ridley Scott —que a sus ochenta y muchos tiene ya el filtro social completamente desactivado— ha decidido que era buena idea volver a abrir el Coliseo. El resultado es Gladiator II, un circo romano hipervitaminado, divertido por momentos, delirante por otros y completamente huérfano del alma trágica que convirtió a la original en un clásico imperecedero.
Aquí seguimos a Lucius (un Paul Mescal que hace lo que puede vistiendo la sandalia de cuero heredada), el hijo secreto de Máximo Décimo Meridio, que ha estado viviendo bajo alias en el norte de África. Cuando el ejército romano liderado por el general Marcus Acacius (Pedro Pascal, interpretando al enésimo héroe cansado y noble de su carrera) invade su hogar, Lucius es capturado y vendido como esclavo de combate al sibilino Macrinus (un Denzel Washington colosal que está en una liga actoral totalmente distinta al resto). ¿El objetivo? Regresar a Roma, vengarse en la arena y derrocar a los emperadores gemelos desquiciados que gobiernan el cotarro (Joseph Quinn y Fred Hechinger en clave “drag queen punk” insoportable).
Tiburones en el Coliseo y CGI que hace llorar a los historiadores
Ridley Scott ha decidido que el rigor histórico es para cobardes. Si en la primera teníamos combates realistas y sucios contra tigres, aquí Scott nos regala una naumaquia (batalla naval) dentro del Coliseo repleta de agua infestada por tiburones generados por ordenador que se meriendan a los gladiadores. Por si fuera poco, Lucius también se enfrenta a mandriles rabiosos digitales que parecen salidos de una secuela barata de El planeta de los simios. La fisicidad del barro y el metal de la película del 2000 se ha visto devorada por cromas desvaídos y píxeles apresurados.
No todo es un desastre. La dirección de fotografía de John Mathieson retiene cierta pátina dorada y majestuosa del Roma imperial, y las coreografías de las peleas cuerpo a cuerpo tienen suficiente violencia gráfica para mantener despierto al personal durante las casi dos horas y media de metraje.
Lo mejor
- Denzel Washington es el verdadero emperador: Macrinus es un villano hedonista, manipulador y rebosante de carisma shakesperiano. Denzel se lo pasa en grande y se nota.
- Pedro Pascal y Paul Mescal: La química trágica y el respeto mutuo entre sus personajes es lo más cercano que tiene la película a una verdadera brújula moral.
- La escala colosal: Como entretenimiento palomitero puro de domingo por la tarde, cumple con creces.
Lo peor
- Falta de peso dramático: Lucius carece del carisma estoico y el dolor desgarrador que derrochaba Russell Crowe. Se siente más como un joven enfadado que como un libertador legendario.
- Abuso de efectos digitales mediocres: Los mandriles y tiburones restan toda credibilidad física a las arenas del circo.
- Los emperadores caricaturescos: Geta y Caracalla son dos villanos de opereta histriónicos que rozan el ridículo en cada aparición.
El Veredicto de Claqueta Ácida (6.5/10)
Gladiator II es un blockbuster colosal pero desalmado. Scott nos ofrece un parque de atracciones romano repleto de acción digital ininterrumpida y gladiadores hipermusculados, pero se olvida de la poesía, el dolor y el honor que hicieron grande a su predecesora. Una secuela entretenida que se disfruta con refresco grande, pero que se olvida en cuanto pisas el aparcamiento del cine.