Matar a Dios — El apocalipsis absurdo de la miseria familiar
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Antes de dejarnos sin respiración con La mesita del comedor, el director catalán Caye Casas debutó en el largometraje en 2017 codirigiendo junto a Albert Pintó una de las comedias negras nacionales más gamberras, ingeniosas y transgresoras de la década: Matar a Dios. Ganadora del Premio del Público en el Festival de Sitges, la película es una astracanada de humor negro, mezquindad familiar y absurdo existencial que coge un dilema apocalíptico colosal y lo encierra entre las cuatro paredes de una ruinosa cena familiar de fin de año.
La premisa es un chiste de mal gusto de proporciones teológicas: Carlos (Eduardo Antuña, en su clásico papel de perdedor patológico gruñón) invita a su hermano deprimido y recién divorciado (David Pareja) y a su padre moribundo y rijoso a pasar el fin de año a una remota masía de campo en ruinas junto a su sufrida esposa Ana (la añorada Itziar Castro). La plácida e incómoda cena familiar se ve interrumpida por la irrupción de un vagabundo enano (Emilio Gavira, excelso e imponente) que afirma ser el mismísimo Dios. Para demostrarlo, les revela que al amanecer extinguirá a toda la humanidad debido a su miseria moral, pero les otorga un privilegio único y cruel: la familia debe elegir a los únicos cuatro supervivientes (dos hombres y dos mujeres) que repoblarán la Tierra. Si no llegan a un acuerdo antes del alba, morirá todo el planeta.
Mezquindad a la luz de las velas y dilemas morales de saldo
Lo que sitúa a Matar a Dios como una perfecta adición a nuestra sección de “perros verdes” es su capacidad para retratar las bajezas del ser humano en situaciones límite. Lejos de actuar con heroísmo ante el fin del mundo, los integrantes de la familia comienzan a conspirar de forma egoísta, tramposa e hilarante para garantizar su propia supervivencia o la eliminación de aquellos familiares a los que odian en secreto.
Los diálogos son rápidos, crueles e impregnados del clásico sainete y humor negro español heredero del gran Luis García Berlanga y de Álex de la Iglesia. Emilio Gavira está antológico interpretando a un Dios cansado, cínico y caprichoso que devora langostinos y bebe vino tintorro mientras observa divertido el espectáculo de codicia y mezquindad que los protagonistas despliegan para ver quién se salva de la quema.
Lo mejor
- La magnífica premisa teatral: Un dilema colosal que se sostiene con elegancia gracias a un diseño de guion férreo y unos diálogos sumamente divertidos.
- Emilio Gavira: Su interpretación de Dios, solemne e irreverente a partes iguales, dota de una tremenda personalidad cómica a toda la función.
- La enorme dignidad dramática de Itziar Castro: Logra que su personaje, en medio de una comedia de enredos absurda, resulte el único cabo suelto honesto y conmovedor.
Lo peor
- La modesta factura técnica local: Los límites de presupuesto se notan en el diseño de algunos decorados y en una iluminación en interiores algo plana durante el segundo acto.
- Cierta reiteración en las discusiones de pareja: Las tramas secundarias de infidelidades y reproches domésticos ordinarios pueden llegar a entorpecer el gran ritmo del dilema apocalíptico principal.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Matar a Dios es una divertidísima, irreverente y refrescante comedia de terror existencial que demuestra que el cine español independiente tiene toneladas de personalidad y audacia. Caye Casas debutó con un pie de plomo magnífico en nuestro portal de “perros verdes”, sentando las bases de su característico humor incómodo e incorregible. Una película imprescindible para reírse de nuestra propia extinción planetaria antes del próximo fin de año.